domingo, 11 de agosto de 2013

DESPISTES Y GPS

Ya he comentado por aquí en más de una ocasión mi condición de despistado crónico, con un currículo envidiable: Saludo a quien no tengo que saludar; dejo de hacerlo a quien debería; llamo Juan a Pedro y Pedro a Felipe; hablo con gente a la que no conozco o no tengo conciencia de conocer, gente que me para por la calle llamándome por mi nombre y que, cuando se van, siguen siendo igual de desconocidos porque sigo ignorando de ellos nombre y circunstancias, y a los que despacho con monosílabos ausentes con el desconcierto de no saber de qué coño he estado hablando con ellos porque, mientras duraba la conversación, mi cabeza bullía tratando de captar una señal con la que pudiera identificarlos. Ahí no acaba mi retahíla, porque también repito lo que ya dije y no dije lo que creí haber dicho, intento calentar el café mañanero encendiendo el televisor o metiendo la taza en el frigorífico en vez de en el microondas e incluso, a veces, superadas las distracciones anteriores, lo dejo calentito encima de la mesa y ahí se queda muerto de risa... En fin, para empezar y no parar. La verdad es que, hasta ahora, esta condición de ensueño hueco no dificulta mi vida diaria de manera grave. A lo más, pequeñas angustias si el olvido es una plancha o una cocina de las que dudo de su apagado, o fugaces cabreos cuando no compro o se quedan a saber dónde las chucherías con las que disimulo el mono de nicotina. Lo dicho, veniales o medianos lapsus de memoria en muchos casos baladíes y del todo ocasionales, que mi santa resuelve con paciencia y vigilancia cuando puede. O sea, si no aparece su versión perversa y se le pone cara de Charles Boyer en “Luz de gas”, se me viene diciendo que me ha dicho algo de lo que yo no tengo conciencia, y ella lo achaca al desinterés que pongo cuando me habla y, en el colmo del paroxismo, llega a decirme hasta distraído mientras me manda al purrio, valga el doble eufemismo de horario infantil. En cualquier caso nada dramático. Antes al contrario, motivos para el posterior carcajeo y la tenue ternura cómplice.

El drama sí que viene cuando, en tierra extraña o en la mía pero al pronto desconocida, y con motivo de vacación, boda, bautizo, cumpleaños, jolgorio o trabajo, debo salir fuera de los límites trillados, que es decir algunas pocas zonas de Badajoz relacionadas con casa, trabajo y ocio moderado. En Badajoz ya me pierdo más veces de lo que puede considerarse excesivo, pero si debo traspasar sus fronteras el asunto alcanza tintes verdaderamente trágicos. Ahí sí encuentro una grave e insuperable dificultad para el normal desenvolvimiento de mi actividad vital, porque mi cretinez topográfica es tan supina que, fuera de mis parámetros, puedo perderme en un baldosín. Si para muestra vale una pérdida diré que cuando mi mujer fue destinada como maestra a Belvís de Monroy, pueblo que añoro y donde estuvimos cuatro años irrepetibles conviviendo con gente cariñosa y hospitalaria, digo que en aquel pueblo entrañable de unos 400 habitantes que mis hijos se recorrían de pe a pa incluso de espaldas, yo me perdí un día viniendo de la compra a escasos 100 metros de donde vivíamos. Y cuando conduzco ocurre lo que nunca creí que podría ocurrir. Porque entonces mi incapacidad de orientación se multiplica hasta el infinito y más allá. Se me nubla el entendimiento, la razón y cualquier capacidad de retentiva, lo que me impide intuir y mucho más conocer mi posible ubicación, de manera que puedo pasar varias veces por lo misma esquina sin percatarme de que lo hago, o meterme en la calle “sal si puedes” una y otra vez o, como me pasó en Salamanca, llegar a un punto en que tengo que salvar varios escalones castigando bajos y amortiguadores del coche para poder salir del embrollo. El desiderátum, vamos.

