viernes, 25 de diciembre de 2015

MARTIRIOS ORTOGRÁFICOS

No sé de dónde vendrán ni cuándo empezaron a hacer estragos en nuestra escritura, pero hay dos reglas gramaticales fantasmas que me sacan de mis casillas y que cada vez que se las escucho decir a alguien, normalmente como excusa con la que disimular un patinazo, me entran ganas de hacer barbaridades. “Los nombres propios y los apellidos no tienen ortografía”, es una de ellas. “Las mayúsculas no se acentúan”, la otra. Es que me subo por las paredes sólo con escribirlas, vaya. Para colmo de males, no sé por qué extraño sortilegio, las dos suelen actuar al unísono, con lo que la coz es doblemente letal para nuestra sufrida ortografía. Y esta barbarie lingüística no es exclusiva de una ocasional turbamulta indocta y analfabeta, quita, quita, sino que está incrustada en todos los estratos de la sociedad, incluida la propia Administración. Ya dije que el programa contable de la Universidad de Extremadura, software monopolizado por la llamada Oficina de Cooperación Universitaria, te indica que cuando se introduzcan datos que lleven nombres propios, deben omitirse todas las tildes. De modo que Cáceres deviene en “Caceres”, y Mérida, en “Merida”, por poner dos ejemplos cercanos. Ni que decir tiene que yo me niego a cumplir esa orden absurda y abstrusa para evitar, entre otras cosas, ser víctima de un sopitipando con sarpullido incorporado. Aunque hay algún departamento administrativo que la llevó a extremos estupefacientes y, en un alarde de regodeo zote, apostillaba sus correos institucionales con la coletilla de que “en este escrito se han suprimido intencionadamente todas las tildes”. Pues agárrame esa mosca por el rabo, Elio Antonio de Nebrija.

En todos lados cuecen habas y, sin llegar al grado superlativo que las redes sociales exhiben en estos despropósitos, donde encuentras material más que de sobra para, ortográficamente hablando, conformar un espeluznante museo de los horrores, basta dar un paseo por la calles de cualquier ciudad española y fijarte en los nombres de sus calles y de sus comercios, para que te empaches de barbaridades sin opción a disfrutar ni de un minuto de descanso en el atiborre. Las tildes no existen para sus rotulistas y, así, descubres que la avenida de “Colon” no debería estar dedicada a un navegante genovés sino a la “última porción del aparato digestivo de la mayoría de los vertebrados”; que la Guardia Civil es un cuerpo “benemerito”; que hay un nuevo continente llamado “America” y un nuevo grado en la escala militar que son los “alfereces”. Callejeando puedes ver “perfumerias”, “droguerias”, “relojerias” “opticas”,  imprentas “graficas” donde se hacen “rotulos”, “librerias tecnicas”, “papelerias” ...  y un sinfín de extraños establecimientos por el estilo. Tal es el desasosiego que puede llegar a embargarte que no tienes más opción que meterte en un bar-“cafeteria” y echarte al coleto una par de cañas de cerveza que sirvan como talismán contra los malos espíritus que te rodean. Si eso no da resultado y, presa de la desesperación, decides llamar al 112, resultará que quien viene en tu auxilio no es la Policía, no, es la “Policia”, ya sea local o nacional, con lo que el remedio, que te apuntilla, resulta más dañino que la propia enfermedad. Solo puedes ya, rendido e indefenso ante tanto ataque graneado, refugiarte de nuevo en el bar, seguir con la ingesta,
y volver a jurar sobre el diccionario de la RAE que, para evitar encorajines y ataques de ansiedad, caminarás por las calles con la mirada baja, aun a riesgo de estamparte contra una farola o una señal de tráfico. Y, a mayor abundamiento, tratando de evitar las consignas que adornan algunos pasos de cebra, cuya lectura puede nublarte la razón y conseguir que te arrojes debajo de las ruedas del primer coche que pase.


He leído que cuando se reanude el curso político, el próximo 13 de enero, Pablo Iglesias pretende presentar en el Parlamento una Ley de Emergencia Social para garantizar luz, renta, casa, atención sanitaria gratuita y asistencia a los más desfavorecidos y dependientes. Una propuesta sin duda loable. Salvando las distancias y cuando los mínimos para que todo el mundo pueda vivir dignamente se hayan solucionado o, dado que yo cascaré antes de que se logre, por qué no al unísono, lanzo desde aquí un llamamiento a quien corresponda para que se articule otra de Emergencia Cultural, a fin de que nuestras calles dejen de ser un muestrario zarrapastroso y deplorable de aberraciones ortográficas. Como sé que nadie me hará ni puñetero caso porque muchos de los que pueden solucionarlo no son conscientes de la importancia de corregir tanto error, ni tan siquiera, es más, de que tales errores existan, doy por perdida la batalla. Si consigo que el próximo 25 de enero, que debo renovar mi DNI, vuelva a llamarme Álvarez en vez de “Alvarez”, me doy por satisfecho. ¡Ay, Señor, qué cruz!

sábado, 19 de diciembre de 2015

PUÑETAZO CON PREAVISO

En los últimos años del franquismo y primeros de la transición, uno de los grupos más violentos de la ultraderecha era el de  los Guerrilleros de Cristo Rey, nacido de la mente enferma de un químico, Mariano Sánchez Covisa, y hermanado con Fuerza Nueva, una agrupación de franquistas descerebrados y fanáticos que dirigía el notario Blas Piñar, un tipo ridículo y engolado que si no fuera por la vesania intransigente que rezumaba, o quizás por eso, resultaría patético en cualquier escenario medianamente civilizado y racional. Una de  las actividades estrella de esta caterva de cenutrios engominados era la de reventar, armados de bates y cadenas y al grito de “¡Viva Cristo Rey!”, los actos de protesta, las manifestaciones o las asambleas universitarias. Incluso organizaban batidas por la zona de bares de Moncloa y Argüelles, en Madrid, aporreando a cualquiera que les pareciera sospechoso de ser un “rojo de mierda”. Todo esto contando con la pasividad cómplice de la policía de la época, cuando no con su colaboración directa y activa. Como cuando se entra en esta dinámica de violencia la mayoría de las veces es imposible parar la fuerza de su inercia, los canallas acabaron implicados en los sucesos de Montejurra y en el asesinato a tiros de dos estudiantes, Arturo Ruiz García y Carlos González Martínez. Decir que estos sucesos luctuosos fueron producto de la casualidad o hechos aislados sin relación alguna con la historia anterior, son ganas de negar lo envidente, sin duda por desvergüenza más que por ignorancia o por convencimiento.

Más o menos como ha sucedido con la agresión de la que fue víctima Mariano Rajoy este miércoles pasado. Bueno está que el agredido, elevando su pachorra ‘tancredista’ hasta un summum imposible, haya restado importancia a la salvajada, rehusando denunciar al delincuente con la recomendación explícita de no “extraer consecuencias políticas” de la misma. Él sabrá, aunque a mí me parece que esa actitud errónea degrada la dignidad del puesto que ocupa al mezclar torpemente la esfera personal con la institucional. Pero lo que resulta llamativo es la rapidez casi histérica con la que tantos medios de comunicación, tantos comunicadores y tantos políticos, hasta ese momento implacables con él hasta el ultraje, por una vez y sin que sirva de precedente se han unido a la sugerencia presidencial y, en un ejercicio vomitivo de hipocresía colectiva, se han apresurado a privar de cualquier intencionalidad política no sólo al ataque, sino también al atacante,  parece que una pobre criatura trastornada e inestable sin más ideología que su militancia en la afición del Pontevedra Club de Fútbol. ¡Madre del Amor Hermoso, qué frenesí el de unos y otros escurriendo el bulto! No me imagino esta unanimidad en el diagnóstico si el victimario hubiera sido un extremista de derechas y la víctima, por poner un ejemplo, Pablo Iglesias, que dada la diferencia de complexión con Rajoy, posiblemente hubiera aterrizado sin escalas, coleta incluida y mandíbula aparte, en la islas Cíes. A estas horas estaríamos de caverna fascista, trío de las Azores, neofranquismo, nunca mais, no a la guerra, no nos moverán, PP asesino, Gobierno cómplice y otras lindezas similares hasta por encima de los nísperos. Como si lo estuviera viendo, primo, que esta jarca es cansina hasta el empacho.


