domingo, 2 de junio de 2013

32.242 MUJERES

El pasado 27 de mayo, el Instituto Nacional de Estadística dio a conocer los resultados del estudio sobre Violencia Doméstica y Violencia de Género en España correspondiente al año 2011, hecho al amparo del convenio de colaboración suscrito en el año 2007 con el Ministerio de Justicia, y con la información que éste acumula en el Registro central, instituido al efecto, de los asuntos que se encuentran en fase de instrucción del proceso penal (procedimientos incoados) y con medidas cautelares dictadas. No me iré por las ramas del disparate lingüístico y conceptual que pueda suponer, o no, adjudicar género a la violencia porque  no es éste el momento de andar con distracciones académicas, y me limitaré a decir que me parece adecuada la terminología empleada que, además de venir impuesta por analogía con la legislación vigente, sirve perfectamente como metodología, ya que a la violencia de género se la define como “todo acto de violencia física o psicológica (incluidas las agresiones a la libertad sexual, las amenazas, las coacciones o la privación arbitraria de libertad) que se ejerza contra una mujer por parte del hombre que sea o haya sido cónyuge o esté o haya estado ligado a ella por una relación similar de afectividad (¿?) aún sin convivencia.”; mientras que la doméstica sería “todo acto de violencia física o psicológica ejercido tanto por un hombre como por una mujer, sobre cualquiera de las personas enumeradas en el artículo 173.2 del Código Penal (descendientes, ascendientes, cónyuges, hermanos, etc.) a excepción de los casos de violencia de género”.

Adentrarte en este estudio estadístico, por fríos y distantes que puedan parecer números y gráficos, a poca sensibilidad que tengas y aunque andes corto de imaginación, es navegar por un mundo sórdido y espeluznante. Sin añadir los casos de violencia doméstica, mucho más difusos por lo diverso que los posibles agresores pueden ser,  leer que las mujeres que han denunciado ser víctimas de violencia de género, o sea, la más genuinamente machista y chulesca, la que se ejerce con más sensación de poderío y de desprecio, la que anula y cosifica más a quien la sufre, han sido 32.242 en el año 2011 en España, es un latigazo que remueve el interior y que transforma los dígitos, por arte de una magia dolorosa y vergonzante, en otros tantos nombres repetidos de rostros imaginados, de silencios y  de lágrimas. Y estos treinta y dos mil casos, al fin y al cabo, son aquéllos en los que se atisba un mínimo de esperanza porque la mujer denunció y el criminal está encausado, aunque eso sirva en muchas ocasiones para poco más que para imponer al agresor una orden de alejamiento que vale menos que el papel en que se escribe, ya que éste la incumple cuando quiere y, en muchos casos, suele desbaratarla de una manera trágicamente irreversible. Y hablo de mínimos porque en lo que llevamos de año, hasta este momento en que escribo, son 23 las mujeres asesinadas por sus parejas. De ellas, 18 no habían denunciado. Si extrapolamos este porcentaje a la estadística anterior, la cifra pavorosa de mujeres que pudieron ser víctimas de esta sinrazón machista en la España del año 2011 sería 149.144, casi la población femenina de Badajoz, Cáceres y Mérida juntos. Sin contar las que habría que añadir por violencia doméstica y las que se difuminan dentro del saco impreciso de “malos tratos”, infligidos  por hombres ajenos al círculo sentimental o familiar de la mujer agredida, incluso no conocidos, pero que tienen un fuerte componente machista y sexual.

