sábado, 31 de diciembre de 2016

NIÑOS DE PABLO

En los años en que estudiaba en Madrid había momentos en que pasear por Argüelles-Moncloa se transformaba en una carrera de obstáculos. Debías andar por allí ojo avizor. No hablo ahora de la rutina de vigilar las evoluciones de las manadas de guerrilleros de Cristo Rey y sucedáneos, que también, sino de evitar el ataque inmisericorde del sinnúmero de cataplasmas que, al amparo de sectas o agrupaciones religiosas a cual más peculiar, proliferaron como hongos en aquel tiempo. Inasequibles al desaliento, sus novicios propagandistas salían a patear las calles en busca de incautos a los que captar para su causa de manera que, a poco que te descuidaras, podías verte asaltado por tipos pelones vestidos con túnicas y bombachos que, bailando a tu alrededor, acompañaban sus salmodias ininteligibles con tintineo de platillos y retumbar de tambores; o por dos encorbatados de camisa blanca que, con acento yanqui, te endilgaban un rollo interminable sobre el juicio final y los peligros de una vida alejada del temor divino; o, qué sé yo, por gente normal en apariencia que te hablaban de la maldad de la materia, la bondad del espíritu y la posibilidad de llegar al orgasmo con tu pareja sin contacto físico. Un circo pelmazo y muy variopinto, vaya. Y también algo arriesgado porque, con la paciencia exhausta, en alguna ocasión se te turbaba el ánimo, salías por peteneras, y el intento de proselitismo no acababa como el rosario de la aurora de puro milagro, nunca mejor traída la expresión. En cualquier caso, a pesar de tanta monserga, tengo un especial recuerdo, diría que casi tierno, de los “Niños de Dios”. Solían ir en pareja y se te acercaban sonrientes. La chica, normalmente rubia y lánguida, te daba un par de besos en las mejillas, más o menos efusivos, más o menos cercanos a la comisura de los labios, y te decía algo así como “te amo porque dios te ama”, u otra cursilada similar. Y no puedo decir más del asunto ni de su rollo porque yo de ahí no pasaba. Pero bueno, a pesar de que sabías que te estaba mintiendo, era una situación agradable. Y nada trágica, como otras similares con amor impostado y morreos de por medio.

Quizá por la retorcida conexión de unas neuronas cada vez más escépticas, me he acordado de estas criaturas últimas, tan besuconas ellas, tan cariñosas, al leer el manifiesto que, ante la II Asamblea Ciudadana Estatal de Podemos que se avecina, un centenar de militantes de base ha hecho público, en el que imploran a sus líderes que cesen ya las peleas por un quítame allá esa dirigencia y vuelvan a transitar por los caminos de la fraternidad, el buen rollo y la bondad de los ungidos para “intervenir en la Historia”. Porque “nos necesitamos todas, todos, no tenemos derecho a olvidar la fraternidad entre compañeros y compañeras, ni nos podemos permitir que el campo de la esperanza sea a la vez un campo de batalla”.  Lo han titulado “El abrazo”, y es todo un espectáculo de voluntarismo vaporoso y cursi en el que la sublimación de una realidad más que pedestre lo hace estéril por ineficaz. Revolotear por las nubes de un mundo de fantasía, apelando a las intenciones altruistas y a la generosidad de “la buena gente de Podemos”; querer cambiar puñaladas traperas por abrazos a fin de superar un enfrentamiento donde las ambiciones personales inconfesadas y la egolatría de unos y otros son las que mandan, es de una candidez supina. Tan es así que incrementan su quimera, en el remate, henchidos de fervor ecuménico: “En Vistalegre II tenemos que asistir a la escenificación del abrazo... Necesitamos volver a sonreír, a encarnar la esperanza que tanta gente de todo el planeta (¿?) ha puesto en nosotros y nosotras en estas circunstancias turbias y desalentadoras. Necesitamos un abrazo fuerte y fraternal que nos llene de alegría y ganas para seguir adelante”. Sí, compañero, pero el cava lo pagamos a escote, ¿vale? En fin, estos están a lo que dijo Espronceda: “Que es la razón un tormento, / y vale más delirar /sin juicio, que el sentimiento / cuerdamente analizar, / fijo en él el pensamiento”.

