lunes, 20 de diciembre de 2010

ELOGIO DEL DISCURSO

¡Qué mal ha sentado, en las oquedades de la caverna, el discurso de Mario Vargas Llosa! Se les nota, desde lejos, el sarpullido. El berrenchín les tiene sumidos en un estado de postración que da grima verlos. Y oírlos. Ya, cuando se supo de la concesión del Premio Nobel de Literatura al hispano-peruano, aparecieron plumeros entre las sombras de la izquierda más rancia y sectaria, contrariada por el hecho de que le fuera otorgado este año a un escritor que no oculta su ideología liberal. Incluso hubo más de algún iluminado y alguna iluminada (permítaseme, en este caso, utilizar el estúpido lenguaje paritario) que lanzó anatemas contra su forma de escribir, tachándola de mediocre y simplona, en un alarde de insensatez digno de quien lo dijo. El cerrilismo es lo que tiene. Y sin recuperarse del disgusto, ahora, en la ceremonia de aceptación del premio, les sorprende con un discurso-río emocionante y bellísimo, todo un hermoso ejercicio de literatura. En él desgrana, con una claridad y una envidiable sencillez, sus anhelos y desvelos literarios y personales, el descubrimiento, a los cinco años, de la magia implícita a la lectura que logra transformar palabras en imágenes, y de la maravillosa posibilidad que tiene la literatura de convertirse en refugio, al crear y recrearse en situaciones y vidas paralelas, poniéndonos a resguardo de la sordidez o la estrechez de las reales.

Pero además de ejercicio literario, este “Elogio de la lectura y la ficción” también es una declaración de su posicionamiento ideológico, de su evolución y convicciones políticas, de su tránsito desde el marxismo a posiciones demócratas y liberales. Con precisas pinceladas nos transmite su decepción del estatismo y el colectivismo a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana a un modelo autoritario y vertical, la invasión de Checoslovaquia por los países del Pacto de Varsovia y los testimonios de los escapados del Gulag. De espolique, aprovecha para caponear a la dictadura venezolana y a “algunas seudo democracias populistas y payasas como las de Bolivia y Nicaragua”. Y se reafirma en su actitud beligerante contra todo tipo de dictaduras como, entre otras, la de Pinochet, la iraní, la de los talibanes de Afganistán o la de los sátrapas de Birmania, y en su rechazo de la “ideología provinciana” que es el nacionalismo, al que considera, junto con la religión, “la causa de las peores carnicerías de la historia”.

No entiendo, o sí, por qué se ha encocorado tanto esta patulea gritona. ¿Será porque el discurso se sale de la ortodoxia del pensamiento único, es políticamente incorrecto, va en contra de los cánones aborregados que pretenden implantar, rompe la uniformidad de las orejeras? Como diría Cantinflas, hasta la pregunta es necia. Y el propio Vargas Llosa viene en mi ayuda para contestarla cuando dice: “Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible, y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes”. Recomendaría a la tropa vocinglera que, siempre que no les suponga un agravamiento de sus escozores, se acercara a estas páginas de prosa emocionante y tomara nota de lo hermoso que es escribir con y en libertad.

jueves, 9 de diciembre de 2010

PALÍNDROMOS

6.

Tan sólo mientras duermo oigo tu risa.
Despierto y la penumbra envuelve la inquietud
de no saber aún si estoy conmigo.
Cuando me recompongo, procuro
recordar. Resulta inútil. La química no sabes de disfraces,
es incapaz de almacenar ausencias.

Sufro por no saber cómo reías.

Apenas un instante, mientras la muerte estaba,
sin saberlo,
agazapada en el embozo tibio
acaso de otra vida diferente, te oía reír.
Pero el amanecer rompió el hechizo:
Despierto y ya no sé escuchar tu risa.
Quizás el corazón tejió carencias
que no sé descifrar,
o el sueño quiera hacerme sentir
lo que la vida es incapaz de darme.
Sonambulismo de andar entre recuerdos.

Entonces, la tristeza como una lluvia tímida
empapando el silencio.

Enfermo de nostalgia,
cansado de vivir sin esperarte,
vuelvo a dormir para soñar tu risa.

viernes, 26 de noviembre de 2010

ELECCIONES

Estamos de elecciones. O sea, en la Universidad de Extremadura. El día 1 de diciembre se elegirá a la persona que regirá, durante los próximos cuatro años, los destinos de esta docta casa. Digo, con permiso de la Junta de Extremadura, claro. Porque hay veces que pienso que la tan cacareada autonomía universitaria sólo sirve para elegir en qué rincón te escondes para llorar. O la marca del lubricante íntimo que más te guste. Pero bueno, en cualquier caso y afortunadamente, no estamos en Cataluña, porque si allí para presidir la Generalitat se presentan espantajos tan honorables como la Carmen de Mairena, para Rector de Universidad se podrían presentar especímenes tan magníficos como el Maestro Ciruela. Que haberlos, haylos. Y con su título de Catedrático debajo del brazo, por supuesto.

La Ley Orgánica de Universidades establece, para esta elección, un sistema basado en una rígida estratificación de la comunidad universitaria, que parece inspirado en el sistema de castas de la India. Allí, desde hace 2500 años, existen cuatro “varnas” que, en orden descendiente, serían los brahmanes, los chatrías, los vaishias y los shudrás, salidos de la boca, los hombros, las caderas y los pies de Brahma, respectivamente. Todo muy moderno. Aquí y ahora se ha adaptado el asunto a las circunstancias universitarias y las cuatro castas con derecho a voto, A, B, C y D, serían: profesores doctores, resto del personal docente e investigador, alumnos y personal de administración y servicios. Pero para que las castas lo sean con toda propiedad, así como en la India son endogámicas y están prohibidos matrimonios verticales, aquí la LOU, no entrando en lo de la coyunda, establece el eufemismo pérfido del “voto ponderado”. Y ahí, como diría mi admirado Cantinflas, es donde la puerca tuerce el rabo. Porque la ponderación, en nuestra UEX, está estructurada de la siguiente manera: Grupo A, 51%; Grupo B, 16%; Grupo C, 23% y Grupo D, 10%. Y se aplica a lo bestia, sin ningún índice corrector que tenga en cuenta el porcentaje de votantes de cada grupo. Así podría suceder, por tanto, que sólo votase un profesor doctor y su voto fuera al candidato “X”, y todos los demás electores de los tres grupos restantes votaran al candidato “Y”. En nuestro caso, 1 voto frente a 24.500. ¿Quién ganaría? Pues el candidato X, con 1 voto, sería proclamado Rector con el 51% del escrutinio. ¡Agárrame esa mosca democrática e igualitaria por el rabo! Lo dicho, la Edad Oscura incrustada, vía Ley Orgánica y Claustro Universitario, en el siglo XXI. Teniendo en cuenta, además, el “rigor cum laude” con el que se obtienen algunos doctorados por aquí. Vamos, como la muñeca chochona.

Yo que, como digo, trabajo en nuestra Universidad y pertenezco al Personal de Administración y Servicios, no entraré a formar parte de este mecanismo denigrante que me desprecia, como colectivo, de forma tan ponderada. Considero que mi voto, en este engranaje desigual e injusto, no vale ni el papel que lo soporta, a no ser que impriman nuestras papeletas en papel higiénico. Pero ni así me sirven, porque vengo cada mañana a trabajar con mis deberes evacuatorios hechos. Lo cual que, mientras las cosas sean como están, no votaré, para no participar en este circo hipócrita. Será una manera, quizás ingenua, de ejercer mi derecho al pataleo, de testimoniar mi rechazo a esta insensatez consentida e interesada y de devolver, a quien corresponda, el desprecio con que me honra. Y a quien Dios y los doctores se la den, San Pedro y Fernández Vara se la bendigan. Amén.

viernes, 5 de noviembre de 2010

LA VIDA DE LOS OTROS


“La vida de los otros” es una magnífica película alemana del año 2006, dirigida por Florian Henckel-Donnersmarck, Oscar a la mejor película de habla no inglesa de ese mismo año. Nos cuenta la evolución personal que experimenta Gerd Wiesler, capitán de la terrible y todopoderosa Stasi, la policía política de la Alemania del Este, a partir de que le ordenan que espíe a la pareja formada por un escritor de prestigio y una afamada actriz. En tonos grises y ocres, con un guión conciso y contundente y unos decorados austeros, nos introduce, al ritmo pausado de la narración, en la atmósfera opresiva e irrespirable que presidía aquel país de calles solitarias y miedo generalizado, por fortuna ya inexistente como tal. Lo he recordado ahora, después de conocer la inquietante frase que nos ha regalado Alfredo Pérez Rubalcaba días atrás: “Mi ventaja es que yo sé todo de todos”. Cuando la leí me vino a la memoria el cartel anunciador de la cinta, en la que se veía en primer plano a Ulrich Mühe, que interpreta magistralmente al capitán Wiesler, en su papel de espía, con unos auriculares puestos, apenas de perfil, y una mirada fría y perdida. Instantáneamente, en mi cabeza, desapareció del cartel la cara del actor y encajó a la perfección la del “superministro”, con sus ojillos esquivos y su sonrisa “ratuna”.