Pero vamos a ver que yo me entere. ¿El energúmeno le arreó a Rajoy porque no le gustaban sus zapatos o su careto; porque pasaba por allí y le dio un repente; quizá porque venían de copas y no pagó la última; para robarle el mechero; porque no es del Pontevedra C.F.; porque es más alto que él; porque lo miró y no le gusta que le miren…? O lo hizo porque, según se han encargado de pregonar sin descanso los que ahora ahuecan el ala en estampida tumultuosa, es un neoliberal aliado de la troika y del capitalismo salvaje, culpable de la austeridad y de los recortes que nos laceran, cómplice de los desahucios, liberticida, franquista, indecente, corrupto, embustero, enemigo del pueblo y de la clase trabajadora, monigote de Merkel, inútil y tonto de baba. Pues, evidentemente, me inclino por la segunda hipótesis. Y si a lo largo de estos cuatro años se ha ido alimentando la crispación y el todo vale, sobre todo desde algunas cadenas de televisión que ahora andan en el juego del fariseísmo, es fácil deducir que la chispa que ha saltado en un cerebro débil haya incendiado la gasolina derramada, que era mucha. De modo que por supuesto que hay que extraer consecuencias políticas, porque el culpable no es solo el detenido, sino todos aquellos que, día a día, han contribuido a este dislate. Aunque ahora traten de esconderse detrás de unas lágrimas de cocodrilo que dan asco.

viernes, 11 de diciembre de 2015

EL ÁNGEL GORRILLA

En la película Así en el cielo como en la tierra, José Luis Cuerda nos contó en el año 1995 una historia delirante que, sin alcanzar la genialidad de su anterior, Amanece que no es poco, tiene momentos geniales y está también impregnada del surrealismo exacerbado y la retranca crítica de ésta. La acción se desarrolla en un pequeño pueblo castellano llamado El Cielo que es, en realidad, el cielo español, dado que cada país tiene el suyo propio. Así, por ejemplo, el alcalde es Dios Padre (Fernando Fernán-Gómez), Jesucristo (Jesús Bonilla) su teniente de alcalde y san Pedro (Francisco Rabal) el sargento de la Guardia Civil. Y el asunto es que Dios Padre anda deprimido porque “el cupo de blasfemos, ateos y agnósticos” que había establecido cuando creó el mundo, se había sobrepasado en 1815, con lo que, a pesar de su paciencia, en el presente la situación resulta ya insostenible. Por lo que decide engendrar un nuevo hijo que enviará a la tierra a enderezar el desbarajuste. La mujeres vírgenes del pueblo, una de ellas “conceptual”, se niegan a engendrar al hijo de Dios, lo que aprovecha Jesucristo, celoso anticipado de su hermano nonato, para convencerle de que lo que tiene que hacer es llevar a cabo el Apocalipsis según lo concibió san Juan el Evangelista (Gabino Diego). El alma de la primera víctima de la hecatombe, que llega desde “Peñascosa, provincia de Albacete”, es la de Luis Matacanes (Luis Ciges), y antes de que san Pedro le permita entrar, tiene una conversación hilarante con él y le explica que ha llegado hasta allí porque el Apocalipsis le pilló borracho y, presa de la sinrazón etílica, oyó una voz por sus adentros que le decía: “¡El Apocalipsis, el Apocalipsis…!” Y como ya no tenía más dinero para seguir bebiendo, pues se dejó llevar. En fin, la cinta, aunque decae en algún momento, es una maravilla disparatada en la que Dios lee a Nietzsche y a Sartre; y Jesucristo, que no entiende bien el misterio de la Santísima Trinidad y, si tuviera un hermano, menos entendería el del “Cuarteto Divino”, va al psicoanalista, argentino, para tratar de poner en orden sus neuras.

Pues mira tú que leyendo el rosario de confesiones estupefacientes con que, me imagino que en correspondencia unívoca con sus arrebatos místicos, nos ha obsequiado en esta legislatura el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, he venido a pensar que el susodicho no tendría mal encaje en el elenco de este disparate surrealista. Haciendo el papel de él mismo, por supuesto, sin más esfuerzo que elevar un poco el tono y dar algo más de vida al deje melancólico y angustioso a que nos tiene acostumbrados. Y es que este señor, desde que en el año 1991, según propia confesión, mientras viajaba por EE.UU. Dios salió manifiestamente a su encuentro, anda confuso y empeñado en mezclar el agua de la política con el óleo de la religión, y para demostrarlo nos ilustra con unas declaraciones que bien parecen salidas de un estado de levitación morbosa antes que de una mente medianamente lúcida y racional. El decir que “vivimos en una sociedad donde el pecado original está en estado químicamente puro”, que “finalmente Satán se colocará en el lugar del hombre. Quizá esto sea el Apocalipsis”, o que la política es “un magnífico campo para el apostolado y la santificación”, son afirmaciones que, viniendo de un ministro del Gobierno de un Estado aconfesional, como teóricamente es el español, me perturban. Y no seré yo quien desprecie ni critique las creencias de cada cual, pero siempre y cuando éstas se mantengan en el ámbito que les corresponde, porque el individuo, con el poder que tiene, en uno de sus éxtasis es capaz de invocar cualquier día al ángel de la muerte y, si le sale bien, la masacre del ejército asirio del rey Senaquerib se va a quedar chica.


La última perla la ha soltado en una entrevista concedida a La Vanguardia el pasado jueves. Como era de esperar, dada su cercanía con las altas instancias del espíritu, nos confiesa que él también tiene su ángel de la guarda. Lo llama Marcelo y dizque le ayuda en las grandes cosas, pero también en las pequeñas, como aparcar el coche. Hay que ver, con el poderío que en mis tiempos tenían los ángeles de la guarda y ahora, ya ven, de gorrillas. Pues a ver quién es el guapo que, a partir de este momento, tiene el valor de afirmar que el PP, en estos cuatro años, no ha precarizado el empleo en España. Pero, hombre, si lo ha hecho hasta en la mismísima corte celestial… ¡Qué pena, pobre angelito mío!

viernes, 4 de diciembre de 2015

EL PACIFISTA PANOLI

Días atrás he recordado una anécdota de mi pubertad, de cuando aún hacíamos, entre pandillas rivales, guerrillas a peñascazos detrás de La Estellesa. Ninguna se saldaba con más tragedia que alguna pitera pero todas, sin excepción, con la huida vergonzante del bando perdedor y el cachondeo fanfarrón y prepotente del ganador, que duraba hasta el siguiente enfrentamiento. En una de esas quedadas descalabrantes en la que,  tras una derrota más que bochornosa, mis colegas y yo andábamos con ansias de revancha, uno de los nuestros, quizás harto de escaramuzas, o tal vez impulsado por un sincero deseo de confraternización y de paz, o acaso temeroso de volver a sufrir un vapuleo tan catastrófico como el que allí nos concitaba, decidió acercarse a las líneas enemigas para tratar de convencerles de la inutilidad de aquellos enfrentamientos. Por más que quisimos disuadirlo y hacerle comprender lo equivocado de su actitud, él se empeñó en seguir adelante con tan descabellada empresa, tan convencido como estaba de llevar a cabo una misión redentora que acabaría para siempre con tanta violencia inútil. Y así fue que mientras con ademanes histriónicos se despojaba de su carga de piedras al tiempo que gritaba “¡parlamento, parlamento!”, (ya que el muchacho era así, más bien repipi y sabihondillo), el inconsciente adalid de la paz se dirigió con paso decidido, no diré que demasiado marcial, hacia las posiciones rivales. Nosotros, intuyendo la calamidad que se avecinaba, nos preparamos para un contraataque que estaba más que cantado. Cantado era poco, porque no bien el incauto pacifista se hubo acercado lo suficientemente a ellas, y tras la orden tajante de su jefe, el enemigo inició un ataque furibundo contra él con intensidad tan enconada, que en un santiamén recibió una andanada de piedras como jamás habíamos visto en anteriores enfrentamientos. El imprudente salió indemne de forma milagrosa. No sólo por la supuesta intervención de San Tarsicio, que en aquella época creyente alguien invocó, sino porque, alerta como estábamos y prestos al combate, arremetimos contra los bárbaros con tal furia desbocada y salvaje que los puso pies en polvorosa antes de que nos diéramos cuenta. Una vez celebrada la victoria, tras el recuento de heridos y lesionados, el tontopollas tuvo que salir de najas porque algunos de nosotros nos dirigimos a él con la intención de darle más de una colleja o incluso, como demandaban los más coléricos, de escupírsela sin más preámbulos. La verdad es que se lo tenía merecido, porque fue avisado de la idiotez que quería cometer y su empecinamiento en la floritura y en el buenismo ñoño nos pudo haber costado un buen disgusto. En esas situaciones, no querer aceptar la ralea del que tienes enfrente y empecinarte en la quimera de pensar que las palabras pueden servir de escudo contra las piedras, solo conduce al descalabro seguro.

Me he acordado de esta anécdota porque la actitud de este panoli viene que ni pintiparada para hacer un paragón con la que mantienen, en lo que al terrorismo yihadista se refiere, Pablo Iglesias y sus variopintos adláteres. Tras el terrible atentado de París y el anuncio de una respuesta militar contundente por parte de Hollande, ver las cotas de ridiculez, si no de estulticia, que han alcanzado las declaraciones y conductas de esta troupe de políticos, advenedizos, espontáneos, exjueces, exmilitares y “gente de la cultura”, parece que enfrascados en una absurda competición para ver quién dice la parida o la cursilería más estrambótica, me tiene todavía pasmado. El paradigma que resumiría toda esta parafernalia sentimentalista y relamida podría ser el manifiesto “No en nuestro nombre”, rubricado por los y las “abajofirmantes” de carrera, con algunos y algunas interinos e interinas recién llegados y llegadas, una acumulación empachosa y aturrullada de estereotipos, eslóganes y frases hechas que, sibilinamente, introduce en el mismo saco a víctimas y terroristas en un alarde de equidistancia que asombra e incluso, como en mi caso, repugna. Con la demagogia grandilocuente a que nos tiene acostumbrados la peña y el dogmatismo que rezuman encaramados en la atalaya de una superioridad moral tan falsa como su discurso, el panfleto no viene a ser sino una muestra más del vacío de unas propuestas, carentes de toda ilación lógica, que deambulan en una nebulosa voluntarista y embustera en la que se confunden realidad y deseo. Tan obsesos andan en el paripé, que incluso nos dicen que “la democracia, los Derechos Humanos y la aspiración a una paz con justicia no son un camino… sino que constituyen en sí mismos un camino…”. ¿En qué quedamos, Demóstenes? En fin, cada vez me convencen menos, si es que eso puede ser posible. De lo que sí estoy convencido es de que si alguno de estos cuentistas hubiera caído en aquella pandilla nuestra de entonces, de seguro que habríamos acabado escupiéndosela. ¡Vaya que sí!


sábado, 28 de noviembre de 2015

MUÑECOS DEL PIMPAMPUM

Hay quien pensará que las cojo meonas y que igual que en su momento hice protagonista “malgré lui” de mis artículos a Fernando Manzano, ahora he elegido a Fernández Vara como objeto obsesivo de los mismos. Pero no es así, ni muchísimo menos. Entre otras razones porque al otrora presidente de la Asamblea y, por tal, primo de su chófer, el actual presidente-consejero de la Junta no le llega ni a la altura de los “cotubillos”, mayormente en lo que a obsequiarnos con salidas trompeteras y descacharrantes se refiere. De modo que a cada cual lo que le corresponde. Lo que ocurre es que aquél anda recluido en el ostracismo, y éste lleva dos o tres semanas que no me da tregua: cuando no es el carajal del Consejo Consultivo es la filfa de la elección límpida y maravillosa de la nueva directora de la Cexma. Y cuando tampoco, es el viaje presupuestario de ida y vuelta. Qué culpa tengo yo si esta semana quería escribir de la jarca estupefaciente del “No a la guerra”, y Vara y su consejera de Hacienda, interfiriendo en mis planes, no me han dejado.

