domingo, 22 de septiembre de 2019

LA MÚSICA Y LA VIDA


Quienes hayan leído mis artículos y aquellos que, sin leerlos, me conozcan un algo, se habrán dado cuenta de que la música, sin calificativos que la encasillen, me ha acompañado siempre. Porque anda en mi corazón como una intrusa benéfica, adorable, que me protege generosa y desinteresada, sumisa, convencida. Ella me ha librado siempre de mí mismo diciéndome quién era, incluso cuando esa introspección no me gustaba o dejaba a la intemperie la mentira escondida de mis sueños. En su entrega ignorante y bienintencionada he encontrado consuelo a mis ausencias, refugio entre mis lágrimas y la sensación agridulce de saberme y, a veces, maldecirme. Y el camino indeciso del alma emocionada, esa morada utópica donde habitan proyectos, triunfos y fracasos. La música, en mis pasos, siempre ha sido esa amiga generosa y solícita que venía a socorrerme sin siquiera saberlo y me ha enseñado a conocer quién soy cuando estoy solo siendo sólo yo. Ella esperaba ahí, inconsciente y ausente en el silencio, mi vuelta para darme lo que en ese momento mi egoísmo buscaba entre sus notas. A veces, simplemente, compañía. Y otras veces latido, o emoción, o consuelo, o placer... O silencio, que también puede ser si entiendes los resquicios callados de su espalda y su sino entregado al que es el tuyo.

           
Quienes hayan leído mis artículos y aquellos que, sin leerlos, me conozcan un algo, sabrán que desde el pasado día 4 de julio soy abuelo. Cuando miro a mi nieta, mi cabeza es una sinrazón de melodías que quisiera cantarle, aun dormida, para que se acostumbre a encontrar en la música el refugio inconsútil que le sirva para cuando la vida venga, sin saberlo y sin quererlo ella, de una manera absurda, o incómoda o, tal vez, dolorosa. Para que aprenda a refugiarse en la emoción y el apoyo que ella facilita. Y es que cuando era niño en esa casa inmensa y recogida en la que yo vivía con mi imaginación descontrolada y, sí, bastante necia en ocasiones, la música era un lugar común que nos unía hasta ser todos uno. Y a veces, nueve hermanos, escuchábamos discos como aquellos que se agruparan alrededor de una chimenea buscando su calor. Y cantábamos al compás del tocadiscos sin importarnos nada que no fuera la música y la cercanía. Y el cariño sutil que el disco de vinilo, maltratado y quejoso, nos mandaba, era el olvido de rencores niños y hacía pasajeros los enfados. La música, en mi niñez y en la de mis hijos después, ha sido una manera de estar unidos en el silencio de nuestros corazones, de sentirnos viviendo una misma emoción incontrolada, ajena y nuestra; la sensación de vivir un sentimiento común, distinto, igual y diferente. De sentir en las manos el alma de un cariño inexplicable y cierto. Y de querernos más.

            Mi casa, el hogar de ese entonces, estaba hecha de música. Y cada habitación disfrutaba de una banda sonora independiente que cambiaba según quién la ocupara. No encuentro en las rendijas que los años han abierto en mis venas y en  la piel de mis pasos, ni entre todas las ausencias de un entonces que vuelve y me nubla los ojos, la capacidad de agradecer lo suficiente, a los que están y a los que ya se fueron, la generosidad de haberme hecho su esclavo. Esclavo y sin embargo, libre, con la libertad que ahora mismo, tan dócil y entregado, me da la capacidad de volver a ella para que me auxilie cuando no hay nada ni nadie que pueda hacerlo. Con el convencimiento de que es el amparo en el que encuentro la compañía que sólo ella puede darme. Con la seguridad de saber que siempre estará ahí  para acunar mis sueños, para consolar mis angustias, para recibir mis lágrimas y alegrarse con mis alegrías. Y porque reconozco su paciencia y sé que ella siempre aguarda generosa, callada hasta el encuentro, a que yo vuelva a necesitar de su entrega y de su compañía. La música es como un perro fiel  entregada a un dueño engreído que, sin embargo, es tan solo prisionero de su fidelidad.