Todo lo anterior no son números fríos ni estadísticas maquinales, son las cifras de una pandemia selectiva que, de forma inexplicable, cada vez se presenta a edades más tempranas y, lo que es más grave, cada vez es más aceptada como normal en las jóvenes adolescentes, que asumen una visión romántica del amor, protegidas bajo la égida de la figura dominante del macho. Estoy seguro de que algo está fallando en nuestra sociedad y en nuestra educación cuando no somos capaces no ya de eliminar de raíz estas conductas aberrantes, sino de combatir la ideología que las alimentan. Como convencido estoy también de que en escuelas e institutos se intenta pero resulta difícil, por no decir imposible, contrarrestar parámetros y actitudes aprehendidas en la familia desde la niñez, que forman la costra más dura de pulir. Si a esto añadimos programas de televisión que siendo engendros de muladar son mayoritariamente seguidos por unos y otras, lo desigual de la lucha viene a ser evidente. Y si la prevención resulta descorazonadora, la represión de los criminales es aún más decepcionante. No conozco gobierno que haya logrado pasar de la parafernalia demagógica y del palabrerío feminista para arremeter con coraje suficiente contra esta vergüenza. Y ahora con Gallardón -ese “falangista de derechas” según lo definió su padre de manera acertada y generosa- al frente del Ministerio de Justicia, me temo que habrá que abandonar toda esperanza. Anda estos días este franquista emboscado mostrando su verdadera cara, muy diligente en el intento de avasallar libertades haciendo callar a periodistas y periódicos a su antojo. Como para pedirle que se ocupe de perseguir alimañas. ¡Ay!, qué buen papel hubiera hecho como ministro de Arias Navarro, contando además con el apoyo mediático del que era en esos turbios días jefe de los servicios informativos de TVE, su amigo y mentor Juan Luis Cebrián. Vaya par de advenedizos. Estoy seguro de que  ninguno de los dos ha leído esta estadística.

domingo, 19 de mayo de 2013

VIVIENDO LIBROS

Hoy se clausura la Feria del Libro de Badajoz. Es su edición número XXXII, treinta y dos años que lleva esta veterana cita acercando libros, lectura, luces, a quienes quisieron recorrer su parte del camino hacia ella. Este año, por fin, ha vuelto a instalarse en el paseo de San Francisco, un lugar más cómodo, más amplio, más fresco, más acogedor y, sobre todo, un escenario en el que, contrariamente a lo que ocurría en San Atón con sus agobios de espacio y páramo, puedes permanecer una vez que crees haber cumplido con la ilusión de la compra. Y en esa permanencia, a veces, a la luz de una conversación o de un ejercicio de memoria, vuelve a surgir la ilusión de un descubrimiento literario, la presencia de un recuerdo,  el chispazo de una intuición, al fin ese impulso repentino y gozoso que te hace reincidir en el vicio y te obliga a echar un nuevo libro a la alforja.

Pocos placeres comparables al que se experimenta al abrir por primera vez un libro, sentir su olor, acostumbrarte a su tacto, ilusionarte con la fantasía de descubrir su corazón en el corazón de las historias que almacena, callar con los silencios que provoca y reír o llorar, emocionarte en suma, a su ritmo. Y, consecuentemente,  pocas desilusiones tan frustrantes como las que sientes cuando un libro, al que siempre te acercas casi con el ensalmo de un primer amor, te decepciona y te resulta insoportable. Entonces, con la mejor de las intenciones y dilatando hasta el extremo tu paciencia, vuelves a él dos, tres, cuatro veces sólo para, en la mayoría de los casos, sufrir en cada intento un nuevo fracaso que acrecienta el aborrecimiento de amante despechado que te provoca el traidor, del que ya te molesta hasta el olor que al principio te entusiasmaba. Para estos especímenes inservibles tengo yo en casa un mueble de madera cuajado de carcomas inmunes donde quedan recluidos, con dos vueltas de llave, por toda su eternidad. Los dejo vivir, sí,  pero haciendo de su vida un desierto inútil. Porque les falta la razón de su existencia, manos que los acaricien, ojos paseando sus páginas, vidas viviendo al compás de la suya.