Porque lo cierto es que, a la vista de las declaraciones de ambos tras el rechazo en la Asamblea de Extremadura de los presupuestos para 2016, empecé a dudar de mi capacidad de análisis, incluso de mi capacidad de raciocinio. Qué digo, primo, creí que la senectud y el chocheo, que aún veía lejanos, habían acelerado la evolución degenerativa de mi cacumen dejándomelo hecho misto antes de lo que yo esperaba. O, por contra, que mi sesera, a pesar de sus renqueos, sus gripadas y los patinazos de su béndix, seguía funcionando con un mínimo de sensatez y posibilidad de discernimiento y lo que de verdad ocurría es que estos dos nos tomaban por imbéciles de baba y goma, valga el plural mayestático. Que al final, visto lo visto, es a la conclusión lenitiva y tranquilizadora a la que llegué, porque prefiero que me tomen por tonto sin serlo que al contrario, que es lo que les puede pasar a ellos. Eso, o que se exhiban como unos embusteros de tomo y lomo, dos posibilidades, por otra parte, no excluyentes en el caso concreto que nos ocupa.

Haciendo una retrospección narrativa diré que, como me olía la tostada de que estos presupuestos viajeros iban a tener la víctima propiciatoria de siempre, el jueves, nada más llegar a casa, consulté la edición digital de este periódico. Y ahí se confirmaron mis presagios, pues me encontré con el siguiente titular: “La Junta avisa de que prorrogar los presupuestos dificultará cumplir los compromisos”. Y sigue en la entradilla: “Pilar Blanco-Morales Limones ha señalado como ejemplo el pago del 75 por ciento de la paga extra de 2012 a los funcionarios”. Como la noticia llevaba anexo un video, pude oír y ver a la consejera en cuestión, hablando por boca de ganso con su lánguida verborrea entrecortada y su mirada pendular, largar sin recato la trola. Porque de entrada, señora mía, si una parte de la extra iba a ser pagada en diciembre de este año, ¿qué puñetas tienen que ver, para hacerlo o no, los presupuestos del año que viene? Y de salida, como bien ha dicho Monago, (que a cada cual lo suyo, repito), la prórroga de las cuentas no impide realizar las modificaciones presupuestarias que haya que hacer para pagar lo que se quiera pagar, incluida la restitución a los empleados públicos de lo birlado hace tres años. De manera que a otro perro con ese hueso, camueso. ¿La culpa del incumplimiento del compromiso con los funcionarios es del PP por votar con Podemos la devolución de las cuentas? Pues de eso nada, monada. La culpa es de un presidente-consejero, de primeras, bisoño, si no torpe y, de segundas, escurridizo, si no falaz. A pesar de que en su blog, refiriéndose a su antecesor, titule con descaro Cuando lo primero no es Extremadura, para venir a decir por descarte, no sé si presa del éxtasis de una transustanciación laica, que él y sus presupuestos sí que lo son. Pues sí que empezamos pronto con las levitaciones mesiánicas, colega.


En fin, el asunto sería chusco si no afectara a la vida de un colectivo tan numeroso en Extremadura como somos los funcionarios, por lo que se ve,  juguetes de los políticos de uno y otro signo y muñecos del pimpampum a merced de sus intereses más mezquinos. Y ya está bien de choteos y de desprecios. Espero, si esto acaba tan mal como me temo, que los sindicalistas “de clase” liberados no se dediquen a vegetar y a vivir del cuento como hasta ahora y sepan estar a la altura de las circunstancias. Aunque me parece que esto es como pedir uvas al espino, un tremendo desatino. 

sábado, 21 de noviembre de 2015

TRANSPARENCIA OPACA

El pasado jueves se debatió y se rechazó en la Asamblea de Extremadura, la propuesta de elección de la nueva directora de la Corporación Extremeña de Medios Audiovisuales, cuyo proceso de preselección ha sido machaconamente publicitado por la Junta de Extremadura y el PSOE como innovador modelo de transparencia y objetividad. A tal efecto detergente, en su día se convocó un concurso público mediante el “procedimiento de concurrencia competitiva”, resuelto a favor de Carmen Santos Garaicoechea que, por su currículo y experiencia parece estar, a criterio de quienes la eligieron por unanimidad, sobradamente preparada para el cargo. O, al menos, más preparada que su antecesora, aunque esto tampoco sea como para tenerlo muy en cuenta. La mecánica, a partir de aquí, sigue siendo la misma que antes, de acuerdo con la Ley 3/2008, de 16 de junio, que la regula.

Fue el pasado día 30 de octubre cuando supimos, por boca del presidente Fernández Vara, el nombre de la ganadora del concurso: Se presentaron 50 personas a este proceso de concurrencia pública, de los cuales 28 no pasaron el proceso selectivo debido a que no cumplían con los requisitos establecidos en las bases, una persona las presentó fuera de plazo y 21 pasaron al proceso selectivo al cumplir los requisitos..., dijo textualmente. Echo en falta, en aras a esa transparencia tan enarbolada, algo que es común a todos los concursos públicos de los que yo tengo conocimiento hasta la fecha, cual es la publicación del nombre de admitidos y excluidos, con indicación de las causas que han motivado dicha exclusión y, a partir de ahí, la apertura de un plazo de 10 días para posibles reclamaciones. Bien es verdad que la norma cuarta que rige este proceso hace referencia a la Ley de Protección de Datos pero, hablando de un concurso público para elegir director general de una empresa pública, tendría que haberse compaginado ese derecho a la “confidencialidad” con el derecho que tenemos los ciudadanos a saber no sólo el nombre y currículo del ganador sino, también, de los no bendecidos. Sigue diciendo el presidente: ... y, a partir de ahí, se produjo una baremación que, finalmente, resultó como más valorada, Carmen Santos Garaicoechea, que será nuestra propuesta a la Asamblea de Extremadura. Pues no me cuadra. Si baremar es “valorar algo aplicando un baremo previamente establecido” y la base tercera de la convocatoria del tan piado concurso, en donde se enumeran los méritos a evaluar, no está baremada, ¿en base a qué baremaron, qué criterio siguieron? Y, de seguir alguno medianamente computable, ¿quién marcó la pauta? Y, de haber alguna, ¿por qué esa y no otra? No encuentro solución a este trabalenguas enigmático, a esta aberración lógica, a mayor abundamiento si uno de los requisitos a estimar es tan etéreo como la claridad, coherencia y adecuación de la propuesta estratégica del solicitante a la realidad social de la región, así como a sus valores históricos, culturales y educativos, en toda su riqueza y variedad. ¡Agárrame esa mosca por el rabo, chichinabo!


Continúa el presidente: Hay gente que a lo largo de este proceso pensaba que esto era un paripé para finalmente hacer lo que nos hubiera apetecido, y nadie entiende que alguien pueda llegar a un gobierno y que no quiera poner al director general de la tele. Yo no he tenido interés ninguno en que así fuera y he tenido con esta señora una conversación para comunicarle que ha sido la elegida… Veo bastante extrañeza por todo lo que ha ocurrido porque nadie se cree que yo renuncie expresamente a designar a la persona que quisiera para la dirección general de la tele y la radio pública. Pues dirá no, pero es que sí, porque al final es lo que ha hecho. De acuerdo que, aunque ésta sea misteriosa y oculta, han seleccionado de una lista, pero de una lista que ha salido de un concurso resuelto por él y por su Consejo de Gobierno. Y ahí es donde está la trampa y el paripé. Si de objetividad se trataba, ¿por qué se han erigido en juez y parte no solo proponiendo, sino eligiendo a quién proponer? ¿Por qué no fue un tribunal independiente formado por técnicos en la materia quien resolviera? ¿Qué conocimientos tienen él y sus consejeros sobre el tema para valorar y ponderar, que no baremar, 21 currículos? ¿Gozan de ciencia infusa? Y, ‘ainda mais’, siendo él como es presidente-consejero, ¿acaso votó dos veces? Vistas las trazas del asunto, incluso dudo de que alguno de los aspirantes no se haya presentado al concurso como las conferencias antiguas, digo, con preaviso. Y la impresión que me queda es que estamos ante el mismo mojón arbitrario de antes, pero envuelto en papel de lujo y con vaselina. ¿Objetividad y transparencia?… Sí, Juan Palomo, y un jamón con chorreras.

sábado, 14 de noviembre de 2015

EL ENIGMA DEL COMENTARISTA FURTIVO

Hace unos días, cansado de culebras emboscadas y diarreicas, cerré en mi blog la puerta de entrada a comentarios anónimos. Más que nada para que no fuera utilizada por algunos indocumentados como evacuatorio de sus insultos y sus desahogos fecales. Y así, el pasado sábado, día 7, me encontré con uno a mi artículo de ese día en el HOY, que decía tal que esto: Efectivamente, pena pepita pena lo que leo. El simplón comentario no es ofensivo, ni insultante, ni  destacable en ningún sentido, porque cada cual es muy libre de apenarse por lo que mejor le parezca. Lo publiqué, pues. Pero me picó la curiosidad de saber a quién pertenecía corazón tan sensible. El críptico enlace que figuraba como remite era "imasdymasymas". Cuando hice clic en él, me salió esta información: El perfil de Blogger solicitado no se puede mostrar. Muchos usuarios de Blogger aún no han elegido compartir su perfil de forma pública. Y eso ya no me gustó, porque quienquiera que fuese el dueño de sensibilidad tan acusada, la solapaba jugando con las artimañas de un tahúr.

