jueves, 7 de julio de 2022

 

PALÍNDROMO 08.

Ausentes

 

Quizá volcar la luz en los recuerdos, ser otra vez callado siendo otro,

sea una forma sutil de resistir,

de volver a vivir en la carencia de aquello que ya fue

y andar con pasos quedos sobre huellas que otros pasos, los míos,

dejaron en un tiempo ya imposible.

Al fin, adormecerme en el embrujo de querer transmutar lo que yo he sido

transitando silencios que nunca serán más

que un deambular de sueños de sonámbulo.

 

Qué afán de zascandilear por las quimeras,

de aliviar situaciones

que son irrenunciables porque fueron y son y siguen siendo.

Qué empeño en no aceptar que soy por lo que fui. Que estoy donde ahora estoy porque ya estuve,

de anidar, inconsciente, en el ensueño de pretender gozar con la tristeza hermosa, despiadada,

que se acurruca, terca, en los pliegues sin luz de la nostalgia.

 

A fin de cuentas, digo,

que acaso andar a oscuras y asombrado, añorando el despojo de la pérdida,

sea una forma perversa de implorar el amargo perdón de los ausentes;

de ocultar, sin hacerlo,

el terror insufrible que me inspira el hecho fortuito de estar vivo.

 

viernes, 25 de junio de 2021

PALÍNDROMOS

 IX.

Por momentos la noche se transforma

en una larga tarde prolongada

que, acaso, no quisiera

empezar a ser noche, y se resiste

a dejarse invadir por el silencio.

Y el cielo, para ella, es el refugio

de un sinfín de preguntas que titilan

indescifrables, torpes,

resignadas a no tener jamás

respuesta alguna.

Flores de luz marchita

descolocadas, híbridas,

que ignoran lo que son

mientras intuyen

lo que no serán nunca.

 

Por momentos la tarde se transforma

en aquello que nunca supo ser.

Y anda perdida en pálpitos ausentes

que la descorazonan,

hundiéndose en silencios

que nunca fueron suyos.

 

Es entonces cuando se acerca, asustadiza,

y me mira a los ojos y me implora,

llorosa, compungida,

que la ayude a que vuelva a ser lo que fue siempre.

Me pregunta, angustiada, por qué el silencio es pérdida,

por qué la luz es otra,

por qué la oscuridad es tan oscura,

por qué el tiempo es cruel.

Y yo soy incapaz de responderle.

Tan sólo sé llorar mientras la escucho.

Y ella me mira, absorta en mi ceguera,

desolada,

ausente de sí misma,

sin entender lo absurdo de sus ojos.

 

Súbitamente calla, y huye a esconderse

triste entre mis manos,

tímida, precavida:

Me abandona, callada, para dejarme ser

sin su presencia.

 

La siento respirar entre mis dedos.

 

Y me acobardo.

 

Y no le digo nada.

 

Y, sin embargo,

escucho cómo sus lágrimas,

que son las mismas mías,

recorren, dulcemente, la soledad de siempre,

lo imposible del aire de mis sueños,

las pérdidas de mí.


jueves, 15 de abril de 2021

DEL ABRIL CRUEL (2)

 Este poema se publicó en mi libro Tarde de siempre, en 1980. 5 años después, un día como el de hoy, 15 de abril, murió mi madre. Desde entonces me persigue la duda de que escribirlo no fuera un presagio del dolor que abril me reservaba.


TARDE TRISTE DE ABRIL
 
                                                       Para mis padres.
 
Está lloviendo abril en mi ventana.
Anda la luz perdida no sé dónde,
no sé por cuál amarga coordenada.
 
Hay un desasosiego que me llama
con nombre y apellido. Es una pena
que no se cura a fuerza de palabras.
 
Hay como una tristeza a la deriva
por entre el mar nublado de mi casa.
 
Se escucha un grito sordo en cada lágrima.
 
Se está yendo la tarde pena abajo
como un arriero pobre.
                                             No se oye
la música de amor de las miradas.
 
Supura un triste humor mi mesa llaga
por esta inconsistencia que no pasa.
 
Libera un llanto seco mi garganta.
 

Está anidando abril en mi ventana.


 

DEL ABRIL CRUEL (1)

 

Abril es el mes más cruel, engendra

lilas de la tierra muerta, mezcla

memoria y deseo con lluvia de primavera,

sacude raíces soñolientas.

Calor nos dio el invierno, cubriendo

la tierra con el olvido de la nieve, nutriendo

una pequeña vida con tubérculos secos.

       (T.S.Eliot)

miércoles, 3 de marzo de 2021

PALÍNDROMOS

  8.

 

Quizá volcar la luz en los recuerdos, ser otra vez callado siendo otro,

sea una forma sutil de resistir,

de volver a vivir en la carencia de aquello que ya fue

y andar con pasos quedos sobre huellas que otros pasos, los míos,

dejaron en un tiempo ya imposible.

Al fin, adormecerme en el embrujo de querer transmutar lo que yo he sido

transitando silencios que nunca serán más

que un deambular de sueños de sonámbulo.

 

Qué afán de zascandilear por las quimeras,

de aliviar situaciones

que son irrenunciables porque fueron y son y siguen siendo.

Qué empeño en no aceptar que soy por lo que fui. Que estoy donde ahora estoy porque ya estuve,

de anidar, inconsciente, en el ensueño de pretender gozar con la tristeza hermosa, despiadada,

que se acurruca, terca, en los pliegues sin luz de la nostalgia.