Esta frase tan corta y, sin embargo, tan larga, que esconde mucho más de lo que enseña, me ha producido un profundo desasosiego. Si, en su momento, la hubiera dicho Carlos Arias Navarro, uno de los políticos más tenebrosos del franquismo, la habría tomado como algo connatural a la cochambre, como un elemento más del paisaje amenazante y opresivo de la dictadura. Pero que la haya pronunciado, en un Estado que se supone social y democrático de Derecho, el Vicepresidente del Gobierno y Ministro del Interior, que controla el Centro Nacional de Inteligencia y los Servicios de Información de Policía y Guardia Civil, me ha descolocado en el tiempo hasta hacerme sentir rodeado por el mismo olor a rancio de aquellos años negros. A mayor abundamiento viniendo de quien viene que, además del cargo que ostenta, arrastra una biografía tan llena de zonas oscuras. Una amenaza así, veladamente explícita, que supone una instrumentalización partidista de los recursos del Estado, proveniente de un político tan tortuoso como el susodicho, que se mueve como pez en el agua por terrenos de límites turbios, no debería pasar desapercibida. No sé si es que los árboles no nos dejan ver el bosque y parece que la democracia tiene capacidad para asimilar todo, hasta una salida de pata de banco tan hedionda como la que nos ocupa.

Una característica del fascismo, común a todos los regímenes totalitarios, es la utilización de los poderes del Estado contra el individuo, para limitar, vigilar, constreñir o anular su libertad. Y para perseguir al desafecto. Y para amedrentar al oponente. La ocurrencia que, con total desfachatez, nos ha soltado este Profesor Tenebro de la política, ¿qué es? , ¿como podría definirse?, ¿abre la posibilidad a una utilización de los aparatos del Estado contra el ciudadano, contra el partido opositor? No lo sé, pero lo temo. Lo que sí sé es que Fraga, otro que tal, siendo Ministro del Interior, se conformó con proclamar que la calle era suya. Rubalcaba ha subido un escalón alarmante. La calle para él es poco, él quiere dominar la historia de los demás, la vida de los otros.

lunes, 18 de octubre de 2010

"DICES TÚ DE MILI" (II)

Una de las leyendas urbanas más extendidas por aquel campo viatoreño, era la de que las comidas y el agua venían aderezadas, para aplacar la libido de la tropa, con las dosis adecuadas de bromuro. A qué molestarse, si el bromuro era intrínseco a nuestra situación. Sea como fuere, a Andrés parecía hacerle el efecto contrario. Por la noche, con las luces recién apagadas, en un ambiente fantasmagórico de toses, ronquidos y pedos de toda clase y condición, los muelles de su somier comenzaban a chirriar con una cadencia que iba, “in crescendo”, del “largo con tremolo” al “allegro molto vivace”. Con una constancia prodigiosa, pues no faltó a su cita con Onán ni una sola noche de aquellos tres meses. Así que, hablando con toda propiedad, el bromuro, si lo hubiere, se lo pasaba nuestro amigo por el forro de sus caprichos.

Poco a poco, con paciencia, logré entablar con él pequeñas conversaciones. Así supe de sus largas estancias en el monte, junto a sus cabras, con las que aliviaba sus arrebatos emocionales. Un día me dejó ver el interior de su taquilla y entonces comprendí por qué, cuando llegamos, su petate estaba lleno a reventar. Aquello no era una taquilla, era un almacén de Monte Porrino. La barra de donde, teóricamente, debían colgar el uniforme y demás pertrechos, aparecía repleta de un variado muestrario de embutidos relucientes: chorizos, morcillas, morcones…. hasta un jamón tenía. Estas suculencias eran sólo para su disfrute personal, pues se negaba en redondo a compartirlas con nadie bajo la excusa, sencilla y contundente, de que aquello era suyo. Y punto.

Al llegar nos habían entregado, como complemento del uniforme, unos guantes blancos que debíamos guardar con celo, pues sólo se usarían el día de la Jura. Debían lucir inmaculados para tan solemne acto, de modo que nos hicieron especial hincapié en que los guardáramos en el cajón de la taquilla y, si fuera posible, dentro de un bolsa de plástico. Vamos, el Santo Grial era poca leche a su lado. Un par de días antes del tan señalado, pasaron revista de guantes. Con un boato digno de mejor causa, todos formados delante de nuestras taquillas y con los susodichos en la mano, el capitán comenzó la inspección. Todo iba bien hasta que la comitiva llegó a Andrés. Oí un gritito histérico del capitán, que era muy requetefino y, rompiendo la fila, me asomé a la tragedia. Nuestro amigo presentaba los guantes que en su día fueron blancos transformados en dos pingajos empercudidos, hechos un manchurrón lechoso y tiesos como una mojama, tan tiesos que me dio la impresión de que, si se caían, se harían añicos contra el suelo cual si fueran de porcelana. El interfecto hubo de confesar que el deplorable estado que ofrecían era debido a que se los enfundaba cada noche para sus meneos, ya que le daba asco hacerlo a mano desnuda. Caprichos de onanista.

Coincidimos, después , destinados en Granada. Estaba encargado de regar las grandes macetas del patio. Poco a poco, la media sonrisa fue desapareciendo de su cara. Estaba triste, ensimismado. Nunca salía a la calle, así que una tarde me entregó una carta para que la echara al correo. Vi que iba dirigida a él y que en el remite figuraba el nombre de una mujer. Se lo comenté, diciéndole que se había equivocado, que había invertido las direcciones. Me miró con ojillos pícaros y me dijo: “Eso es así, cenutrio”. A los dos o tres días, el encargado del correo voceó su nombre y le entregó la carta que se había escrito. Me hizo un gesto cómplice, amargo, y se fue hasta su litera a leerla. Dos veces lo hizo, emocionado, y a mí me estremeció su soledad. Una buena mañana Andrés desapareció, quizás harto de saudade. Se fue a su casa por las buenas y, según me contaron, estuvo sin decir palabra hasta que la guardia civil fue a buscarlo. Al cabo, me enteré por un cabo de que, sabiéndolo irrecuperable para la vida militar, lo licenciaron por la vía rápida. Me alegré por él. Lo que ya no sé es si las cabras también se alegraron o salieron de estampida al verlo llegar.

viernes, 15 de octubre de 2010

"DICES TÚ DE MILI" (I)

En la entrevista, magnífica, que unos días atrás me hizo Juan Domingo Fernández para estas mismas páginas, salió a relucir el tema de la mili. Eso me ha llevado, después, a recordar aquel tiempo cuando menos curioso y, en muchos aspectos, inolvidable. El campamento lo sufrí en Viator, provincia de Almería. Allí me tiré tres meses, cargado con una escopeta vieja y más correajes que una mulilla de arrastre, dándome barrigazos por aquellos páramos en busca de un enemigo invisible, echando los bofes por las cunetas y rodeado de una serie de personas y personajes ciertamente variopinta. Fui testigo, cuando no protagonista, de algunas situaciones pintorescas, e incapaz de discernir si la comida estaba tipificada como castigo en el reglamento de régimen disciplinario. Y descubrí, en fin, la extensísima gama de olores que pueden albergar los humanos y que la pituitaria es capaz de diferenciar.

Pero para una persona que, como yo, gusta de observar a los demás y descubrir lo que de peculiar pueda tener cada cual, aquella experiencia tuvo su parte positiva. El cuaderno de campo echaba humo porque, ya se imaginan: más de cien tipos, cada uno con su ralea, conviviendo en un barracón atestado de literas y penando juntos, da para mucho. Y para más. De entre todos, guardo un especial recuerdo de un mocetón gallego, pastor de cabras, de espalda ancha, cargado de hombros, con unos labios finos que siempre lucían una sonrisa a medio esbozar y al que llamaremos Andrés. Tenía ojos pequeños y muy juntos para su cara, que era grande, a la medida de una cabeza de pelos ralos y mal repartidos. Tímido, parco en palabras, de mirada ausente, mi primer encuentro con él sirvió para que me diera cuenta de que era poco amigo de la higiene. Al poco descubrí que, más exactamente, era enemigo acérrimo de la misma. Y eso que, cada mañana, cuando íbamos en tropel a los lavabos, él aparecía, sin prisas, con una enorme bolsa de plástico que hacía las veces de neceser, de la que sacaba una pastilla de jabón de color indefinido, un peine desdentado y una maquinilla de afeitar de usar y tirar que le duró los tres meses de estancia en aquel campo, al igual que el jabón. Ése era todo su bagaje de aseo. Mucho envoltorio para tan exiguo contenido, o sea, como los discursos de ZP. Al mes, el pobre Andrés acabó arrinconado con su litera en un extremo de la Compañía, solo con sus olores.