De modo que harto ya de penurias, de cabreos y de vagabundeos callejeros sin sentido, decidí comprarme un GPS, aparato en apariencia inofensivo y benéfico cuya función sería llevarme de la mano y del volante al destino elegido, evitándome vueltas inútiles y recovecos innecesarios. Un avance tecnológico que actuaría como una unidad de paliativos para combatir  mi acusada dislexia orientativa. Al principio la cosa fue bien. En los primeros viajes me llevó sin demasiados sobresaltos a donde quería ir y andaba yo convencido de haber encontrado el suplemento ideal para mis periplos. Comentaba con amigos y conocidos los beneficios que me aportaba la tranquilidad de desplazarme llevando a ese compañero de voz monótona e impersonal como copiloto virtual. Y me confié hasta el punto de no consultar ya guías y mapas, como antes hacía, para acatar sumiso sus órdenes. Y ahí es donde la puerca torció el rabo porque, viéndome entregado, este engendro diabólico se ha dedicado últimamente a mortificarme con una crueldad y un sadismo inimaginables. Tengo para mí que el pequeño monstruo ha sido poseído por el maligno. La última faena de muchas me la hizo esta misma semana que he ido a Barcelona a ver a mis hijos. El muy cabronazo me perdió al entrar y salir de Zaragoza y de Barcelona, haciendo que circulara por callejuelas y vericuetos durante más de una hora cada vez. Como si hubiera adquirido vida propia, habla cuando menos lo espero diciéndome que haga barbaridades en mitad de la autopista, o que tome la segunda salida de una rotonda inexistente, o que gire 180 grados sin venir a cuento. Lo encendí en el salón de casa para ver cómo estaba de batería y se descolgó diciéndome que al final de la carretera girara a la derecha. Yo ando ya cagadito de miedo. Lo cual que estoy tratando de contactar con el padre Fortea a ver si me lo exorciza y lo endereza a base de hisopazos. Si no da resultado, le arreo un martillazo en lo alto de los circuitos y lo mando a los infiernos, que es donde debe estar. Y aquí paz y después gloria, que preguntando se llega a Roma.

sábado, 27 de julio de 2013

¡CÓMO CANSA MORIRSE!

Cuando este pasado lunes 22 iba camino del trabajo, la luna era como una bola enorme que apabullaba en el cielo, redonda y mágica, llena, poderosa. Me sobrecogió porque de tan perfecta se antojaba artificial, una luna de atrezzo puesta ahí como fondo de escenario para el gran teatro de la vida y de la muerte de la noche de cada día. Y se me vino a la garganta la angustia de un presagio que, a los que andamos inmersos en el sentido trágico de la vida, nos resulta dolorosamente familiar. Mientras conducía trataba de espantar al miedo, quitarme de la cabeza a voz en grito histérico y taquicárdico una certeza que sólo quedara en quimera, perdiéndome desaforado con el Cigala por la romántica niebla del riachuelo cuajada de amores y barcos desahuciados que inundaba el coche. Me regodeaba así, adrede, en esa ignorancia amable que tantas veces alimenta a la esperanza. Torpe e inútil intento de huida porque ya no había escapatoria. Cuando apenas una par de horas después recibí la llamada de mi amigo Angelito, generoso soporte de mi egoísmo cobarde de avestruz, que me mantenía al tanto de cómo evolucionaban las cosas ya supe, antes de descolgar, que nuestro amigo Javier Leoni había muerto. Vino la luna entonces de nuevo hasta mi mesa como una luz callada de helado de vainilla de otros tiempos, de infancia arrebatada, como un fantasma absurdo y cómplice. Luz de una luna antigua de ese día, nueva y añosa, distorsionado el tiempo en la zozobra, el paso de la horas desquiciado en la vorágine triste de tanta ausencia inquieta y del dolor espeso, insoslayable, que envolvió esa maldita mañana de lunes en la que, trabajando como estaba, apenas pude compartir mi pena ni tan siquiera, casi, conmigo mismo. Por no armar alboroto, por no llenar pasillos de unas lágrimas que no quería explicar, por un pudor absurdo que después padecí como una traición a mi amigo muerto, espontáneo y vital él como un niño.

