lunes, 23 de noviembre de 2020

MI HERMANO QUICO Y EL SILENCIO DE LOS AÑOS

     

De derecha a izquierda, Quico es el 4º, con sus manos entrelazadas.
          

Mi hermano Quico (Francisco Javier), murió el 20 de octubre de 1954, a los dos años de que naciéramos mi melliza y yo. Era un «niño azul», así llamados porque, en ellos, su sangre arterial oxigenada (roja), en algún momento del recorrido de vuelta desde el corazón se mezcla con la venosa de ida, no oxigenada (azul), y esa circunstancia hace que el color de su piel sea de un azulón más o menos grisáceo. En el caso de Quico, el problema venía de una abertura en el tabique que separa los ventrículos izquierdo y derecho del corazón, de manera que la sangre que la arteria aorta distribuía por su cuerpo, salía de él azulada, contaminada por la venosa sin oxigenar y, así, no repartía a los distintos órganos el oxígeno necesario para la vida.

           

Dormía en la habitación de mis padres, en una cuna de barrotes niquelados (el tercero de la derecha, se movía,) que ocupaba el espacio entre el lado de mi madre en la cama de matrimonio (que le den a Leticia Dolera y su nomenclatura) y la ventana del dormitorio, que daba a una pequeña terraza con macetas y arriates con campanitas, que llamábamos «La galería». Recuerdo que mis hermanos y yo, sobre todo los cuatro últimos de los diez, con gran disgusto de mi madre, las arrancábamos y, como abejas intrusas, sorbíamos el néctar dulcísimo de las florecillas desde el tallo. Y, después de sorber, soplábamos para sacar de ellas un sonido como de pedorreta trompetera más o menos musical.

            

La verdad es que ahora, que sólo sé el día de la semana en el que vivo gracias al pastillero o, si se me olvidó llenarlo el lunes, cuando se lo pregunto a mi santa, que ahí sigue aguantando mis despistes la pobre mía, mira tú que, sin embargo, recuerdo el año en el que murió un hermano al que, en realidad, no conocí. Parece que eso, como poco, es una señal de vejez. Digo, primo, el olvido borroso de la realidad del día en que vivo y, al tiempo, el recuerdo más o menos diáfano de lo que persiste sumergido en la niebla de un pasado distante o, no estoy seguro, quizá a veces inventado en el sueño de vivir. Puede que, por eso, haya pensado en Quico, del que no recuerdo nada más que lo que de él me habló mi madre. Entre otras cosas, que murió en sus brazos la madrugada de ese aciago día de octubre de 1954, con 6 años de edad. Y que, sentada a los pies de la cama, gritó abrazando su cuerpo inánime. Aunque creo que mi melancolía retroactiva, en este caso, se sustenta en el hecho de que heredara su cuna, su colchón y su sitio en el dormitorio de mis padres. Y de que yo no tuviera tiempo de conocerle. Y él muy poco para conocerme a mí.

            

En un artículo que publiqué en HOY, en febrero de 2017, ya saqué a relucir, sin darme cuenta de la que se venía y de refilón, este asunto. El artículo era un Elogio de la música, en el que mi hermano y su cuna usurpada aparecieron sin que yo los llamara. Pero ahí estaban. Decía entonces: «Yo creo que ya cantaba antes de hablar. Al menos no recuerdo cuándo hablé, pero al ocupar en el dormitorio de mis padres la cuna de mi hermano muerto, a veces, ellos dormidos, me despertaba con la luz que se colaba por las rendijas de la persiana. Y, quizás aburrido, cantaba. Posiblemente nada, solo intentos carentes de armonía. Tenía apenas dos años y aún vive entre mis manos ese querer coger la luz de las mañanas, esa felicidad de no ser nada, acaso un despertar de notas sueltas que olía a polvos de talco y a ternura. Música al fin y al cabo. Ahora, según dice mi santa, también canto dormido...».

           

Nunca había escrito de Quico tan descaradamente como ahora, quizá porque, como digo, no le conocí y no sabría qué contar de una relación que no existió por culpa de mi niñez y de su temprana e injusta muerte. Pero, de un tiempo a esta parte, me lo encuentro en mis desvelos como en un afán de recuperar lo imposible, de remediar lo que no tiene remedio. Y, a través de nuestra madre, casi reconozco su voz en el silencio de las horas que se fueron. Una manera de volver adonde nunca estuve o, tal vez, de volver a oír lo que nunca fui consciente de haber oído. O ansia de rellenar vacíos y pérdidas; de vivir la ilusión de una quimera poblada de fantasmas que vienen a mis manos para que les dé vida. Porque no me conformo, y él tampoco, a no reconocernos en el asombro de vivir esa otra vida que anida en los silencios. Conversamos, callados, con él en mis adentros, de lo que nos perdimos, de su cuna, los sueños y el llavero de madre, dorado y musical. Y del tiempo, claro, tema muy socorrido en ascensores y panaderías. Y sin duda también en los viajes... aunque éstos sean astrales, primo.

          

           

sábado, 21 de noviembre de 2020

LA VERDAD, SEGÚN DE QUIÉN.