La pituitaria de las personas tiene una cualidad que ayuda a la supervivencia y es que llega a acostumbrarse a cualquier tufo, por desagradable que éste sea. La cotidianidad de la agresión la encorcha. Y esto me sirvió para que, en la instrucción y sin menoscabo de mi consciencia, yo pudiera colocarme cerca de nuestro amigo, para poder observarle a gusto. Él iba a su aire: llevaba la escopeta como si fuera un sacho, y la cambiaba de hombro según le parecía; mientras nosotros dábamos cuatro pasos, él daba dos zancadas acompañadas de extraños saltitos intentando coger el ritmo; la gorra se la encasquetaba en la coronilla, con la visera mirando al cielo, y la izquierda y la derecha eran para él conceptos asimilables, de modo que a la voz de mando del sargento, él se giraba hacia un lado o hacia el otro según su libérrimo albedrío, atinando a veces. Con la cabeza baja, a cada tanto se agachaba a recoger del suelo todo aquello que brillara, para guardarlo en los enormes bolsillos laterales del llamado “pantalón de faena”. Allí almacenó clavos, tornillos, arandelas, tuercas, casquillos, chapas y objetos metálicos de todo tamaño y procedencia de manera que, cada paso que daba, iba acompañado de un pinturero soniquete de quincallería. Yo, mientras me instruían en la marcialidad, iba tarareando “doce cascabeles lleva mi caballo” al compás de su paso, y eso me servía para evadirme, con música, de aquella sinrazón colectiva. Nunca se lo agradeceré lo suficiente.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

DESPISTES

Desde siempre he tenido considerables despistes. Por ejemplo, me he tirado diez minutos buscando la cazadora que ya tenía puesta, o he metido a calentar el café con leche en el frigorífico en vez de en el microondas, o he encendido el televisor cuando pretendía hacer un plato al horno. Pero, sobre todo, tengo una cretinez importante a la hora de conjuntar caras con nombres y, a mayor abundamiento, de aplicar circunstancias al conocimiento de los tales. Suelo recordar las caras pero, en infinidad de ocasiones, soy incapaz de darles nombre y, sobre todo, de saber de qué conozco a la persona. Eso ha dado lugar a situaciones de todo tipo. Porque, además, empecinado en no asumir mis carencias, o quizás avergonzado de ellas, me zambullo hasta las cejas en el disparate sin reconocerle a mi interlocutor que no tengo ni puñetera idea de quién es. Antes mártir que confesor, como decía mi madre. Estos lapsus me vienen de antiguo, desde mucho antes de que me diera el arrechucho en el putamen, con lo cual no me producen especial preocupación, médicamente hablando. Así que, cuando en la revisión anual de la sesera, la neuróloga me pregunta por mi memoria, invariablemente contesto lo mismo: “Igual que siempre”, frase que parece que lo dice todo pero en realidad no dice nada. O sea, le contesto al estilo Zapatero. Y la retranca me la llevo puesta.


Una de estas situaciones chuscas que digo, me ocurrió hace ya unos años, cuando yo todavía trabajaba en el negocio de los relojes. Iba por la Plaza de España y vi venir a un conocido, muy conocido y, paradójicamente, totalmente ignorado. Mientras nos acercábamos, él me miraba insistentemente, con lo cual, al llegar a su altura, no tuve más remedio que saludarle. Le di la mano con una seguridad ficticia y me empeñé en invitarle a un café, a lo que accedió, cabizbajo, sin mucho entusiasmo. Yo, “encebicado” ya en el dislate, atribuí su actitud temerosa y huidiza a su posible timidez. En la barra del bar intenté sonsacarle, tratando de descubrir quién era, pero, a mis preguntas, él respondía con palabras parcas que no me llevaban a ninguna parte. Por fin, cuando ya daba la partida por perdida, el hombre me dijo que su empresa de transportes no iba demasiado bien. Y ahí vino la luz que iluminó mi razón. La palabra “transportes” fue un fogonazo de repentino conocimiento. “¡Si tú eres el de Transportes Tal!”, le dije. Y continué: “¡Si yo te mandé a tomar por saco el año pasado!” Él, dando un paso atrás, me contestó con un “sí” tembloroso. En esta situación, no tuve otro remedio que confesarle que cuando le invité al café, no sabía, ni por asomo, quién era. “Si ya me extrañaba, Jaime”, me dijo, “si ya me extrañaba que, con la que tuvimos, fueras tan amable conmigo”. La cosa terminó de la mejor manera. Incluso, ahora, coincidimos algún domingo en la “Venta El Horno” y nos saludamos con una sonrisa cómplice.


Por esa época, me ocurrió otra anécdota que podríamos llamar de “despiste vicevérsico”. Estaba yo acomodado en mi rincón favorito del “Pepe Jerez”, cuando vi entrar a un hombre alto, desgarbado, de larga melena oscura, mirada penetrante y cuya cara me sonaba. Él se quedó en la puerta, me detectó y se dirigió hacia mí a grandes zancadas. Mientras se acercaba, yo hacía estériles esfuerzos para domeñar mi memoria. Empresa inútil. No tenía escapatoria. Se me plantó delante y antes de que yo pudiera decir nada, me espetó: “Buiza, ¿tú eres tú o tu hermano?” Quedé estupefacto ante pregunta tan absurda. Pero fue sólo un instante, porque el espíritu de supervivencia me hizo reaccionar y le lancé una respuesta acorde a lo disparatado de su interrogante: “Ninguno de los dos. Yo soy el otro” , le dije mirándole a los ojos. El hombre acusó el golpe. Titubeó, farfulló un “adiós” apenas audible y se fue, con la misma celeridad, por donde había venido. No he vuelto a verle ni he sabido quién era. Pero recuerdo que, después del trago, quedé desconcertado, casi con una crisis de identidad. El asunto me hizo dudar, durante días, de si realmente yo era yo. O si era el otro.

viernes, 10 de septiembre de 2010

EL HÉROE CAÍDO

Este país es a veces, casi siempre, puñeteramente miserable. Creamos mitos, héroes, tan sólo con la intención de acecharlos, de estar pendientes de que cometan un fallo para zurrarles la badana, romperles el pedestal al que antes los encaramamos, hacerlos caer con estrépito y, si se tercia, escupirles con saña. Así veo yo la pringosa historia de Jesús Neira, un señor que nunca me resultó especialmente simpático, dicho sea de entrada. Un desconocido al que un energúmeno casi lo manda al otro mundo de una paliza traicionera y que, estando en coma, fue utilizado por demagogos y populistas, medios de comunicación y políticos, y manoseado de forma impúdica por unos y otros hasta elevarlo a la categoría de héroe. Y despertó sin ser el que había sido. Entró en coma como profesor y regresó de él caballero andante, ejemplo de paladín antimachista, defensor de débiles mujeres y paradigma de hombre valiente que, poniendo en riesgo su vida, se interpone entre el matón y la víctima. Después vinieron las entrevistas en radio y televisión, los halagos empachosos, los abrazos agradecidos, los ofrecimientos y los cargos. Lo cual, que tuvo la mala suerte de dormirse persona y despertarse imagen. Y en eso estriba su tragedia. Porque, ¿en qué imagen se transformó? Evidentemente, no en la suya, sino en la de otra persona fabricada a la medida de quienes la crearon. En unos casos, de intereses políticos oportunistas ciertamente vomitivos, (Esperanza Aguirre le concedió la Medalla de Oro de la Comunidad y le nombró Presidente del Consejo Asesor del Observatorio Madrileño contra la Violencia de Género), en otros de audiencia televisiva y basurera. Al fin, una patética criatura de Frankenstein.