Por la tarde deambulé algo sonámbulo por el tanatorio donde nos esperaba. Me hubiera gustado haber podido besar su frente por última vez, como hacía cuando nos veíamos en el Bar Deportivo. Pero no pudo ser. Y traté de consolar, si es que esto era posible, a su mujer y a sus hijos y a sus hermanos y me temo que entre mi despiste, las lágrimas y la tristeza, también a algún deudo de un muerto que no era el mío. Porque tengo el recuerdo borroso de una cara de alguien que no identifico que, con gesto de extrañeza, agradecía mis condolencias. A saber. Una buena anécdota para habernos reído los dos. Porque Leoni se reía, se reía mucho. Y cantaba mucho también con una voz potente de barítono que le salía desde el fondo de las tripas. Y era un hombre generoso del que era muy fácil ser amigo, porque él se entregaba como nadie, y al que se quería apenas conocerlo porque él lo hacía con todo el peso de su humanidad. Y un cómico de la legua y de la lengua de los que ya quedan pocos, ocurrente, culto, maestro de las palabras con las que hacía juegos inverosímiles y desternillantes. Andaba por la vida interpretándose a sí mismo y siempre lo hacía bien porque siempre era él, sincero y auténtico, mi gordo entrañable y bueno. Recuerdo una tarde de filosofía modorra y cervecera en la que le dije que cuando los amigos a los que añoras empiezan a ser más de los que puedes saludar, la vida va cogiendo un mal camino. Y  él me contestó como un resorte, palmeando con fuerza su barriga a dos manos: “Pues mi añoranza valdrá lo menos por tres saludos”. Y ahí se acabó la murria.

En su libro póstumo “Huir”, nuestro Jesús Delgado Valhondo, que nos dejó el 23 de julio de hace 20 años, se preguntaba a dónde se iban los muertos. Yo quiero sospechar que a ningún sitio porque están en todos. Ahora mismo están aquí los dos y, un poco más arriba, Leoni filosofaba conmigo entre cervezas.  Digo que están allí donde los pensamos. Y con nosotros cada vez que los echamos de menos. Y ellos nos hablan a través de nuestros recuerdos. Puestos a fantasear y a consolarnos, yo veo a Javier encaramado en el carro de la Osa, Mayor por supuesto, llevando el teatro “más allá de Orión”;  o corriéndose una buena juerga con las Perseidas; o, quizás, en el país de Nunca Jamás encarnado en Smee, el ayudante oportunista y rechoncho de Garfio o, incluso, en un Peter Pan satisfecho y orondo, ajeno ya a la inquietud del paso del tiempo porque tiene todo el del mundo y anda disfrutando de la eternidad .

Los médicos, forzosamente anclados a la tierra y por eso, a veces, tan faltos de ideas como de imaginación, consultan sus gruesos glosarios para etiquetar la muerte cuando no pueden librarnos de ella. Así, nos han dicho que nuestro amigo ha muerto de una pancreatitis con ascitis. Diagnóstico erróneo y acompañado, además, de una rima infame. Ellos no entienden de paradojas, ni de dualidades teatrales, ni de metáforas, ni de razones poéticas y son incapaces de salirse del guión. Han de saber, y no hace falta ser médico para eso, que Leoni ha muerto por ansioso, porque se atiborró de vida. Leoni ha muerto de un atracón de vivir. Pancreatitis con ascitis, dicen… “Cursiladas y mamarrachadas”, panda de ignorantes.