 

A fin de cuentas, digo,

que acaso andar a oscuras y asombrado, añorando el despojo de la pérdida,

sea una forma perversa de implorar el perdón de los ausentes;

de ocultar, sin hacerlo,

el terror insufrible que me inspira el hecho fortuito de estar vivo.

lunes, 25 de enero de 2021

OBITUARIO CON HISTORIA

             El lunes, 11 de enero, a las 14:06:45, ‘obituarios@hoy.es’ se pone en contacto, vía correo electrónico, con el gerente de la Universidad de Extremadura, y le solicita un texto de 350 palabras, más o menos, y una fotografía de Francisco Javier Blanco Nevado, vicegerente de la UEx fallecido a finales de diciembre de 2020, al que el periódico también quería homenajear.

El domingo, 17 de enero, a las 11:40, el gerente de la UEx contesta al HOY enviando el texto, (que yo escribí a petición de la universidad) y la fotografía que el HOY solicitaba.

El viernes, 22 de Enero 2021, a las 11:59:51, ‘obituarios@hoy.es’ agradece al gerente de la UEx el envío, pero le comunica,  lamentándolo, que  el servicio de obituarios que prestaba Diario HOY se ha suspendido provisionalmente por orden de la empresa...

Y esta es la historia oficial del asunto, vía correo electrónico. Por mi parte y para dejar constancia, publico a continuación lo que escribí y que cada palo aguante su vela:

 

OBITUARIO DE FRANCISCO JAVIER BLANCO NEVADO

 «Francisco Javier Blanco Nevado falleció en Badajoz, (ciudad en la que había nacido el 15 de agosto de 1960), el pasado día 1 de diciembre. Diplomado en Profesorado de EGB  desde noviembre de 1980, su comienzo laboral en la Universidad de Extremadura fue en 1983, contratado como Auxiliar Administrativo. A partir de ahí, y ya como funcionario de carrera, inició un itinerario profesional ascendente y variado hasta que en enero de 2004, al ir como Gerente en la candidatura a Rector de Francisco Duque, que fue la ganadora, ocupó dicho puesto cimero hasta diciembre de ese año, del que, quienes podían hacerlo, lo “desocuparon” por razones que ellos saben y no dicen, u otras distintas que yo también creo saber y, llegado el momento, quizá diré. Ese mismo mes volvió, con su dignidad intacta, a la jefatura del Servicio de Gestión Económica, Contratación y Patrimonio. Hasta que en abril de 2019 fue nombrado, por el nuevo equipo rectoral de Antonio Hidalgo, Vicegerente (Vicerregente para 'La Peña del Rincón') de Asuntos Económicos, que es el cargo que ejercía al morir.

 

           Y, hasta aquí, lo que he creído que debía decir, más o menos de manera oficial o así, de su currículo administrativo. Detallarlo hubiera sido endilgarles una relación aburrida de cargos y fechas de la que, a mayor abundamiento, no estaría seguro de que fueran los que ocupó, ni tampoco de las fechas en las que pudiera haberlos ocupado. De lo que sí estoy convencido es de que a él, a Javier, ese currículo, aunque le importara en su trabajo y porque era su trabajo, no era lo que le hacía ser en la vida. Tenía, sin duda, otras prioridades. Y pese a que, en cualquier caso, sus afanes vitales fueran otros, su carrera profesional fue, sin duda, paradigmática. Y lo digo no sólo por su trayectoria amplia y heterogénea de casi 40 años, sino porque no he conocido a nadie que, como él, dominara los intríngulis de la administración universitaria en la que trabajó y a la que se entregó de manera honrada y generosa. Y es que su trabajo en ella y la visión global del mundo en el que se movía, hacía que supiera bastante más de él que lo que pudiera saber la jarca engolada de advenedizos que pululaban por despachos y pasillos para dejar constancia de sus ansias de escalar y, en algún caso, si ya escalado, de su supina ignorancia. Por mi parte, tras mi ingreso en la UEx y mi posterior reingreso, tuve la suerte de tenerlo como jefe. Un jefe siempre dispuesto a ayudar, resolver dudas y soportar berrinches. Y su trato y su conocimiento del cotarro fue un lujo del que disfruté hasta mi jubilación en el año 2017. Y del que seguí disfrutando, como amigo, hasta su temprana muerte.

 

Para terminar diré que el DRAE define bonhomía de una manera que es como si hubiera querido describir su forma de ser: Afabilidad, sencillez, bondad y honradez en el carácter y en el comportamiento. Desgraciadamente esta definición, siendo verdad, se queda demasiado corta para abarcar cómo era. Y también diré, al compás de mis lágrimas amigas, algo que ya le dije tras su muerte: Tendré que mantener con vida los recuerdos y, con recuerdos, soportar la vida...  Cuando nos dé la murria, si quieres, hablaremos de nuevo en este sueño nuestro. Quimérico y callado, no lo dudo, pero nuestro, Javier, amigo mío. Palabra de misántropo afligido».

                    Jaime Álvarez-Buiza Diego

martes, 29 de diciembre de 2020

ABUELEANDO IV

 

Mi nieta me está enseñando

a vivir, una vez más,

en una vida imposible

que no pude imaginar:

A regresar siendo el mismo;

a aprender de sus silencios

porque no todo es hablar.

Ella sabe que hay momentos

en que mejor es callar,

y entonces, coge mi mano

y se la acerca a su cara

para que yo la acaricie.

Mientras, me mira a los ojos,

sonriendo,

y acurruca su silencio

y su cabeza

en mirar cómo la miro

y en callar como es callar.

Y los ojos se le achinan

y se juntan con los míos

que, a veces, siente vibrar,

porque solo están pendientes

de no romper a llorar.