El mundo de los libros y de la lectura es un universo apasionante que da sentido a muchas horas de mi vida y a la vida de muchas de mis horas y de mis días. Cuántas veces ellos han sido mi refugio y mi vía de escape de una realidad que me agobiaba. Cuántas, paradójicamente, la posibilidad de acercarme más a la vida desde la ficción de otras diferentes y ajenas. Y cuántas, en la indefensión de la adolescencia, el reencuentro con las ganas de continuar a pesar de mis noches. Leer me hizo escribir y eso me salvó definitivamente de la catástrofe, porque inicié el camino de vuelta intentando devolver lo recibido. Y viví la alegría de ver los ojos del que lee y hacer que él sintiera como yo porque iba unido a mi corazón. Como ahora.

Paseando la otra tarde por San Francisco, viendo a la gente pasear a mi compás y al compás de una tarde agradable y benigna, me emocionaba pensando en los agradecimientos que debo a las personas y los ambientes que me hicieron lector. Y en la inmensa suerte que la vida me proporcionó regalándome una infancia feliz en un hogar en el que los libros y la música eran tan de diario como las galletas María y la sopa de arroz. Y en la suerte de ser, con mi melliza, el menor de diez que leían, cantaban, escuchaban música y vivían mundos de fantasía de los que yo participaba porque me dejaban entrar en ellos, y en los que me refugiaba de esa tristeza absurda e inexplicable que aquella felicidad me proporcionaba, mientras mi hermana María Elena nos contaba a los pequeños, con todo lujo de detalles, la película que acababa de ver, o las aventuras y desventuras del Capitán Palacios, “héroe de la División Azul”; y el Capitán Trueno y Roberto Alcázar andaban de la mano por los pasillos de la casa con  las novelas de Salgari de la Editorial Molino o el Tarzán de Gustavo Gili, las travesuras de Guillermo, las poesías “completas” de Lorca de Editorial Aguilar, los sonetos de Gerardo Diego, la venganza de Don Mendo y la lírica del paisaje y del hombre de Yupanqui. Y tantas vidas más. Después el Zurbarán, Don Enrique Segura, sus clases, su paciencia, su amor por la literatura,  y ese afán de maestro por hacernos amar la lectura y los libros. Y, perenne, la imagen de mi madre al contraluz del cierre y de la tarde, sentada en su sillón con las piernas cruzadas y un libro entre las manos. Y yo mirándola embebido pasar páginas silencio tras silencio.

Se acaba ya esta Feria del Libro de Badajoz. El paseo de San Francisco volverá a la rutina de sus tardes, al ajetreo de sus mañanas de trabajo, a la placidez de los sábados de relax y cervezas. Sin embargo, hasta el año que viene, seguirán resonando en sus jardines las voces quedas y los ecos sordos de los sueños que han estado expuestos, ocultos entre páginas. Y siempre vendrán niños que podrán escucharlos.

lunes, 6 de mayo de 2013

ENTROPÍA POÉTICA

El día 23 de abril, con motivo del Día del Libro, presentamos el último premio de poesía Ciudad de Badajoz,  Poemarx de David Benedicte. Es ya la edición trigésimo primera de este premio del que, en su momento,  algún poeta se sintió dueño y que cuando fue descabalgado del puesto de jurado que el creyó vitalicio o, quizás como el otro, perpetuo, al sentirse herido en su amor propio enfermizo y en su desmedida soberbia, trató de torpedear con todos los medios que su despecho y su mezquindad le proporcionaban. Evidente y afortunadamente fracasó en su intento, y el premio alcanza cada año más vida y más prestigio.

