Ayer viernes se inauguró la 38 Feria del Libro de
Badajoz, que durará hasta el domingo 19 de los corrientes. Y, a su amparo,
mañana domingo, a partir de la 13:15 horas, se entregarán los premios del 23
Concurso de Poesía y Narración Infantil y Juvenil, del que soy jurado desde
hace muchos años, quizá durante sus 23 de existencia. Refiriéndome a él, publiqué
el año pasado en estas mismas páginas el artículo Feria del Libro y escritores novicios. Entre otras cosas, decía yo,
más o menos: «Vivir la posibilidad anual que se me
ofrece de poder acercarme a las emociones
desbordantes, ingenuas, desinhibidas, de escritores que, salvo algunas
excepciones, están entre los 8 y los 13 años de edad, es un lujo con el que
disfruto como si fuera uno de ellos. Y lograr lo que logran, digo, que un tipo
como yo, cercano a ser ya un carcamal, recupere el olor cercano de una
inocencia enterrada por las arrugas de los años, es un milagro que solo los que
son abuelos tienen la posibilidad de llegar a disfrutar. Dado que, ‘consanguíneamente’
hablando, yo no lo soy, cuando me enfrento a los cientos de poemas y
narraciones que mandan cada año estos autores, me siento un poco el abuelo de
todos y cada uno. Y, sin conocerlos, me los imagino escribiendo, volcando su
imaginación y sus sentimientos en historias y poemas que recibo como un “agua
límpida milagrosa” y rejuvenecedora. Ya sé que, a primera vista, puede resultar
contradictorio que esta experiencia anual me haga sentir, al mismo tiempo,
nieto y abuelo, niño/joven y adulto, pero esa es la magia que tiene esta
literatura, este concurso, que te contagia de fantasía hasta hacer que lo
absurdo resulte normal y lo normal, aburrido e ilógico. Y así, en una pirueta
existencial que solo en ese mundo de fábula que construyen se puede realizar,
me siento abuelo de mí mismo al tiempo que de ellos».
sábado, 11 de mayo de 2019
FERIA DEL LIBRO Y "ABUELIDAD"
viernes, 3 de mayo de 2019
EL PARTO DE LOS MONTES
«Con varios ademanes horrorosos / los montes de
parir dieron señales; / consintieron los hombres temerosos / ver
nacer los abortos más fatales. / Después que con bramidos espantosos /
infundieron pavor a los mortales, / estos montes, que al mundo estremecieron, /
un ratoncillo fue lo que parieron. / Hay
autores que en voces misteriosas / estilo fanfarrón y campanudo / nos
anuncian ideas portentosas. / Pero suele a menudo / ser el gran parto de su
pensamiento, / después de tanto ruido, sólo viento». Visto el resultado de
las elecciones del día 28, no pude sino acordarme de esta fábula de Samaniego
que me pareció que le venía al pelo. O al pedo, por seguir la metáfora
fabulística.
Y es que, independientemente de los escaños conseguidos por unos u
otros, la situación política, en esencia, viene a ser la misma que antes de la
consulta: Un gobierno en minoría que necesitará de apoyos puntuales para
hacerlo si es verdad que quiere gobernar en solitario y con cierto desahogo,
entendido éste como alivio o tranquilidad, digo. Porque del otro desahogo, del
que indica desfachatez o desvergüenza, el ínclito Sánchez, con su sentido patrimonialista del poder y su actitud de
nuevo rico, ya nos ha dado suficientes muestras en estos pocos meses. ¿Y los apoyos? Pues descartados Vox y PP, con
Ciudadanos en cuarentena, las posibilidades son las que ya había: Podemos, ERC,
PNV, Bildu, JxCat..., siempre sujetos a lo que los enterados llaman “geometría
variable”, que no es más que un do ut des
sublimado, o sea, un regateo de mercadillo con aires de grandeza. En fin, más
de lo mismo desde que Sánchez advino al sillón.