domingo, 14 de julio de 2013

EL MENDICANTE

Las relaciones entre la Universidad de Extremadura y el gobierno regional empezaron con mal pie y parece que siguen cojas. En los primeros presupuestos elaborados por el consejero Fernández a finales de 2011 hubo error o hubo alevosía pero el caso es que, de entrada, se rebajaba la aportación de la Junta a la Uex en un 24%. Teniendo en cuenta que el ajuste de la consejería de Educación era de alrededor del 2%, parecía (y era absolutamente disparatado) un desfase porcentual que condenaba a la institución universitaria a un miserere prematuro. Al final se enderezó el entuerto, aunque no sin escenas de encocore, salidas de pata de banco y pelea de gallos, y la aportación, aún rebajándose, lo hizo en un porcentaje que no desentonaba con el resto de recortes aplicados en toda la economía regional. Ahí ya se abrió una herida en amores propios y vanidades varias que creo que sigue supurando, porque cuando parece en vías de cicatrizar y adquiere apariencias saludables, bien por declaraciones de unos u otros, bien por encontronazos directos, la encarnadura falla y vuelven a fluir los icores. Una vez pasaron las tensiones de la apertura de curso, la paga extra de diciembre volvió a poner al descubierto la fragilidad de la cura. La Junta palió la eliminación de la misma a sus empleados adelantando a enero la de julio de este año pero la Uex, aculada en tablas, se empecinó en no hacerlo a pesar de la oferta de financiación que se le hizo al Rector. Éste, hablando por boca de ganso, esgrimió para justificar su cabezonería una serie de razones a cual más peregrina que a pocos convencieron, avaladas, como venían, por su falta de convencimiento y de fuste. Y allí que volvió a salir a la palestra el consejero Fernández a rebatirle medias verdades.

Hace unos días compareció el susodicho ante la Comisión de Educación de la Asamblea. Lo que ha transcendido de esta comparecencia, que quizás haya servido para mantener la herida húmeda, es un titular inquietante: “La Uex solicita más fondos a la Junta para no tener que despedir profesores”. El desfase quedó cuantificado en dos millones de euros. En fin, no sé si esta posición mendicante del máximo mandatario de nuestra Universidad resulta la más apropiada para la imagen de la misma, porque corremos el peligro de que la sociedad vea a la institución como un pozo sin fondo, como el refugio de una élite privilegiada, como una burbuja pedigüeña aislada de los problemas y zozobras del resto de los mortales. Para solucionar esta carencia de fondos la solución que ofreció, ya ven, fue la del despido de docentes. Esto dicho así, y dada la situación de paro en el país, suena a remedio traumático máxime cuando la sociedad está, con razón, tan sensibilizada con el tema. Pero habrá quien diga, mientras espera en la cola del Sexpe, que en todos lados cuezan habas y que, ante la crisis, sobran bulas. En cualquier caso habría que matizar la frase, que me parece una pose melodramática más que otra cosa y, antes de despedir a profesores interinos que se irían a su casa a contar nubes, tratar de explorar caminos alternativos menos dolorosos. Sobre todo porque el consejero Fernández ha sido cocinero antes que fraile, sabe perfectamente de pucheros y sartenes universitarias, y se llevó ese bagaje a la Consejería unido, quizás, al resabio de algún resentimiento. Y no se la van a dar con queso.

Digo yo que antes de coger por la calle del medio facilona y dramática, ¿por qué no se insta al gobierno extremeño a que acabe de forma inmediata, vía decreto, con la financiación de las prejubilaciones incentivadas? No se entiende, como está el patio, el estatus de privilegio del que disfrutan Ibarra y 69 más, cobrando el sueldo que cobraban estando en activo hasta cumplir 70 años. ¿Por qué no se reducen al mínimo las comidas protocolarias, de trabajo, de cortesía, de tesis, de espolique? Y, una vez reducidas, ¿por qué no se limita el número de comensales y el gasto por cada uno de ellos? ¿Por qué en los tribunales de tesis con marchamo internacional, que a veces más parecen agencias de intercambio de vacaciones pagadas entre sus miembros, y teniendo en cuenta que el resultado siempre va a ser el mismo cum laude rutinario, no se traen catedráticos desde Coimbra, Lisboa, Evora u Oporto en vez de desde Finlandia, Alemania, Suecia, Patagonia o Brasil? ¿Por qué a los profesores de Ciencias de la Salud que reciben alumnos en prácticas se les paga durante todo el año, mes a mes, una actividad que les lleva, como mucho, un cuatrimestre? ¿Por qué profesores jubilados siguen disponiendo de despacho con aire acondicionado y calefacción, ordenador, material de oficina, teléfono y qué se yo con cargo a los presupuestos? Y si, a pesar de todo, hay que despedir docentes, hágase con aquellos a los que no arrojaríamos a la angustia. ¿Por qué no empezar por los compatibilizados que disfrutan de ¡dos nóminas! con cargo a la Administración, profesores de instituto, funcionarios varios, miembros de la propia universidad que duplican funciones...? Y las horas de clase que estos dejen vacantes, ¿por qué no las ocupan los profesores titulares y catedráticos que en un cuatrimestre no pisan un aula y en el otro lo hacen cuatro o cinco horas a la semana? No sé cuánto se ahorraría la Uex con estas medidas y con algunas pocas más que se me ocurren pero para las que no tengo ya espacio. Pero lo que considero impúdico es mendigar, amparándose en medias verdades, para seguir manteniendo los privilegios de unos pocos a costa del sacrificio de todos los demás.