Inasequible al desaliento y sabiendo que Google es el mayor chivato de todos los chivatos del mundo mundial, descubrí que esa dirección me conducía, de espolique y a la remanguillé, al ya extinto Centro de Investigación y Documentación del Festival de Mérida. No cabía en mi cabeza que se hubiera producido un caso de antropomorfismo tan verdaderamente inédito y espectacular como para que un organismo oficial pudiera apenarse por algo o por alguien y, a mayor y absurdo abundamiento, si ese organismo ya no existía. Pero Google siguió chivándose para ayudarme a salir de mi confusión y desvelarme que, en su momento, lo había dirigido Gregorio González Perlado. El siguiente chivatazo de este gran delator me recordó que, en una entrada anterior de mi blog, había recibido, en su día, el siguiente mensaje: imasdymasymas dijo... Espléndida y considerable respuesta la tuya. G. G. Perlado. Y ahí es donde la puerca torció el rabo, porque las piezas del puzzle encajaron. Enigma resuelto. En un pispás pasé de la inicial curiosidad a la desopilante incredulidad en la que aún me encuentro ante este anacrónico orí.

En cualquier caso, el desenlace de este misterio me ha servido para reafirmarme en la opinión, columbrada en tiempo bastante atrás, que sobre el pusilánime comentarista habían ido confirmando no sólo las entradas, firmadas sin perlas, con las que nos obsequiaba en Facebook, sino también sus oportunos u oportunistas silencios. Y la verdad es que he sentido vergüenza ajena por la situación y lástima sincera por su protagonista y su patoso intento de birlibirloque trilero. No llego a comprender la idiotez de una conducta tan torpe. O, pensándolo mejor, quizás sí.

VIDAS EJEMPLARES

Recuerdo que en mi infancia leía unos cómics editados por la Editorial Novaro que, bajo el título genérico de Vidas ejemplares, nos ilustraban sobre las hazañas y proezas de una serie de personajes históricos que habían sobresalido, incluso a costa de su propia vida,  por su abnegada entrega al prójimo, por su  generosidad sin límites o por la  defensa inquebrantable de su fe religiosa. Dirigida por el jesuita José A. Romero, el elenco de protagonistas estaba mayoritariamente formado por santos y beatos, aunque también tenían cabida aquellos no entronizados que, a criterio del director, reunían virtudes suficientes para figurar en este martirologio ilustrado. Así, podíamos conocer de forma amena a la par que instructiva, las biografías de, por poner un ejemplo de cada categoría, santa María Francisca de las Cinco Llagas, del entonces beato Marcelino Champagnat, “apóstol de la juventud” y fundador de los Hermanos Maristas, o  de Eva Lavallière, “la estrella pecadora arrepentida”. Ya saben, ¡o tempora, o mores!

Valga este pequeño exordio como un intento, quizás fallido, de que se pueda comprender la sensación que he sentido leyendo, espoleado por mi curiosidad, un buen número de entradas en el blog, El cuaderno de Guillermo,  que nuestro presidente-consejero mantiene abierto en Internet. Cada una de ellas va encabezada por la fecha a que corresponde, seguida por la frase “el DIARIO de mi vida”, con  la palabra “diario”, no sé con qué oculta intención, escrita así, en mayúsculas. Ignoro por qué me asaltó esta extraña “traspolación” de evocaciones, lo que sí sé es que, terminada la lectura, saqué dos conclusiones inmediatas. La primera, bastante clara,  fue la de que nuestro bloguero debería cuidar un poco más su sintaxis, en algunos momentos significativamente sui géneris, por decirlo de una forma benévola. La segunda, era clara al tiempo que confusa. La claridad viene de la evidente sensación de aburrimiento que me fue invadiendo a medida que leía, jornada tras jornada, la actividad del protagonista. La confusión, de no saber distinguir con nitidez si el tedio que me embargaba era consecuencia natural de la propia actividad; de la prosa monótona con que era descrita; de la estructura del blog, articulado más como dietario que como diario y que, salvo alguna licencia que otra, viene a ser una sucesión fría e impersonal, de agenda, donde se da cuenta de las audiencias, citas, asistencias y compromisos sociales del día; o, por último, del contagio de su propio aburrimiento. Dado que las cuatro posibilidades que se me ocurren no son excluyentes, es muy posible que la causa de mi modorra fuera, con toda seguridad, una mezcla perversa de todas ellas. No soy aficionado a dar consejos a nadie, pero debo decir que eché en falta un poquito de sangre; un ¡viva Cartagena! intercalado de vez en vez; una transgresión, siquiera leve, de lo políticamente correcto; algún asomo de entusiasmo… que una cosa es que, según propia confesión, el presidente-consejero no quiera exhibirse y otra muy distinta que se esconda tras una relación fría y rutinaria de eventos que despierta tanto interés como una lista de la compra antigua.


Dado que la lectura del diario la hice en sentido inverso, acabé leyendo lo publicado el día 12 de noviembre, jueves. Y ahí fue donde no sólo salí del sopor, sino que me desorienté completamente. De entrada porque en el título figuraba 12 de octubre, jueves. Un ligero despiste sin importancia, (octubre por noviembre),  pero que, sumado al mío, crónico y galopante, me produjo un cierto tambaleo cronológico. Aunque lo más grave estaba por llegar, porque después de darnos información de su agenda del día anterior, miércoles 11, pasa a describirnos la del día de la fecha, 12 de noviembre. Y, entre otras cosas, nos habla del satisfactorio encuentro habido con empresarios a primera hora de la mañana de ese jueves. Para terminar diciendo: Se reúnen cada viernes, antes de comenzar la jornada laboral. Entonces sí que me invadió el desconcierto y la zozobra. Y la angustia creciente y atropellada de no saber ya en qué día de la semana y del mes estábamos; ni si el mes era octubre o noviembre; ni si mi casa era mi casa; o si amanecía, atardecía, y yo estaba dormido, despierto, soñando o en duermevela. ¡Qué mal trago, mamasita!  Al borde del vahído, corrí en busca del auxilio de mi santa y, con la mirada perdida y el rostro desencajado, le inquirí en qué día estábamos. Tras sacarme de la duda iba a preguntarle también si aquello era real o estábamos durmiendo. Pero no lo hice. Temí que, ante lo absurdo de mi cuestión, le diera a ella también un sopitipando. Y eso ya sí que no, primo.

sábado, 7 de noviembre de 2015

EL EMBRUJO DE LOS FOCOS

No recuerdo en qué año, ni bajo qué lema o excusa, ni a santo de qué santo, Tomás Chiscano me invitó a Don Benito a un encuentro de poetas. Lo que sí recuerdo con total nitidez es verme encaramado al escenario del teatro dombenitense, en una tarde en que yo no estaba para mucha lírica porque atravesaba una “crisis creativa” que no acababa de romper y la poesía iba por derroteros muy ajenos a los que yo sentía. Muy poco convencido, había elegido cinco o seis poemas inéditos que, sin parecerme indignos, no me satisfacían de ninguna de las maneras. Mientras esperaba mi turno de intervención, inseguro e incómodo, releyendo unos folios que me quemaban en las manos, pasó por mi cabeza, con machacona insistencia, la idea de, llegado el momento, realizar confesión pública de mis dudas, pedir perdón por mis neuras y, acto seguido,  hacer mutis por el foro, coger el coche y salir pitando con mi santa camino de Badajoz en busca del refugio del hogar.

 El borde del escenario estaba poblado de una serie de focos de colores variados, incluso dispares, que nos enfocaban directamente. Y yo, imbuido como estaba por el desasosiego de una huida cada vez más decidida, al tiempo que acorralado por la zozobra de la defección y la angustia de defraudar a mi anfitrión, fui presa del embrujo turbador de esa luz cegadora que, sin duda, trastabilló mi mermado oremus. ¿Cómo no aprovechar esa claridad polícroma para explosionar y liberarme de tanta congoja?, pensé de forma menos repipi que como ahora la escribo. A mayor abundamiento, ¿qué otra ocasión iba a presentárseme en la vida para sacar de mi pecho una espina ya enquistada pero aún hiriente? Porque en lo alto de aquel escenario, ante un público receptivo y amable, vi que era una oportunidad que ni pintiparada para dar rienda suelta al sueño larvado de una quimera que, además, me serviría para salir del aprieto emocional en el que me encontraba. Y así fue que, llegado mi momento, me acerqué al micrófono y, después de mal leer un par de poemas que me escocían como una quemadura intravenosa, tras breve explicación de mis cuitas al respetable, tiré por la calle del medio y me arranqué cantando el “¡Ay pena, penita, pena!”. Y lo hice con todo el sentimiento que las circunstancias me imponían. Gesticulando, como tiene que ser. Mientras lo hacía, oí a mis espaldas la risotada desbordada y amplia de Santiago Castelo, y ahí supe que una huida que podría haber acabado de manera trágica se había transformado en camino de salvación. No diré que vítores, pero aplausos sí que hubo. Cuando, al bajar de la palestra, se me acercó un parroquiano y me dijo que cantaba mejor que recitaba, yo, a pesar de estar seguro de que había leído mis poemas sin interés y sin ninguna convicción, es decir, muy malamente, recibí esa obviedad con un agradecimiento y una satisfacción que aún me duran. En fin, una mala tarde la tiene cualquiera. Aunque, como en esta ocasión, acudieran en mi ayuda, para salvarla, la generosidad risueña de un amigo inolvidable y la paciencia de un público benévolo y misericordioso.