A pesar de lo anterior, de la similitud entre las condiciones de
gobernabilidad en el último tramo de la legislatura anterior y las que pueden intuirse
en la que viene, es evidente que el resultado de las elecciones ha supuesto un
cambio importante en la correlación de fuerzas, fundamentalmente entre los 4 primeros
partidos que han sumado el 75% de los
votos. El cambio de tendencia es manifiesta e incuestionable con la holgada
victoria del PSOE, que consigue 123 escaños (+38), y sube en 6 puntos porcentuales y más de
2.000.000 de votos, frente al descalabro sangrante del PP, con una batacazo de
17 puntos y 3.600.000 votos, hasta quedarse en 66 diputados (¡-71!). Y se
confirma con la merma de 7 puntos,1.300.000 votos y 29 escaños de Podemos,
frente a la subida respectiva de 2, 1.000.000 y 25 de Ciudadanos. En algún
análisis que he leído me pareció que al analista, seguro que con conocimiento
de causa más que suficiente, sólo le faltaba decir el nombre de los votantes
tránsfugas. Sin embargo yo no me considero capaz de analizar cómo ha sido el
busilis del trasvase de votos de unas siglas a otras, a mayor abundamiento
cuando ha habido 2.200.000 votantes más que en 2016. Pero mi indigencia
sociométrica o comoquiera que se llame no me impide ver que el voto mayoritario
ha huido de los extremos y se ha concentrado en terrenos menos dogmáticos,
confluyendo en el centro, izquierda más, derecha menos.
Y creo que también se ha puesto a salvo de la indefinición. Y de
un PP que, mirando acobardado e inseguro a derecha e izquierda y queriendo arrebatar
espacios políticos que no le correspondían, se ha quedado desdibujado e
incoherente en tierra de nadie. Y, quizá también, del pasmo retrospectivo que haya
podido producir en los ciudadanos la fantasmagórica aparición de un Aznar ‘desbigotado’
y vesánico retando a miradas, como matón de taberna cutre, a quienes le dijeran
no sé qué mirándole a los ojos. Esa imagen patética y definitoria, esa
exhibición tan torpe como innecesaria de este momio recalcitrante, tiene una
contundencia repulsiva que la sonrisa impostada de Pablo Casado, tan chisgarabís, tan correlindes, tan inseguro, ha
sido incapaz de contrarrestar.
¿Y Vox? Pues eso, ha quedado el 5º con 2.600.000 votos, 10 puntos
y 24 escaños. Como venía del infierno de los 46.000 votos, el 0,2% y los 0 escaños, su ascenso ha sido, sin duda,
astronómico. Y andan enardecidos y con ansias renovadas de reconquista
patriótica. Ellos sabrán. Yo me he acordado de un compañero del Zurbarán, ¡pobre mío!, que
siempre suspendía en Matemáticas. El profesor calificaba nuestros exámenes con
precisión de decimales. Y él no solía pasar del 1,50. Su rosario de notas iba
del 0 pelón al 1,75. Ya finalizando el curso y hecho el ejercicio previo al
final, tras recoger la ‘cartilla de notas’ el compañero me vino exultante. No
cabía en sí de gozo. «¿Has aprobado?», le pregunté al verle tan orondo. Y él me
contestó mientras me enseñaba la cartilla con manos temblorosas: «No, Jaime.
Pero mira, mira, me ha puesto un 3,50. Voy mejorando». Lo cual, que suspendió
en junio con un 2,70. Y en setiembre tampoco aprobó. ¡Hay que ver lo
que es la vida, primo!