El poemario, en esta ocasión, no es poemario al uso, de modo que hay que pasear por sus páginas con los ojos bien abiertos, limpios, sin ataduras ni prejuicios que puedan evitarnos disfrutar de él. Decir que lo más clásico que nos encontramos en sus páginas es un “soneto mudo” cuyos dos tercetos son la traducción que el autor hace de los estertores bocineros de Harpo Marx, les da le medida de lo que digo. Pródigo en citas que no coloca este autor, como otros, a beneficio de inventario, y que deben leerse, por tanto, con la misma atención que los poemas, destacaré estas tres porque creo, a toro pasado y leído, que pueden darles la clave de lo que se van a encontrar. La primera de ellas, es una pintada del mayo francés: “Dios ha muerto, Marx ha muerto, y yo tampoco me encuentro muy bien”. La segunda, del escritor y filósofo francés Georges Bataille, que escribió: “Lo reiteraré de todas las maneras posibles: el mundo sólo es habitable a cambio de no respetar nada”. Y la tercera, del belga Raoul Vaneigem: “No hay símbolo, por aborrecible que sea, que los juegos de lo viviente no tengan el poder de disolver”. Junten las tres, agiten la coctelera, añádanle un lingotazo ácrata, unas gotas de descaro más el oficio asentado de un escritor curtido, y el temible y demoníaco relativismo que tanto denuestan ahora los vendedores de orejeras se queda en repostería de convento. A partir de ahí, y por eso, o al revés si se regresa al futuro, se encontrarán ustedes con un libro que es un torrente iconoclasta, gamberro, imaginativo, escéptico, con una arquitectura formal que el montaje final del director ha mejorado, y en el que paseamos por un mundo de ficción realista, por un maratón peliculero en el que materialidad y fantasía no están constreñidas por fronteras, sino que se mezclan y se confunden y se parasitan mutuamente. Con un estilo apabullante hasta lo lisérgico, nos sumerge en una sucesión de historias posibles por imposibles, que la magia del cinematógrafo inmenso que es la vida hace realidad: vemos al filósofo Karl, quinto de los hermanos Marx y a Harpo, digo, perdón,  a “Francisco Harpo, Caudillo de España por la gracia de Dios”, manteniendo, mientras asisten en un cine porno a la felación que Mónica Halkova ejecuta a un elegido, un diálogo desopilante en el que se establece el onanismo como una nueva forma de religiosidad a la que el capitalismo nunca podrá corromper; asistimos a la encarnadura, junto a los antiguos cines Luna, de un nuevo Cristo “que ha colgado su cruz en una alcoba sembrada de desórdenes y congoja”  y para el que el cielo “es un restaurante donde todos los días hay paella”;  o descubriremos que Leopoldo María Panero, el que está “hasta el puto culo de sí mismo”, morirá en 2047, mientras su padre es un zombi que juega al golf con Pemán, Rosales y otros “poetastros falangistas” al tiempo que él, en la vigilia de un sueño, les ofrece el manjar de su cerebro.

Intercaladas entre estas historias se nos ofrece una serie de fogonazos, de cortos, casi de escenas que, a veces en un verso, recrean otras tantas películas que ya son distintas después de esa luz poética que las ilumina y nos ciega. Las  fantasmagóricas gemelitas de El resplandor violando a Jack Nicholson, ese escritor desquiciado y poseso que vive en un mundo irreal que lo domina y que es, en cierta forma, paradigma de todo escritor que se precie de serlo, es una escena imaginada que le da al original una dimensión aún más terrorífica. Con todo, deberemos de ir con cuidado para que la claridad de estos destellos no nos impida ver la luz de un magnífico libro de poesía, de peculiar lirismo, profundo, contundente, de una calidad que se mantiene sin flaquear, muy bien definido en su mensaje, lleno de contrastes en apariencia contradictorios y que, sin embargo, acaban encajando con perfección de tetris. Un libro que hay que leer más de una vez para paladearlo en todos sus matices, que hay que repasar para poder disfrutarlo en toda su extensión interior y atarlo en corto para que no se nos desmande más de la cuenta.