Aún convaleciente, ya empezó a comportarse de manera “políticamente incorrecta”. Y los mismos que le encumbraron, empezaron a torcer el gesto ante sus salidas de tono. Quizás no supo asimilar el ver el mundo desde al altura en la que le habían encaramado. Quizás es que él era así y seguía siéndolo. Quizás es que la experiencia padecida o la medicación le trastornó. Pero sus actitudes extemporáneas contradecían el modelo diseñado. Pidió permiso de arma corta. Quería llevar pistola al cinto, como en el Oeste, no sé si con la intención de dirimir una situación similar a la que había sufrido llevándose por delante al matón. Mala cosa. Primeras alarmas. Escribió un libro, España sin democracia, con título suficientemente explícito. Arremetió contra ZP y los socialistas y despotricó de los jueces cuando liberaron a su agresor. Y, al cabo, los mismos que se lo rifaban (Bibiana Aído entre otros) y se daban codazos por hacerse la foto con él, huían con el rabo entre las piernas. A la vista de sus creadores, la criatura resultó ser un monstruo. Pero nada más lejos de la realidad. Simplemente había pasado de icono a persona. Tanto es así que, como ya se han encargado machaconamente de que nos enteremos, fue cazado hace unos días mientras hacía eses con el coche por la M40, triplicando la tasa de alcohol permitida. Infracción, por desgracia, cotidiana y repetida entre los simples conductores de este país cafre, pero anatema cuando la comete este modelo artificial de civismo comprometido. Y el querubín, por el mismo birlibirloque invertido, ya es diablo. En fin, creo que una situación doblemente injusta. Injusta en la ascensión, injusta en la caída. Pero, así somos.

Antes de terminar este artículo leo en un periódico digital sus últimas declaraciones , excesivas y con el puntazo de soberbia a que nos tiene acostumbrados, que corroboran lo que digo. Hay en ellas, sin embargo, una afirmación con la que me solidarizo de forma entusiasta. Dice el lenguaraz Neira: “Prefiero morirme a quitarme una cerveza o un vino”. Amén. Pues eso, muchacho, bienvenido al club. Pero sin conducir, claro.

sábado, 21 de agosto de 2010

ANUNCIOS

Ahora, en vacaciones, estoy más en casa. Y, como es natural, o no, veo más televisión. Quiero decir, que estoy más tiempo delante del aparatejo. Además de las noticias, me zampo series yanquis, los consabidos bichitos y alguna que otra cosa más. Esta ocupación, aun colateral, ha hecho que me fije más en los anuncios. A la fuerza ahorcan, porque yo creo que hay cadenas con más minutos de publicidad que de cualquier otra cosa. Salvando el de la “DGT”, que me sobrecoge cada vez que lo veo, quizás porque viví una situación similar con la muerte de mi melliza, y quitando los de perfumes, esencias y colonias, de los que no me entero de nada porque, en un susurro pretendidamente sugerente pero, en realidad, patéticamente pueblerino, sueltan un rollo en francés o en inglés incompatible con mi sordera, y sin haber hecho un estudio a fondo, un somero repaso de los que más se repiten cuando zapeo me ha hecho llegar a una desagradable conclusión: según ellos las mujeres, en general, son unas estreñidas antipáticas, aerofágicas a las que le pica la entrepierna y se les escuecen las ingles al andar. Además, sufren de almorranas congénitas, cuando no de pérdidas de orina irrefrenables. El asunto es de aurora boreal, vamos.

Hay donde elegir, pero todos cortados por el mismo patrón. Desde ése en que dos mujeres hablan en el metro de sus dificultades evacuatorias, o sea, una conversación de lo más normal entre mujeres, cuando, a una de ellas, la cogen dos guardias de seguridad y se la llevan en volandas al váter, se conoce que porque se estaba yendo por la pata abajo. Su interlocutora no porque, la muy marisabidilla, lleva en el bolso una especie de enema que se lo planta cuando quiere, y cuando y donde quiere hace ella el pastel de lo más divinamente. O aquél otro en que, otra mujer, sale del servicio de la oficina bailando compulsivamente después de haber dejado allí lo que traía de casa en las tripas, gracias a que ha tomado no sé que brebaje milagroso la noche antes. O ése más en que, otra mujer, se levanta de una silla que tiene un infiernillo al rojo vivo en el asiento. ¿Por qué? Pues porque las hemorroides no sólo le pican, sino que le arden. Y, ¿por qué este sufrimiento? Pues porque la muy tontuela no se aplica una pomada que deja el “Bálsamo de Fierabrás” a la altura del betún y que encoge las varices anales hasta el píloro. Está la funcionaria odiosa que mortifica al pobre administrado porque no depone como debe ser. O aquella otra con el estómago lleno de peces globo. O esa jovencita que pregunta a su madre qué es lo que debe hacer cuando le pica “ahí”, mientras se señala las bajeras. Y, para terminar con este catálogo cutre, la vecina que se queda embelesada ante un cateto saltimbanqui, porque el tal se ha teñido las canas. O sea, lo dicho, un rosario casposo de estereotipos, a cual más asquerosamente denigrante.

Y, a todo esto, ¿qué dice nuestra inefable Bibiana Aydiós y su cohorte de militantes feministas? Pues nada, ni pío. Ellas están en el asunto de la cosificación de la mujer como objeto sexual. Y no las saques de ahí. O sea, obsesionadas con el sexto mandamiento, como los curas ultramontanos de antaño. Dizque vigilando para que no se dé una imagen femenina que contravenga los cánones de lo políticamente correcto. ¡Agárrame esa mosca por el rabo! Y qué quieren que les diga, yo debo de ser muy torpe o un machista redomado o las dos cosas, porque, si hay que elegir, prefiero la imagen aquella de una mujer sexualmente liberada que va en busca de un maromo para beneficiárselo (al fin y al cabo, con todos los matices que se quiera, gracias a la coyunda estamos todos aquí), que la de una pedorra irredenta o una guarrindonga que suelta la sobrecarga en el váter de la oficina, les deja el regalito apestoso a los compañeros de trabajo y, encima, sale bailando espasmódicamente, como una posesa histérica. Lo cual que, entre el canalillo macizo o el lastre escatológico, yo me quedo, sin dudarlo, con el canalillo. Y ya se puede poner la Bibiana como se ponga.

viernes, 13 de agosto de 2010

DE PERIÓDICOS

Disfruto leyendo periódicos. O, quizás, lo que me gusta realmente es oficiar la ceremonia de su lectura. Suelo comprar dos cada día, a veces tres, y es un placer comenzar a leerlos con una buena taza de buen café al lado y un cigarrito humeante en los labios. Ahora, de vacaciones, me sigo levantando temprano. Y temprano voy al quiosco, los compro y vuelvo a casa a regodearme con ellos. El resto del año, me entrego a este onanismo periodístico en algún rinconcito de la barra de un bar. Y, cuando estoy enfrascado en la lectura, me molesta hasta el vuelo de las moscas. El hecho de que me interrumpan con un saludo, o una palmadita en la espalda, o un “¿me pasa usted el servilletero?”, me saca de mis casillas. Claro que son riesgos que asumo como inevitables, y que han dado lugar a anécdotas en las que he sacado a paseo los matices más repelentemente antipáticos y chinches de mi carácter. Que ya es ansia. Porque, no siempre, afortunadamente, pero con una frecuencia más alta de lo deseable, entra en escena algún cataplasma que me descompone el genio.


En los últimos años de trabajar en el Centro, yo ritualizaba en el Pepe Jerez. La ventaja de estar cada día, como en la sevillana, a la misma hora y en el mismo sitio, es que vas conociendo a los parroquianos que te rodean y catalogándolos, como una manera de prevenir asaltos y fraguar, en su caso, pequeñas venganzas. Por entonces, allí llegaba cada día un personaje que me ponía descompuesto. Entraba en el bar con los ojos espantados, oteando la barra como el Capitán Ahab a la búsqueda de Moby Dick. Y, antes de llegar a la barra y pedir consumición alguna, expelía ya la pregunta que me repateaba: “¿Está por ahí el periódico de la casa”? Cuando lo trincaba, hacía presa y, con un café y un vaso de agua, se tiraba con él el tiempo que fuera necesario. Que yo creo que se leía hasta el canto de las páginas. Así un día tras otro. Y así, un día tras otro, le fui cogiendo al tío una tirria galopante. Por su tacañería y, sobre todo, por su egoísmo desaforado, pues poco le importaba al sujeto que hubiera gente esperando a que acabara de leerlo para poder echarle un vistazo. Yo intuía que un ansia viva como ése, antes o después, caería. Y, ¡vaya si cayó!