          «Hay un brote de coronavirus con decenas de infectados en una residencia. ¿Lo subimos ya a la web? –¿Lo tenemos confirmado con el SES? –No. –Pues espera a confirmarlo. Conversaciones similares a esta se han repetido en la Redacción de HOY desde que hace casi diez meses llegó la pandemia a nuestras vidas. Son solo tres frases rápidas intercambiadas entre un periodista y su jefe, pero sirven para poner de manifiesto cómo se trabaja en HOY para ofrecer a los lectores noticias rigurosas», escribía en el HOY del pasado domingo, Manuela Martín, su directora.

          Y ahora, imaginemos una conversación similar entre el director de The Washington Post en junio de 1972, Ben Bradlee, y los reporteros Bob Woodward y Carl Bernstein: «Cinco hombres, uno de los cuales afirma ser un antiguo empleado de la CIA, han sido detenidos cuando intentaban llevar a cabo un plan elaborado para espiar las oficinas del Comité Nacional del Partido Demócrata en Washington. ¿Lo publicamos? –¿Lo tenemos confirmado con la CIA? –No. –Pues espera a confirmarlo». Son sólo cuatro frases rápidas (no tres) intercambiadas entre dos periodistas y su jefe, que hubieran mandado a la papelera y a la inexistencia pública el caso Watergate y la posterior dimisión de Richard Nixon.

          Es la diferencia entre rigor informativo y noticias oficiales; entre dirigir un periódico o el Boletín Oficial del Estado o, en este caso nuestro, el Diario Oficial de Extremadura. O, lo que es muchísimo peor, confundir lo que es ser director/a de un periódico con lo que es dirigir un Gabinete de Prensa del Gobierno, cualquiera que sea éste. Porque rigor no es sinónimo de oficialidad. Antes al contrario, con demasiada frecuencia es, sin ninguna duda, acérrimamente antónimo. Si la verdad periodística en el HOY de hoy día tienen que autentificarla, como en este caso, Vergeles o un fraile zigzagueante con náuseas, mal vamos. Debería bastar con el crédito que aportan la profesionalidad y la honradez de los periodistas que integran su plantilla, de las que, leído lo leído, duda hasta su propia directora. Yo no dudo de ellos. Yo solo dudo de ella y de los adláteres lánguidos que asienten a su férula y sus ocurrencias con media sonrisa entregada y sumisa. Una pena, primo.   

martes, 3 de noviembre de 2020

ABUELEANDO III

 

Mi nieta dice un «no» suyo

cuando quiere decir no

que es un «no» nada corriente.

Depende de su cabreo

para que el «no» que te dice

sea el grito de un ¡«ga»! tajante

del que no puedes huir;

o tan solo un penduleo

de cabeza, y un «ga» plácido

del que, por mucho que quieras,

tampoco puedes huir,

porque es un «no» sin remedio

lo que te quiere decir.

 

Ella sabe que sabemos

que su «ga» es decir «no»,

mas no quiere decir «no»

como dicen los demás,

porque no le da la gana

de andar diciendo que no

cuando quiere decir «ga».

 

Su forma de decir «sí»

es otra cosa distinta.

Hay que mirarla a los ojos,

que ella pestañea dos veces,

para decirlo.

                      Y así

si no la miras, no sabes

que está diciendo que «sí»

porque se queda en silencio.

 

Sin mirarla,

si dice que no, sabemos

lo que acaba de decir,

porque nos grita diciéndolo                                        

en su lenguaje infantil.

Pero si dice que sí,

(callada, media sonrisa,

boca de pitiminí)

hay que mirarla a los ojos

porque intuye, sin saberlo,

que los ojos, cuando hablan,

nunca han sabido mentir.

 

Y quiere, con su silencio,

que la mires a los ojos

cuando te dice que sí.

Y mirarte ella a los tuyos,

y que la veas sonreír,

y le digas entregado,

sin hablar,

que no hace falta decir

lo que los ojos ya dicen

diciéndolo sin decir.

Y, si es que sí,

sin remedio,

seguro que será sí.

 

Y atente a las consecuencias

si dices que «ga» a su «sí».

 

 

 

 

domingo, 18 de octubre de 2020

LOS AÑOS Y EL SILENCIO

           

Yo era el bebé rechoncho del centro.

           El día en el que escribo lo que ahora leen es pura anécdota, un detalle aleatorio que nada aportará a lo que aquí yo diga. Y, además, no tengo ganas de mirar el calendario para saber. Lo que me importa es la luz de este sábado y de aquel momento, la efeméride intrínseca del ahora de entonces. Porque tal día como el cual, ese de 1952, 17 de octubre, hace 68 que me asomé al mundo en el Sanatorio de San Francisco.  En Badajoz, España. Nací, mellizo de una niña que esperó media hora mi llegada, a las dos horas y treinta minutos de un día viernes. Y, a pesar de ser el décimo hijo de mis padres, con lo que, por aquello de la enseñanza genética, el aprendizaje y la herencia cromosómica, debería haber sabido comportarme como un buen neonato, pues no fue así, porque no lloré al hacerlo, quizá por sentirme feliz y liberado al no tener que compartir un espacio agobiante, tal vez insuficiente, en los adentros maternos. Las lágrimas vinieron en un después urgente e inmediato, tras de los cachetes que recibí en las nalgas y que, al hacerme llorar, salvaron una vida, la mía, que recién empezaba.