Sin embargo, hay un instante a lo largo de este manifiesto en el que les traiciona el subconsciente, dejan de delirar y bajan a la verdad pura y dura. Es cuando hablan de “las huestes de Podemos”. Porque la palabra ‘hueste’, proviene del latín ‘hostis’, que significa ‘enemigo, adversario’; y el DRAE, en primera acepción, la define como ‘ejército en campaña’. Ahí es donde dan con el busilis del asunto. Aunque tres leches les importe porque ni se han enterado... Les salió de chiripa.

sábado, 24 de diciembre de 2016

ODIO DE IDA Y VUELTA



(Fuente: abc.es)
El terrorismo, abominable desde cualquier punto de vista que se mire, además de su potencial para provocar víctimas directas, la mayoría de las veces indiscriminadas e inocentes, tiene consecuencias añadidas a cuál más perversa y peligrosa. No sé si será la más funesta pero, al menos, la que a mí me produce más inquietud es la capacidad que comporta de generar odio, el mismo que sustenta su razón de ser y que, con diabólica reciprocidad, emprende un camino de ida y vuelta fatal. Esa inquietud llega a ser espanto cuando constato, día tras día, que ese camino de vuelta se prostituye y se ramifica alcanzando por extensión a inocentes a los que, de manera injusta, enfermiza o interesada, siempre irracional, se les iguala con el asesino hasta convertirlos de este modo también en víctimas, igual de inocentes, igual de indiscriminadas, de un linchamiento vesánico. Y esta identificación absurda, a veces expresada con obsesión paranoica, para que los asimilados pasen a ser considerados sospechosos o, lo que es peor, conniventes con la barbarie, se sustenta en argumentos tan disparatados y endebles como que tengan la misma nacionalidad, la misma raza o, en un binomio reaccionario mayoritariamente enarbolado por voceros energúmenos, la misma condición de refugiado y musulmán. Una aberración ideológica, cóctel maquiavélico y cochambroso de xenofobia, racismo, demagogia e intransigencia religiosa. Los ingredientes cambian, pero el engranaje voluntarista es igual de avieso en su necedad que aquel que lleva a equiparar vascos con etarras, catalanes con separatistas o políticos con corrupción, por poner tres ejemplos tópicos y cercanos.

Consideraciones éticas aparte, que ya bastarían para descalificar estas posturas ultras y maximalistas, las cifras tampoco corroboran el mecanicismo simplón de su lógica. Según la última estadística que he podido encontrar, de los 15.181 atentados de corte islamista llevados a cabo en el periodo 2000-2014, casi el 90% se produjeron en países de mayoría musulmana, causando en ellos 63.000 muertes de un total de 72.000, es decir, el 87,50%.  De los 9.000 restantes, los países con mayoría cristiana más perjudicados fueron Filipinas y Kenia, con 974 acciones criminales que dejaron más de 1.800 muertos, penoso rango solo superado por EE.UU. en el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, en donde 2.996 personas fueron asesinadas. En Europa Occidental,  y durante  esos mismos 15 años, los atentados terroristas de corte islamista fueron 22, el 0,14% de los 15.181 totales, con 248 muertos, el 0,34%. Habría que ver, a su vez, cuántos de estos 22 fueron llevados a cabo por refugiados y no por nativos hijos de emigrantes o por terroristas venidos ex profeso. Un muerto siempre es un muerto digno de ser llorado. Y si muere por causa de la intransigencia, o del hecho de ser o pensar diferente, o de tener creencias distintas a las de su asesino, con más razón. Pero 63.000 muertos son más, abrumadoramente más que 248.  De manera que todo este vocerío ramplón, estos anatemas escupidos contra refugiados que, en buena medida, vienen huyendo de aquello de lo que se les acusa, tampoco tienen cifras reales en las que apoyarse, y solo son producto de la miseria moral y del egoísmo de quienes los profieren. Si para muestra vale un botón, el historial del responsable del atentado de Berlín, cuyas peripecias por Europa nos dan cuenta, por otra parte, de los fallos de seguridad de los que adolecen los servicios antiterroristas europeos, viene a corroborar lo dicho. Ni refugiado ni nada que se le pareciera. Solo un delincuente que viajó desde Túnez, sin estatuto de refugiado, reconvertido en islamista en la cárcel italiana donde estuvo recluido por delitos comunes y con una orden de expulsión que logró esquivar.