Una gloriosa mañana de otoño, andaba yo oficiando cuando entró el susodicho. El camarero, Javier, liado como estaba con los cafés y las cachuelas del respetable, no se percató de que “el periódico de la casa” estaba emboscado entre el botellerío. Por eso, a la pregunta de rigor y tras un vistazo a la barra más protocolario que efectivo, contestó: “Está ocupado”. Dado que yo era el único lector que había allí en ese momento, el individuo me detectó y, a paso ligero, se puso a mi lado, esperando cazarlo en cuanto yo terminara la lectura. Y ahí fue la mía, porque le di una ración atiborrante de su propia medicina: allí estuve 20 minutos largos regodeándome en su desesperación. Por dos veces llegué a la última página y, por dos veces, reinicié desde la primera deteniéndome en cada artículo, en cada noticia. Entretanto, el “cicato” estaba tan al borde del sopitipando que (¡cuánto debió de dolerle!) hasta pidió un segundo café. Cuando iba por el quinto vaso de agua, decidí poner fin al martirio. Cerré el periódico, lo doblé e hice ademán de dejarlo en la barra. Y en el momento en que, de reojo, vi que alargaba sus zarpas para cogerlo, hice un rápido y felino movimiento, me lo coloqué debajo del brazo y me despedí. Rojo de ira, se interpuso en mi camino y me espetó: “¿El “HOY” es suyo?”. Mirándole a los ojos, remarcando cada sílaba, le respondí: “Evidentemente, amigo”. Y, echando mano de Cantinflas, rematé: “Hasta la pregunta es necia”. Mientras él quedaba allí, tieso y bufando, yo me fui, pausado el paso, con un exultante recochineo que se me notaba hasta de espaldas. Tan eufórico iba tras faena tan memorable que, al pronto, la puerta del bar se me antojó la del Príncipe, y en un tris estuve de darme la vuelta y enarbolar el periódico ante el respetable, cual si fueran las dos orejas y el rabo del morlaco.

viernes, 30 de julio de 2010

HIPOCONDRÍA

El diccionario de la RAE define la palabreja como “afección caracterizada por una gran sensibilidad del sistema nervioso, con tristeza habitual y preocupación constante y angustiosa por la salud”. Se da la paradoja de que hace años, cuando estaba yo más sano de lo que estoy ahora, sufría ataques furibundos de este mal que me arrastraban a la más pastosa de las miserias. Cualquier dolorcillo era el presagio de una enfermedad. Cualquier desajuste, el umbral del desahucio. Eso sí, fumaba como un bicho y, además de cerveza, trasegaba güisqui sin conmiseración. O sea, la paradoja llevada al colmo.


La última arremetida fuerte de esta paranoia, la sufrí tal como el día de San José del año 1984. Esa fecha ha quedado grabada a sangre y fuego en algún lugar de mis adentros. La noche antes, mi santa y yo habíamos estado de parranda. Lo cual, que nos acostamos de madrugada. El 19 amaneció un día espléndido, de esos en lo que marzo mayea y, dado que en esa época yo era aún amigo de la luz y del sol, desperté en un estado de resacoso optimismo, ignorante de todo punto de la que se me venía encima. Una ducha bien caliente para expulsar toxinas me vivificó. Salí del cuarto de baño envuelto en vaho cuando mi santa me miró y, en un tono que a mí me sonó desasosegante y pelín histérico, me dice: “¡Ay, Jaime, ¿qué te pasa en la cara, qué te pasa?!” Parece mentira que una frase, en principio inofensiva, me produjera unos efectos tan fulminantes. No tuve tiempo de llegar al espejo: Sentí que mi piernas flojeaban, que mi cabeza era un torbellino y, frío como un carámbano y farfullando “¿qué me pasa, qué me pasa en la cara?”, me desplomé. El vahído duró lo que tardé en caerme, pero el manto negro de la hipocondría ya había hecho presa en mi alma. O en mi cabeza. A partir de ese día, sentí que mi estómago quedaba reducido al tamaño de una pera y, por más que intentaba comer, no había manera de que me entraran más de dos bocados. En la garganta se me hacía un nudo que apenas dejaba pasar sorbitos de agua. La cerveza, ni olerla. Y el güisqui, ni nombrarlo. La color desapareció de mi cara, que adquirió una tonalidad blanquecina tirando a cerúlea. Evidentemente, comencé a perder peso. Cada día comprobaba mis pérdidas. Y lo que disminuía en gramos, lo ganaba en angustias. Angustias que me impedían comer, lo que me hacía adelgazar más. Maldito círculo vicioso que no había forma de romper, entre otras cosas, porque yo ya me había diagnosticado un cáncer de estómago terminal. Para qué luchar contra lo inevitable, pensaba con diez quilos menos.


Fue en la Feria del Libro, por mayo, cuando a través de Manuel Pecellín y empujado por él, conseguí cita con un médico amigo suyo. Un hombre cachazudo y culto que, malicio que advertido por Pecellín de mis neuras, me recibió en el salón de su casa con una cervecita y un plato de quesos extremeños y otro de jamón ibérico. Yo reaccioné viendo aquello como un vampiro ante el agua bendita, pero él supo darse arte para llevarme a su terreno. Y hablando de literatura, de libros y de poesía durante más de una hora, dimos buena cuenta del refrigerio. Y hasta me sentó bien. Fue entonces cuando me pasó a la consulta, me reconoció, me palpó el estómago y las tripas y diagnosticó: “Tú lo que tienes son muchos gases”. Y me recetó Trankimazín, se conoce que para los gases del cerebelo. Mano de santo. Al final del verano había recuperado la color y los quilos.


Pero la vida, que muchas veces no se anda con contemplaciones, me dio al poco una lección de forma despiadada e inmisericorde. Porque en el mes de abril del año siguiente, un cáncer de estómago mató a mi madre. Y supe, en carne viva, de los estragos terribles de la enfermedad, de su infinita crueldad. A veces pienso si, además de una lección, no fue una contundente venganza por mi idiotez, un “¡para que aprendas!” terrorífico. Con ella, en el sufrimiento, además de muchas de mis alegrías, se fueron para siempre todas mis imbecilidades hipocondríacas.

martes, 29 de junio de 2010

"POLACO" GOYENECHE Y MI VESÍCULA

Ando liado con el trabajo. Parece que la vesícula no camina por momentos adecuados. El sol, pertinaz ya, cruel, empieza a dolerme. Y la vida, lo sé, está en un equilibrio tenguerengue, sin saber con qué carta quedarse. Lucho para adaptarme al puñetero e imponderable clima, intentando que la luz no me duela, esquivo los embates del calendario con la esperanza de que el odio a este renacer de pajaritos y bichos, avispas y florecillas silvestres no me venza, no acabe con las pocas defensas que la edad me va dejando. Y escucho al “Polaco” Goyeneche mientras escribo, sabiendo que me hará daño. Un daño cotidiano, casi familiar, asumible. Un daño buscado, dulce, melancólico y doméstico. Pero creo que, por mi parte, es obligado escribir lo que debo escribir sin saber muy bien dónde llegaré, sin saber muy bien a qué impulso obedezco al hacerlo. O acaso, sí, esta vez, por la obligación que asumí contestando a la llamada que me hicieron. A pesar de las costras que uno acarrea de historias y desprecios. ¿Horarios, fechas, forzar los sentimientos?.... Ya soy funcionario para ganarme la vida. Lo cual, que “difícil se presentaba el reinado de Witiza”. Hay veces que tardo en escribir porque espero. Hasta ahora. Hasta hoy. Porque hoy, en esta tarde que caracolea indecisa, está triste el sol y vienen los silencios doliendo como asombros inútiles. Será la vesícula que, como digo, anda por caminos desconocidos. Química, sólo química. ¿Seremos algo más? Reacciones de ácidos, proteínas, enzimas, polisacáridos y hormonas. Y, de añadido, “factor V”. Un asco, en fin.

Siempre he considerado la escritura como una confesión. La obligación es otra cosa. Yo vengo aquí o allí, y digo, escribo, y al fin confieso lo que he sido, mejor, lo que intuyo que he sido y, quizás, lo que no seré jamás. Recreo personajes, abrazo sueños, poetizo situaciones, magnifico dolores, resucito ausencias, me derramo en nostalgias. Juego con las palabras y las noches, aporreo en las puertas de tardes que, como ésta, soy incapaz de comprender. Y escribo porque estoy condenado. Porque, si no lo hiciera, vagaría por la vida como un cadáver sonámbulo buscando la distancia que me separa de mí mismo, muerto en un nicho ajeno que no me corresponde. Escribo para vivir lo que me falta: las caricias de los que ya no están, el olor que no existe, la música olvidada, las risas que se fueron, la voz de los amigos que están lejos, el lunar en el dedo meñique de mi hermana melliza, las canciones, la casa como un manto, las voces y los ecos tras de la celosía, las miradas de entonces…. Vaga ilusión del que, al nombrar quebrantos, siente el descubrimiento de algo nuevo que fue y que ya murió. Como si fuera posible revivir los silencios, las horas, las presencias, la alegría de las luces en el largo pasillo de películas mudas, el sonido callado del piano irrompible que, trémulo, cantaba todo el sol de la infancia.

