Soy un friolero que no soporta el
calor. Y este oxímoron térmico que adolezco hace que, llegado el verano y,
sobre todo, si llega con tan malas intenciones como el de este año, entre en
una especie de hibernación veraniega, por seguir con los opuestos. Y es en el
mes de vacaciones cuando esta terapia natural alcanza cotas de relajación
mayestáticas. “Il dolce far niente” solo es interrumpido, entonces, por el necesario viaje a Barcelona para ver a
mis hijos y empaparme de su cercanía. Viaje, por cierto, que este año, con el
GPS asesino confinado en una celda de castigo y confiando mi orientación a
Google Maps y a las precisas indicaciones de mi santa y eficaz copiloto, ha ido
como una seda, sin contratiempos dignos de mención a la hora crucial de entrar
y salir de la gran urbe. Tan es así que recién salimos de Barcelona camino de
Badajoz, me invadió una satisfacción interior similar a la que debió de sentir
Amundsen cuando coronó el Polo Sur. Aparte de este paréntesis viajero de
terapia emocional, el mes de vacaciones suele transcurrir en ese estado de
laxitud metabólica al que antes aludía que, sin embargo, no impide ni
obstaculiza la estimulación neuronal que supone la lectura, la resolución de
dameros, malditos o no, y la ingesta de cerveza. Entre las lecturas diarias,
sea verano o invierno, no me falta una dosis cuasi exhaustiva de la prensa.
Estar a primera hora de la mañana sentado en la mesa de la cocina, abastecido
con los periódicos recién comprados, y leerlos al tiempo que saboreo una taza
de café y unas tostadas con aceite extremeño de oliva virgen extra, me produce
un placer como pocos. Y si remato la faena lectora fumando el primer cigarro
del día, (lo siento, Masito), es ya es el acabose.
viernes, 18 de septiembre de 2015
AGNÓSTICO Y DESAMPARADO
sábado, 12 de septiembre de 2015
BOCHORNO UNIVERSITARIO
Cada inicio de curso, en la
Universidad de Extremadura, asisto a la misma idiotez, a la misma fantasmada
atávica, a idéntica exhibición impúdica. Y cada inicio de curso, cuando acaba
la función, albergo la esperanza de que sea la última vez que tenga que ser
espectador forzoso de semejante esperpento, que un año sea tiempo suficiente
para que los que tienen que reflexionar para no ser partícipes del desatino, y
los que tienen que tomar medidas para evitarlo, lo hagan. Pero todo es inútil.
Fiel a su cita, por estas fechas, se vuelve a izar el telón de un teatro en
donde se representa una obra reaccionaria y cochambrosa que tiene como
escenarios los distintos campus de la UEx. Y no, no me estoy refiriendo al
solemne acto de apertura de curso, con su desfile multicolor de capisayos y
bonetes macarrónicos, me refiero al despreciable espectáculo de las novatadas,
esa multitudinaria ‘fiesta de integración’, como la definen los zopencos que la
organizan y la llevan a cabo a costa de la dignidad de los alumnos recién
llegados, incluso con la aquiescencia de buena parte de estos últimos. Para
esta panda de homínidos modorros parece que integración es sinónimo de escarnio
y de vandalismo.
La mecánica es la de siempre en
este tipo de situaciones, con todos lo matices que se quieran poner. En el caso
que nos ocupa, un grupo de gorilas, investido de una autoridad sólo justificada
por su tosca escala de valores y su primitivismo burranco, haciendo alarde
de una ideología meridianamente
fascistoide y convencidos de pertenecer a una élite, se sitúa por encima del
bien y del mal y se arroga el derecho de vejar ‘al otro’ hasta la cosificación.
El nombre y estatus de los grupos pueden cambiar, pero la filosofía que mueve
sus actuaciones está bien clara a lo largo de los muchos ejemplos que la
historia, incluida la más reciente, nos ha dado y nos ha hecho padecer. El
desprecio a la dignidad de las personas, el avasallamiento de su libertad, la
coacción y el forzamiento de su voluntad bajo amenazas más o menos sutiles (“el
novato es novato, no chivato”, dicen), no pueden enmascararse como gracietas de
muchachos sanotes que solo pretenden divertirse sin malicia. Si el hecho de que
te metan un embudo en la boca y te hagan beber un litro de brebaje alcohólico;
de que te obliguen a chupar un plátano untado de nata que asoma por la bragueta
de un gaznápiro en calzoncillos; de que te embadurnen de la cabeza a los pies
con una mezcla asquerosa y pestilente de huevos, mostaza, harina, ketchup,
vinagre y a saber qué más potingues y de qué origen; de que te dibujen en la
mejilla, como tuve ocasión de ver esta semana en el rostro de una alumna
cariacontecida, unos -y perdón por la cursilada- órganos sexuales masculinos
con el pene erecto o, en fin, de que durante unas horas seas tratado como un pelele
a merced de los caprichos de una patulea de imbéciles borrachos, sea para
algunos, ya sean víctimas o verdugos, una buena manera “de romper el hielo y
hacer amigos”, viene a evidenciar unos problemas de educación, de cultura, de
conciencia y de distorsión del concepto de empatía demasiado interiorizados
como para que tengan una solución fácil y rápida.