domingo, 30 de junio de 2013

DAÑOS COLATERALES

No sé el tiempo que tardará nuestra economía en recuperarse de esta crisis que apenas ayer para el suricato inane no existía y que ahora nos asfixia y obsesiona. Y digo nuestra economía en el sentido de la de cada uno de nosotros, de familias y personas de las que vamos cada día por la calles y nos saludamos o no; de aquellos que salimos a trabajar tempranito o no; de los que quisieran hacerlo y no pueden; de los jubilados que ven cómo su pensión no se estira lo suficiente para cubrir las necesidades de hijos y nietos añadidos a la mesa; de los jóvenes que deben emigrar para mirar su futuro con un mínimo de esperanza, a los que la cateta ministra Báñez, inmersa en su mundo de anchas solapas y escaso caletre, despacha desde su atril holgado y sobrevenido agradeciendo su “movilidad exterior” y a los que, de aquí a nada y visto lo visto, acabará mandándoles una embajada de coros y danzas de una nueva Sección Femenina itinerante y remozada que emule hipocresías pasadas en telediarios y noticieros vergonzantes e indignos, hechos a la medida de su mediocridad. Digo que la economía de un país como el nuestro es un monstruo de endiablada agilidad cuando de destruir empleo y riqueza se trata y desesperadamente lento cuando quiere recuperar la bonanza perdida. Si a esa rapidez demoledora añadimos la aceleración que imprime la ceguera, la soberbia y la ignorancia de gobernantes estrambóticos y ceporros como Zapatero, un botarate de enciclopedia tan nefasto como Fernando VII, que cuando quiso darse cuenta de la tragedia que vivíamos ya había desaparecido del mapa político –si es que alguna vez fue consciente de que estaba en él y no jugando al Palé- el desastre alcanza proporciones ciclópeas del que tardaremos lustros en recuperarnos. De modo que de la mañana a la tarde nos quitan pagas extras, nos reducen prestaciones, nos suben impuestos,  nos racanean becas, cierran PAC, despiden profesores, elevan a la enésima impotencia el número de parados y, cuesta abajo en la rodada, nos chulean el futuro y la esperanza de dos generaciones. Y lo que te rondaré, morena.