Y me cuesta convencerla

de que los abuelos lloran,

cuando menos te lo esperas,

de pura felicidad.

jueves, 10 de diciembre de 2020

MI AMIGO JAVIER

                   (Hoy, 2 de diciembre, que empiezo a escribirte, llevo llorando tu muerte desde ayer, Javier. Y a ver cuando termino de escribir y de llorar)

         Cuando estuvimos juntos por última vez, me di cuenta de que no tenías escapatoria. Tú, siempre comunicativo, irónico, socarrón con los amigos, estabas solo contigo, ausente, distante, absorto, como escondiéndote de ti mismo. E intuí, supe, que te alejabas. No sólo de nosotros: Te alejabas, a tu pesar, de seguir vivo. Me fui de la reunión (y esa fue la última vez que pude verte) convencido de que te sabías ya condenado. Porque lo estabas. Sonreías, sí, pero la tristeza de tu mirada hablaba otro lenguaje y tu silencio me decía adiós con él. A mí me resultó dolorosísimo comprobar los esfuerzos que hacías para que tu risa, ausente y extrañada, disimulara la angustia que, sin duda, llevabas a cuestas. Conociéndote, yo sé que tú lo hacías para no entristecernos. Pero el color cerúleo de tus mejillas y tu delgadez hacían inútil cualquier empeño de escamotear la certidumbre. La tuya, la mía, la nuestra... En fin, tú eras así, Javier. A un paso de la muerte pretendías evitarnos compartir tu dolor. Me recordó la tuya a la actitud callada de mi padre en la semana previa a que muriera, también de cáncer, sentado en su sillón, distante, silencioso, queriendo asimilar la ausencia irreversible de un no estar inminente. Entregado y sumiso ante la nada. Con los pasos ya dados para decir adiós.

         Esta tarde-noche del día 3 de diciembre, mi amigo Masito, alias Tomás Martín Tamayo”, me ha llamado por teléfono y he tratado de explicarle el dolor que me produce que de ti, Francisco Javier Blanco Nevado, sólo me quedarán ya los recuerdos, que nunca más podrá haber abrazos, ni risas, ni silencios compartidos, ni complicidades, ni miradas irónicas, ni ratos juntos en el “Rincón del poeta” del bar del Rectorado de la UEx. A ti ya no te queda nada y a mí, a nosotros, tan sólo la añoranza de saberte, recurso inútil, engaño frágil, triste, mentiroso, para ocultar la muerte, el silencio infinito, la distancia imposible.

         Hay veces en las que me resulta doloroso seguir vivo porque, a pesar de estar acompañado, de saber que soy querido (y por suerte también odiado) me voy quedando cada vez más solo. Y me siento culpable por vivir y, así, tener la posibilidad de sufrir la pérdida de quien dejó de estarlo para seguir queriéndome. A estas alturas de mi vida estoy ya muy cansado de acumular recuerdos, lágrimas y ausencias, de despedir a amigos que ya no veré más. Y mientras desbrozaba estas últimas líneas, surcos en el erial de mi tristeza, me vino a la memoria el poema con el que me despedí, sin que él supiera, de Santiago Castelo. Me lo publicó, de forma exquisita, el HOY, cuando en tiempos felizmente distintos a la oscuridad de los actuales, lo dirigía Ángel Ortiz. Decía yo entonces: «... Se me van mis amigos, / me voy quedando solo / y no sé si, al quedarme, / el que se va soy yo... / Volvió a ganar la muerte, / querido amigo mío, / y me has dejado triste, / llorando canto triste / de triste ruiseñor».

         En cualquier caso, Javier, creo que, escribiendo lo que escribo ahora, me estoy equivocando. Porque estoy seguro de que no es lo que tú esperabas: Tanta lágrima, tanta tristeza, tanto pensamiento lúgubre. No es así, desde tu ausencia, como querrías que habláramos de ti. Tú querrías, como hombre bueno y generoso que eres, y digo eres porque lo sigues siendo aun en la lejanía de tu no estar, tú querrías, digo, que recordáramos las risas, que los vivos siguiéramos en los encuentros y en las tertulias mágicas del bar de Rectorado con Martín, Paco, Lucía, Juan, Manolito, Agustín, tu hermana Luna/Lupe, el Capi..., y tu recuerdo. Y Cele Pajarito y Agustín-tín, detrás de la barra, soportando pacientes nuestras gaitas y chanzas. Tú querrías seguir siendo el mismo entre nosotros, que siguiéramos esperando a que te presentaras incluso siendo ya volandero invisible, melancolía escondida.  Y que nuestro dolor no enturbiara tu alegría, escondida en el aire de todos. Pero eso es muy difícil. Porque nos has dejado más solos, más huérfanos de risas y de guiños, extraños ya de ti... Las lágrimas, ya sabes, también tienen su vida y su razón de ser. Y ellas no se conforman con quedarse dormidas donde quiera que duerman. Ellas vienen de pronto, a su capricho, al aire de tu vuelo, e inundan el momento irreversible que el recuerdo propicia. Y quizás aparezcas, discretamente tenue, viviendo en una de ellas cuando llegue el momento del compadreo en la barra y en la vida escondida.