sábado, 5 de septiembre de 2015
AL PRIMER TAPÓN, ZURRAPA
Nunca me interesaron los premios
Ceres. Desde el principio me parecieron una excrecencia impúdica añadida al
Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, que no aportaban nada a la
cultura ni a un prestigio consolidado (con todos los altibajos que se quiera) a
lo largo de su historia, y sólo habían nacido y servían para alimentar el ego
cada vez más enfermizo de Monago. Por eso pensé, después de oír cómo Fernández
Vara se refería a ellos y a otros montajes de autoafirmación presidencial
similares como un derroche inexplicable e incoherente en una región, la
nuestra, crujida a recortes y lacerada por el paro, que este año iban a
emprender un viaje sin retorno hacia la nada. Y porque pensé eso, ¡oh,
incauto!, me ha sorprendido, decepcionándome, que no haya sido así. Cuando se
dio a conocer el primer premiado de la lista me resultó evidente que de lo
esperado, nada de nada, y que el nuevo presidente-consejero de Cultura empezaba
su camino donde lo dejó el anterior presidente-consejero de Deportes. La cuarta
entrega de los premio Ceres era algo irremediable. Al primer tapón, zurrapa,
pensé. Pero, para no pecar de derrotista, la noche del 27 de agosto me aposté
frente al televisor con la débil esperanza de que, a pesar de todo y de mi
pesimismo, quizá este año se atisbara algún asomo de cambio. A mayor
abundamiento cuando se nos decía que la gala iba a desarrollarse sobre la base
de un ‘concepto futurista’. No obstante, ante la contradicción flagrante que
suponía esta premisa conceptual con que, de nuevo, fuera Carlos Sobera su
conductor, temiéndome lo peor y por aquello de que “los duelos con pan, son
menos”, me pertreché de suficientes reservas de cerveza Estrella de Galicia y
de un plato más que generoso de crujientes torreznos de Soria que había
comprado a la vuelta de mi viaje a Barcelona. Y lo que hubiere de ser, que
fuera. ¡Y vaya si fue!
La cosa empezó con una dosis de
‘mapping’ que, mientras un grupo de acomodadores hiperactivos, linterna en
ristre, deambulaba convulso por el escenario,
recreó la estructura del teatro emeritense en todo su primigenio
esplendor, incluidas de matute unas máscaras que gesticulaban al estilo de
Oliver y Benji, y una enorme cabeza tras las columnas de la cual solo podían
verse sus ojos parpadeantes que, la verdad sea dicha, no sé qué diablos
significaba. Si es que significaba algo. Acto seguido, maravillas de la
informática, todo se redujo a escombros para, sin solución de continuidad,
volver a ser reconstruido desde sus ruinas hasta adquirir su actual estado.
Gran alarde de software y tecnología al servicio de una metáfora que nos
sugería la inmortalidad del arte escénico como, por otra parte, la voz en off
del presentador se encargó de confirmar. A ambos lado del escenario aparecieron
entonces dos pantallas que nos llevaban hasta el año 15 del siglo XLI. Y ahí es
donde vino mi primer gran chasco de la noche. Porque en esas pantallas que nos transportaban 2000 años
adelante no se apareció, como indefectiblemente tenía que ser para dar un algo
de credibilidad a la pirueta futurista, quien tenía que haberlo hecho, sino un
Sobera disfrazado de miembro del Consejo kriptoniano, con su cara sembrada de
pústulas repulsivas y ojeras de onanista empedernido, para decirnos, entre
otras lindezas, que el tiempo es solo una ilusión, un invento humano. Y eso, la
única persona en el mundo que puede decirlo con absoluto conocimiento de causa
no es otro que Jordi Hurtado. Y sin necesidad de pantallas virtuales ni de
maquillaje, no te digo más. A partir de ahí, lo previsto: el consabido obituario
con lucecitas de móviles incluidas, o sea, horterada 3.0 para ponerse a tono
con el futuro; una mortificante sesión de láser estilo discoteca guarripela, en
la que solo faltaba Kiko Rivera “Paquirrín” pinchando a Los Amaya; Sobera en su
papel de presentador dicharachero y chistoso de concursos televisivos, y una
mecánica cansina y repetitiva, pergeñaron un tostón insoportable y, para más
inri, grandilocuente, que solo me aliviaron José Mercé y Luz Casal con sus
actuaciones. Y la cervecita y los torreznos, claro.