           
Escribo este artículo mientras, auriculares de por medio, escucho una selección de canciones que guardo en el ordenador. Y, ahora, ha empezado a sonar una titulada Milonga del cantor, con letra de José Alberto Santiago y música de Carlos Montero. Cantada por este último está incluida en el disco de vinilo de larga duración editado por Movieplay en el año 1973, De las raíces, que atesoro como oro en paño: Por no morirme de solo / yo me abrazo a la guitarra, / uno canta lo que duele / y el dolor nunca se acaba. /  Quién podría con la vida / si alguna vez no cantara.  Y ha sido así que, interrumpiendo  la escritura, la he cantado a dúo y a su compás como un poseso... con 46 años menos y una guitarra quimérica en mis brazos. Y es que a veces la magia de la música es capaz de hechizarnos hasta hacer que vivamos, como una realidad, los imposibles.  

domingo, 15 de septiembre de 2019

POR ESPAÑA... Y UN JAMÓN CON CHORRERAS


Escribo este artículo inmerso en el posoperatorio de la hernioplastia a la que fui sometido, el pasado día 5, en el Servicio de Cirugía Mayor Ambulatoria del Hospital Perpetuo Socorro. Y qué quieren que les diga, ya estoy hasta los nísperos de que cada vez que toso o estornudo bien sea por el«fumeque, bien por mi alergia a la exuberancia empachosa de pólenes y esporas, sienta un escozor lacerante y terco en mi zona inguinal izquierda, escenario de la intervención quirúrgica, que en ocasiones está a un tris de sacarme de mis cabales o de que mi presencia de ánimo salte por los aires. Y dado que no tengo el cinismo enfermizo que exhibe la mayoría de nuestra clase política, no piensen que traigo a colación esta incómoda vivencia médica como muestra de una abnegación y un sacrificio estajanovista encomiables, porque no hay tal. Lo hago simplemente para que la tengan en cuenta si esta cita sabatina resulta hoy más acre o despendolada de lo necesario. Aunque bien es verdad que si saliera un tanto furibunda, los dolores de la hernia domeñada poco tendrían que ver con mi cabreo porque, comparados con el tiempo esperpéntico que llevamos de Gobierno en funciones, son cagadas de mosca al lado de las mojonadas con las que nos han obsequiado Sánchez y los suyos y, al rebufo, sus contrarios, sus enemigos, sus monaguillos, sus turiferarios... Y, por supuesto, su Jefe de Gabinete que, agazapado en las oscuridades monclovitas, es quien dirige el cotarro escatológico de la inanidad presidencial.