Si todo lo anterior no fuera suficiente para amargarnos la existencia, estos tiempos turbios siempre arrastran, como daños colaterales que aprovechan la situación de desencanto generalizado para intentar hacer su agosto, todo tipo de personajes marrulleros y de ideologías pringosas que añaden escarnio al dolor y dan testimonio de la picaresca, a veces trágica, que pulula al amparo de las catástrofes. En Grecia se ha materializado en partido nazi, “Amanecer dorado”, que con 18 diputados y el 6,92% de los votos, fue el quinto más votado en las últimas elecciones. Alarmantemente, en una encuesta de la pasada semana, alcanza el segundo lugar en intención de voto con un 14,5%. En Italia apareció Beppe Grillo con su charlotada, pero parece que su invento “cinco estrellas” se ha ido desinflando como la burbuja inmobiliaria aznarina que nos trajo hasta aquí. En cualquier caso, los italianos bastante tienen con Berlusconi, que a más de grillo corrupto es putañero y proxeneta y que ahí sigue por la gracia de los votos. En España no han surgido partidos ni políticos de esta calaña. El movimiento 15M y posteriores fue cohetería de feria, del enigmático “Partido X” nunca más se supo y Mario Conde, que se iba a comer el mundo en Galicia, lo que se comió fue un mojón con grelos. O sea, lo que se merecía. A cambio de vernos libres en política de nuevos engendros y cuentistas, (o casi, porque a los que hay, a ver quién los echa), y sin contar a algunos periodistas a los que el pelo de la dehesa que campea por nuestras televisiones y círculos gremiales ha investido con aureolas de intrépidos paladines de la objetividad, algo opuesto al descaro sectario del que adolecen, tenemos la desgracia de soportar el chorreo incesante de programas de tertulias televisivas a las que se han ido incorporando una serie de gorrones y aprovechados, pontífices de la tontería, que transcienden sus perogrulladas con aires de suficiencia, dándonos lecciones y aparentando una clarividencia que se ve tan falsa e impostada como las que te encuentras en un teléfono de augures tipo 806. Sin contar al tal Conde ya nombrado, que debería andar penando sus desmanes en Soto del Real con Bárcenas y Díaz Ferrán, por esos programas andan recogiendo a algunos iluminados que mejor andarían callados como orugas. Aguanto a un profesor de Políticas de la Complutense, Pablo Iglesias, al que quizás el nombre le influya para vivir en la máquina del tiempo y al que, en secreto, le agradezco que su perorata me retrotraiga al principio de los años 70 del siglo pasado, aún con Franco vivo, cuando yo estudiaba en esa Facultad. Porque, escuchándolo, me parece estar leyendo los eslóganes de las pancartas que por allí colgábamos en aquel tiempo añejo que, siendo mucho más creativo y verdadero, ahora anda ya fuera de lugar, obsoleto y añoso. Oír ese discurso estalinista a un señor con coleta, en Intereconomía, con aires de novedad recién parida, me desconcierta en la gratitud rejuvenecedora que me supone al tiempo que me obliga, vía zapeo, a buscar referentes actuales que me devuelvan al presente democrático y occidental. Y otro santón ubicuo es el ínclito Revilla, oportunista de la política ayer y hoy de la mercadotecnia, conocido por sus latas de anchoas y sus viajes en taxi, que dejó a Cantabria más pelada que una nalga, dizque escritor de dos libros y pontificando con un gracejo pelmazo sobre lo que hay que hacer para salvarnos cuando fue incapaz de llevarlo a cabo cuando tuvo ocasión. En fin, todo un dechado de vergüenza torera. Y, para colmo de males, parece que Zapatero quiere ser conferenciante y echarnos una mano. De aquí a que se abra el séptimo sello queda, si acaso, un suspiro. Pues eso, que Dios nos coja confesados.

domingo, 16 de junio de 2013

VUELVA USTED EN 2020

Tuve la paciente curiosidad de seguir en directo, este pasado martes, el discurso que Monago nos ofreció con motivo del debate del estado de la región. Y no contento con recibir semejante ración de mal disimulada egolatría política, también lo descargué desde las páginas de la edición digital de este periódico. En resumen, dos largas horas de perorata lánguida que el presidente nos atizó esdrujuleando un sonsonete cansino  y cerca de 50 folios de un texto al que podría calificarse de todo excepto de ameno, carente de agilidad y de los oportunos chispazos que pudieran liberarme del sopor, trufado de errores de puntuación, de ortografía y de sintaxis y, para mi gusto, escrito con un pobre estilo literario. Si se me permite la ironía creo que, antes de ser presidente, Monago escribía muchísimo mejor que ahora. Cosas de las bambalinas. Me sorprendió que a la prédica le hubiera puesto título, “Renovar la esperanza”, no sé si con afán de posteridad o por querer darle cierta pátina ensayística al legajo. O, quizás, porque sea habitual entre nuestros próceres tratar de inmortalizar sus monsergas titulándolas de manera más o menos original o, incluso, porque haya seguido las ocurrentes directrices de Redondo y Asociados Public Affairs Firm. Lo más probable es que haya sido por todo a la vez, pero el caso es que a mí  me resultó chocante y presuntuoso. Muy acorde, por otra parte, con el tono general del discurso que, excepto cuando intenta ponerse poético o discurre por andurriales pomposos y vacuos, tiene mucho de arrogante. Si de entrada nos endilga el exceso inconmensurable de que ha liderado Extremadura “ante el desafío político, económico y social más importante de nuestra historia”, y a lo largo de su desarrollo proliferan maximalismos de similar calibre, ya me dirán ustedes si no va ensoberbecido, creo incluso que hasta transmutarse, en su imaginario egocéntrico, de gobernante a caudillo redentor.  Todos los plurales que utiliza después metiendo a los extremeños como colaboradores necesarios en el logro de ajustar el déficit y cuadrar las cuentas públicas, suenan a mayestáticos. A mayor abundamiento si esta colaboración nos ha venido impuesta “manu militari”. A pesar de que creo que es absolutamente legítimo que, teniendo en cuenta las condiciones en que la recibió, Monago se sienta orgulloso de haber colocado a Extremadura, en dos años, en una buena situación para el despegue económico, debería tener cuidado de no sobrepasar la línea sutil que separa orgullo de vanidad. Es esa una torpe imprudencia que transforma al sabio en sabiondo y a la erudición en petulancia. Salvando las distancias, claro.