Escribo porque escribir es una manera de derramar presencias. Porque es un privilegio decir, por ejemplo, que, en esta tarde, la luz se difumina en un sinfín de pérdidas que duermen en mis ojos. Decir que el tiempo es nada, que el futuro es el sueño de todo lo pasado, que la vida es un círculo. Escribo porque escribir es gratis. Apenas unas lágrimas. Apenas unas risas. Un momento de ausencia. Un vuelo repentino. Una forma de hablar lo que nunca dirías.

Canta el “Polaco” y dice: “Si en esta andanza un día/ me espera la vejez,/ ya mi niñez le hará/ la segunda voz;/ y al fin con dos gargantas,/ a mi agonía,/ le cantaré a la oreja del corazón.” Yo le acompaño por lo bajini, casi en un susurro, como en una despedida de “a poquito”, mientras la tarde declina en una estéril rebeldía de luces. Y lo hago con la tranquilidad de que, en este pecado, ya llevo la penitencia acurrucada. De que en este desahogo atesoro mi ración de alegría y de libertad. Hoy qué es, ¿lunes o martes, junio o julio? Bien poco me importa. Y, a mi vesícula, muchísimo menos.

lunes, 24 de mayo de 2010

¡QUÉ BATIBURRILLO!

Andan como pollos sin cabeza, dándose porrazos entre ellos y contra las esquinas, desconcertados y ciegos, atrapados por el pánico. Cada vez que hablan, se contradicen. Cada vez que rectifican, se equivocan. Hasta los callados yerran. Desde que el muñegote risueño, a fuerza de collejas, parió el guadañazo, están estos inútiles ministros zapateriles que no se encuentran, huyendo de ellos mismos, buscando una ideología perdida que nunca existió sino en los delirios del inconsistente capataz manirroto, y dando una imagen patética de ineptitud supina. En fin, bonito escaparate para una Europa que nos miraba con desconfianza y ahora sin lupa, que no hace falta el artilugio dado el tamaño considerable de la catástrofe.

Y todo porque habló el buey y dijo mu, (qué iba a decir si no), y la conjunción planetaria profetizada por la sibila Zapaquilda se ha quedado en un estacazo telefónico transatlántico, que ha obligado al prócer ignaro a tomar las medidas que desde tantos foros se le venían reclamando hace años y que, con su empecinamiento en el error, han sido tardías y, lo que es peor, por serlo, también más sangrantes, más injustas y dirigidas contra los más débiles. En fin, un parche facilón contra jubilados y funcionarios atrapados en la nómina estatal, y contra dependientes y futuras madres. Todo muy progresista. Puritita política social de la buena.

Pero no hay que preocuparse, que ante semejante tropelía ya han asomado la nariz los defensores de los débiles y de los desprotegidos. Cándido y Toxo, paladines de la justicia social, han acudido prestos al rescate. Se necesita tener desparpajo. Estos mamporreros del desastre, hinchados a subvenciones, puestos de perfil mientras el voluntarista timonel hundía la economía, vienen ahora a querer que nos traguemos la rueda del molino, el molino y el molinero. Los perillanes han estado avivando el fuego y ahora, cuando el bosque ya es ceniza, quieren que vayamos con ellos en procesión a protestar por el incendio, intentar apagar los rescoldos y plantar retoños. Pues podían empezar por ellos mismos, renunciando al subsidio millonario, autogestionándose y pagando a los miles de liberados del ala a los que damos de comer. ¿Qué hacían estos dos cuando las cifras del paro iban aumentando mes a mes trágicamente? ¿Qué hacían cuando la economía decrecía, el déficit aumentaba, la deuda se disparaba? Pues eso, colaborar en la debacle mientras llenaban el buche. ¡Coño si, al día siguiente del anuncio del tijeretazo, se embojotaron 16 millones de mortadelos en la saca!. Y ahora se ponen dignos y, en un alarde de histrionismo, nos convocan a una huelga, en un burdo intento de justificar su mamoneo y su papelón de figurantes de tercera. La verdad es que el panorama es de aúpa. Y me temo que más adelante hay más. Y peor. Porque la soberbia de los ignorantes es recalcitrantemente terca e irreductible. Y estamos en manos de un analfabeto cum laude.

Y, aprovechando el tirón y el desconcierto, la pista del circo se sigue abarrotando de espontáneos, oyentes y mediopensionistas de todos los colores, a cual más pintoresco: el moro asomándose al balcón de Ceuta y Melilla exigiendo hacer una de limpia; la siliconada Kirchner dándonos lecciones de democracia mientras se ajusta la faja; Evo, después del delirio de los pollos hormonados, acusando de golpista al PP; el Garzón, mártir de sí mismo, instalado en defensor de la utopía aflautada y cobrando de aquí y de La Haya; la profetisa sin peluquero, con su tono monjil, encaramándose tres sueldos; los gurteles apestando a podrido; el almibarado Juan sin miedo levantino haciendo pandilla con el sastrecillo valiente; Bono, hisopo en ristre, posando para una escena ecuestre al estilo Conde Duque de Olivares; Pepiño de gira promocional por los programas de casquería…. Y para colmo de males, mi Atleti perdiendo la final de la Copa del Rey con el equipo del fantasmón del sombrero. O sea, el acabose. Pues eso, para ir a mear y no echar gota.

jueves, 13 de mayo de 2010

DESESPERANTE ESPERA


Por desgracia, de tres años para acá mis relaciones como paciente con el SES, antes ocasionales, han tenido que intensificarse por mor de una serie de distintas cascarrias concatenadas que no viene al caso explicitar. He de decir, de antemano, que el trato que he recibido de los profesionales que me han atendido ha sido siempre excelente. Gracias a ellos mis piteras están controladas, salvo algún mínimo desajuste seguramente achacable a un, por mi parte, contumaz quebrantamiento de las normas. Cerveceramente hablando.

Debido a esta situación sanitaria que adolezco, he tenido que sufrir recientemente, y en el corto espacio de 48 horas, dos visitas regulares al médico. Ya dije en estas mismas páginas, y pido perdón por repetirme, el suplicio que me supone cumplir con estas obligaciones medicales. No por la visita en sí, sino por el protocolo ineludible que ésta lleva aparejado, léase, esperas por tiempo indeterminado soportando los alardes quejosos de una patulea de cofrades circunstanciales, que exhiben sus males como medallas de guerra, estableciendo entre ellos una competición sorda y, a veces, no tan sorda, y que consigue elevar mi natural misántropo a cotas de asesino en serie. Como decía en aquella ocasión, en esta espera desesperante no conozco a nadie, ni saludo a nadie, ni hablo con nadie. Ahora he subido un escalón en mi beligerancia: si me hablan o preguntan, no contesto. A lo más que llego es a emitir un gruñido ronco. Sin mirar. Sólo pretendo que, aquellos que interrumpan mi aislamiento empeñados en participar en ese ranking deleznable de miserias, me odien tanto como yo a ellos. Quizás como un intento inconsciente de reciprocidad que haga que me sienta menos culpable de mis rarezas y mis neuras. A mayor abundamiento, en esta ocasión solicité cita por Internet y, previsor, imprimí el comprobante de manera que, sentado en aquel pasillo-vagón y rodeado de enemigos, a cualquiera que se acercaba a mi refugio para preguntar la hora de mi cita, le gruñía y le enseñaba el papel como respuesta.