(Fuente: El Mundo)
Me entero, en el momento de escribir este artículo, que el tipo ha sido abatido por policías italianos tras disparar contra ellos en un control rutinario en las afueras de Milán. No me apena su muerte, sobre todo porque él habrá sido feliz inmolándose por su doctrina. Lo que sí me produce desazón y tristeza es comprobar la fragilidad que tiene el aura que rodea a este continente en el que vivimos, entronizado como génesis de toda la civilización occidental y de todos los valores de libertad, democracia y fraternidad de los que alardea. Aparentemente asentado en una historia y una tradición humanistas, esos valores se van difuminando más y más para aproximarse trágicamente a la cerrazón ideológica islamista que dice despreciar. Cada día más cerca de la barbarie del Antiguo Testamento y de un dios inflexible, vengativo y cruel. Pero ya se sabe, las religiones siempre cuentan con recursos para justificar las acciones más abominables. Y si no, guardan en la recámara el consuelo del paraíso, bien sea con huríes o con criaturas celestiales. Pues por mi parte, de amén, nada de nada.

sábado, 17 de diciembre de 2016

HONORES DESHONROSOS

No voy a entrar a hacer juicios de valor sobre la necesidad o no de la Ley de Memoria Histórica. Desde el año 2007 en que fue promulgada, se han emitido sobre ella tantas y tantas opiniones a favor y en contra, -ora considerándola necesaria, e incluso escasa, para tratar de zanjar la injusticia cometida contra los vencidos en la guerra civil; ora denostándola como un desvarío del suricato leonés que volvería a abrir heridas ya restañadas y a desenterrar viejos fantasmas cainitas-,  que no creo que la mía aportara nada que no se haya dicho ya. Lo que sí tengo claro es que las buenas intenciones que esta ley declara en su ‘exposición de motivos’, no se han visto cumplidas en la mayoría de los casos en que se ha recurrido a ella: “En definitiva, la presente Ley quiere contribuir a cerrar heridas todavía abiertas en los españoles y a dar satisfacción a los ciudadanos que sufrieron, directamente o en la persona de sus familiares, las consecuencias de la tragedia de la Guerra Civil o de la represión de la Dictadura... profundizando de este modo en el espíritu del reencuentro y de la concordia de la Transición...”, proclama en su preámbulo.

Visto lo visto, y en buen número de ocasiones en las que la aplicación de dicha ley ha sido objeto de actualidad informativa, se evidencia que estos encomiables deseos no solo no se produjeron, sino que sucedió todo lo contrario de lo que presuntamente pretendían conseguir. Y esto ha sido así porque estoy convencido, (quizá sea una contundente osadía por mi parte, pero es lo que hay), de que el legislador se equivocó equiparando, a lo largo de todo su articulado, dos realidades tan distintas, aunque una de ellas sea consecuencia de la otra, como son la guerra civil y la dictadura franquista. Reconocer y declarar “el carácter radicalmente injusto de todas las condenas, sanciones y cualesquiera formas de violencia personal producidas por razones políticas, ideológicas o de creencia religiosa, durante la Guerra Civil, así como las sufridas por las mismas causas durante la Dictadura”, es no saber de qué estás hablando o, peor, saberlo pero legislar pensando en tu abuelo, o en tus votos, o en tu inopia. O, como me temo, en todo a la vez. En fin, creo que esta ley hubiera sido mucho más efectiva y, sobre todo, más balsámica y más justa, si es que de ello se trataba, centrándola exclusivamente en el reconocimiento, compensación y ayuda a las víctimas de la dictadura. Y haber tenido la valentía, para cerrar el círculo expiatorio, de promulgar otra para las víctimas, todas, de la guerra civil. Pero conociendo al personaje simplón y superficial, esto es como pedir peras a un olmo tan seco, tan estéril, que ni la primavera sería capaz de operar en él aquel hermoso milagro machadiano.


