Adoro este país llamado España.
Casi con la misma fuerza que, a veces, lo detesto. Es como una novia díscola
que te la juega y te tiene enfurruñado durante una temporada y, de buenas a
primeras, te sorprende con un abrazo inesperado, o una nueva declaración de
amor que te derrite. Aunque, claro, la España de cada cual tiene tantas facetas
distintas y contrarias, y puede ser mirada desde tantos puntos de vista
diferentes, que resulta dificilísimo, imposible, categorizar sobre ella. Todo
se reduce a una reflexión personal, peculiar y posiblemente discordante con
otras muchas de otros muchos. Porque pienso, a veces, que los países no son más
que un ente de razón justificado por un territorio y una historia común interpretable
siempre e interpretada, a veces, de muy mala manera. Habrá que echar mano, para
explicar estos estados de ánimo no solo distintos, sino contrarios, a la famosa
cuarteta-pastiche de Campoamor: En este mundo traidor / nada es verdad o es
mentira, / todo es según el color / del cristal con que se mira. Y el cristal
a través del cual miro yo la realidad de cada día me ha llevado esta semana del
desaliento a la esperanza casi sin solución de continuidad, en una suerte de
ciclotimia añadida y exógena.
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(Fuente: elconfidencial.com) |
El desconsuelo, no exento de
indignación y de desprecio, vino de la mano de este nefando autobús
propagandístico que se ha paseado por las puertas de los colegios de Madrid, con
un mensaje repugnante que los medios han calificado de ‘tránsfobo’, que lo es,
pero yo creo que está incluso un escalón por encima en la infamia, porque lo
veo como un anuncio ‘paidófobo’, que va en contra de todos de los niños: contra
unos porque los estigmatiza; contra los demás porque les da motivos para que
discriminen a quienes no se ajusten a unos cánones de “normalidad
sexual” estrechos y ultramontanos. Con
los casos de acoso escolar que vamos conociendo, algunos de ellos con resultados
fatales e irreversibles, esta panda de indeseables que se arraciman bajo las
siglas de Hazte Oír, una patulea de ultracatólicos que anda por los cerros del
Concilio de Trento, se permiten el lujo de posibilitarlo colegio por colegio. Con
el agravante de amparar sus consignas en la falacia de confundir, de manera
hipócrita y sucia, sexo con género. ¿La solución está en encerrar el autobús en
una cochera, como se ha hecho? Yo creo que no. Y no solo porque eso es dar
argumentos mártires al enemigo, que también, sino porque es una solución fácil,
cómoda, que no acaba con el problema y, a mayor abundamiento y visto el asunto
sin apasionamiento, puede conculcar su libertad de expresión y de opinión, por
despreciables que sean sus expresiones y sus opiniones. Las servidumbres del Estado
de Derecho son las que son, aunque a veces vayan en contra de nuestros deseos. Y
es que los problemas se solucionan resolviéndolos, valga el pleonasmo de
Perogrullo. Quiero decir que si la organización fue declarada en 2013 de “utilidad
pública”, -que manda nísperos la cosa-, según Orden INT/904/2013, de 7 de mayo,
del Ministerio del Interior firmada por el entonces ministro Jorge Fernández Díaz,
(qué otro acérrimo chupacirios podría firmar esta sinrazón), muévanse los hilos
políticos necesarios para revocar dicha orden y, así, acabar con las
innumerables ventajas fiscales de las que goza, que no son pocas. Y si la
Justicia considera que la campaña de marras es una incitación al odio, miel
sobre hojuelas, porque además de que su supuesta utilidad pública se va a hacer muchas
puñetas y sus exenciones tributarias también, podría conllevar penas de cárcel para sus promotores. ¿Confío en que esto pueda acabar
así? Pues no. Porque cada vez me fío menos del engranaje que mueve a este país.
Y porque estoy en el estadio más descorazonador de mi particular diente de
sierra anímico.
Me sostiene medianamente entero una
noticia esperanzadora que esta misma semana leí entre otras muchas desasosegantes o inútiles,
y que me devolvió la fe en la magia que la vida, cuando menos te lo esperas, te
regala para deslumbrarte y hacer que tu corazón recupere un latido ilusionado y
sereno. La historia, por sencilla, es aún más emocionante: Las 22,15 del día 27
de febrero en la A4, dirección Madrid. Un motorista, pincha. Estando en el
arcén, una furgoneta para y su ocupante se ofrece a llevarlo a la ciudad. Cargan
la moto en el vehículo y, al reiniciar la marcha, el conductor, presa de un
infarto, empieza a convulsionar y entra en parada cardiorrespiratoria. El
motorista, tras practicarle las maniobras de reanimación, lo mantiene con vida
hasta que los efectivos del Samur, avisados por él, lo estabilizan y consiguen
salvarle. Funcionó lo que los integrantes de emergencias llaman “cadena de la
vida”. Incluso conmigo, ya ven, tan lejos, tan sin saber. Para que luego digan
que los milagros son sólo cosa de los dioses.
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