viernes, 26 de abril de 2019
ESTACIÓN OTOÑO-NORTE
En el mes de abril del año 2012 tuve ocasión de
presentar el poemario Crónicas de Atenas,
ganador del XXX Premio de Poesía Ciudad de Badajoz, y a su
autor, Manuel Jurado López, sevillano
de Sevilla desde el año 1942. Pues 7 años después, este pasado martes, repetí
la jugada con los mismos protagonistas, digo Manuel, yo y un libro de poesía
escrito por él también ganador del Premio Ciudad de Badajoz, aunque esta vez,
claro, en su XXXVII edición y titulado Estación
Otoño-Norte. Y no es que el autor nos haya cogido al jurado el pan debajo
del sobaco o sepa de qué pie estético cojeamos cada cual porque, de entonces
acá, los miembros del mismo han cambiado significativamente, a veces por
circunstancias tan trágicas y dolorosas como fue la muerte de nuestro Santiago Castelo, a quien sigo
recordando emocionado. Y, a mayor abundamiento, porque aunque ambos poemarios tengan
calidad suficiente para haberse llevado el premio, son absolutamente distintos
en fondo, forma, temática y estructura. Mientras aquél es un libro extravertido
que, haciendo un viaje de ida y vuelta sangra hacia afuera, hacia las calles y
los habitantes de un país, Grecia, entonces roto y arruinado, el que hoy nos
ocupa es un camino de regreso al interior, una hemorragia interna de asombros y
reproches, de dudas temblorosas, de preguntas al aire de un hábitat tan frío,
tan lejano de un sur perdido en la añoranza, que hace que tiemblen «el pulso
del poema, el hueso de cristal de la nevada y la raíz secreta de las palabras»,
mientras la noche es una sombra persistente, un manto de extrañeza y de nostalgia,
«y la luna, detrás de los fiordos... un
pan redondo y seco».
Manuel Jurado es hombre polifacético, (maestro de
escuela, profesor de instituto, traductor, conferenciante, crítico literario,
antólogo...), y cuenta en su haber con un medallero de premios literarios bien
tupido que van del San Juan de la Cruz al Buero Vallejo, pasando por los dos
Ciudad de Badajoz o el Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, además de escritor
políglota, polivalente y prolífico, con más de 50 títulos de poesía, novela,
relatos, teatro y literatura infantil y juvenil publicados. Y por seguir con el
prefijo poli aventuro que él, para
titular su libro, juega con la polisemia de la palabra estación y aúna dos de sus significados (tiempo y tren) para bautizarla
Otoño-Norte. Si quisiéramos rizar el rizo, y yo sí quiero hacerlo, también
deberíamos tener en cuenta que otoño y norte son, asimismo, polisémicas. Porque
otoño, ¿la tomamos en su 1ª acepción
como «estación del año que, astronómicamente,
comienza en el equinoccio del mismo nombre y termina en el solsticio de
invierno», o acaso en la 4ª, como «período de la vida humana en que ésta
declina de la plenitud hacia la vejez»? Y norte,
¿es «punto cardinal situado al frente de un observador a cuya derecha está el
este» o, más bien, «guía, punto de referencia, meta u objetivo»? Afortunadamente, creo que todo buen libro de
poesía tiene un poema que marca el ritmo de su sangre: él es el corazón que
impulsa y aclara y tonifica los vericuetos del pálpito que late entre sus
páginas, el que da plenitud a los silencios y abre paso a la asunción de nuestros
asombros. Es como un buen lazarillo, amigo y fiel, que nos llevara de la mano
cuando, cegados por la luz y el desconcierto, no nos vemos capaces de emprender
el camino que nos lleva a la agitación o a la ternura. Yo lo he encontrado en el
titulado Viaje que, además de cumplir
con todo lo anterior, me parece que resume, con una contundencia ciertamente
hermosa, ese batiburrillo de significados del que antes hablaba:
Siempre
es tarde. Siempre es demasiado tarde
para
llegar a la estación Otoño-Norte
y sacar
un billete al olvido
o al bar
de la esquina o a la boca
de la
mujer que nos quiso besar.
Siempre
es tarde. Siempre es demasiado tarde
para
colocar la maleta junto a la ventanilla
y
contemplar el paisaje que llega y huye
o cuando
huimos del paisaje que permanece
y nos
despide.
Tarde,
demasiado tarde para abrir el periódico
del día
que nos advierte que vamos a salir de viaje
tan
pronto como lleguemos tarde
a la
estación Otoño-Norte.