(Fuente: Diario HOY)
Y todo lo anterior, a cuento del embrollo de Guadiana del Caudillo, su alcalde del PP, Antonio Pozo Pitel, y el secretario general del PP de Badajoz y diputado en la Asamblea de Extremadura, Juan Antonio Morales Álvarez. Ambos premiados en una cena organizada por la Fundación Nacional Francisco Franco, a la que, según leo, asistieron, y en la que les fue entregado a cada uno ‘Diploma de Caballero de Honor’ por su "labor destacada en la defensa de la verdad histórica y de la memoria del Caudillo y su gran obra". La verdad es que hay cosas que yo no entiendo. No entiendo que, con LMH o sin ella, pueda seguir existiendo en la España de hoy una fundación como esta, cuyos estatutos “enumeran como objetivo prioritario la difusión de la memoria y obra de Francisco Franco”. No entiendo que los galardonados aceptaran el galardón deshonroso que les habían concedido y, menos aún, que tuvieran la desfachatez de ir a recogerlo. No entiendo, quizá sí, las disculpas increíbles del señor Morales calificando de error la aceptación voluntaria, consciente y presencial de la supuesta dignidad que recibía de quien la recibía. No entiendo la torpeza del PP, bajo la égida del ‘y tú más’, de sacar a la palestra, con calzador, a Castro y a Maduro, que no tienen vela alguna en este entierro. No entiendo que, con el daño que han hecho a su partido, dando argumentos incontestables a sus adversarios políticos para tildarlo de “refugio de franquistas y ultras”, no se haya actuado contra ellos de manera fulminante. No entiendo que se recurra una sentencia que, en cumplimiento de la LMH, obliga eliminar “del Caudillo” del topónimo de marras. No entiendo ese afán de mantener ese colgajo caudillista ahí, enarbolando, al más puro estilo ‘puigdemontista’, el resultado de una consulta popular que conculca una ley vigente en nuestro ordenamiento jurídico... En fin, tras esta letanía llego a la conclusión de que, acaso, mi problema sea que jamás lograré entender este estrecho juego político de vuelo corto que algunos estilan. Aunque por otra parte, primo, qué quieres que te diga, ni puñetera falta que me hace. 

sábado, 10 de diciembre de 2016

EL CUBO DE LAS VÍSCERAS

Hace algún tiempo, quizá demasiado, durante varios años, un grupo de amigos acordamos reunirnos cada Viernes Santo para dar buena cuenta de un cordero. Despojado de intríngulis poco apetecibles y despiezado como corresponde, era sabia y pacientemente asado a la parrilla y devorado por la horda carnívora convocada. El cónclave empezaba a primera hora de la mañana y solía terminar bien entrada la noche. El núcleo duro del grupo estaba formado por cuatro amigos que ya no están con nosotros, -Antonio Cosme Covarsí, Javier Leoni, Goyo Moreno, Angelito el de Universitas-, además de Alejandro Pachón y este que suscribe. Cada cual con sus partes contrarias, si las tuviere, además de los hijos a que hubiere lugar. Uno de nosotros, a saber quién, bautizó esta juerga anual con el nombre, no exento de retranca, de “El cordero sacrílego”, en alusión al precepto de la Iglesia católica que prohíbe comer carne todos los viernes de Cuaresma y que nos saltábamos con buenas dosis de recochineo. La primera faena de esta celebración pagana, como decía, estribaba en la limpieza y el despiece del animal, oportunamente tendido sobre una mesa matancera, a cuyo costado disponíamos un contenedor de basura en el que se arrojaban los desperdicios y las piltrafas que la operación generaba. Algún inspirado de aquellos herejes, no sé si el mismo anterior, llamó a aquel depósito infecto “El cubo de las vísceras”.

Aquel bidón apestoso viene a ser un frasco de perfume si se compara con los ríos de estiércol que puedes encontrar en las redes sociales. La verdad es que nunca me ha interesado brujulear por ellas, utilizándolas, fundamentalmente, para publicar los enlaces de mis artículos, saber de amigos y familia, o compartir música y noticias. Pero al leer lo que este diario ha ido dando a conocer a lo largo de la semana, tras el bochornoso espectáculo que protagonizó el presidente de la comisión de Cultura del Ayuntamiento de Badajoz, Luis Jesús García-Borruel Delgado, dando pábulo en una reunión oficial de forma irresponsable y frívola, dudo mucho que irreflexiva, a una falsa conversación virtual entre churreros en la que se insultaba de forma ignominiosa a la concejala de Cultura, Paloma Morcillo Valle, me picó la curiosidad y me di un paseo por las páginas que intuí pudieran estar participando del esperpento. Y la primera impresión que recibí al hacerlo fue la de  entrar en un mundo, (¿un submundo, quizá?), poblado por personas, -barrunto que alguna con graves trastornos disociativos de personalidad- que, amparados en nombres ficticios y heterónimos que asombrarían al mismísimo Fernando Pessoa, y confundiendo libertad de expresión con libertad de excreción, dedican su tiempo libre, que debe de ser mucho, a relajar los esfínteres de su verborrea diarreica con un desahogo vesánico y una penuria gramatical que espantan. Insultan, acusan, denigran y difaman, dentro de un círculo cerrado y egocéntrico que se retroalimenta de bilis, a golpes de una obsesión compulsiva digna de estudio. El panorama resulta verdaderamente cochambroso. Y, salvando alguna excepción despistada, el nivel delirante que exhiben, mamarrachada tras mamarrachada, es deplorable. La invasión de los humanoides, vaya. Lo cual, que  jamás volveré a sucumbir a ciertas obligaciones que me impongo como articulista evitando, de todas todas, reincidir en la torpeza de meterme en un corredor tal que, a la que te descuides, puede impedirte el retorno, y en el que corres el riesgo de quedar atrapado entre telarañas zopencas y gusanos de pudridero.