 

Mi melliza y yo.

            Conforme los años han ido viniendo y a su compás, no al mío, incorporaron oscuridad o luz a mis silencios, llegado tal día como el descrito y desde un tiempo atrás de no sé cuándo, he tenido presente entre mis manos una frase de Mark Twain (
Samuel Langhorne Clemens en los carnés), que se quedó grabada en mi mollera desde que la leí y que, para mí y mis neuras, fue, sin duda, un hallazgo definitivamente prodigioso: «Cuando era joven podía recordarlo todo, aunque no hubiese ocurrido; pero ahora estoy perdiendo facultades y dentro de poco ya no voy a poder recordar nada, salvo las cosas que nunca han pasado», decían al unísono Mark y Samuel. No sé qué edad tendrían uno y otro cuando dijeron esto que dicen que dijo uno de ellos, el otro o ambos, pero aunque yo no haya llegado todavía a una indigencia memorística que me obligue a inventar recuerdos y creer en ellos, bien es verdad que, sin saber en el día en el que vivo, me apabullan imágenes y sensaciones tan nítidas, tan claras, tan limpias, tan palpables de aquel sentir de entonces, que deben ser verdad. Mayormente, porque conozco los límites de mi capacidad para poder soñar quimeras que puedan distorsionar lo que yo he sido. Y hay imágenes tan firmemente ancladas a mi ensueño, que me impiden dudar de su certeza.  

 

Quiero decir, llegado a este momento y sin duelo emocional de ningún tipo, que he pasado la vida queriendo convivir con mis carencias, para tener constancia de aquello que no he sido ni jamás podré ser. Y he derrochado sueños obsesionado en un afán maníaco de recuperar tiempos, de almacenar razones (causa-efecto)  y, así, saber quién soy por lo que fui y, llegado el momento, a quién o qué me enfrento con mí mismo por no haber sido o ser como ahora soy. Recapitulo olores, angustias olvidadas, recuerdos polvorientos, como un bibliotecario que cataloga libros e incunables. Y la vida vivida se vuelve, en perspectiva, un presagio de intentos, de acasos imposibles, presencias fugitivas que duermen en estantes olvidados que nadie alcanzará. Un trabajo baldío. Un deambular adrede, sonámbulo y estéril buscando la constancia callada de la pérdida.

 


Vivir, llegado el caso, es tan sólo un relámpago que ilumina el silencio de una tarde de siempre que empieza a amanecer en el ocaso, con una luz marchita que quiere escabullirse de la noche, último sueño absorto de un amor infinito, sin remedio y sin tasa. Y el presente es la espera de un futuro impreciso, una melancolía más profunda y más tenue, más difusa, más íntima, que se aferra a los pasos indecisos que deambulan, sin rumbo, camino de la nada de un silencio obligado. Ilusión retroactiva, incompleta torpeza de las horas que sueñan.  

 

Dúctil como la vida que se fue, la infancia es una ausencia que vive el imposible de ser lo que ya ha sido y nunca vuelve si no es en la distancia del recuerdo, o en el absurdo amargo del olvido. Y seguir se transforma, cuando menos lo espero, en el afán absurdo de volver a un presente que no existe sino en el inventario de todo lo que ignoro, de lo que pudo ser y no conozco. Me recuesto en mis muertos para dormir el tiempo de este  dulce soñar de amaneceres falsos, sintiéndome culpable de estar vivo. Y, sin saber cómo recompensarles su  presencia, me  duermo amodorrado en el recuerdo sin que ellos hagan nada, tan sólo lo que pueden hacer y mejor saben, que es estar muertos. Y en su silencio ausente, ayudarme a vivir mientras los pienso. No pueden escapar de mi egoísmo: «Es la triste ventaja que tenemos los vivos».

 

 

martes, 13 de octubre de 2020

ABUELEANDO II

 




Cuando declina la tarde,

mi nieta busca la luna

mirando al cielo, expectante,                               

mientras sale de mi mano

de paseo por el parque.

Al encontrarla entre estrellas

se le ilumina el semblante

y la señala, riendo,

aunque esté en cuarto menguante,

aunque sea casi el silencio

de una línea, de un

                                   instante.

Y se alegra al descubrirla

en el cielo,

                    rutilante.

 

No sé que vendrá a sus ojos,

qué pensará cuando mira

un misterio tan lejano,

una ausencia tan distante.

 

Mi nieta mira la luna

mientras yo la miro a ella

cuando mira,

y al ver sus ojos brillantes

descubriendo ese prodigio

de la luz que le aturrulla

desde el cielo,

siento y sé que estoy viviendo

todos mis sueños de antes.

 

Es lo que tiene mi nieta

cuando se le pone cara

de astrónoma principiante.                  

Y lo que tiene la luna,

aunque apenas sea un suspiro            

cuando está en cuarto menguante.