Este verano ha sido, sin duda, el paradigma más evidente de la incapacidad de nuestros políticos de campanillas (o de cencerros, según se mire) para salir de una situación de provisionalidad con un presidente en funciones que, transmutado en un trasunto de Niceto Alcalá Zamora («quien me la hace, me la paga»), ha humillado sin escrúpulos al líder de Podemos que, de manera indigna, ha recibido desplantes y desprecios con una docilidad vergonzosa, arrastrándose hasta el extremo de proponer una «coalición de prueba», algo así como un contrato temporal en prácticas que podría hacerse indefinido. Lo cual, un gobierno con ministros becarios en tenguerengue pendientes de que el jefe de departamento los apruebe.  Y del otro lado, un PP (al que cada día le salen más mangantes) que pretende llevar a buen puerto la aberración aritmética que supone hacer suma de la división; un Cs zigzagueante y veleidoso incapaz de definir si debe estar en posición genuflexa o decúbito prono, supino o lateral. Y, por fin, un Vox que sigue su camino marcha atrás, prietas la filas, por el Imperio hacia dios. Y todos ellos, claro, los unos y los otros, haciendo una cosa y su contraria al tiempo que recalcan que todo este trajín de tahúres que se traen, toda esta sinrazón megalómana y sucia que exhiben, es un sacrificio necesario que aceptan «por el bien de España». Y un jamón con chorreras también. Y los comparsas de este sainete trágico, digo, PNV, EH Bildu,  GBai, el partido cántabro del histrión de las anchoas y otros especímenes de igual o similar calaña, a lo suyo, o sea, aprovechándose de las ansias desmedidas de entronización del iluminado Sánchez y sacándole hasta la hijuela y el tuétano de los huesos. Me los imagino alborozados diciendo lo que decía aquella tunanta a la que, en un supermercado, sorprendieron llevándose de extranjis un queso oculto en un tambor de detergente: «¡Olé mi chocho que me ha ‘tocao’ un queso!». Y  mientras, el egregio en funciones justificando esta claudicación desvergonzada por su búsqueda altruista del «bienestar de la gente de este país». Pues hala, otro jamón con chorreras para ti, con dos huevos duros de propina, bonito de cara.
En fin, por si no lo tuviera suficientemente claro, el espectáculo que estos políticos nos han dado desde el mes de abril para acá no ha hecho más que reafirmarme en mi convicción de que, desde la Transición hasta ahora, nuestra clase política no ha hecho otra cosa que retroceder en cuanto a cultura, formación, convicciones y honradez personal e ideológica de sus capitostes se refiere. Comparar a Felipe González y Alfonso Guerra con Pedro Sánchez y Carmen Calvo; a Santiago Carrillo con Pablo Iglesias o el Garzón; a Manuel Fraga con Casado o a Adolfo Suárez con Albert Rivera   ( no incluyo a Blas Piñar ni a Abascal porque estoy hablando de aparentes demócratas ) es un ejercicio deprimente. Aquellos sí que pusieron a «España y el bienestar de la gente de este país» por encima de sus ambiciones personales. Y por eso fue posible el milagro. Con la panda de chisgarabís zopencos y arribistas que intenta mangonearnos ahora y que, por encima de cualquier otra consideración, piensa de entrada en su propio interés y en su bicoca, estoy seguro de que aún andaríamos transicionando. ¡Anda que no, primo!




domingo, 8 de septiembre de 2019

VOLVER A ESA TERNURA


En el año 1962, Violeta Parra compuso una canción que tituló Volver a los 17. En ella nos hablaba, con esa su voz limpia y bondadosa, de la emoción que le suponía el hecho de hacer regresar su corazón a la pureza y al sentimiento de quien empieza a enfrentarse a la vida. Una reivindicación de la sensibilidad como principal argumento para sortear sus acechos imponderables. Una vuelta a la sencillez del amor como defensa ante los avatares del camino. No sé si esa fue su intención cuando la escribió (quién puede ser tan osado como para entrar en la intención poética de cada cual) pero sí digo que, a mí, desde que la escuché por primera vez, me produjo el escalofrío de que era un canto a la ilusión de la vuelta al candor, a un intento de engañar a la vida y a los años recuperando entre las manos el tiempo de la pureza y la entrega desinteresadas.