Una de las razones dadas por el
presidente-consejero, y su secretaria general como consejero, para no suspender
este año el sarao endogámico de marras, es que el hacerlo iba a costar un
dinero ya comprometido que se perdería. No han dicho cuánto, ni para qué o para
quiénes. ¿Están aquí incluidos los gastos que suponen dietas, viaje y
alojamiento de los compadres y amigos de Cimarro a los que el tal invita con
las 1400 entradas que se reserva? Otrosí digo: Siendo estos premios propiedad
de su empresa, Pentación, con lo que si no se celebran en Mérida se los puede
llevar adonde le dé la real gana, (600.000 del ala de por medio, supongo) no
entiendo por qué la Junta tiene que afanarse en buscar financiación para
futuras ediciones de los susodichos. Que la busque él puesto que suyos son. Si
no, las posibles contrapartidas de cualquier tipo que esa posible subvención
privada es de esperar que pidan las empresas o fundaciones financiadoras, ¿las
tendría que asumir la Junta como intercesora? La Junta, si tiene que pedir, que
pida para ella, que es decir para nosotros, los extremeños, no para un señor
que hace negocios con su producto. Porque, por encima de cualquier otra
consideración, Extremadura no está para estas mandangas chufleteras y onerosas,
ni la Junta para ser correveidile de nadie. A ver si me quieres comprender.
viernes, 10 de julio de 2015
CALORES Y EXTRAVÍOS
Me pasa cada año. Viene el calor,
me vapulea y me deja para el arrastre. Con el agravante de que cada vez me
cuesta más salir del hoyo abúlico en el que me sume. A mayor abundamiento si,
como en este asqueroso mes de julio, se presenta de sopetón con intenciones tan
aviesas, con temperaturas tan asesinas, con tantas ganas tercas e
inmisericordes de quedarse por aquí una buena temporadita amargándome la vida
noche y día. Esto no es calor, son las calores, que decía aquel que medía las
temperaturas veraniegas en una escala de solo cuatro tramos. Digo, de menos a
más: el calor, la calor, los calores y las calores. Pues eso, las calores están
aquí, que es como decir que estamos en la antesala del mismísimo infierno. Y lo
peor de todo es que los expertos no se atreven a decir hasta cuándo durará el
martirio. Estos días de noches insomnes lo primero que hago al encender el
ordenador no es el habitual recorrido por los periódicos digitales, que es la
rutina secular que me acompaña desde hace bastante tiempo, estos días lo
primero que hago es entrar en la página del tiempo y tratar de encajar en mi
vida diaria, sin que mi presencia de ánimo me abandone, la predicción para las
dos próximas semanas. Y lo único que consigo es deprimirme mientras me caen
lagrimones como puños, al tiempo que suelto anatemas en arameo, incluso en
sánscrito y en suajili, y siento crecer la misantropía en mi interior hasta
adquirir rasgos psicopáticos.
En este estado de franca debilidad
psicológica, los enemigos externos vencen sin dificultad mis mermadas defensas
y se cuelan hasta la cocina del cacumen como Pedro por su casa. Con lo que, por
si no tuviera bastante con las angustias climatológicas y por mor de lo
anterior, me he puesto a planear mi viaje anual a Barcelona para ver a mis hijos.
El año pasado lo hice en AVE desde Sevilla, con lo cual solo tuve dos
oportunidades de perderme, al entrar y al salir de ella. Ni que decir tiene que
las aproveché a base de bien. Pero esta vez, debido a este estado cuasi
catatónico en el que me tienen sumido los rigores termométricos, me he empeñado
en hacerlo en coche, con una parada intermedia, a la ida en Zaragoza y a la
vuelta aún por decidir, probablemente en Sigüenza. La verdad es que, en algún
momento en el que la lucidez vuelve a iluminar de forma relampagueante mi
entendimiento abrasado, generalmente bajo el agua fresquita de la ducha
mañanera, reniego de la decisión tomada, pues lo único que hace es aumentar las
ocasiones para confirmar mi incapacidad supina para orientarme. Pero como me
decía mi buena madre, yo antes mártir que confesor, así que el viaje lo haremos
en coche por encima de la campana gorda de mi desasosiego crónico y de mi
sinrazón.