 Escribiendo estas líneas ando en la sensación de haberte traicionado. Y sin que tengas la posibilidad de que protestes. Aunque sienta tus quejas en cada despertar, en cada sueño sonámbulo que pueda recordar. En mi descargo tengo que repetirte (yo sé que tú lo entiendes, que tú ya lo sabías) que estoy cansado de decir adiós por mi empeño tozudo en seguir siendo. Y, a veces, creo que mis lágrimas por tu muerte vienen de mi egoísmo al sentirme más viejo y más recalcitrante en el vivir. Hablando de tu huida (Jesús Delgado Valhondo, dixit) con mi amigo Masito, alias “Tomás Martín Tamayo”, le pedí un favor, muy difícil y muy simple al mismo tiempo. Un favor que a ti no te pedí la última vez que nos vimos porque estaba convencido de que no podías hacérmelo. Y de que ibas a sufrir más de lo que ya sufrías con tu suerte. Pues le pedí, (chaladuras poéticas, ya sabes) que no se me muriera antes que yo. Porque (qué pesado me pongo) estoy muy cansado de despedir, definitivamente, a gente a la que quiero y,  llegado el momento, de que la vida tan sólo pueda darme el recurso callado de mis lágrimas.

«Yo, que no sé nada, sé que mis ojos están abiertos porque las lágrimas no dejan de caer», decía Samuel Beckett. Y (lo siento muy de veras) no voy a ser yo quien lo contradiga. O quizá sí, quién sabe. En cualquier caso, como he dicho otras veces, llorar y aprovecharnos de los muertos que amamos es la triste ventaja que tenemos los vivos. Qué absurda puede ser la vida en ocasiones, siempre. Qué inútil la poesía. Y qué certeramente dolorosa la muerte y su silencio. Tendré que mantener con vida los recuerdos y, con recuerdos, soportar la vida. Ahora (es noche del día 10) te dejo descansar, que ya me has aguantado suficiente. Cuando nos dé la murria, si quieres, hablaremos de nuevo en este sueño nuestro. Quimérico y callado, no lo dudo, pero nuestro, Javier, amigo mío.




lunes, 23 de noviembre de 2020

MI HERMANO QUICO Y EL SILENCIO DE LOS AÑOS

     

De derecha a izquierda, Quico es el 4º, con sus manos entrelazadas.
          

Mi hermano Quico (Francisco Javier), murió el 20 de octubre de 1954, a los dos años de que naciéramos mi melliza y yo. Era un «niño azul», así llamados porque, en ellos, su sangre arterial oxigenada (roja), en algún momento del recorrido de vuelta desde el corazón se mezcla con la venosa de ida, no oxigenada (azul), y esa circunstancia hace que el color de su piel sea de un azulón más o menos grisáceo. En el caso de Quico, el problema venía de una abertura en el tabique que separa los ventrículos izquierdo y derecho del corazón, de manera que la sangre que la arteria aorta distribuía por su cuerpo, salía de él azulada, contaminada por la venosa sin oxigenar y, así, no repartía a los distintos órganos el oxígeno necesario para la vida.

           

Dormía en la habitación de mis padres, en una cuna de barrotes niquelados (el tercero de la derecha, se movía,) que ocupaba el espacio entre el lado de mi madre en la cama de matrimonio (que le den a Leticia Dolera y su nomenclatura) y la ventana del dormitorio, que daba a una pequeña terraza con macetas y arriates con campanitas, que llamábamos «La galería». Recuerdo que mis hermanos y yo, sobre todo los cuatro últimos de los diez, con gran disgusto de mi madre, las arrancábamos y, como abejas intrusas, sorbíamos el néctar dulcísimo de las florecillas desde el tallo. Y, después de sorber, soplábamos para sacar de ellas un sonido como de pedorreta trompetera más o menos musical.

            

La verdad es que ahora, que sólo sé el día de la semana en el que vivo gracias al pastillero o, si se me olvidó llenarlo el lunes, cuando se lo pregunto a mi santa, que ahí sigue aguantando mis despistes la pobre mía, mira tú que, sin embargo, recuerdo el año en el que murió un hermano al que, en realidad, no conocí. Parece que eso, como poco, es una señal de vejez. Digo, primo, el olvido borroso de la realidad del día en que vivo y, al tiempo, el recuerdo más o menos diáfano de lo que persiste sumergido en la niebla de un pasado distante o, no estoy seguro, quizá a veces inventado en el sueño de vivir. Puede que, por eso, haya pensado en Quico, del que no recuerdo nada más que lo que de él me habló mi madre. Entre otras cosas, que murió en sus brazos la madrugada de ese aciago día de octubre de 1954, con 6 años de edad. Y que, sentada a los pies de la cama, gritó abrazando su cuerpo inánime. Aunque creo que mi melancolía retroactiva, en este caso, se sustenta en el hecho de que heredara su cuna, su colchón y su sitio en el dormitorio de mis padres. Y de que yo no tuviera tiempo de conocerle. Y él muy poco para conocerme a mí.

            

En un artículo que publiqué en HOY, en febrero de 2017, ya saqué a relucir, sin darme cuenta de la que se venía y de refilón, este asunto. El artículo era un Elogio de la música, en el que mi hermano y su cuna usurpada aparecieron sin que yo los llamara. Pero ahí estaban. Decía entonces: «Yo creo que ya cantaba antes de hablar. Al menos no recuerdo cuándo hablé, pero al ocupar en el dormitorio de mis padres la cuna de mi hermano muerto, a veces, ellos dormidos, me despertaba con la luz que se colaba por las rendijas de la persiana. Y, quizás aburrido, cantaba. Posiblemente nada, solo intentos carentes de armonía. Tenía apenas dos años y aún vive entre mis manos ese querer coger la luz de las mañanas, esa felicidad de no ser nada, acaso un despertar de notas sueltas que olía a polvos de talco y a ternura. Música al fin y al cabo. Ahora, según dice mi santa, también canto dormido...».