«Estación Otoño-Norte» o, quizá, la estación
Otoño-Norte es un rompecabezas de sensaciones encontradas, de extrañamiento
adrede, de soledad impuesta por la distancia, el desarraigo, el hielo, la
desnudez del alba. A veces resulta complicado encontrar la ligazón entre un
poema y otro o, quizá, el enlace entre un tren y otro, que ya no sé yo. Ni
falta que hace encontrarlos, al menos en lo que a poesía se refiere, porque ella
es lo que es, unas veces aguacero y otras lluvia serena y persistente. A menudo,
una mezcla caótica y fructífera de vado y torrentera. Y el poeta tan solo un
mensajero, con frecuencia inconsciente y sorprendido, de sentimientos que, a
pesar de ser suyos, no siempre es capaz de explicárselos y, por tanto, de
explicárnoslos. Se limita a ofrecernos la corazonada del absurdo; la emoción amarga
del frío; la carencia de un nombre; el olor de las
risas que se pierden; la ilusión de una mirada; el tacto de una piel
desconocida; las páginas amargas de un libro interminable de injusticias; el repentino hallazgo «de una mota de polvo que
flota en el ala de una sílaba»; el convencimiento de que «morir con espinas de
rosas en las manos es una buena muerte» o, por fin, la necesidad vital de
encontrar un ornitólogo que consiga entender y le traduzca el canto de los
pájaros daneses, que debe de ser tremendamente adusto. Otras veces, cansado y
solitario, solo busca una brizna de alivio al imposible cierto de saber que «siempre
es tarde. Siempre es demasiado tarde / para llegar a la estación Otoño-Norte».
La verdad es que yo no sé si desearle, o mejor no, que un día llegue a tiempo
de coger el tren.
domingo, 14 de abril de 2019
«YO NO QUIERO DORMIRME»
En el mes de abril del año 2017, publiqué en estas
páginas que acogen mis desvaríos un artículo titulado Morir solo. En él hablaba de José Antonio Arrabal López, enfermo de esclerosis lateral amiotrófica (ELA) diagnosticada en
agosto de 2015 y en ese momento en fase terminal, que decidió suicidarse ingiriendo
pentobarbital, un barbitúrico que adquirió en la red y generalmente utilizado
en la actualidad para la eutanasia veterinaria. En él me hacía muchas preguntas...
Todas siguen hoy sin respuesta. Y todas estarían respondidas, con mayor o menor
fortuna, si ya existiera en España una ley que regulara la eutanasia y el
suicidio asistido. Una ley que permitiera, a quienes prefieren morir a seguir
viviendo una existencia degenerada por la crueldad dolorosa de una enfermedad
irreversible y letal, no tener que actuar como cazadores furtivos de su
descanso. Pero aquí seguimos, en esta España lastrada todavía por el poso de
una moralidad cutre e impregnada de incienso, prestando oídos sordos a la voluntad
y los deseos del moribundo y haciendo del sufrimiento evitable e innecesario un
requisito obligado para la muerte. Me parece monstruoso. Y cruel. Y alejado de
cualquier justificación moral o humanitaria.
Nuestros políticos, que desde el caso de Ramón Sampedro han tenido 21 años para intentar resolver el asunto,
siguen a lo de siempre, más atentos a los mezquinos estudios contables de las
urnas que les resuelvan la vida a ellos, que a tratar de aliviar el sufrimiento
de sus votantes o, cuando menos, de calmar sus ansias. Así, una ley que en
junio del pasado año fue admitida para su tramitación en el Congreso, quedó
estancada (y en ese limbo sigue) debido a los culebreos por activa y por pasiva,
respectivos e interesados, del Partido Popular dilatando los plazos para la
presentación de enmiendas y de Ciudadanos interpretando a un don Tancredo aprovechado
y consentidor de tales retrasos. El final de la legislatura y la convocatoria
de estas elecciones actuales de nuestros tormentos, acabó de rematar la
estrategia dilatoria. Ya ven, esa es la autoridad moral de nuestros próceres.