Como el GPS que tengo sufrió hace
años una extraña mutación en sus circuitos, no sé si por un proceso de ósmosis
con mis carencias, por el puñetero chip de obsolescencia con el que van
ladinamente equipados tantos aparatejos de su calaña, o porque ha sido poseído
por un ente diabólico o infrahumano, sólo lo utilizo para maldecirle, y se ha
escapado de acabar sus días despanzurrado en una cuneta porque mi santa, en más
de un lance, lo ha salvado in extremis de mi ira. Y es que el muy repajolero no
solo no me orienta, no sólo no me lleva a la dirección que le pido, sino que
cuando menos lo espero empieza a largar
una serie de indicaciones incongruentes
y suicidas que ríete tú de HAL9000. De hacerle caso, hace tiempo que este que
lo es ya no estaría por aquí. La última vez que quiso provocar mi muerte y, lo
que es peor, la de mi santa conmigo, fue cruzando el puente Vasco da Gama,
cuando, con su voz monótona e impersonal, se empeñó de forma persistente en que
girara a la derecha, lo que suponía, de haberle obedecido en un momento de
ausencia, el acabar con nuestros huesos sumergidos en las profundidades del río
Tajo. Ahí se escapó por los pelos. Y nosotros también. Y ahora recuerdo otra
vez, menos dramática, en la que, nada más salir de casa, se empeñó de manera
irritante en que debía dar la vuelta. Sin más explicaciones. Y dale que te
pego, incansable durante cerca de media hora en que me volviera por donde había
venido. Tanto insistió el artilugio que empecé a pensar si no nos habríamos
dejado un grifo abierto, o un fuego de la cocina encendido y el puñetero lo sabía a saber cómo y por qué. La
verdad es que me costó seguir con los planes ignorando sus avisos. Y también
que, a la vuelta, respiré tranquilo viendo que la casa seguía en pie y que no
salía agua por debajo de la puerta del zaguán.
A pesar de que, por consejo de mi
santa, me temo que esta aberración cibernética viajará de nuevo con nosotros
este agosto, y como estoy decidido a hacer oídos sordos a sus advertencias,
(algo que, por otra parte, no me supone ningún esfuerzo),
he tenido la precaución de sumergirme en Internet y consultar e imprimir todas
las rutas posibles, incluso las intergalácticas, para el trayecto
Badajoz-Barcelona-El Carmelo. Las estoy estudiando con gran detenimiento e
interés, pero no sé cómo va a acabar la cosa porque hasta tres veces me he
perdido leyéndolas, que ya son ganas de andar perdido. Lo cual que, a primeros
de setiembre, en que volveré por estas páginas después de un merecido descanso
‘articulístico’, quizás tenga ocasión de escribir el resultado de la aventura.
Eso, contando con que el calor no haya reducido a fosfatina mi córtex, o que mi
cretinez topográfica no me tenga, en un deambular inútil e irreversible, tan
sentenciado como a Jack Torrance en el laberinto verde del Hotel Overlook. Que
todo puede ser, Dios no lo quiera.
miércoles, 8 de julio de 2015
... Y FERNÁNDEZ VARA ME NOMBRÓ
El pasado martes, sacrificando
siesta y relajo, estaba yo puntual delante del televisor para escuchar el
discurso de investidura de Fernández Vara. La ocasión merecía esa pequeña
renuncia, no solo para enterarme de lo que tenía que decirnos, sino cómo decía
lo que tenía que decirnos, lo que me permitiría comprobar si los berridos
monocordes o los monosílabos esdrújulos de sus predecesores eran algo inherente
al cargo o a la idiosincrasia propia de cada cual. Porque, ‘mea culpa’, no
recordaba cómo se bandeaba en su anterior etapa como presidente, quizá porque
estaba demasiado oculto por la figura de su mentor que resultó ser, a la postre,
su principal adversario, un pasajero de autobús, rabioso por volver a ser
chófer en la sombra, de lo más incordiante e impertinente; quizá porque yo
andaba en otra onda o porque mi memoria es flaca. El caso es que cuando subió
al estrado, y a pesar de que su trayectoria en estos cuatro años de oposición
no me inducía a pensarlo, dudé de que, sabiéndose ya presidente, hubiera sido contagiado
por las peculiaridades enfáticas de sus anteriores y su perorata, híbrida, tal
vez mestiza, acabara siendo una retahíla de berridos esdrújulos. Pero no fue
así. Excepto algún atropellamiento, un cierto tono monótono y, sobre todo, una
ausencia de pausas que separaran los distintos bloques del discurso, hablaba
igual que antes. Nada que ver con el portavoz de su grupo parlamentario, que de
engolado un día es capaz de levitar.