           

Nunca había escrito de Quico tan descaradamente como ahora, quizá porque, como digo, no le conocí y no sabría qué contar de una relación que no existió por culpa de mi niñez y de su temprana e injusta muerte. Pero, de un tiempo a esta parte, me lo encuentro en mis desvelos como en un afán de recuperar lo imposible, de remediar lo que no tiene remedio. Y, a través de nuestra madre, casi reconozco su voz en el silencio de las horas que se fueron. Una manera de volver adonde nunca estuve o, tal vez, de volver a oír lo que nunca fui consciente de haber oído. O ansia de rellenar vacíos y pérdidas; de vivir la ilusión de una quimera poblada de fantasmas que vienen a mis manos para que les dé vida. Porque no me conformo, y él tampoco, a no reconocernos en el asombro de vivir esa otra vida que anida en los silencios. Conversamos, callados, con él en mis adentros, de lo que nos perdimos, de su cuna, los sueños y el llavero de madre, dorado y musical. Y del tiempo, claro, tema muy socorrido en ascensores y panaderías. Y sin duda también en los viajes... aunque éstos sean astrales, primo.

          

           

sábado, 21 de noviembre de 2020

LA VERDAD, SEGÚN DE QUIÉN.

          «Hay un brote de coronavirus con decenas de infectados en una residencia. ¿Lo subimos ya a la web? –¿Lo tenemos confirmado con el SES? –No. –Pues espera a confirmarlo. Conversaciones similares a esta se han repetido en la Redacción de HOY desde que hace casi diez meses llegó la pandemia a nuestras vidas. Son solo tres frases rápidas intercambiadas entre un periodista y su jefe, pero sirven para poner de manifiesto cómo se trabaja en HOY para ofrecer a los lectores noticias rigurosas», escribía en el HOY del pasado domingo, Manuela Martín, su directora.

          Y ahora, imaginemos una conversación similar entre el director de The Washington Post en junio de 1972, Ben Bradlee, y los reporteros Bob Woodward y Carl Bernstein: «Cinco hombres, uno de los cuales afirma ser un antiguo empleado de la CIA, han sido detenidos cuando intentaban llevar a cabo un plan elaborado para espiar las oficinas del Comité Nacional del Partido Demócrata en Washington. ¿Lo publicamos? –¿Lo tenemos confirmado con la CIA? –No. –Pues espera a confirmarlo». Son sólo cuatro frases rápidas (no tres) intercambiadas entre dos periodistas y su jefe, que hubieran mandado a la papelera y a la inexistencia pública el caso Watergate y la posterior dimisión de Richard Nixon.

          Es la diferencia entre rigor informativo y noticias oficiales; entre dirigir un periódico o el Boletín Oficial del Estado o, en este caso nuestro, el Diario Oficial de Extremadura. O, lo que es muchísimo peor, confundir lo que es ser director/a de un periódico con lo que es dirigir un Gabinete de Prensa del Gobierno, cualquiera que sea éste. Porque rigor no es sinónimo de oficialidad. Antes al contrario, con demasiada frecuencia es, sin ninguna duda, acérrimamente antónimo. Si la verdad periodística en el HOY de hoy día tienen que autentificarla, como en este caso, Vergeles o un fraile zigzagueante con náuseas, mal vamos. Debería bastar con el crédito que aportan la profesionalidad y la honradez de los periodistas que integran su plantilla, de las que, leído lo leído, duda hasta su propia directora. Yo no dudo de ellos. Yo solo dudo de ella y de los adláteres lánguidos que asienten a su férula y sus ocurrencias con media sonrisa entregada y sumisa. Una pena, primo.   

martes, 3 de noviembre de 2020

ABUELEANDO III

 

Mi nieta dice un «no» suyo

cuando quiere decir no

que es un «no» nada corriente.

Depende de su cabreo

para que el «no» que te dice

sea el grito de un ¡«ga»! tajante

del que no puedes huir;

o tan solo un penduleo

de cabeza, y un «ga» plácido

del que, por mucho que quieras,

tampoco puedes huir,

porque es un «no» sin remedio

lo que te quiere decir.

 

Ella sabe que sabemos

que su «ga» es decir «no»,

mas no quiere decir «no»

como dicen los demás,

porque no le da la gana

de andar diciendo que no

cuando quiere decir «ga».

 

Su forma de decir «sí»

es otra cosa distinta.

Hay que mirarla a los ojos,

que ella pestañea dos veces,

para decirlo.

                      Y así

si no la miras, no sabes

que está diciendo que «sí»

porque se queda en silencio.

 

Sin mirarla,

si dice que no, sabemos

lo que acaba de decir,

porque nos grita diciéndolo                                        

en su lenguaje infantil.

Pero si dice que sí,

(callada, media sonrisa,

boca de pitiminí)

hay que mirarla a los ojos

porque intuye, sin saberlo,

que los ojos, cuando hablan,

nunca han sabido mentir.

 

Y quiere, con su silencio,

que la mires a los ojos

cuando te dice que sí.

Y mirarte ella a los tuyos,

y que la veas sonreír,

y le digas entregado,

sin hablar,

que no hace falta decir

lo que los ojos ya dicen

diciéndolo sin decir.

Y, si es que sí,

sin remedio,

seguro que será sí.

 

Y atente a las consecuencias

si dices que «ga» a su «sí».

 

 

 

 

domingo, 18 de octubre de 2020

LOS AÑOS Y EL SILENCIO

           

Yo era el bebé rechoncho del centro.