Y es que hay que ver el riesgo soterrado que pueden esconder unos inocentes focos. Si te dejas seducir por su erótica envolvente, tienes muchas posibilidades de  llegar a ser esclavo de una adicción más peligrosa que la provocada por la más peligrosa de las drogas. Y si los focos van acompañados de cámaras, micrófonos y toda la parafernalia mediática, para qué te cuento. Mismamente lo que le está pasando al líder de Podemos, enganchado al chute televisivo con un ansia enfermiza y patética que deja a la altura de unos pardillos a Franco y su No-Do. Y el caso es que, no hace mucho, le oí en televisión quejarse de la pérdida de su anonimato y de la incomodidad que eso le comportaba en su vida diaria, aunque asumía tan tremendo sacrificio con la dignidad de quien lo sufre con la vista puesta en la sublime misión de redimir al pueblo español de la tiranía de un capitalismo desalmado y perverso. Pura filfa, postureo de lo más cutre porque, a los pocos días de su queja hizo una gira por distintas cadenas soltando una nueva versión de su matraca, que dudo mucho de si será la última, dada la facilidad que tiene este correlindes de estudiado desaliño para cambiar sobre la marcha, con una falta de pudor y un descaro que asustan, un discurso cada vez más cursi, más endeble, más hueco y más impostado. Y sin posibilidad de echar mano de un “pena, penita, pena” que lo salve. Lo peor será que, llegado el 20D, quienes no la tengamos seamos nosotros.

viernes, 30 de octubre de 2015

EL CARAJAL CONSULTIVO

La zapatiesta que estos políticos de nuestros pecados  han organizado esta semana a costa de la supresión, o no, del Consejo Consultivo de Extremadura, ha sido de órdago. Al final, y como suele ocurrirme en todos estos episodios de pugilato político, viendo la prepotencia y la presunción de unos, la bisoñez de otros y la penosa torpeza argumental de casi todos, acabo con un regusto amargo en los adentros, y con esa sensación de hastío y de cansancio que provocan las situaciones cansinas por repetitivas. Diré de entrada que todos estos organismos consultivos ‘superestructurales’, con funciones etéreas y engañosamente expertas, cuyos dictámenes, normalmente enrevesados y farragosos, carecen de valor ejecutivo al no ser vinculantes, me parecen, de entrada, inútiles y perfectamente  prescindibles, a pesar de que a base de leyes y normativas, incluida la de su propia creación, se les vaya dotando de contenido de manera forzada y artificial. A mayor abundamiento, si su falta de efectividad real va acompañada de la convicción de que su existencia no responde a motivos tan encomiables “como la mejora y agilización de la actividad administrativa” sino, cual Senado en miniatura, a otros más espurios y menos altruistas entre los que pueden estar el de agradecer los servicios prestados o dar consistencia a un cesto en donde ir acomodando los descartes políticos. El bochornoso intercambio de sillones entre Clemente Checa y Pedro Tomás Nevado-Batalla es un ejemplo palmario que viene a confirmar esta hipótesis.

El artículo 51 del Estatuto de Autonomía de Extremadura del año 1983, abría la posibilidad de la creación, en un futuro, de “un órgano de carácter consultivo no vinculante”. Un germen que eclosionó 18 años después con la Ley 16/2001, de Creación del Consejo Consultivo de Extremadura, con sede en Badajoz, ratificada, si no me informan mal, a pesar de los votos en contra del PP. No obstante, el organismo no estuvo realmente operativo hasta el año 2004, en que se aprobó su Reglamento. Quiere esto decir que Extremadura, como Comunidad Autónoma, estuvo 21 años sin sus preceptivos e indispensables dictámenes y ello no supuso ninguno tipo de parón en su actividad legislativa ni administrativa. Me atrevería a decir que, antes al contrario, posiblemente la hizo menos lenta al eliminar un trámite del todo protocolario e inane. Aún así, en la reforma del Estatuto de 2011, es incluido en su articulado y adquiere carta de naturaleza orgánica con los votos unánimes de la Asamblea.

Sin estos datos, y solo por lo visto y oído esta semana, la actitud de sus protagonistas en esta ‘riña de gatos’ me ha parecido de lo más grotesca. Pero con ellos, además, tendría que añadir incoherencia al ridículo. Porque incoherente me parece que el mismo partido que dio vida al engendro y lo ratificó hace apenas 4 años, el PSOE, ahora sea el más interesado en quitársela. De la misma manera que veo incongruente lo contrario, que quien se opuso a su alumbramiento, el PP, ahora se empeñe en perdonarle la vida. Por otra parte,  el insinuar, como ha hecho Monago, que la razón para suprimirlo es que está ubicado en Badajoz y no en Villanueva, es de una simpleza pueril. Y si estamos con Lamarck en que “la función crea el órgano y la necesidad la función”, el paso atrás dado por Fernández Vara, que ante la duda de que no pueda eliminarlo sin reformar el Estatuto  pretende privarlo por ley de sus funciones, es de una aberración antinatura estrambótica. El escrito admonitorio y prepotente, lleno de amenazas solapadas, que el actual presidente del dichoso Consejo ha dirigido a la Mesa de la Asamblea, al tiempo que da una clara muestra de su talante político y de su talla profesional, ha servido para completar este espectáculo desquiciado y deprimente.

En fin, documentándome para escribir este artículo, me enteré de que una condición necesaria y suficiente para poder ser elegido consejero consultivo permanente es haber sido presidente de la Asamblea de Extremadura. ¡Ay, mamasita!, como Fernando Manzano. Lo imaginé, en el delirio modorro del que fui súbita presa, traspolando dictámenes jurídicos sobre leyes, recursos, conflictos de atribuciones, expedientes… y fue una visión tan espantosa y perturbadora, que me hizo perder la presencia de ánimo y caer en unos temblores espasmódicos y anárquicos que me encoñetaron el labio inferior y de los que he tardado dos días en recuperarme. Antes de desvarío tan terrible, estaba convencido de que todos estos organismos eran tan solo una institucionalización del pasteleo partidista y, por ende, entes inútiles que habría que suprimir. Ahora estoy seguro de que, además de inútiles, pueden llegar a ser demoledores. Y lo malo es que la amenaza sigue ahí

sábado, 24 de octubre de 2015

¿A LA VEJEZ, MACHISTA?

Leí el pasado domingo la entrevista, extensa y clarificante, que Manuela Martín le hizo a Guillermo Fernández Vara en estas páginas. Hay aspectos de la misma en los que no me atrevo a entrar, más que nada porque no tengo datos ni conocimientos suficientes como para poder opinar sobre ellos: la herencia recibida, el desfase presupuestario, el déficit, la deuda, histórica o actual, los entresijos de las relaciones políticas... Ahí siempre hay declaraciones encontradas de los que se van y de los que vienen, con lo cual mejor callar que pasarme de listo. Sobre todo cuando la legislatura está en pañales y, como decía el otro, lo que sea sonará. Me imagino que a lo largo de estos cuatro años se irá viendo quién tiene razón y, sobre todo, quién es más veraz o, si se prefiere, quién nos miente menos. Dicho sea de paso, eso de los 100 días de tregua siempre me ha parecido una estupidez fuera del contexto en el que tuvo su origen, pero hay tópicos que se enquistan en el imaginario colectivo y a ver quién es el guapo que los avienta.

A pesar de mi prudencia, hay dos afirmaciones que no puedo pasar por alto y sobre las que sí me siento capacitado para opinar como cualquier hijo de vecino. Dice el presidente-consejero, refiriéndose a la pasada legislatura y a las dificultades de su labor de oposición, que hubo de efectuarla “con un apagón informativo brutal y con un control de los medios públicos como nunca se había conocido”. La persecución del anterior gobierno regional por activa o por pasiva a los medios no afines, ha sido patente. Pero es difícil de entender, o no, cómo alguien que no es un recién llegado del espacio exterior, sino que fue consejero y delfín del sátrapa, puede soltar afirmación tan contundente con ese desahogo amnésico, teniendo en cuenta que él colaboró con alguien que retorció la famosa frase de McLuhan y, haciendo con ella un anagrama cutre y despótico, la transformó en “El miedo es el mensaje”, y, así, controló y acosó a medios públicos y privados que no le rendían la pleitesía incondicional que él demandaba. Como diría Cantinflas: “Fíjate, tan grandote y tan olvidadizo”. Y en un recuadro, se destaca estotra: “No he conocido a ninguna a mujer que haya trabajado conmigo que haya sido una inútil; a hombres sí”. De entrada, me quedó la duda de saber si es que ninguna era inútil o a la inútil que hubiere, de haberla, él no la conocía. Pero visto después el convincente ejemplo con que ilustra aseveración tan maximalista ya no me quedó ninguna duda: “Pepe Gotera y Otilio eran hombres”. Pues ya está todo dicho, así que de doña Urraca o de las hermanas Gilda mejor ni hablamos.