Leí ese día en la prensa digital dos titulares que parece que se confabularon para tratar de amargarnos.“El libro celebra su muerte”, decía uno. El otro, aún más peliagudo: “El cine pide clemencia a Montoro”, o sea, el condenado implorando a su verdugo. El panorama, ya ven, es de aúpa. No obstante, creo que libros como éste, que despeja certezas y alimenta dudas, nos sirven de refugio contra esa realidad apocalíptica y agorera que parece que nos rodea, no para huir de ella u ocultarla ocultándonos, sino para tratar de impedir augurios tan pavorosos como los que presagia. Así, quizás, lograremos evitar entre todos que el libro muera y que el cine tenga necesidad de implorar. Y si a pesar de todo no lo conseguimos, pues que venga Harpo y lo arregle a bocinazos.

domingo, 21 de abril de 2013

TAMARA PRESIDENTA

La Comisión de Economía del Congreso ha aprobado esta semana el proyecto de ley Antidesahucios con los votos a favor del PP y en contra los de toda la oposición. O sea, mayoría política contra mayoría social. Y la verdad es que su trámite ha sido un ejemplo de cicatería y empecinamiento del gobierno que, excepto una enmienda de UPN sobre el fondo social para alquiler, no ha admitido ninguna otra de los demás grupos, aunque algunas de ellas eran perfectamente aceptables con un mínimo de flexibilidad y cintura políticas. Los tres pilares de la Iniciativa Legislativa Popular, a saber, dación en pago retroactiva, paralización de los desahucios y alquiler social, presentada por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca con casi 1.500.000 firmas de aval y que, dígase lo que se diga, ha contribuido de manera muy importante a que esta tramitación espabile, han sido laminados por el Grupo Popular que, falseándola al tiempo que se aprovechaba de ella, ha intentado darnos gato por liebre mientras despreciaba sin miramientos los anhelos de una mayoría social al degradar un debate, que no fue tal, de pleno a comisión. Y así lo que de entrada era una ILP, por arte de birlibirloque de experto trilero pasó a ser, de salida, una ILPP, que mejora lo que había según unos pero no lo suficiente según todos los demás. He recordado, al hilo de este toma y daca parlamentario tan poco edificante -nunca mejor dicho-, la explicación del juego de las siete y media de don Mendo a Magdalena, que Muñoz Seca remata magistralmente: “Y el no llegar da dolor / pues indica que mal tasas / y eres del otro deudor. / Mas, ¡ay de ti si te pasas! / ¡Si te pasas es peor!”. Y, en este caso,  lo peor de todo para todos es que jamás nadie alcanzará las siete y media ya que, me temo, la escena esperpéntica de todos contra uno y uno contra todos a la que hemos asistido esta semana, no ha sido sino  el anticipo de lo que nos queda por ver en esta legislatura: una oposición acomplejada por la algarabía callejera y el miedo atávico a posibles estigmas, que votará en contra de iniciativas gubernamentales por el simple hecho de serlo y no por el grado de acuerdo que puedan concitar; y un gobierno al que la mayoría absoluta de la que disfruta le ciega y le impide ver más allá de sus narices, que son tan chatas como inflexible es su despotismo democrático. Lo cual, que en sus pecados nosotros llevaremos la penitencia.

Parece que la razón fundamental que ha dado el gobierno para no incluir en la futura ley hipotecaria la dación para el pago de la deuda es el peligro que supone no sólo para el equilibrio sino, incluso, para la viabilidad del sistema financiero. Tanto que, incorporarla, podría significar su quiebra. Yo no soy economista y, por tanto, ignoro hasta dónde puede llegar el riesgo de esta, parece, generosa herejía. Lo que si sé es que hace bien poco, sin dación en pago de por medio, se ha producido un rescate de la banca española que nos ha costado 40.000.000.000 de euros  y que ya estamos pagando, entre otros, usted y yo.  Si eso no es un sistema quebrado, que venga Guindos y lo vea con la pierna escayolada. Imposible que entre las causas del descalabro bancario estuviera la bicha hipotecaria inexistente. Lo que estamos pagando, entre otros usted y yo repito, es el absoluto descontrol del Banco de España, esto es, del gobierno de España, sobre la disparatada gestión de directivos bancarios inútiles o torpes o  mamones o sinvergüenzas o mangantes o todo a la vez, que quebraron sus bancos o sus cajas de ahorro, estafaron y arruinaron a sus clientes, se llevaron crudo los dineros que no había si no era para ellos y que, hasta la fecha, andan chuleando sus desmanes sin que nadie les desahucie de sus casillas. El estado, maldita sea,  priorizó salvar a los verdugos en lugar de rescatar a las víctimas. Y parece que sigue empeñado en seguir haciéndolo aunque sea a costa de cambiar con urgencia la legislación para que un banquero, librado de la cárcel por indulto del gobierno anterior, pueda seguir ejerciendo como tal.  Vomitivo, o sea.