           El día en el que escribo lo que ahora leen es pura anécdota, un detalle aleatorio que nada aportará a lo que aquí yo diga. Y, además, no tengo ganas de mirar el calendario para saber. Lo que me importa es la luz de este sábado y de aquel momento, la efeméride intrínseca del ahora de entonces. Porque tal día como el cual, ese de 1952, 17 de octubre, hace 68 que me asomé al mundo en el Sanatorio de San Francisco.  En Badajoz, España. Nací, mellizo de una niña que esperó media hora mi llegada, a las dos horas y treinta minutos de un día viernes. Y, a pesar de ser el décimo hijo de mis padres, con lo que, por aquello de la enseñanza genética, el aprendizaje y la herencia cromosómica, debería haber sabido comportarme como un buen neonato, pues no fue así, porque no lloré al hacerlo, quizá por sentirme feliz y liberado al no tener que compartir un espacio agobiante, tal vez insuficiente, en los adentros maternos. Las lágrimas vinieron en un después urgente e inmediato, tras de los cachetes que recibí en las nalgas y que, al hacerme llorar, salvaron una vida, la mía, que recién empezaba.

 

Mi melliza y yo.

            Conforme los años han ido viniendo y a su compás, no al mío, incorporaron oscuridad o luz a mis silencios, llegado tal día como el descrito y desde un tiempo atrás de no sé cuándo, he tenido presente entre mis manos una frase de Mark Twain (
Samuel Langhorne Clemens en los carnés), que se quedó grabada en mi mollera desde que la leí y que, para mí y mis neuras, fue, sin duda, un hallazgo definitivamente prodigioso: «Cuando era joven podía recordarlo todo, aunque no hubiese ocurrido; pero ahora estoy perdiendo facultades y dentro de poco ya no voy a poder recordar nada, salvo las cosas que nunca han pasado», decían al unísono Mark y Samuel. No sé qué edad tendrían uno y otro cuando dijeron esto que dicen que dijo uno de ellos, el otro o ambos, pero aunque yo no haya llegado todavía a una indigencia memorística que me obligue a inventar recuerdos y creer en ellos, bien es verdad que, sin saber en el día en el que vivo, me apabullan imágenes y sensaciones tan nítidas, tan claras, tan limpias, tan palpables de aquel sentir de entonces, que deben ser verdad. Mayormente, porque conozco los límites de mi capacidad para poder soñar quimeras que puedan distorsionar lo que yo he sido. Y hay imágenes tan firmemente ancladas a mi ensueño, que me impiden dudar de su certeza.  

 

Quiero decir, llegado a este momento y sin duelo emocional de ningún tipo, que he pasado la vida queriendo convivir con mis carencias, para tener constancia de aquello que no he sido ni jamás podré ser. Y he derrochado sueños obsesionado en un afán maníaco de recuperar tiempos, de almacenar razones (causa-efecto)  y, así, saber quién soy por lo que fui y, llegado el momento, a quién o qué me enfrento con mí mismo por no haber sido o ser como ahora soy. Recapitulo olores, angustias olvidadas, recuerdos polvorientos, como un bibliotecario que cataloga libros e incunables. Y la vida vivida se vuelve, en perspectiva, un presagio de intentos, de acasos imposibles, presencias fugitivas que duermen en estantes olvidados que nadie alcanzará. Un trabajo baldío. Un deambular adrede, sonámbulo y estéril buscando la constancia callada de la pérdida.

 


Vivir, llegado el caso, es tan sólo un relámpago que ilumina el silencio de una tarde de siempre que empieza a amanecer en el ocaso, con una luz marchita que quiere escabullirse de la noche, último sueño absorto de un amor infinito, sin remedio y sin tasa. Y el presente es la espera de un futuro impreciso, una melancolía más profunda y más tenue, más difusa, más íntima, que se aferra a los pasos indecisos que deambulan, sin rumbo, camino de la nada de un silencio obligado. Ilusión retroactiva, incompleta torpeza de las horas que sueñan.  

 

Dúctil como la vida que se fue, la infancia es una ausencia que vive el imposible de ser lo que ya ha sido y nunca vuelve si no es en la distancia del recuerdo, o en el absurdo amargo del olvido. Y seguir se transforma, cuando menos lo espero, en el afán absurdo de volver a un presente que no existe sino en el inventario de todo lo que ignoro, de lo que pudo ser y no conozco. Me recuesto en mis muertos para dormir el tiempo de este  dulce soñar de amaneceres falsos, sintiéndome culpable de estar vivo. Y, sin saber cómo recompensarles su  presencia, me  duermo amodorrado en el recuerdo sin que ellos hagan nada, tan sólo lo que pueden hacer y mejor saben, que es estar muertos. Y en su silencio ausente, ayudarme a vivir mientras los pienso. No pueden escapar de mi egoísmo: «Es la triste ventaja que tenemos los vivos».

 

 

martes, 13 de octubre de 2020

ABUELEANDO II

 




Cuando declina la tarde,

mi nieta busca la luna

mirando al cielo, expectante,                               

mientras sale de mi mano

de paseo por el parque.

Al encontrarla entre estrellas

se le ilumina el semblante

y la señala, riendo,

aunque esté en cuarto menguante,

aunque sea casi el silencio

de una línea, de un

                                   instante.

Y se alegra al descubrirla

en el cielo,

                    rutilante.

 

No sé que vendrá a sus ojos,

qué pensará cuando mira

un misterio tan lejano,

una ausencia tan distante.

 

Mi nieta mira la luna

mientras yo la miro a ella

cuando mira,

y al ver sus ojos brillantes

descubriendo ese prodigio

de la luz que le aturrulla

desde el cielo,

siento y sé que estoy viviendo

todos mis sueños de antes.