Digo que todo surgió a raíz de que el diario HOY informara de la temeraria exhibición, por parte del concejal García Borruel, de un diálogo virtual entre churreros, falso de toda falsedad, en el que se acusaba a la concejala de Cultura de un delito continuado de prevaricación o de cohecho, que no lo tengo muy claro. A pesar de su insensatez, él, en Facebook, defendía con tenaz emperramiento su simple papel de mensajero, ajeno a cualquier tipo de intencionalidad torcida. La disculpa no puede ser más endeble, porque el error no es haber sido mensajero, sino haberlo sido (de manera oficial, no se olvide) de un mensaje fraudulento que, teniendo posibilidad de hacerlo, no se preocupó de verificar. Y, en fin, leído lo que leí en sus mensajes de defensa me gustaría hacerle una recomendación, que por supuesto puede pasarse por el forro de sus caprichos, como es natural. Y es que yo creo que, cuanto antes, sería conveniente que actualizara sus conocimientos de gramática y de ortografía. No le digo esto a nivel personal, que cada cual es muy libre de no dar importancia a sus carencias lingüísticas, lo digo para evitar, en lo posible, que su dejadez en este sentido pueda menoscabar la dignidad del puesto de presidente de la comisión de Cultura del Ayuntamiento de Badajoz que actualmente ocupa. Él sabrá.

sábado, 3 de diciembre de 2016

CIRUGÍA ABIERTA EN LA CMA (II)

... Digo yo que será porque, al sentir que no tenía escapatoria, acepté la situación mansamente y eso me llevó a aquel relajo dulce, a una modorra suave y agradable de la que me sacó una mujer que en principio también presumí enfermera. Mientras me espabilaba, ella había corrido las cortinillas que rodeaban mi lecho, una especie de mosquitera opaca que nos libraba de miradas indiscretas. Como me habían dicho que lo que iban a hacer era cogerme una vía venosa, me extrañaba que se utilizara tamaña parafernalia para preservar mi intimidad. Al fin y al cabo de lo que se trataba era de pincharme en un brazo... A no ser, ¡ay, madre mía!, que la vía debiera cogerse en alguna vena adyacente a la delicada ubicación de mi hernia. Y al instante me imaginé, en un escalofrío, la parte más sensible de mi anatomía transformada en un sofisticado y lacerante acerico con cánulas y llaves de paso de colorines.

En esas dolorosas elucubraciones andaba metido, a punto de perder mi presencia de ánimo, cuando la buena mujer me sacó de mis dudas y de mi pánico: “Yo soy la peluquera, ¿sabes, hijo mío? Vengo a rasurarte”. Le indiqué, aliviado, que la víspera, cuando llamaron para confirmarme la cita, me dijeron que debía ir con la zona rasurada. Y así lo había hecho yo. O al menos lo había intentado, dada mi inexperiencia en tales menesteres. Ella, dicharachera, con una campechanía que te obligaba a despejar cualquier atisbo de vergüenza o pudor que pudieras sentir, tras bajarme los calzones e indicarme que me pusiera con las piernas dobladas y abiertas, (“como si fueras una mujer dando a luz”), colocó un empapador bajo mis posaderas, echó una ojeada profesional a mi pubis pelón, (“lo has hecho muy bien, hijo mío, pero quedan algunos detalles”), y mientras me hablaba de su madre, del número de pastillas que tomaba diariamente, me preguntaba por mi historial, y por patatín y por patatán, me dio un repaso con la maquinilla de afeitar por delante, por detrás, por arriba y por abajo, con la misma naturalidad que si estuviéramos charlando en la barra del Deportivo con una cervecita por delante. Acto seguido, otra enfermera me cogió en el brazo, con delicadeza y sin dolor, la vía venosa de marras. Y dejaron entrar a mi santa. Entre su presencia, lenitiva y tierna, y los 3 goteros que me endilgaron, esta vez no me quedé traspuesto, me quedé frito como un leño.