Leyendo la prensa esta mañana he encontrado una entrevista deliciosa con Tamara Falcó, ya saben, la hija de la Preysler, en la que confiesa compungida: “No creí que había (sic) tanta hambre. Pensé que la crisis sólo era en África, pero ahora me doy cuenta de que en España también”. Sospeché que esta criatura escasa que parece anda ahora en fase mística, impresionada por los desahucios, los suicidios anejos, la estafa consentida de las preferentes, los millones de parados, la escasez presupuestaria de la renta básica, las colas en los comedores sociales, la quiebra de empresas, los ERE diarios, los recortes en sanidad y educación y en sueldos y en pagas extras y en pensiones y, en fin, el panorama angustioso que nos rodea, había adquirido cierta sensibilidad social. Pero no, quita, quita. Lo que le hizo caer del caballo y ver la luz de la dura realidad fue que, al preguntarle al fotógrafo que la inmortalizaba en domingo: “¿No descansas?”, éste le contestó: “Tengo que comer”. Quizás cuando el don tancredo discreto y emboscado que nos gobierna salga de la madriguera de plasma en la que se esconde, y tenga el valor de enfrentarse a las preguntas de una realidad a la que parece que es tan ajeno como la susodicha, se descuelgue respondiendo la misma y soberana tontería: “No creí que había tanta hambre”. Entonces, por supuesto y llegado el caso, yo votaré a Tamara para presidenta. Porque, al menos, ella es la original.



domingo, 7 de abril de 2013

EL AIRE ES DE TODOS

Ostento el contradictorio honor, compartido ex aequo con mi melliza, de ser el menor de diez hermanos. A los dos nos llegaban, por vía jerárquica, mimos y martirios, no siempre equitativamente repartidos, de ocho especímenes consanguíneos precedentes que, entre las peculiaridades de su anillo genético que era el nuestro, tenía marcado de forma indeleble el cromosoma CH de chinche, transmitido por vía paterna. Quiere decirse que nosotros dos, integrantes de la base de la pirámide ecológica, éramos el banco de pruebas de las maquinaciones irritantes de todos los demás, en ocasiones sin solución de continuidad. A un servidor, de rebote, le tocaba también sufrir las diabluras mortificantes de la melliza, una manejanta de tomo y lomo que me tenía cogido el pan debajo del sobaco y que chinchaba de manera inmisericorde  incluso mientras dormía. En fin, así íbamos curtiéndonos para enfrentarnos al espacio exterior. Una de las torturas que nos infligíamos en aquellos benditos años, con la que parece que nos adelantamos a los tiempos revueltos que corren, era la que dimos en llamar El aire es de todos. Amparados en esta máxima inapelable, el invento consistía en colocar el dedo índice a escasos milímetros del ojo de nuestra víctima al tiempo que repetíamos machaconamente el lema del suplicio junto a su oreja. Las sesiones duraban lo poco que la paciencia del sujeto pasivo y acababan normalmente a mamporros, porque ya me dirán quién aguanta mucho con el dedo de un chinche recalcitrante rozando tus pestañas mientras te moja los tímpanos con el sonsonete.