 

Es lo que tiene mi nieta

cuando se le pone cara

de astrónoma principiante.                  

Y lo que tiene la luna,

aunque apenas sea un suspiro            

cuando está en cuarto menguante.

sábado, 26 de septiembre de 2020

UNA NOTICIA AL RESCATE

           


A final del pasado mes de agosto, concretamente el viernes 21, conocedor como es de los apuros que, por mor de las contradicciones de mi carácter dual, paso desde siempre para cumplir con los plazos de entrega de mis artículos, mi amigo Masito, alias “Tomás Martín Tamayo”, me envió de salvavidas una noticia que podría ayudar a liberarme de mis angustiosas urgencias. En esa ocasión no hubo lugar a utilizarla pues, mal que bien, cumplí con el plazo, no diré que holgadamente, pero cumplí. Y a la siguiente semana, anterior a la actual, también llegué a tiempo. Por los pelos, todo hay que decirlo, pero llegué. Y como el que guarda, halla, y en ésta (escribo estas líneas el jueves 24 a la 21:40 horas) el cumplimiento del deber presenta un cariz más peliagudo, no sólo por fecha y hora sino también por la escasa lucidez de mi cacumen, que anda más bien espeso y despistado, echo mano de esa ayuda con la esperanza de poder resolver la papeleta semanal. En situaciones como ésta todo vale. Y yo, parafraseando al fraile que cargaba con la prójima casquivana camino del convento, también digo (si se me permite la osadía) que «todo es bueno para mi artículo».

         La noticia recibida, que mi amigo creyó actual, fue publicada en El Periódico el día 30 de octubre de 2017. A pesar de los casi 3 años transcurridos, no me resisto a compartirla. Acostumbrados como estamos a viajar en el tiempo desde el pasado mes de marzo, yendo desde una «nueva normalidad» a una «segunda ola» que, sin solución de continuidad, nos retrotrae a fases ya pasadas de «desescalada» que, en realidad, nos encaraman de nuevo al «inicio confinado» en busca del pico de una curva que lleva camino de ser el Tourmalet, digo, que después de estas idas y venidas por el mundo fantástico de H. G. Wells,  ¿qué son 3 años más o menos cuando el tiempo ha venido a ser, desde el «estado de alarma», apenas una realidad cambiante e hipotética?  

 


El titular de esta noticia rescatadora era, sin suda, atronador, impactante: EL PEDO DE UN HIPOPÓTAMO DEJA TRES HOSPITALIZADOS / Tres ancianos que visitaban el Parque de Cabárceno, en Cantabria, tuvieron que ser atendidos. Y decía así, textualmente: Ninguno de ellos hubiera imaginado acabar ingresado a causa de las ventosidades de un hipopótamo. Pero así fue. Tres ancianos palentinos que viajaban con el IMSERSO y visitaban el Parque de la Naturaleza de Cabárceno, en Cantabria, se vieron sorprendidos a causa de la tóxicidad (sic) de los gases que soltó de repente uno de los hipopótamos del centro, y tuvieron que ser ingresados de inmediato. 

Cuando el grupo de viajeros estaba visitando las instalaciones del parque, muy cerca del recinto de los hipopótamos, uno de estos animales soltó un enorme pedo que provocó que varias personas cayeran al suelo, al parecer a causa de esos gases.                     Varias unidades del servicio de emergencias se desplazaron hasta el lugar de los hechos y trasladaron a tres de los visitantes, que no conseguían ser reanimados. Dos de ellos fueron dados de alta poco después, pero uno de los ancianos se encuentra aún ingresado en el Hospital Marqués de Valdecilla de Santander, donde evoluciona favorablemente. 

Un testigo de los hechos explica que todo ocurrió muy rápido: "En principio, pensamos que había sido una especie de bomba, hasta que nos dimos cuenta de que había sido el hipopótamo. Nunca había visto nada igual", afirmó. 

El cuidador del animal, Toni García, reconoció que el hipopótamo en cuestión estaba sufriendo de flatulencia y problemas estomacales en las últimas semanas. También aseguró que el parque prohíbe siempre a los visitantes dar de comer a los animales. "Ellos tienen su dieta y no pueden comer otra cosa. Nunca nos hacen caso y luego pasan cosas desagradables como ésta", se quejó García.

 

           


Recuperado del pasmo y de la risa que me produjo su lectura, recordé un artículo que, sin tener noticia de esta noticia, publiqué en diciembre de 2017. Mi fuente de inspiración fueron las declaraciones del melindroso catalanista, Josep Rull, sobre la flatulencia que le producía la comida que le daban en la cárcel, que incluso llegaba a llagar sus delicadas encías. En fin, desdichas de currutaco. El artículo lo titulé La peña del bufo, y en él daba cuenta de la formada por un grupo de pedorros irredentos y cercanos a mí que, en las clases vespertinas de aquel bachillerato de a saber qué año, sentados estratégicamente en la clase de no sé qué profesor pero, sin duda, víctima de la modorra en la siesta de los meses primaverales, se dedicaban a dar rienda suelta a sus flatulencias. Con cierta y anárquica periodicidad pero allí mismo, y a mano alzada, los integrantes de la peña elegían presidente al que, según su leal saber y entender, había sido el más convincentemente estruendoso.