Ahora, en este interregno democrático en el que la inanidad de los
parlanchines se hace más palmaria, en el que reinan las palabras huecas y las promesas
falsas, las poses estudiadas y la mercadotecnia partidista, ha habido un nuevo
caso que ha dado un baño de realidad al mundo etéreo y falso en el que viven
los que, a fin de cuentas, aspiran a dirigir nuestras vidas y nuestras haciendas,
a los que se creen con derecho a ser los encargados de autorizar o no nuestras
muertes e, incluso, llegado el caso, a dar legalidad a nuestra manera de
matarnos, a nuestras ansias de huir
hacia la nada y el silencio sin tener que hacerlo en soledad y a escondidas. María José Carrasco, enferma terminal cansada
de sufrir sin esperanza, quiso encontrar en su muerte la tranquilidad de acabar
con 30 años de suplicio, un último y definitivo alivio a su dolor sin sentido. Postrada
e imposibilitada para hacerlo, ha sido su marido, Ángel Hernández, quien ha acercado a sus labios el vaso que
contenía el pentobarbital que acabaría con su vida y su padecimiento. Las imágenes filmadas antes de su final,
profusamente difundidas estos días por la prensa y las cadenas televisivas,
constituyen un documento desgarrador que junto al dramatismo de la situación nos hace ver la
firmeza contundente de María José en su decisión («Yo no quiero dormirme, quiero
morirme. Cuanto antes, mejor»), al tiempo que nos convierte en testigos del dolorosísimo
sacrificio de Ángel ayudando a morir al amor de su vida: «María José ya estaba muy harta de su situación porque
estaba sufriendo mucho y ha decidido suicidarse. Ha sido esta
mañana y la he ayudado yo porque ella no podía con sus manos y yo le he
prestado mis manos», explicó, con voz entrecortada, en su llamada al 061.
Por si tanta tragedia no
fuera suficiente, en este país que tanto gusta de lo estrambótico con
frecuencia sale a la palestra algún funambulista dispuesto a rizar el rizo de
lo incomprensible. Y esta vez ha sido la jueza encargada del caso, titular del
Juzgado de Instrucción número 25 de Madrid, que se ha inhibido del mismo, dizque
al interpretar según su leal saber y entender una sentencia del TS, y pretende
que José sea juzgado por un tribunal de violencia contra la mujer, o de violencia
machista, o de violencia de género o como quiera que se llame. Pone así la
guinda absurda de la humillación y del insulto a un pastel ya profundamente
amargo. En fin, la rigidez burocrática, refugio tantas veces de individuos negligentes,
torpes o medrosos, abre con frecuencia una puerta que nos lleva directamente a
la alucinación y al disparate más pasmoso. Y siempre con el administrado como víctima,
claro. Pues eso.
viernes, 5 de abril de 2019
MONSERGAS E IDIOTECES POLÍTICAS
Cada vez que llegan elecciones me acuerdo de León Felipe: «Yo no sé muchas cosas, es verdad. / Digo tan sólo lo que he visto.
/ Y he visto: / Que la cuna del hombre la mecen con cuentos… / Que los gritos
de angustia del hombre los ahogan con cuentos… / Que el llanto del hombre lo
taponan con cuentos… / Que los huesos del hombre los entierran con cuentos… / Y
que el miedo del hombre / ha inventado todos los cuentos. / Yo no sé muchas
cosas es verdad. / Pero me han dormido con todos los cuentos… / Y sé todos los
cuentos». Si él viviera y viera la realidad de ahora, se daría cuenta de lo
corto que se quedó en su poema. Porque los cuentos ya no sólo son inventados
por el miedo del hombre, que también, sino por los cuentistas que crean ese
miedo y se aprovechan de él. Dadas las circunstancias actuales, con la
irrupción ultramontana y grosera de Vox, la inseguridad del PP, los devaneos de
Ciudadanos, la inconsistencia del PSOE y la constatación de la vacuidad de
Podemos, la tabarra que nos están dando los líderes políticos y sus adláteres,
monaguillos y sacristanes, está siendo de órdago a la grande. Lees periódicos,
escuchas la radio, ves telediarios y, dada la monotonía de sus oratorias, lo
reiterativo de sus discursos, el empecinamiento en propagar sus carencias y la
riada de retruécanos, anacolutos y tópicos que exhiben, te sientes inmerso en
un bucle temporal mareante sin saber en el día en el que vives, si es ayer, la
semana pasada, el mes anterior o, rizando el rizo de la pesadilla, el día de
mañana.