Cuando nació mi nieta, el pasado día 4 de julio, al verla recién salida del paritorio y sentir que sus ojos abiertos me miraban, me acordé de esta canción. Y sentí que mi corazón volvía, al compás de sus notas y los ojos velados de la niña que miraban sin ver y sin saber, a ese lugar que debería ser siempre. Al refugio intangible de los sueños. A ese cobijo del que nunca debí huir y en el que vive ingenua la esperanza a pesar de los años. A pesar de la vida. A pesar de la muerte, del dolor, de la pérdida. Ella, recién nacida, con su presencia nueva e inconsciente, fue la conjunción perfecta de la vida y vivir. Ausente y en su mundo, limpio, desconocido, ajeno, exacto, encajó al fin la pieza de ese rompecabezas persistente que le faltaba al mío. Renovó mi ternura y regresé al encanto, a la quimera de ver crecer la vida en un momento en que empezaba a sentir la mía como una cuenta atrás. Y sentí que mis hijos eran bebés de nuevo al compás del latido impetuoso de su pequeño corazón neófito. Y recobré mis sueños y mis ansias de engañar a los años y al silencio. Me da la sensación de haber sido abducido y llevado en volandas a ese mundo imposible que se esconde en sus ojos. Y en su risa. Y en sus manos inquietas. Y en su ser porque sí, porque ha nacido, y está viva y le grita al osito de peluche que vuela por encima de su cuna y nunca le contesta. Y se cabrea con él por ignorarla. Sintiéndola tan frágil a pesar de su genio, tan indefensa, tan instintiva, he desandado un buen trecho de mi vida hasta regresar a esa ternura de descubrir, en el brillo nuboso de sus ojos claros recién amanecidos, la luz más limpia, la más cierta y más incuestionable. Y el amor más intenso y desinteresado revolotea en su cuna cuando duerme y me ensimismo en ella.

El otro día, estando con ella en una terraza de Badajoz, sentado junto a una mesa cercana observé a un señor, entrado en años como yo, con un cochecito de bebé. Estuvo más de diez minutos mirando su interior en una especie de éxtasis silencioso y estático. La única muestra de actividad que interrumpía su estado extático era una sonrisa beatífica y agradecida que iluminaba su cara de vez en cuando. Le verdad es que me sentí reflejado en su emoción aunque yo, culo de mal asiento, prefiera pasear empujando el cochecito. Y esté o no dormida mi nieta, adaptando la súplica del viejo tango a las circunstancias, «le canto como antes, despacito, despacito, mi canción una vez más». En mi caso una canción que no es una, son tres como tres son mis hijos: Canción y huayno, de Mercedes Sosa, es de Andrea; Pajarillo, pajarillo, de Los Cantores del Alba, de Ángela; y No te mires en el río de doña Concha Piquer, de Jaime. Algo así como el misterio de la Santísima Trinidad pero sin ningún misterio ni dogma de por medio y en plan abuelo chocho canturreando con cara de tonto.

Mi amigo y maestro Tomás Martín Tamayo “Masito”, veterano en el disfrute de la abuelidad y, por ello, víctima hasta el 4 de julio de mi envidia callada, me avisaba repetidamente, antes de que yo abuelizara, de que las sensaciones y la emoción de entrar en esa nueva etapa de la vida no se podían describir: «Ya verás, Jaime, ya verás, ser abuelo es... otra cosa, es...». Y a partir de ahí, abrumado por el sentimiento, se limitaba a resoplar, con sonrisa exultante de bienaventurado, sin decir nada más. En fin, que la hija de mi hija Ángela se llama Carla pero yo, en homenaje a mi amigo y cofrade y como agradecimiento a sus intentos de darme un cursillo acelerado de abuelengo, no la llamo Carla, la llamo siempre Masita. Que para eso soy su abuelo. Y los abuelos llaman a sus nietos como mejor les parece, primo.