 

            Si algunos de aquellos leyeran estas líneas, sería cuestión de que organizaran un viaje hasta Cabárceno y nombraran al hipopótamo pedorro «Presidente Honorario y Vitalicio de la Peña del Bufo». Y si acaso el pobre animal ha sido víctima de sus propios gases y ya pasó a mejor vida, pues que en vez de vitalicio lo nombren perpetuo, como perpetuo es el difunto primer secretario de la Real Academia de Extremadura de las Artes y las Letras. ¡Lo perpetua que es la eternidad, primo!

domingo, 20 de septiembre de 2020

VISITA A MI CENTRO DE SALUD

 


Ayer, viernes, tenía cita a las 09:04 horas en mi Centro de Salud, para cumplir con una doble prescripción médica de analizar mi sangre. Ha sido éste mío un Centro viajero, que se ubicaba, cuando yo empecé a visitarlo, en la calle Donoso Cortés, para trasladarse después a las traseras del antiguo Hospital Provincial y, al cabo, terminar en la Ronda del Pilar, que es donde está actualmente, en tenguerengue por sus problemas de deterioro físico y, quizá, estructural. Y lo que te rondaré, morena, porque nuestras fuerzas vivas, o no tanto, no acaban de ponerse de acuerdo en su destino definitivo. Se habló de la vuelta al antiguo Hospital Provincial, del edificio de Correos, de la Residencia Universitaria Juan XXIII, del Hospital Perpetuo Socorro o de la Oficina de Respuesta Personalizada, un ente del que ignoro a qué personas pueda dar respuestas, sobre qué y desde dónde... Pero el caso es que este asunto ya va para 2 años y en esas seguimos, con grietas y en precario, porque Consejería de Sanidad, Ayuntamiento y Diputación Provincial de Badajoz no se ponen de acuerdo en el enclave idóneo. Y, para colmo de males y por si fuéramos pocos, parió la abuela Covid, con lo que se suprimió la presencialidad de pacientes y, ante el imposible de extracciones de sangre telefónicas, quienes debamos pasar por el trance analítico tenemos que hacerlo en un cocherón oscuro que sería la envidia del diabólico Doctor Pat o del Profesor Tenebro. Aledaño al consultorio y, sin duda y por aquello de ajustarse al presupuesto, amueblado con saldos del Centro Reto, su sala de espera es un trozo de  acera de la Ronda del Pilar. Una sala diáfana, ventilada, con superficie variable que aumenta o disminuye a fin de adaptarse al número de usuarios y también, por supuesto, a la distancia de seguridad que debemos mantener entre nosotros. Toda una cucada, ¿a que sí, Vergeles? En fin, como comprobarán, a nuestros próceres, ¡bendita sea la leche que mamaron!, no se les escapa una y están pendientes de nuestras necesidades sanitarias de manera exquisita. Y, además, ahorrándonos dinero.

 

           


          En cualquier caso y no obstante lo anterior, cada vez que he tenido que opinar, aquí y en otros foros, de la Sanidad Pública en Extremadura, sólo he podido decir que he recibido una atención de primera de todos y cada uno de sus profesionales. Antes y después del Covid, in situ o por teléfono. Y hablo de profesionales, o sea, de médicos, enfermeros, celadores, funcionarios y afeitadora de la zona a operar... Y de mi Centro de Salud, de Consultas Externas, del Servicio de Cirugía Mayor Ambulatoria, del Centro de Especialidades, de Urgencias... Leo en las redes, y en cartas a la directora en estas páginas, más de una crítica a la tardanza en la atención telefónica de este o aquel Centro de Salud cuando llamamos a él. Y no siempre queda claro en ellas, o yo no soy capaz de verlo, a quién va dirigida la crítica de esa tardanza o de esa pesadez. No sé si estaré equivocado pero mi experiencia me dice que ese problema no es consecuencia de que, de un día para otro, los funcionarios que las atendían hayan pasado de la diligencia a la desidia. Posiblemente el problema está en que antes debían atender 20 o 30 llamadas en su jornada laboral y ahora, suprimidas las consultas presenciales, deban atender 200 o 300. Y quien debería remediar el atiborre, no ha ampliado líneas telefónicas ni contratado al personal necesario para hacer frente a una avalancha más que previsible. Quiero decir que si quienes dirigen el sistema son incapaces de prevenir su saturación en determinadas circunstancias, excepcionales o no, el sistema colapsa. Y quienes forman parte de él de manera activa (médicos, enfermeros, celadores, funcionarios, afeitadora de la zona a operar...) son igual de víctimas que los usuarios del mismo. Y, me imagino, que con un grado de frustración al menos similar a la de ellos. Porque de las carencias de un sistema, y si es sanitario, más, todos somos víctimas. Todos, menos aquellos, culpables e inútiles que, dirigiendo el cotarro, son incapaces de hacerlo eficaz.  

 

           


        Ayer, mientras esperaba en la calle para entrar a que me pincharan en el brazo, vi cómo una anciana menuda, frágil, que ya había pasado por el trance, comenzó a marearse al ver cómo la sangre resbalaba por su brazo y goteaba dejando un rastro rojo en la acera. Fue atendida de inmediato y, al entrar yo, salía ya recuperada.  Y vi cómo pasaban niños camino de un colegio cercano que esquivaban pisar las gotas rojas. Y también vi (y, a pesar de mi sordera, escuché) la desesperación y la angustia que había en el ambiente. Y sentí el agobio que en el interior de ese apaño siniestro, se respiraba. Y en la acera, a 10 o 12 personas, esperando. Pero, a pesar de ausencias, iban adelantados en las citas. Así, cuando me fui de allí, eran las 09:03 de una mañana gris que amenazaba lluvia. Si lloviera -pensé mientras huía- el agua limpiará la sangre de la anciana.