O al menos no hablo yo, vaya a ser que mi vida vuelva a sumergirse en la vorágine de dudas que me supuso leer el artículo que, páginas más adelante, firmaba Beatriz Muñoz González y en el que descubrí que, por dos líneas anecdóticas de un artículo anterior, me incluye en la infame nómina de los machistas de la Universidad de Extremadura. Y acoto hasta la territorialidad y el enclave profesional porque ella, además de profesora de Sociología en la UEx como añade a su firma, es la directora de su Oficina para la Igualdad. Y me imagino que hasta ahí es hasta donde abarca su jurisdicción y su posibilidad de estigmatizar pontificando. La verdad es que la alarma me duró poco porque, leído el texto con detenimiento y después de un primer titubeo, vi sus argumentos tan pueriles, tan manidos, tan propios de un razonamiento inductivo (gracias, Pilar),  tan inconsistentes, que al momento recuperé la presencia de ánimo. Y es que escribir un artículo catalogando de manera dogmática opiniones ajenas a base de hacer categoría de la anécdota es, además de una osadía, una torpeza impropia de una mente con un mínimo de racionalidad. Si en realidad de lo que se trata es de justificar el puesto y el rol, añadido al mismo, de ojeador de todo aquél que se salga de los límites de la corrección político-feminista al uso, al menos debería documentarse antes de incluir a alguien en el catálogo de los impresentables y no hacerlo de manera tan frívola e injusta.

Pero bueno, al final quedé tranquilo cuando mi santa, después de hacerle partícipe de mis cuitas y de leer el artículo de marras, me dijo de la forma categórica con que dice las cosas cuando son como son: “Anda ya, Jaime, ésta no te conoce. Ni caso”. Pues amén.

sábado, 17 de octubre de 2015

PAPARRUCHAS

Hay situaciones en las que parece que la ignorancia de algunos de nuestros políticos se exacerba, haciéndoles salir a la palestra al mogollón como si compitieran por ver cuál de ellos dice la memez mayor. Entran en una especie de furor diarreico irreprimible y, orondos, con caras de estar descubriendo la penicilina, dan en largar paridas, a cual más zopenca, sobre lo divino, lo humano y lo mediopensionista con una soltura solo equiparable a su indigencia educativa. Si al elenco protagonista añadimos la actuación de figurantes espontáneos que, como por ensalmo, parecen salir de su letargo con renovados bríos en su afán de emular chorradas y disparates, la escena, si no conllevara la tragedia que supone dejar en una evidencia palmaria la miseria intelectual de unos y de otros, sería tan hilarante como la famosa escena del camarote de los hermanos Marx.

Hablo de la sarta de idioteces que hemos podido oír, y sufrir, a costa de la Fiesta Nacional de España. No sé si seré muy torpe o, con la edad, me estaré volviendo un carcamal recalcitrante y emboscado, pero en la exposición de motivos para elegir la fecha no  encuentro nada execrable, ni atisbos fascistas o franquistas, ni visos de una añoranza imperialista. Antes al contrario, me parece de una evidencia contundente: La fecha elegida, el 12 de octubre, simboliza la efemérides histórica en la que España, a punto de concluir un proceso de construcción del Estado a partir de nuestra pluralidad cultural y política, y la integración de los reinos de España en una misma monarquía, inicia un período de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos, se dice en la exposición de motivos de la Ley 18/1987 de 7 de octubre. La historia es lo que tiene y eso es una verdad irrefutable, lo diga Agamenón o su porquero. Andar tergiversando la realidad de la Alta Edad Moderna con la visión del siglo XXI, mayormente si esta es torticera y dogmática, es de una torpeza que entierra, a quien lo hace, en el más espantoso de los ridículos. No sé quién empezó, pero detrás del primero vinieron legión: el Kichi o Quichi o comoquiera que se escriba, Ada Colau, Íñigo Errejón, Carolina Bescansa, y un sinnúmero de correligionarios agrupados en las redes sociales bajo la etiqueta “resistencia indígena”, que les debe de sonar muy bien pero resulta ser una puñetera idiotez, (a no ser que quieran resucitar a Moctezuma y a Túpac Amaru para enrolarse en sus huestes aborígenes y reescribir la historia), atropellándose por decir sinsorgas y paparruchas a cuál más alucinante: Expolio, genocidio, masacres, sometimiento de culturas, comparaciones entre el 12 de octubre y el 18 de julio, plebiscitos para elegir una “fecha cívica y patriótica”… en fin, un gazpacho intragable y estomagante. Para completar el reparto no podía faltar en el sarao Guillermo Toledo, ese trasunto del Actor Secundario “Bob” en Los Simpson,
que ha salido de su caverna atiborrado hasta las trancas de Laxen Busto, para ciscarse sin mesura en todo lo que su ideología paranoica le dictaba, y haciendo alarde, a base de caguetilla, de una  profundidad de pensamiento y de una lógica dialéctica abrumadoras. Un portento el individuo.
                                                                                                                                         
Pero, sin duda, la actuación estelar más trompetera en este tinglado artificioso montado a costa de la Fiesta Nacional de España, ha sido la de Pablo Iglesias, que ha interpretado a las mil maravillas el papel principal de un vodevil en dos actos, intitulado “No voy porque no me invitan y si me invitan no voy”. Una vez desmontado el infundio de su discriminación por parte de la Casa Real, el susodicho declinó la invitación, dizque traspapelada, con el contundente argumento de que, según le habían dicho, el acto “era un  poquito tostón” y, además, y aquí viene lo sublime, porque “consideramos que nuestra presencia es más útil en la defensa de los derechos y la justicia social en este país, que en este tipo de actos”. O sea, "como sé que te gusta el arroz con leche, por debajo de la puerta te aviento un leño”, pero con ínfulas redentoras.  Este muchacho, al que encuentro cada vez más poquita cosa y más desvaído, no deja de sorprenderme en su tozudez por ser un cursi redomado. Lo vi en la entrevista que le hizo Risto Mejide, y pasaba del melindre a la ordinariez con una facilidad pasmosa, pero siempre tratando de envolver todo su discurso simplón, incluso el palabrotero, con una pátina de trascendencia verdaderamente empachosa. Su prédica maniquea de “corta y pega”, de tópicos y de eslóganes manidos, suena cada vez más hueca y más impostada. Y así le va en las encuestas.

sábado, 10 de octubre de 2015

COMIENZO DE CURSO

Parece que el gallinero se va animando. Hemos pasado 100 días en una especie de parada técnica en la que unos y otros han medido distancias valorando con pequeños picotazos la capacidad de reacción de los contrincantes, pero sin que llegara la sangre al río. Apenas resaltar un par de salidas de pata de banco de Monago que tan solo han servido para desnudarle y dejarnos descubrir su interior más tortuoso y mezquino. Porque sus lamentables declaraciones tras la dimisión, más que justificada por sus problemas de salud, de Santos Jorna como consejero de Medio Ambiente, y la equiparación ciertamente miserable y torpe de la caída de un falso techo en el Hospital Infanta Cristina, un incidente menor, con el incendio de la Sierra de Gata, una catástrofe mayúscula, han demostrado de forma palmaria hasta donde puede llegar su falta de escrúpulos y su exceso de bilis.

Esta calma chicha postelectoral se ha roto esta semana, como si el otoño, con el comienzo del curso y el fresquito mañanero, hubiera despertado a nuestros políticos de la modorra estival. Un primer síntoma que ha abierto las expectativas de un nuevo periodo de actividad ha sido el asunto Ropero, que en plan La Parrala con su Senado sí-Senado no, ha demostrado que la intención más que conjeturable del PSOE extremeño de romper, en lo posible, con la vieja guardia ibarrista, no va a ser tan fácil. Desde mi punto de vista, aquí pincharon en hueso y los toreros resultaron toreados por un cinqueño que, a pesar de una rendición final aparentemente ortodoxa con el canon de ‘una persona, un cargo’, los ha tenido en su terreno y ha soltado el mango de la sartén cuando le ha parecido bien. El desequilibrio de fuerzas y de astucia ha dejado en evidencia a más de uno, que esperaba encontrar a un manso manejable y ha tenido que lidiar con un morlaco más resabiado que el mismísimo Ratón. A mayor abundamiento, convendría no olvidar que Vara fue presidente de la Junta de Extremadura, (y por eso lo es ahora), gracias a que fue adoptado como delfín por el gran preboste omnisciente. De modo que, en ocasiones, romper con el pasado ajeno no es tarea sencilla cuando resulta imposible romper con el propio. A no ser, claro está, que se repita aquello del camino de Damasco de Saulo y, tras el derribo del caballo y la revelación cegadora, haya quien se tenga que cambiar hasta de nombre y no le baste, para marcar autonomía, con un discurso bonachón y bienintencionado. Y en este caso, para más inri, la empresa puede ser aún más que dificultosa, porque el dios que lo ilumine derribándolo podría ser el mismo que lo encaramó en lo alto del corcel.