En esas estaba, leyendo El tiempo envejece deprisa, de Antonio Tabucchi, título muy adecuado a las circunstancias, cuando me golpean el hombro. Me vuelvo y me encuentro a una señora que me espeta las preguntas de rigor: “¿Por qué hora va? ¿A usted a qué hora le toca?” Y yo, en mi rol, le gruño al tiempo que le enseño el papelito de la cita. Sin apenas mirarla. La señora insiste en golpear mi hombro de nuevo y cuando iba a ser diana de mi exabrupto, me madruga y me dice: “Es que no sé leer”. Sufrí, entonces, un repentino ataque de piedad que mermó mis defensas. La miré. Vestía camisa y falda negra hasta los tobillos y, a la cabeza, pañuelo a juego. Debilitado como estaba, traicioné mis principios y le contesté: “Yo entro ahora, señora. Mi cita era a las diez menos cuarto”. Se sentó frente a mí, nuestras miradas se cruzaron y entonces me di cuenta de que estaba perdido, porque estas criaturas, avezadas en la monserga, tienen un sexto sentido para descubrir las grietas por las que colarse y plantarte la perorata de manera inmisericorde. Y así fue. Antes de que yo pudiera huir, empezó a farfullar la letanía quejumbrosa de sus males al tiempo que, sin solución de continuidad, se arremangaba los refajos hasta enseñar la pantorrilla, que lucía una especie de venda mugrosa. Y fue en el momento en que la comadre subía la pierna, cuando recibí una andanada de los efluvios que le salían de las bajeras tan contundente, que perdí la noción de la realidad y hasta de mi propia existencia. Afortunadamente, en este crítico momento se abrió la puerta de la consulta. Con los ojos en blanco y a punto del sopitipando, escapé hacia ella tambaleante. Eso evitó la catástrofe. La mi médica, Isabel, que ya me tiene calado, fue consciente de la zozobra que me invadía y no le dio importancia a mi tensión que, a consecuencia del fétido ataque, se había encaramado a 17/8. Cuando me iba, ya más entonadito, la individua seguía publicitando sus dengues. Y yo salí de allí con una sensación agridulce, pero contentísimo de ser paciente. Y no médico.



jueves, 6 de mayo de 2010

BAJO EL SOL DE MIS DÍAS


El pasado 21 de abril presenté en Badajoz “Bajo el sol de mis días”, libro ganador del XXVIII Premio de Poesía “Ciudad de Badajoz”. Lo ha escrito José Iniesta Maestro, Licenciado en Filología Hispánica nacido en el año 1962, en Valencia o sea, en el Mediterráneo, del que ha recogido, en poesía, la luz y el sabor y el olor. Persona entrañable y cercana, agradecida por generosa, extraña y distinta en este mundo literario de premiados y premiantes donde suele abundar tanta nadería prepotente, tanta vanidad, tanto presuntuoso encaramado en la fragilidad de pedestales hechos de plumas de pavo real. Apuntaré que el Jurado fue unánime al concederle el premio y que, a mayor abundamiento, este poemario fue finalista del “Loewe” y del “Fray Luis de León”. O sea, que no debimos andar muy desencaminados al darle el “Ciudad de Badajoz”.


De los cinco libros de poesía de Iniesta, en tres de ellos el título tiene que ver con el tiempo. Pero el que nos ocupa, con la inclusión del posesivo “mis” días, viene ya a decirnos que no estamos hablando del tiempo como concepto abstracto, objetivo, sino del tiempo subjetivo, porque no es de su paso imparable de lo que nos hablará el poeta, sino de la interiorización de ese paso, de la “subjetivización” de los días, del hueco (quizás la palabra más presente en el poemario) que la vida nos va dejando a medida de ir viviéndola y, también, de la posibilidad de encontrar vida en la muerte, futuro en el pasado, plenitud en la oquedad. Porque a lo largo de todo el poemario existe una constante cercanía de contrarios, haciendo complementario lo antagónico, unificando opuestos en un intento de recuperar, ya desde la dedicatoria, aquello que fue en lo que ahora es: “A mis padres, siempre, ahora que es ya nunca”. Cuatro adverbios de tiempo en nueve palabras.


En el poemario encontramos también, como no podía ser de otra forma para un mediterráneo, continuas referencias al entorno, al paisaje, urbano o no, como evocación salvadora, al panteísmo como una manera de recuperar lo que parecía perdido pero, por el hecho de recordarlo en una nube, una luz, un sueño, unas hojas que caen, un jazmín que persiste, un tren que regresa, vuelve a existir siquiera sea en la fragilidad de un poema. O en su contundencia. En “El abrazo”, dedicado a su hija Irene, desde mi sensibilidad uno de los más tiernos y definitivos, hay también una buena muestra emocionante de todo esto: “Regálame los nombres olvidados,/el antiguo rumor/del viento entre las hojas/en el centro inocente de tu amor./Devuélveme, hija mía, con tu beso/los besos que no di,/las palabras calladas/ y las frutas mordidas bajo el sol de otras tardes.”


Volver a sentir el tiempo que se ha ido y, así, sacarlo de la destrucción que es el olvido, esa es la meta. Antigua aspiración de los que vivimos es hacer de nuestra vida, de nuestro pulso, de nuestro tiempo, de nuestros días, un continuo palíndromo, darnos la libertad de desandar lo andado, de conseguir una lectura al revés que nos siga diciendo lo que somos porque fuimos, lo que seremos porque somos, “de vivir en el tiempo que ya ha sido”. Incluso hay un poema, “Del tiempo y sus castigos”, que es, también, el título del primer libro publicado por Iniesta. Lo dicho, la vuelta al inicio, el tiempo circular que pretendemos, el guiño perfecto al “soy porque fui”.


He de decir que me supuso una gran satisfacción poder presentar este libro, magnífico, de poesía. Me he acercado a él como un confesor, (la poesía es confesión), con el corazón abierto al abierto almario del poeta. Y así he sentido y me he estremecido a su compás, compartiendo sus dudas, sus angustias, su nostalgia, sus pérdidas, su amor y sus amores, su asombro. He recorrido sus páginas y cobijado en mis manos la vida derramada, la sangre, el pálpito, la luz que sobrecoge a las noches perdidas, el misterio poético tan cruel y tan dulce. Al fin, la voz atribulada del poeta que sueña la ceniza, “la nada recordando el resplandor del fuego”.

jueves, 15 de abril de 2010

CONSTANTE ABRIL

Hay años en los que Abril tempranea y no hace caso del calendario. Lo sé porque, desobediente y altivo, se anticipa a su fecha y, después, sigue estando. Perezoso, se apoltrona en mis sueños cuando aún los días no le pertenecen y las noches son tan sólo oscuridad distinta. Hay años, éste, cualquiera, en los que atosiga mi corazón e insiste en comenzar a herirme, incluso cuando nada es Abril, ni siquiera la luz, ni los silencios. Se refugia en mis manos y yo, conociendo este rito de melancolía que me vence, que es más que yo, que sabe de la pérdida más que nadie, que me acobarda más que el sentimiento, soy incapaz de no oficiarlo. Me arrastra su ternura y el dolor la alimenta y la hace fuerte. Y son sus días, entonces, mosaico en nebulosa de un ayer de ahora mismo, húmedo terciopelo azul (porque es azul el sueño de la infancia), recuerdo de una voz temblada, temblorosa, prendida de tres hojas. Tintineo de pulseras que acarician, dulce tañer de pequeñas campanas al ritmo de la luz de un sol de antes, ausencias que es la ausencia, dolor que es el dolor de no saber si el tiempo es circular y viene a verte prendido de los pliegues de un pañuelito blanco musical y envolvente.

Abril es un suspiro largo, un estar continuado en la añoranza. Y el tiempo, siendo Abril, es una permanencia, retornar cada noche a la misma mañana de ayer. Porque los días se alargan, se enmascaran en una extraña rebeldía de luces, se retuercen hasta empezar a ser los mismos que ya han sido, siendo otros. Y es un ir y volver continuo la vida, que se encuentra a sí misma en un recodo y no se reconoce si no es en ese atisbo de nostalgia que siempre tiene Abril en la mirada: Nostalgia de la casa que no está, del olor que se ha ido para no volver nunca, de las risas que fueron, del sol que atravesaba las rendijas de la siesta jugando con el polvo suspendido o de aquel pasillo largo con piano infinito. “Estos días azules, ese sol de la infancia” escribía Antonio Machado, moribundo, en una libretilla que guardó en su gabán, improvisada mortaja al fin. Yo guardo ahora, junto a mi corazón, esos versos luminosos que vienen abrazados a este Abril eterno que pasa como un río por mis manos, y se lleva y me deja el ajustado hueco de la pérdida.