En algún momento de esta angustiosa y prolongada alucinación, por
mor de mis ramalazos hipocondríacos, he llegado a pensar que, a pesar del
estricto cumplimiento de la posología prescrita, mis problemas de riego sanguíneo
se habían agravado, reverdeciendo las microisquemias en mi putamen y, con ello,
los colapsos de flujo sanguíneo en la zona. Porque la sensación de estar
viviendo lo ya vivido es palmaria. Estoy convencido de que a alguien que no
esté metido en el meollo de esta vorágine propagandística, siempre impostada y
con frecuencia panfletera y demagógica, que es la mascarada electoral, le
colocas el video de una arenga de esta o la anterior precampaña, campaña o
poscampaña, y no sabe decirte si es de ayer mismo o de hace 3 años. O a la
viceversa. Y la irrupción de Vox, que podría servir como distintivo de
actualidad, no hace sino empeorar este problema de retroactividad hasta hacerlo
involutivo, porque los tres años se incrementan hasta 50 y, con ellos, vuelven
a florecer las imágenes siniestras de los brazos en alto en la Plaza de Oriente
de Madrid. Pues eso: Todo sea por España, camarada, y por su Revolución Nacional-Sindicalista.
Faltaría más.
Por si no tuviéramos bastante con la tabarra vocinglera de unos y
otras, después están las idioteces. Porque no solo de Monago en chándal fosforito retozando entre encinas viven los
aprendices de brujo, tipo Iván Redondo,
que asesoran a los próceres y ocupan gabinetes y despachos. También lo hacen de
inventarse lemas como el de la actual campaña del PSOE, que bien parece ser la
parida de un ‘pepero’ infiltrado en sus filas; o la mamarrachada de Vox,
anunciando su inicio oficial de campaña, ignoro si a caballo, en Covadonga,
como metáfora cutre y facilona de la nueva Reconquista que proclama; o el
cartel que anunciaba la vuelta a la actividad política de Pablo Iglesias tras
su baja por paternidad, un engendro rezumante de machismo cesarista de lo más
cochambroso.
Siendo los anteriores claros ejemplos de hasta dónde puede llegar
la idiocia militante de algunos, son ‘peccata minuta’ con lo que se puede
encontrar en Internet. Y, además del video de Ada Colau, ha habido un hallazgo que me ha impactado de manera
singular sirviéndome, incluso, como lenitivo de las monsergas recalcitrantes
padecidas. Tiene como protagonista a Juan Antonio Morales Álvarez, antaño secretario general del PP de Badajoz y
diputado por esas siglas en la Asamblea de Extremadura, y hogaño afiliado a Vox,
que tiene el dudoso honor (que con su pan se lo coma y se le atragante) de
haber sido nombrado por la Fundación
Francisco Franco “Caballero de Honor” por su "labor destacada en la
defensa de la verdad histórica y de la memoria del Caudillo y su gran
obra". Pues el interfecto aparece en un video, a orillas de un río (¿el
Gévora, quizá?) en defensa de la caza y de los cazadores soltando el consabido rollo.
A su lado, y ahí reza el motivo de mi hilaridad perpleja, aparece un figurante
impertérrito y estático, con los ojos desenfocados, vestido con un disfraz mitad Peter Pan, mitad Robin de
los Bosques, que quizá sea una alegoría sublime pero que mis cortas entendederas
no son capaces de desentrañar. ¿Qué pinta allí ese mamarracho mudo? Lo ignoro. Porque
cuando el corifeo acaba su patosa perorata el tal, claro, hace ‘mutis’ a su
compás llevándose con él y con su silencio la razón de su presencia y la
enjundia de su icónico mensaje. ¡Lo que es el arte, primo!
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