Otro dato que durante la semana ha marcado el reinicio de la actividad política ha sido la presentación, por parte de la consejera de Hacienda, Pilar Blanco-Morales Limones, del plan económico financiero 2016-2018. La vi unos instantes en el telediario regional, en la rueda de prensa que convocó al efecto, y la primera impresión no pudo ser más negativa. La última imagen que tenía de ella fue al poco de ser nombrada, y me pareció una mujer elegante, como vestida de domingo, pulcra, repeinada, segura de sí misma, con aspecto saludable y, sí, con alguna dificultad para expresarse con fluidez pero con cierta capacidad dialéctica para salir del atascamiento. Por lo poco que vi anteayer en televisión, la encontré demacrada, titubeante, insegura y con su incapacidad expresiva aumentada. Por no hacer juicios apresurados, he buscado en Internet la rueda de prensa y la he visionado entera. Y me ha confirmado que mi primera impresión no iba desencaminada. Seguía vestida de domingo, eso sí, pero despeinada, ojerosa, insegura, con la mirada huidiza y, lo que es peor, con un discurso de catecúmeno reiterativo y recurrente, lleno de tópicos y eslóganes generalistas, con pocas cifras, menos explicaciones y una capacidad de decir una cosa y su contraria que me apabulló y me produjo una sensación de fragilidad en sus convicciones y en la solidez de su línea argumental del todo desasosegante.


Pero bueno, en lo que a mi actividad articulística se refiere y haciendo de la necesidad virtud, me acojo al viejo dicho de que “cuando Dios cierra una puerta, abre una ventana”. Ahora que la puerta siempre abierta del inefable Fernando Manzano, otrora presidente de la Asamblea y, por tal, primo de su chófer, solo se me ofrece entornada de manera esporádica, es posible que las urnas me hayan abierto la ventana luminosa de esta consejera de intermitente y pálida facundia. No sé si tendrá chófer pero, a estas alturas, eso ya me da igual.

sábado, 3 de octubre de 2015

CRÉDITOS "TRASPOLADOS"

En estas mismas páginas me lamentaba, no ha mucho, de que, por mor del resultado de las últimas elecciones autonómicas, desaparecía del primer plano de la política extremeña uno de los personajes más pintorescos y articulísticamente atractivos que han pasado por ella. Para mí, sin duda, el primero en la tabla clasificatoria que pudiera establecerse al efecto. Daba cumplida cuenta, entonces, de las veces que una de sus prodigiosas intervenciones me había sacado de mi atasco creativo facilitando, así, que pudiera cumplir a tiempo con mi compromiso sabatino. Y terminaba: A pesar de la terrible y previsible pérdida de esta tabla salvadora para mis ideas náufragas, conociendo la peculiar idiosincrasia del personaje, siempre dispuesto a hacer alarde de su incapacidad para la facundia, albergo esperanzas de que, aun en su papel de peón opositor, me dé alguna oportunidad en la próxima legislatura de reverdecer alegrías pasadas. Tiempo al tiempo, pues, y castañas en Adviento. Como el avisado lector habrá deducido me estoy refiriendo al sin par Fernando Jesús Manzano Pedrera, otrora presidente de la Asamblea de Extremadura y, por tal, primo de su chófer, y hogaño relegado a vicepresidente segundo de la misma, un cargo sin duda honroso pero que le obliga a mantenerse en una posición discreta y poco lucida, lo que le impide desplegar el protagonismo luminoso con que nos deleitó la pasada legislatura. Una verdadera tragedia ya que  priva a la sociedad extremeña, y mayormente a mí, de la posibilidad de apreciar su enorme facilidad oratoria, su fina ironía, la vastedad de sus conocimientos y ese su elegante e hipnótico carisma que embelesa.

Esta merma en obligaciones políticas y en actividad pública no ha logrado amilanar a su espíritu inquieto. Antes al contrario, sin duda le ha servido de estímulo para embarcarse en una nueva empresa que llene el tiempo libre del que ahora dispone y enfocada a aumentar, si cabe, su gran acervo cultural y académico. Es por ello por lo que, según parece, ha iniciado los trámites para matricularse en el Grado de Ciencias Políticas y Gestión Pública. A pesar de que estos estudios universitarios son muy similares a los que se imparten en la UNED de Mérida, él prefiere matricularse en la Universidad Internacional de La Rioja que, por más que la he buscado, ni aparece en el ranking ISSUE (Indicadores Sintéticos del Sistema Universitario Español), lo que debe de ser indicio de su peso específico en el conjunto nacional. Imparte su “educación a distancia 100% online más prácticas presenciales de 120 horas”. Y no solo convalida, como todas, créditos por estudios similares aprobados, sino también, como algunas, “por experiencia laboral y profesional”. Poco ha tardado este político sagaz en solicitar a la Asamblea un certificado que acredite su trayectoria institucional a fin de entalegar, de bóbilis, un buen número de créditos. ¿Estará en la cantidad de estos el intríngulis de su elección? No lo sé. En cualquier caso, de ser esto así, hay un matiz en el tratamiento convalidatorio ciertamente singular: Si para la convalidación por otros estudios cursados se exige un certificado académico que atestigüe las asignaturas aprobadas, ¿por qué para la experiencia profesional, política en este caso, no se exige un certificado de aptitud similar bastando solo el hecho de tenerla? Y si, a mayor abundamiento, convenimos en que el examen para demostrar dicha aptitud son las elecciones, que aprueban o no la gestión realizada, es obvio que Manzano y sus compañeros en esta aventura estudiantil, Luis Alfonso Hernández Carrón y Francisca Rosa Romero, han suspendido sin paliativos. Qué van a convalidar entonces, ¿su ineptitud, su incompetencia? Que alguien me lo explique, porque soy incapaz de entender los fundamentos en que pueda basarse este birlibirloque académico.

En fin, si las cosas les van bien y la legislatura como debe, quizás para el próximo examen, léase elecciones, habrán realizado el preceptivo ‘Trabajo Fin de Grado’. Sin que sirva de precedente, solo movido por el sincero sentimiento de gratitud que albergo hacia él y como pago al socorro involuntario que me presta en estas lides, me permito sugerir a Fernando Manzano algunos títulos: ¿Recalcitrante o reconfortante? Un apunte epistemológico sobre sinonimia y polisemia en el lenguaje político, podría ser uno. El derecho consuetudinario y su dicción sin atascos, no estaría mal. Pero me inclino por el más contundente y más identificado con su idiosincrasia y su desparpajo dialéctico: Nociones sobre la ‘traspolación’, o no, de resultados electorales. Teoría y práctica del trastrueque de votos. Cualquiera de los tres me haría mucha ilusión, pero este último me ‘traspolaría’ a un nirvana excelso y reconfortante… o recalcitrante, que ya no sé yo.

sábado, 26 de septiembre de 2015

ORDENANDO AUSENCIAS

Ahora que la luz de los días empieza ya a cambiar sutil y tenazmente, y los atardeceres se van poblando, tímidos, de flores melancólicas, de besos sin destino, de miradas perdidas que buscan otros ojos, que miran otros sueños, hay tardes que se vienen a mis manos en busca de refugio. Hambrientas y perdidas, depositan en ellas su nostalgia de otras horas lejanas, imposibles, de un tiempo que se fue sin haber sido. Y pesan como pesan los silencios, igual que las palabras que lastiman. La vida se detiene en los recuerdos mientras la tarde, quieta, se adormece en el sol que zanganea. Y recordar, entonces, es ordenar ausencias, hacer un inventario de abrazos que se fueron, de risas que quedaron por reír: un dolor inconsútil que vuela y permanece por el aire como una sombra que buscara amparo. Me quedo ensimismado y me defiendo de la carga de niebla que produce ese saberme huérfano de tantos como fueron, del peso que supone la tristeza y el fin de lo perdido, volviendo atrás, desandando el camino trillado de los años para encontrar mi infancia. Y la encuentro impoluta y guapa y dulce, (siempre está donde estuvo), un destello de paz que me sorprende y viene a socorrerme. Me espera como fue, ajena a cicatrices y a desvelos, aislada, mía, intacta. Y mientras canturreo garganta adentro la melodía de aquel llavero mágico, oro puro, que mi madre guardaba igual que un talismán para encantarnos, vuelvo a vivir ese vivir de entonces.

Aún recuerdo mi cuna, barrotes niquelados, hermano muerto. Y la dulzura eterna de unas manos dulcísimas que acariciaban la mejilla de un hijo esperanzado, el que soy ahora mismo en la quimera, que fingía estar dormido y esperaba. Y vienen a mis ojos, en esta tarde que recrea el sortilegio de aquellas en que la vida era el milagro de ser sin saber cómo y la muerte tan sólo una palabra, el fulgor y el sosiego de una verdad exacta. Ahora, cuando el silencio es un presagio y el otoño es un niño, llegó la tarde a verme como una bocanada indescifrable que me embriaga de olores y de voces, de luces que se cuelan por entre las rendijas de una persiana muerta, de canciones que acarician igual que aquellas manos tiernas. Ahora, cuando el otoño es un niño caprichoso y mimado que anda en mi corazón peinando canas. Como el que vuelve al hogar después de un largo viaje y, al abrir la puerta, llena el ansia del regreso reconociendo olores, y distingue el reflejo en el mueble gastado por el tiempo o siente, de repente, el escalofrío del encuentro, así retorno yo, como a un refugio, a los momentos que quedaron atrás. Y, dulcificado el regreso por el paso de los años y la equívoca placidez de la distancia, vuelvo a vivir situaciones en las que la emoción se ofrece contenida, desprovistas aquellas de todo el dramatismo que conlleva la ausencia. Disfruto en soledad de la añoranza, gastado calcetín de la memoria, dulce alcancía donde atesoro voces, espectros que se vienen a consolar la vida, risas casi olvidadas, besos que quedaron dormidos y ahora se desperezan en la tarde y rompen el dolor.