Andará mayo instalado en sus días y yo seguiré despertándome con Abril en los ojos. Y sé que será así hasta que un día, sin dar explicaciones, de la misma manera que remolonea, se vaya. Quedándose. También sé que es inútil tratar de luchar contra sus caprichos. El está y no según quiere. Y yo, con protestas falsas, me recuesto en sus antojos. Quizás porque me acompaña. Quizás porque su dolor tenga la dulzura de la vida. Quizás porque el otoño se confunda y noviembre no sea más que un Abril tardío. Quizás porque sea un pálpito, una poesía callada, una bandada extraña de pájaros de sueño, una presencia ausente que mantiene sus manos en las mías, una sangre que corre paralela a mi pena. Quizás porque yo comenzara a morir la mañana terrible de un mes de Abril de un año en el que el peso de los años se hizo brutal y lunes. Y arrastro, penitente, el cansancio agridulce de un dolor prolongado que abrilea cuando menos lo espero, cuando canto o respiro o me duermo o me canso.



martes, 30 de marzo de 2010

MI AMIGO MANUEL

Mi amigo Manuel, dueño del Bar Deportivo del Jamón (excelentes tapas, exquisita cerveza, trato familiar) es un hombre culto y sensible, polígloto, republicano de pro, culé contumaz, amable y bondadoso. Normalmente buen conversador, en ocasiones sufre abscesos de lo que, con sorna, hemos dado en llamar "el sentido trágico de la vida". Los sufre sin previo aviso, de un día a otro. Incluso, de un momento a otro y, la mayoría de las veces, como suele ser normal en los arrebatos melancólicos (que me lo digan a mí) sin saber por qué, con lo que resulta casi imposible defenderse de su ataque repentino y avieso. Cuando ello ocurre, aplica economía en las palabras y anda, detrás de la barra, con la mirada baja y el paso cansino atendiendo a los parroquianos que allí acudimos en romería, no sé si con el deseo íntimo de que nos fuéramos todos a hacer muchas puñetas y lo dejáramos en paz con sus cuitas. Tal cual ocurre con sus causas, estas arremetidas de angustia tampoco tienen una duración previsible. Un día, dos, más, unas horas. Pero así como su inicio es fulgurante, su desaparición suele ser paulatina, más o menos pausada, y siempre con un pico en el que hacen crisis.

Cuando el barrunto metafísico está en lo alto, ha acuñado una frase que, colgada de una media sonrisa, me suelta junto a la caña como un mazazo: "Jaime, si no fuera por el alcohol y por el tabaco, yo estaría muerto hace mucho". ¿Puede haber, en estos tiempos de cursilería sostenible que vivimos, en este reino pedante y sabiondo del eufemismo, una máxima tan políticamente incorrecta, tan definitiva y tan contracorriente? Yo me regodeo con su retranca y lo beatifico, cerveceramente hablando, imaginándome a tanto biempensante relamido resoplando ante su contundencia, mientras él se aleja, socarrón, camino del grifo.

En tanto dura el atropello emocional, él sigue allí, con la filosofía de su esperanza, ajeno a perífrasis y circunloquios, sin importarle ni siquiera su sombra, atendiendo y aguantando a la jarca de peregrinos que acudimos a esa meca laica y acogedora. A saber, a modo de ejemplo: el sinapismo madridista, el hombre que conversa consigo mismo, Moisés reencarnado en pelmazo recalcitrante, un inspector de Educación virtuoso del palillo escarbamuelas, sindicalistas salvadores de sí mismos, jugadores de fútbol sala, abogados varios, salvapatrias añejos, maestros ciruela y no, algún juez cataplasma, el chino vecino, el vecino no chino, el emigrante risueño de Malí, el cubano, la del sombrero, la otra del sombrero, la peña del fondo, el jubilado revientabuches de máquina, Angelito el de Universitas y, en fin, poetas cascarrabias y chinches como el que suscribe. Estoico, aguanta este batiburrillo infernal, variopinto y contradictorio, con la mejor de sus paciencias, esperando que pase la tormenta y escampe. Y, de pronto, sin saber cómo, de la misma manera que vino, el arrechucho existencial hace crisis y parece que la luz asoma por entre las espinas. Yo lo sé porque entonces Manuel, sobre el esquema de su primer planteamiento y aplicando un matiz que dulcifica su rotundidad, me dice: "Jaime, si no fuera por el alcohol y por el tabaco, yo me habría vuelto loco hace mucho". O sea, Cioran para todos. Iconoclasia con aceitunas.


Ahí sé que ha llegado el momento de encender un cigarro y pedirle otra cerveza esperando que, con recochineo y con esa chispa en los ojos que presagia el camino ascendente, me conteste: ¡Voy "deseguida"!. Y así, entre máximas, máximos y mínimos, entre cerveza y tabaco, mi amigo Manuel y yo seguimos viviendo sin volvernos demasiado locos.


(Entrada ya publicada, pero corregida y aumentada para el "HOY)

miércoles, 17 de marzo de 2010

ARTISTAS EN CASA

El asunto puede empezar cualquier día, a cualquier hora. Por ejemplo una sobremesa mientras te amodorras viendo sin ver bichitos en la tele y, de improviso, tu santa te dice: “Estoy pensando que podíamos quitar las bañeras y poner platos de ducha”. Sufres entonces, instantáneamente, una angustia en forma de calambrazo que, partiendo de los dedos de los pies, te llega hasta el estómago y allí hace masa y cuaja. Te haces el longuis y sigues mirando la tele, con el canguelo en los ojos y la esperanza falsa de que el asunto se diluya. (Una leona acecha a un impala entre las hierbas secas del Serengeti). De soslayo sientes que sus ojos te miran y aguantas intentado poner cara de póquer. “Jaime, ¿me has oído?”, insiste. Y ahí ya estás perdido, no hay escapatoria. (La leona, mientras, ha capturado al pobre impala y clava sus colmillos en su cuello). “¿Cómo, qué….?”, balbuceas. “Que podríamos cambiar las bañeras y poner platos de ducha”. (El impala está siendo devorado por la jauría leonina). Tu estómago es ya un revoltijo de pinchazos y despachas el trago con un “tú verás” anodino y frío. (Los buitres rodean los despojos del impala, esperando que los leones acaben la faena).


Pasan los días y no se ha vuelto a hablar del asunto. Tu estómago va admitiendo ya alimentos sólidos y el sol va iluminando tímidamente tu vida. El hormigueo de la nuca y el temblor del párpado derecho han desaparecido casi por completo. Pero el complot soterrado, el engranaje infernal ha seguido funcionando y una mañana el móvil te devuelve a la angustia: “Que esta tarde a las cuatro vienen el albañil y el fontanero. Me los ha recomendado fulanita. Le hicieron lo mismo que queremos hacer nosotros a una prima del cuñado de su vecina y son buenos”. Y a partir de ahí, los acontecimientos se precipitan de forma irremediable.


Una hora más tarde de la señalada, margen pequeño para tu agonía, suena el timbre. “Ya voy yo”, dices, en un último esfuerzo heroico para enfrentarte a tu destino. Y allí están los dos, fontanero y albañil, verdugos de tu paz y de tu sosiego. Se presentan y tú, con el nerviosismo del condenado, no sabes bien quién es quien. Al momento, tu patronal toma el mando y los dirige hacia el cuarto de baño. Tú vas detrás, como sonámbulo, el belfo cada vez más taciturno, siguiendo a esa santa compaña, figurante a la fuerza de un drama con final abierto. Allí parlotean de platos, azulejos, mamparas, suelos, tuberías, medidas, espacios, llaves de paso y…. acometida. Maldita palabra que se clava como un estilete en tu hígado cuando el albañil, o el fontanero, (¿quién coño será cada cual?) se vuelve y te pregunta: “¿Dónde está la acometida?” “Pues no lo sé”, tartamudeas. Ellos se miran entre sí y, transmutándose en médicos mensajeros de lo irremediable, te dicen sin escrúpulos: “Pues si no lo sabe, habrá que romper”. Con tus fuerzas al límite, farfullas una excusa ininteligible y sales de estampida a buscar aire y a llorar hacia dentro. Acaricias al perro y dejas que te lama las mejillas, buscando un apoyo racional dentro de la irracionalidad. Cuando vuelves al escenario, el telón está ya a punto de bajarse. Estipulados plazos (que no se cumplirán) y presupuestos (que tampoco) sólo te queda entregarte, agachar la cabeza y esperar. Sobrevivir en las terribles estepas de este Serengeti de martillazos, polvo e incomodidades. Y tirarte, como gato a bofe, al único consuelo que, como un relámpago, iluminó de pronto tu atribulada mente, a saber: ¿Y si en vez de éstos hubieran venido los artistas de la ceja? ¿Qué hubiera sido de ti si se presentan en tu puerta, martillo y soldador en mano, el Güilli Toledo y la Bardem con toda la patulea cejariana? Lo imaginas y al hacerlo, cada tarde, aliviado, invitas a café a todos los que van llegando. Sin distinguir aún fontaneros de albañiles, pero agradecido de que sean los que son y no los otros pantarujos.


Y rezando para que la puñetera acometida dé la cara cuanto antes.