sábado, 24 de diciembre de 2016

ODIO DE IDA Y VUELTA



(Fuente: abc.es)
El terrorismo, abominable desde cualquier punto de vista que se mire, además de su potencial para provocar víctimas directas, la mayoría de las veces indiscriminadas e inocentes, tiene consecuencias añadidas a cuál más perversa y peligrosa. No sé si será la más funesta pero, al menos, la que a mí me produce más inquietud es la capacidad que comporta de generar odio, el mismo que sustenta su razón de ser y que, con diabólica reciprocidad, emprende un camino de ida y vuelta fatal. Esa inquietud llega a ser espanto cuando constato, día tras día, que ese camino de vuelta se prostituye y se ramifica alcanzando por extensión a inocentes a los que, de manera injusta, enfermiza o interesada, siempre irracional, se les iguala con el asesino hasta convertirlos de este modo también en víctimas, igual de inocentes, igual de indiscriminadas, de un linchamiento vesánico. Y esta identificación absurda, a veces expresada con obsesión paranoica, para que los asimilados pasen a ser considerados sospechosos o, lo que es peor, conniventes con la barbarie, se sustenta en argumentos tan disparatados y endebles como que tengan la misma nacionalidad, la misma raza o, en un binomio reaccionario mayoritariamente enarbolado por voceros energúmenos, la misma condición de refugiado y musulmán. Una aberración ideológica, cóctel maquiavélico y cochambroso de xenofobia, racismo, demagogia e intransigencia religiosa. Los ingredientes cambian, pero el engranaje voluntarista es igual de avieso en su necedad que aquel que lleva a equiparar vascos con etarras, catalanes con separatistas o políticos con corrupción, por poner tres ejemplos tópicos y cercanos.

Consideraciones éticas aparte, que ya bastarían para descalificar estas posturas ultras y maximalistas, las cifras tampoco corroboran el mecanicismo simplón de su lógica. Según la última estadística que he podido encontrar, de los 15.181 atentados de corte islamista llevados a cabo en el periodo 2000-2014, casi el 90% se produjeron en países de mayoría musulmana, causando en ellos 63.000 muertes de un total de 72.000, es decir, el 87,50%.  De los 9.000 restantes, los países con mayoría cristiana más perjudicados fueron Filipinas y Kenia, con 974 acciones criminales que dejaron más de 1.800 muertos, penoso rango solo superado por EE.UU. en el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, en donde 2.996 personas fueron asesinadas. En Europa Occidental,  y durante  esos mismos 15 años, los atentados terroristas de corte islamista fueron 22, el 0,14% de los 15.181 totales, con 248 muertos, el 0,34%. Habría que ver, a su vez, cuántos de estos 22 fueron llevados a cabo por refugiados y no por nativos hijos de emigrantes o por terroristas venidos ex profeso. Un muerto siempre es un muerto digno de ser llorado. Y si muere por causa de la intransigencia, o del hecho de ser o pensar diferente, o de tener creencias distintas a las de su asesino, con más razón. Pero 63.000 muertos son más, abrumadoramente más que 248.  De manera que todo este vocerío ramplón, estos anatemas escupidos contra refugiados que, en buena medida, vienen huyendo de aquello de lo que se les acusa, tampoco tienen cifras reales en las que apoyarse, y solo son producto de la miseria moral y del egoísmo de quienes los profieren. Si para muestra vale un botón, el historial del responsable del atentado de Berlín, cuyas peripecias por Europa nos dan cuenta, por otra parte, de los fallos de seguridad de los que adolecen los servicios antiterroristas europeos, viene a corroborar lo dicho. Ni refugiado ni nada que se le pareciera. Solo un delincuente que viajó desde Túnez, sin estatuto de refugiado, reconvertido en islamista en la cárcel italiana donde estuvo recluido por delitos comunes y con una orden de expulsión que logró esquivar.

(Fuente: El Mundo)
Me entero, en el momento de escribir este artículo, que el tipo ha sido abatido por policías italianos tras disparar contra ellos en un control rutinario en las afueras de Milán. No me apena su muerte, sobre todo porque él habrá sido feliz inmolándose por su doctrina. Lo que sí me produce desazón y tristeza es comprobar la fragilidad que tiene el aura que rodea a este continente en el que vivimos, entronizado como génesis de toda la civilización occidental y de todos los valores de libertad, democracia y fraternidad de los que alardea. Aparentemente asentado en una historia y una tradición humanistas, esos valores se van difuminando más y más para aproximarse trágicamente a la cerrazón ideológica islamista que dice despreciar. Cada día más cerca de la barbarie del Antiguo Testamento y de un dios inflexible, vengativo y cruel. Pero ya se sabe, las religiones siempre cuentan con recursos para justificar las acciones más abominables. Y si no, guardan en la recámara el consuelo del paraíso, bien sea con huríes o con criaturas celestiales. Pues por mi parte, de amén, nada de nada.

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