En fin, son las anteriores cuestiones de continente, de formas, que quizás puedan resultar anecdóticas y, aunque en política son importantes, no resultan fundamentales. El fondo del discurso, que es la chicha que alimenta, es un programa de gobierno que abarcaría los próximos diez años o lo que queda de esta legislatura y la siguiente, que no lo tengo claro, pero en cualquier caso centrado en el crecimiento económico y la creación de empleo en Extremadura. Una hoja de ruta “propia, diferente e independiente” que andaremos gracias a una energía que él llama, para mi gusto cateta y pomposamente, “Extremadura 20/20”  y que está asentada sobre ocho pilares: fiscalidad, innovación, educación, financiación, internacionalización, competitividad y especialización. Gracias al desarrollo de estas áreas, Monago garantiza que en el año 2020 Extremadura ya no será la región menos desarrollada de la Unión Europea. No sé si será demasiado optimista, si habrá mucho cuento de la lechera escondido en su desarrollo, si será posible materializar este proyecto de futuro, si cuadrarán las cuentas para llevarlo a cabo,  pero en principio yo me apunto. Quizás porque esté deseando que se encienda una luz, aunque sea de candil, entre tanta oscuridad económica. Y quizás porque a todos nos haga falta empezar a creer en nosotros mismos. Y porque, alrededor de estas iniciativas, parece que se ha abierto la puerta a un posible consenso, aunque sea de mínimos, de todas las fuerzas políticas parlamentarias. ¿Lo de la rebaja del IRPF?,  una minucia económicamente hablando. Pero como dice mi amigo Juanito tocando la campana cuando le dejan propina en su bar: “¡Bote que regalan. Poco es, pero bueno es!” Y, si además, ha tenido repercusión política y mediática y emberrenchinado a la panda catalana de talibanes nacionalistas, a dos o tres peperos pelusones y a algún zampabollos doméstico, miel sobre hojuelas.

 Buscando en Internet descubro que en el año 2001 se publicó en España un libro del escritor estadounidense Og Mandino llamado precisamente “Renovar la esperanza”. No sé si bajo la influencia del blog “The war room”, muy americanista también, nuestro presidente ha tomado prestado este título para su discurso. Ya puestos, debería haber indagado un poquito más en el pensamiento de este especialista en libros de autoayuda. Hubiera conocido dos de sus frases antológicas que podría haber tenido en cuenta: “Las tareas de mañana no las puedo hacer hoy, por eso las dejaré para mañana. Hoy hago las de hoy” y “Siempre plantee nuevos objetivos en el momento que alcanza los anteriores”. Los 63.000 parados extremeños sin prestaciones, objetivo dramático no sólo prioritario sino urgente, le hubieran agradecido que aportara siquiera un atisbo de  solución a su angustia diaria. Porque para ellos el futuro no es el 2020, para ellos el futuro es hoy.