Me despertó la voz tronante de un celador preguntando: “¿Quién es Jaime?”. Estuve a punto de responderle: “Eso quisiera saber yo”, que era lo que el cuerpo me pedía. Pero fui disciplinado y me limité a levantar la mano. Mientras cogía mi cama para el traslado, me despedí de mi santa parafraseando la súplica pronunciada, hace demasiados años, por mi amigo Alejandro Pachón en similares circunstancias, y que sigue viva en nuestro acervo común: “Cuida de nuestros hijos, Nini”, le dije con un hilo de voz. Y sin solución de continuidad, el celador cogió ímpetu y nos llevó a mi cama y a mí por aquellos pasillos con una pericia y una velocidad que ni Fangio en su apogeo. Viendo pasar luces por encima de mí, me pareció estar montado en algún cacharrito de las ferias de mi niñez. Tan es así, que, presa de mi ensueño, a punto estuve de pedirle que me diera otra vueltita. Y al fin entré en quirófano, imbuido aún de efectos vertiginosos. Quienes allí estaban (cirujano, anestesista, ayudantes...) me saludaron, me preguntaron, me distrajeron mientras, tras ponerme en posición de Cristo crucificado, colocaban en mi nariz las olivas del oxígeno y me chutaban la sedación. Algún pinchazo de la anestesia local noté pero, a partir de un cierto momento, apenas nada. Les oía hablar, sabía que me estaban enredando por ahí abajo, notaba movimientos de tripas, algún dolor momentáneo, pero ninguna sensación de angustia, ningún tipo de aprensión. Sentía que mi cuerpo no era mío. Un soy sin ser apacible, casi gozoso. En esa ausencia de mí, me preguntaban y yo quizá respondí, o acaso lo hizo un Jaime extrañado del que revoloteaba aturdido entre los focos del techo, como luciérnaga incierta. Al cabo de ¿45 minutos?, de vuelta a boxes. Con Fangio y con el colocón. Recuperación del chute, paseos vacilantes, meada, instrucciones a seguir y a las cinco y media de la tarde, en casa otra vez. Vaya... como experiencia medianamente astral, me sobra y me basta. No necesito más, porque, como dice el proverbio, “hasta con requesones puede ahogarse a un convidado”.

El lunes pasado me quitaron los puntos. Y ahí sí que vi la mayoría de las estrellas de la Vía Láctea con lluvia de Perseidas incluida. A pesar de mi ignorancia en estas cuestiones, me lo maliciaba apreciando a diario en el espejo la evolución de la sajadura. Me temo que quienquiera que suturara la mayor parte de la misma, sin duda más por inexperiencia que por espíritu creativo, en vez de un cosido lo que hizo fue una labor de primoroso bordado de bigudí en cadeneta y dobladillo de realce, con hilo tan fino y tan apretado que al tiempo que la herida iba cicatrizando, enterraba los puntos bajo la carne. De modo que, para quitarlos, fue necesario tirar de los minúsculos trozos de hebra (‘gañotes’) que asomaban, para que aflorara el nudo y poder cortar.  La enfermera de mi Centro de Salud, el del Centro, sufría a mi compás, desesperada e impotente. Bueno está, ya pasó. Y no me importa haber sido conejillo de indias de un costurero en prácticas. Lo que espero es que, en lo sucesivo, el sastre, al menos le indique al novicio cómo deben hacerse los zurcidos. Y lo vigile mientras zurce. Mayormente, para evitar que su víctima tenga que acordarse de sus muelas una por una y punto a punto. Como yo hice aquella mañana. 


Como digo, espero que una y no más. Pero si la vida me obliga a tener que pasar por otra, ojalá que sea allí, en la CMA. No solo porque significará que el problema necesita una cirugía menos peliaguda, sino porque sabré que, exceptuando al zurcidor que suturó mi herida, estoy en manos de unos buenos profesionales, y, por encima de todo, de un personal de enfermería, (y de peluquería, claro), con una capacidad empática más que suficiente para hacer que el mal trago no sea tan desamparado. Y eso no tiene precio.