domingo, 23 de junio de 2019

EL RECLUTA OBNUBILADO


En el campamento de Viator,  primer batallón, segunda compañía, donde me tocó iniciar el Servicio Militar allá por el año 1977, coincidí con un chaval vasco de voz ronca, alto, enjuto, buena persona, reservado y triste. No sé si la acarreaba ya desde la vida civil o la adquirió allí como rápida forma de evasión, pero el caso es que tenía la costumbre de empezar el día trasegándose un litro de cerveza con coñac. Mientras los demás andábamos ocupados en deslegañarnos, él, recostado en el quicio de la puerta de los aseos como la manceba de la copla en el de la mancebía, abría la litrona que descubrí ocultaba en las cisternillas de los váteres, le daba un largo chupetón de cuarto de litro, sacaba de la faltriquera una petaca plateada y, con pericia de alquimista, llenaba el hueco de la botella hasta el gollete con brandy para, de inmediato, en apenas un suspiro, vaciarla casi sin respirar. «Si así empieza la alborada, cómo acabará la noche», que decía aquél. La verdad es que no lo vi acorde en los tres meses que duró aquella encerrona. Andaba de la gimnasia a la instrucción y de la diana a la retreta obnubilado (jamás tambaleante),  en un estado de delirio constante que, sin embargo, no le impedía cumplir con las monsergas de un entrenamiento que tampoco era el de los boinas verdes aunque, claro, en algún momento, y a pesar de la poca exigencia militar que se nos demandaba, esa situación de alelamiento perenne podía producir consecuencias indeseables para él o sus circundantes. Recuerdo una de ellas que sucedió cuando nos entrenaban para lanzar granadas o bombas de mano o como quiera que se llame el invento.



Antes de poner en manos tan inexpertas y dispares un artefacto letal de esa categoría, nos instruyeron sobre la forma correcta de arrojarlas para causar, como es natural, el mayor daño posible al enemigo quimérico que teníamos enfrente. Ensayábamos pues con una barra de metal hueca, de unos veinte centímetros de longitud, que había sido rellenada con un aglomerado de cemento o algo así. No llevaba ningún mecanismo explosivo pero, como pudimos comprobar, no le hacía falta para ser potencialmente mortífera. El encargado de dirigir el adiestramiento era un alférez de complemento bonachón, regordete, metro sesenta, ojos saltones y cráneo alopécico redondeado que, a pesar de tener las mismas ansias castrenses que un jilguero, se esforzaba en que siguiéramos las indicaciones del manual sobre la forma idónea de realizar el ejercicio bélico. La cosa venía a tener una estética mezcla de ballet Zoom y lanzamiento de jabalina, que a mí me recordaba a los maravillosos dibujos de Boixcar en aquellos memorables tebeos de Hazañas Bélicas de la infancia: Los diestros, como yo, debíamos situarnos de perfil para ofrecer menos blanco («de canto, de canto, ‘pa’ que no hagas blanco”, que le decía Cantinflas al malvado Frank») mostrando nuestro costado izquierdo al enemigo, con la pierna de ese lado flexionada en su dirección y ese brazo extendido hacia él; al tiempo, la derecha debía permanecer recta, formando un ángulo de 45 grados con el terreno y con el brazo de ese lado también extendido y portando el artilugio, para iniciar un pequeño balanceo que diera impulso al lanzamiento del mismo que, de esa forma, alcanzaría una trayectoria parabólica hasta caer en la trinchera rival atiborrada de soldados hostiles que irían a parar directamente al mismísimo infierno. Mientras tanto el alférez, a nuestra espalda, iba corrigiendo posturas que rompieran la estética medida del asunto. La repanocha, vamos.

