sábado, 5 de mayo de 2018

¿SENTENCIA CONTRA JUSTICIA?

(Fuente: Diario Público)

He leído y oído estos días, más veces de las que hubiera deseado y siempre por parte de aquellos que están de acuerdo con ella, que la mayoría de quienes, en la calle, han protestado por la sentencia del juicio de La Manada, no la han leído. Yo no lo sé. Pero acogiéndome a ese mismo atrevimiento ignorante del que estos opinadores gregarios hacen gala, me siento libre para decir, con su misma rotundidad, que ellos tampoco lo han hecho. A pesar de defenderla con ahínco. Pero como yo sí, (y muy a mi pesar), he leído los 371 folios de la misma, digo, los 134 de la sentencia condenatoria y los 237 del voto particular absolutorio y singular del magistrado Ricardo Javier González González, tengo que decir, salvando las apelaciones legislativas en las que el documento abunda, que la sentencia me ha parecido inaceptable, desconcertante, ridícula y cobarde. Y lo que digan aquellos sabihondos del inicio me da igual. Me he tragado ese mamotreto infumable, tortuoso y mortificante con la humildad de quien, lego en los intríngulis legales, se acerca a él solo con la intención de aprender, de entender, y poder sustentar una opinión medianamente fundamentada. Y he salido de su lectura con una acrecentada desconfianza en la justicia de esta antigua España de nuestros pecados y, ahora, también, de nuestro martirio y nuestra indefensión. Habrá quien crea equivocada mi opinión, contraria a una sentencia que considero injusta y pastelera. Me importa un bledo. A mayor abundamiento cuando sé que, al decirlo, quienquiera que lo haga está cometiendo el error garrafal, muy propio de quienes gustan de orejeras y dogmatismos, de confundir discrepancia con yerro. Solo me queda decirles que eso de tener a dios cogido por los golondros tiene los días contados. Es lo que tiene la calle, esa que fariseos de una y otra acera política motejan de  hordas descontroladas o ensalzan como ‘la voz del pueblo’ según vengan los aires, según convenga a sus intereses pringosos y espurios, tan ajenos a las calles y a quienes las ocupamos y les damos razón de ser.

(Fuente: La Vanguardia)
Le lectura de la descripción tan minuciosa, detallada y precisa que el auto hace de lo que, según las grabaciones realizadas por los implicados, sucedió en el aquelarre repugnante que tuvo lugar en ese cuchitril maldito de la calle Paulino Caballero de Pamplona, me supuso pasear horrorizado por un espanto del que aún trato de recuperarme. Y que el cúmulo de atrocidades humillantes que se describen en él haya supuesto, para el juez y la jueza firmantes de la condena, la calificación de abuso y no de agresión sexual, incomprensible para mi lógica. El relato de los hechos probados nos va dirigiendo a una conclusión que, al final, resulta distinta de la que creíamos y nos dictaba la razón. Se habla de “sometimiento, pasividad y sumisión” de la víctima, de la ausencia de signos  que permitan valorar en ella “bienestar, sosiego, comodidad, goce o disfrute”, de las veces que, sin consentimiento por su parte, fue penetrada bucal, vaginal y analmente en una situación de ”prevalimiento y abuso de la superioridad sobre la denunciante por parte de los procesados”, “estando aquella sometida a la voluntad de estos”, utilizándola como un mero objeto “con desprecio de su dignidad personal, para satisfacer sobre ella sus instintos sexuales”. ¿Qué idea de violación tienen estos magistrados para calificar los hechos de abuso sin violencia? Soy incapaz de entenderlo y de estar de acuerdo con el fallo. Y, en consecuencia, de respetarlo.

(Fuente: Mujer Hoy)
¿El voto particular del magistrado discordante...? Si la sentencia no me merece respeto, este apéndice del juez González me produce repugnancia. 237 folios de un pestiño trufado con pinceladas exhibicionistas y, por momentos, pedantes, de sus conocimientos jurídicos, que evidencia una búsqueda obsesiva de presuntas incoherencias o contradicciones en las distintas declaraciones de la víctima y, sobre todo, una singular visión de los hechos probados. En más de una ocasión apela a su conciencia, lo que puede ser un arma de doble filo. Porque él sabrá, como yo lo sé, que existe la llamada ‘conciencia errónea’, que el DRAE define como «conciencia que con ignorancia juzga lo verdadero por falso, o viceversa, y tiene lo bueno por malo o al contrario». Por ejemplo, ver un video en el que cinco humanoides machistas y babosos fuerzan a una cría indefensa de 18 años y no observar en él «signo alguno de violencia, fuerza o brusquedad ejercida por parte de los varones sobre la mujer y sí de una desinhibición total y explícitos actos sexuales, en un ambiente de jolgorio y regocijo». En fin, mucho me temo que este problema de visión desenfocada no podría arreglarlo un oftalmólogo. Y si el CGPJ, que podría arreglarlo, no lo ve, pues p’habernos matao, primo.

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