Esta semana, en Internet, un aviso impersonal y frío me recordaba que mi amigo Goyo Moreno cumplía años el día 24 de setiembre. Anteayer. Todo un mundo imposible comprimido en dos días. La cruel exactitud de los números y de los programas informáticos. Y es que recordar, a veces, es ordenar ausencias, hacer un inventario de abrazos que se fueron, de risas que quedaron por reír… 

viernes, 18 de septiembre de 2015

AGNÓSTICO Y DESAMPARADO

Soy un friolero que no soporta el calor. Y este oxímoron térmico que adolezco hace que, llegado el verano y, sobre todo, si llega con tan malas intenciones como el de este año, entre en una especie de hibernación veraniega, por seguir con los opuestos. Y es en el mes de vacaciones cuando esta terapia natural alcanza cotas de relajación mayestáticas. “Il dolce far niente” solo es interrumpido, entonces,  por el necesario viaje a Barcelona para ver a mis hijos y empaparme de su cercanía. Viaje, por cierto, que este año, con el GPS asesino confinado en una celda de castigo y confiando mi orientación a Google Maps y a las precisas indicaciones de mi santa y eficaz copiloto, ha ido como una seda, sin contratiempos dignos de mención a la hora crucial de entrar y salir de la gran urbe. Tan es así que recién salimos de Barcelona camino de Badajoz, me invadió una satisfacción interior similar a la que debió de sentir Amundsen cuando coronó el Polo Sur. Aparte de este paréntesis viajero de terapia emocional, el mes de vacaciones suele transcurrir en ese estado de laxitud metabólica al que antes aludía que, sin embargo, no impide ni obstaculiza la estimulación neuronal que supone la lectura, la resolución de dameros, malditos o no, y la ingesta de cerveza. Entre las lecturas diarias, sea verano o invierno, no me falta una dosis cuasi exhaustiva de la prensa. Estar a primera hora de la mañana sentado en la mesa de la cocina, abastecido con los periódicos recién comprados, y leerlos al tiempo que saboreo una taza de café y unas tostadas con aceite extremeño de oliva virgen extra, me produce un placer como pocos. Y si remato la faena lectora fumando el primer cigarro del día, (lo siento, Masito), es ya es el acabose.

Y en una de esas estaba el pasado 19 de agosto cuando topé con una noticia que me resultó ciertamente estrambótica. Contaba la historia de Abigail Salgado, una coruñesa de 26 años que en 2011 se presentó a unas oposiciones convocadas por la Junta de Galicia que, de aprobarlas, le permitiría ocupar plaza docente en dicha Comunidad Autónoma. Dado que había cursado sus estudios secundarios fuera de Galicia, necesitaba superar una prueba adicional que acreditase el nivel en lengua gallega que el puesto requería. Y ahí es donde la puerca torció el rabo, porque los exámenes se fijaron para un sábado y la susodicha, miembro de la iglesia Adventista, se negó a tomar parte en ellos dado que, para su feligresía, el sábado es un día dedicado por completo a Dios. “Podemos estar con la familia o amigos, pero no trabajar ni estudiar”, arguyó la aspirante. A pesar de tan contundente argumento, el Gobierno autonómico se negó a posponerla, con lo que la devota y estricta Abigail quedó excluida del proceso. Y, sintiendo injustificadamente vulnerados los derechos referentes a sus creencias, al amparo de  la Constitución Española, la Ley de Libertad Religiosa de 1980 y el convenio firmado en 1992 entre el Estado Español y la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España, inició su periplo judicial. Tras cuatro años de lucha, qué digo lucha, de cruzada contra unos poderes públicos insensibles ante el credo adventista, el Tribunal Supremo le ha dado la razón y le otorga el derecho a realizar la prueba en un día que no sea sábado. ¡Chúpate esa, marquesa! Si logra una puntuación igual o superior al último seleccionado, obtendrá la ansiada plaza de funcionario.

No dudaré de que, legalmente, el contencioso tenía que acabar así. O quizás sí lo dudo, porque la heterogeneidad de los jueces españoles es inconmensurable y desconcertante. Pero no consigo entender el busilis del asunto. Una cosa es impedir que se persiga a alguien porque profese una religión o una creencia religiosa, por más absurda que esta  pueda parecernos al resto de los mortales, y otra muy distinta es que el Estado deba adaptarse, en su funcionamiento, a las peculiaridades doctrinales de los administrados, con lo que su aconfesionalidad deviene en humo de pajas. Mentales, mayormente. Si atendemos a los días sagrados de las cinco grandes religiones, de jueves a domingo están cogidos. De modo que cualquier trabajador de este país que profesara cualquiera de ellas, según la jurisprudencia creada, tendría derecho a no trabajar ni opositar el día que corresponda a la suya. Y como tengo el convencimiento de que esta España de mis dolores, con frecuencia, es estupendamente excesiva en la memez, yo, agnóstico e iconoclasta, me siento desamparado. Me malicio que me obligarán a trabajar domingos y festivos para subir la ratio. Y a saber hasta cuándo. Y esto último es lo que más me angustia porque lo que estoy deseando es jubilarme ya de una puñetera vez.

sábado, 12 de septiembre de 2015

BOCHORNO UNIVERSITARIO

Cada inicio de curso, en la Universidad de Extremadura, asisto a la misma idiotez, a la misma fantasmada atávica, a idéntica exhibición impúdica. Y cada inicio de curso, cuando acaba la función, albergo la esperanza de que sea la última vez que tenga que ser espectador forzoso de semejante esperpento, que un año sea tiempo suficiente para que los que tienen que reflexionar para no ser partícipes del desatino, y los que tienen que tomar medidas para evitarlo, lo hagan. Pero todo es inútil. Fiel a su cita, por estas fechas, se vuelve a izar el telón de un teatro en donde se representa una obra reaccionaria y cochambrosa que tiene como escenarios los distintos campus de la UEx. Y no, no me estoy refiriendo al solemne acto de apertura de curso, con su desfile multicolor de capisayos y bonetes macarrónicos, me refiero al despreciable espectáculo de las novatadas, esa multitudinaria ‘fiesta de integración’, como la definen los zopencos que la organizan y la llevan a cabo a costa de la dignidad de los alumnos recién llegados, incluso con la aquiescencia de buena parte de estos últimos. Para esta panda de homínidos modorros parece que integración es sinónimo de escarnio y de vandalismo.


La mecánica es la de siempre en este tipo de situaciones, con todos lo matices que se quieran poner. En el caso que nos ocupa, un grupo de gorilas, investido de una autoridad sólo justificada por su tosca escala de valores y su primitivismo burranco, haciendo alarde de  una ideología meridianamente fascistoide y convencidos de pertenecer a una élite, se sitúa por encima del bien y del mal y se arroga el derecho de vejar ‘al otro’ hasta la cosificación. El nombre y estatus de los grupos pueden cambiar, pero la filosofía que mueve sus actuaciones está bien clara a lo largo de los muchos ejemplos que la historia, incluida la más reciente, nos ha dado y nos ha hecho padecer. El desprecio a la dignidad de las personas, el avasallamiento de su libertad, la coacción y el forzamiento de su voluntad bajo amenazas más o menos sutiles (“el novato es novato, no chivato”, dicen), no pueden enmascararse como gracietas de muchachos sanotes que solo pretenden divertirse sin malicia. Si el hecho de que te metan un embudo en la boca y te hagan beber un litro de brebaje alcohólico; de que te obliguen a chupar un plátano untado de nata que asoma por la bragueta de un gaznápiro en calzoncillos; de que te embadurnen de la cabeza a los pies con una mezcla asquerosa y pestilente de huevos, mostaza, harina, ketchup, vinagre y a saber qué más potingues y de qué origen; de que te dibujen en la mejilla, como tuve ocasión de ver esta semana en el rostro de una alumna cariacontecida, unos -y perdón por la cursilada- órganos sexuales masculinos con el pene erecto o, en fin, de que durante unas horas seas tratado como un pelele a merced de los caprichos de una patulea de imbéciles borrachos, sea para algunos, ya sean víctimas o verdugos, una buena manera “de romper el hielo y hacer amigos”, viene a evidenciar unos problemas de educación, de cultura, de conciencia y de distorsión del concepto de empatía demasiado interiorizados como para que tengan una solución fácil y rápida.

Son palmarios los esfuerzos que se hacen desde el Vicerrectorado de Estudiantes para evitar estas prácticas, prohibidas dentro del recinto universitario que es el ámbito de su competencia. Pero habrá que convenir que están resultando baldíos. Para empezar porque, a pesar de tener una línea abierta para recibir las denuncias de quienes se hayan sentido violentados, ninguna se ha recibido. Podría actuar de oficio pero, ¿contra quién o quiénes? Y en el supuesto caso de que, por fin, se recibiera una denuncia en regla contra alguno de estos tipejos, habría que aplicarle el reglamento disciplinario vigente para el alumnado universitario que es, no se lo pierdan, del año 1954. De modo que, para castigar a los infractores, quizá habría que reabrir el campo de concentración de Castuera. A mayor abundamiento, cuando las hordas bárbaras salen de toriles e invaden las poblaciones que albergan centros universitarios, se encuentran, no sé si por desidia, por complejo o por un enfermizo y erróneo prurito democrático, con la actitud laxa y demasiado permisiva de las autoridades competentes, con lo que dejan a su paso un reguero de suciedad y vandalismo, (sólo hay que ver las fotos aparecidas en los medios digitales), del que salen mayoritariamente impunes. Por lo que mucho me temo, visto lo visto, que el año que viene, por estas fechas, estaremos hablando de lo mismo. Ojalá me equivoque.