Digo que parece que nos adelantamos a los tiempos porque la situación me recuerda mucho a esta moda recientemente importada del “escrache”, no sólo por la similitud de su puesta en escena atosigante, sino también porque, igual que nuestro chinche infantil, tiene un planteamiento teórico irreprochable pero una resolución práctica con difícil equilibrio. El diccionario de la RAE define escrachar, en segunda acepción, como “fotografiar a una persona”. Quizás por ahí esté el sentido de las acciones que están llevando a cabo los miembros de la PAH con la señora Colau a la cabeza, en el hecho de  retratar a aquellos políticos supuestamente culpables de la tragedia social que suponen los desahucios y exponerlos ante la opinión pública en una especie de picota virtual. Creo que eso entra limpiamente dentro del llamado juego democrático y hay mil maneras de conseguirlo en esta sociedad cada vez más interrelacionada a través, entre otros mecanismos, de redes sociales y medios de comunicación. Hacerlo de la forma energúmena que han elegido, agobiando y persiguiendo a los estigmatizados hasta las puertas de sus casas con insultos y gritos, sin respetar familia ni vidas privadas no se ajusta, en mi opinión, a unas mínimas exigencias democráticas, al tiempo que trae consigo el efecto perverso de poner en contra de esta organización, que creo absolutamente necesaria y con unos fines que muchos compartimos, a una parte nada desdeñable de la opinión pública. He seguido a la señora Colau en su periplo por el circuito habitual de púlpitos televisivos y en todos ha dicho, haciendo gala de una verborrea de telepredicadora ciertamente abrumadora, que los métodos de la PAH no son violentos. No sé si lo que quiere decir es que el tropel no llevaba la soga en busca de una farola o es que nos toma por tontos, porque las escenas que yo he visto en televisión me dicen todo lo contrario.

Por otra parte, si alguien autoinvestido con hábito de superioridad moral y haciendo las funciones de un nuevo y justiciero ángel exterminador, anda por estos mundos de políticos desalmados sermoneando las bondades del “escrache” mientras señala culpables, para que podamos creer en la limpieza de sus intenciones habrá que exigirle que tenga la honestidad de apuntar a todos. Y de la regulación injusta y lacerante de los desahucios y de su ejecución no sólo tiene la culpa el PP, con él hay muchos más en nómina. Sin ánimo de ser exhaustivo, y si de atosigar se trata, ¿por qué no también a Chacón por su ley de desahucio exprés;  a Zapatero y todos sus ministros, incluido Rubalcaba que la apoyaron; al PSOE que gobernaba; a los banqueros, mangantes o no, que arrebatan las casas, los dineros y, en ocasiones como cooperadores necesarios, la vida de los desahuciados; a los jueces que dictan los autos y a los abogados de los bancos que los promueven? En este sentido, el sectarismo estricto y unidireccional en contra del PP que rige las acciones de la señora Colau es incompatible con las lecciones de ética que pretende darnos desde su trono falsamente impoluto. Y esta manera de escorarse mientras niega la evidencia no hace sino incrementar la desconfianza no sólo hacia ella, que sería lo de menos, sino hacia la organización que representa, a la que ensucia y desprestigia con cada nueva perorata.

Aplaudí su intervención en el Congreso de los Diputados. Fue un discurso el que dio contundente, sin fisuras, directo y ajeno a veleidades que nos distrajeran del mensaje, que no era otro que el de poner en evidencia lo monstruoso e injusto de la actual regulación del desahucio. O en aquella ocasión nos engañó o la notoriedad mediática ha dado alas a su personalismo ególatra. Ahora, tras cada nuevo sermón, la veo más imbuida de mística izquierdista, cada vez más impregnada de ese redentorismo revolucionario de papel cuché tan entrañable como impostado, tan marca España. Y, de rebote, tan dañino para los intereses de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Y esto sí que es una verdadera lástima.