Cuando empezó a enumerar el grueso
de su programa político, el tema empezó a hacerse, para mí, cada vez más árido.
Reconozco que ese es el meollo que da sentido a un discurso de investidura, pero
como mi fuerte no es el análisis político, pues me aburría. De modo que eché
mano de un enrevesado damero que había dejado a medias y, sin apagar el
televisor, me dispuse a acabar con él. Allí seguía Vara desgranando leyes,
posibles acuerdos y proyectos que me llegaban inconexos y entrecortados,
empeñado como estaba yo en descubrir cómo coño podría llamarse un “caracol
terrestre con rayas pardas transversales, que alcanza una pulgada de longitud y
es muy común en la Europa meridional”. Y, en esas, ocurrió conmigo algo
parecido a lo que sucede en los bares y cafeterías de España el día 22 de
diciembre de cada año. Ya saben, los
parroquianos acodados en la barra, los camareros voceando tostadas, la música insoportable
de alguna tragaperras como fondo del bullicio y, en la televisión, los niños de
San Ildefonso con una letanía de números y sueños a la que nadie parece hacer
caso. Y, sin embargo, es subir la inflexión de la salmodia cantarina a un tono
más agudo y enérgico, y el bar queda en calma chicha mientras todas las miradas
se dirigen a la pantalla ante lo que se supone la aparición de uno de los
premios gordos. Lo cual, que andaba yo a la busca del caracol perdido, y Vara y
el televisor seguían a lo suyo, cuando escucho, o quizás oigo: “… y aquí me permito
la licencia de leer unos versos de nuestro poeta Jaime Álvarez Buiza, en “Tarde
de siempre…”. Y me quedo atónito, algo pasmado, incapaz de valorar cómo debía
de tomarme aquello. “¿Dónde ponemos los asombros?”, había dicho antes el
presidente en su discurso recordando a Jesús Delgado Valhondo. Y eso mismo me
preguntaba yo en ese instante.
Recuperada la presencia de ánimo y
mientras me medicaba con una Estrella de Galicia y unas aceitunas cacereñas, tuve
asiento para agradecer, de manera callada y sin alharacas, varias cosas al
orador: La primera, que casi pidiera permiso para leer, eso sí de aquella
manera, cuatro versos míos. La segunda, que me hubiera permitido caminar de
nuevo, siquiera de una forma lírica, de la mano de Jesús, reencontrados los dos, (sólo nombres, referencias),
perdidos entre las líneas de un discurso. La tercera el hecho de que, al oírle,
no sintiera ningún atisbo de manipulación ni de sobeteo remilgado, que no
hubiera en su lectura ese deje esdrújulo, empachoso y melifluo, torpemente
impostado, al que Monago nos tenía acostumbrados. La cuarta, el comprobar que
algo ha cambiado cuando, otrora, en los años más oscuros del sátrapa, cuando la
libertad de expresión y de opinión eran saldo de baratillo, yo era nombrado
entre los dirigentes del socialismo extremeño, tiene
guasa la cosa, para tratar de arrojarme a las tinieblas exteriores, o para mandar a algún correveidile europeísta a escribir artículos periodísticos en mi contra o, la repanocha ya, para llevarme al juzgado por un supuesto delito de injurias o qué sé yo qué milongas rebuscadas. Y la quinta, el hacerme creer que ha sido capaz de romper con todo el lastre cofrade que, sobre todo en su etapa de presidente, tuvo que cargar.
guasa la cosa, para tratar de arrojarme a las tinieblas exteriores, o para mandar a algún correveidile europeísta a escribir artículos periodísticos en mi contra o, la repanocha ya, para llevarme al juzgado por un supuesto delito de injurias o qué sé yo qué milongas rebuscadas. Y la quinta, el hacerme creer que ha sido capaz de romper con todo el lastre cofrade que, sobre todo en su etapa de presidente, tuvo que cargar.
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