Todo transcurría sin incidentes mayores hasta que le tocó el turno a nuestro guripa que, a esa hora, ya pasado el mediodía, había recebado convenientemente su dosis inicial de lenitivo. Y, en catastrófica conjunción, los designios de un hado siempre caprichoso e imprevisible quisieron que el susodicho fuera zurdo. Como es fácil de entender, todo lo anterior referente a la parafernalia postural debe invertirse, la derecha se torna en izquierda y el reverso en anverso, de modo que nuestro alférez, un metro sesenta, se encontró, de buenas a primeras, frente a un metro ochenta de recluta alucinado que ya portaba en su mano izquierda el zurullo metálico. No tuvo tiempo o no creyó necesario rectificar su posición y situarse a la espalda del lanzador. Y esa fue su perdición. Porque el muchacho, que a pesar de algún titubeo había realizado satisfactoriamente los balanceos previos, a la hora de arrojar la carga no lo hizo sino que, antes al contrario, la mantuvo asida fuertemente a modo de cachiporra al tiempo que, de manera inconcebible, cambió la trayectoria de su brazo que en vez de ascender trazó, girando sobre sí mismo a una velocidad inusitada,  una línea curva paralela al suelo de manera que barría todo lo que se encontrara a su derecha y a determinada altura. Dada la diferencia de estatura entre él y el oficial al mando, el resultado del suceso no pudo ser más aciago para éste porque, sin posibilidad de esquivarlo y ayudada la acometida por la fuerza de la inercia, recibió el infeliz en su cabeza impacto tan contundente y violento que mandó su gorra a por uvas y a él le hizo desplomarse como un rano de forma instantánea, descalabrado, inconsciente y sangrando abundantemente por una brecha que le recorría el occipucio. El cachiporrazo dejó a la altura del betún el propinado por el intrépido Pedrín al chino marrullero, con eso está todo dicho sobre su ejecutoria, mientras el autor de la masacre seguía en su pasmo inducido, inexpresivo, con la mandíbula laxa y unos ojos desorbitados que miraban ora a la barra, ora al alférez, intentando comprender qué es lo que había pasado y si acaso hubiera podido ser él el causante del daño. La víctima fue evacuada, recuperado ya el oremus entre ayes lastimeros, en una especie de ambulancia digna de un museo etnográfico y no volvimos a verle (no sé si por razones de convalecencia o por instinto de conservación) hasta el día de la Jura, a la que llegó luciendo una aparatosa cicatriz, muda evidencia del desdichado suceso del que fuimos testigos. Contra el causante del daño no se tomó ningún tipo de providencia disciplinaria, gracias, según conocimos por radio Macuto, a la vehemente mediación del aporreado. Eso sí, cuando llegó el día de realizar el malhadado ejercicio con explosivo real, el recluta obnubilado fue eximido de hacerlo. No tengo dudas de que esa prudente medida ha sido condición sine qua non para que, entre otras muchas cosas, yo haya podido escribir este artículo.



domingo, 16 de junio de 2019

'EL VIRGINIANO' Y EL OPUS DEI


Tenía yo 12 años. El curso en el Instituto Zurbarán acababa de empezar y recién llegado a él desde los Maristas debía de andar un poco despistado. O eso les pareció a mis padres porque me apuntaron a un curso de técnicas de estudio organizado por una institución o algo así llamada, creo recordar, Chalet Puente Nuevo. Los asistentes éramos todos estudiantes de bachillerato de edades que iban desde mis 12 años (era uno de los benjamines del grupo) hasta los 16. En la primera charla que recibimos nos entregaron una carpeta que contenía una libreta de papel cuadriculado, un bolígrafo Bic de cuatro colores -azul, negro, rojo y verde- y un pequeño expediente en el que nos daban cuenta de en qué consistía el curso, qué íbamos a aprender en él y del calendario y horario del mismo: lunes, miércoles y viernes de un trimestre, de 18 a 20 horas. Ese primer día, oída la citada charla de bienvenida y tras habernos presentado uno a uno diciendo cada cual nuestro nombre y apellidos, edad, curso en el que estábamos y centro de enseñanza al que acudíamos, nos hicieron la primera prueba para evaluar nuestro nivel.

Eso fue lo que nos comunicó el caballerete que dijo ser nuestro profesor, aunque a mí no me cuadró el tinglado. Porque entre preguntas que sin duda se ajustaban a esa evaluación había otras que entraban de lleno en el terreno personal: creencias religiosas, cumplimiento de los preceptos católicos, presencia de Dios en nuestra vida y nuestros actos, relación con nuestra familia y amigos, aficiones, carácter...  Y esto, además, no hizo sino confirmarme que mi primer mosqueo no iba desencaminado cuando, al entrar en la sala donde nos reunieron, vi que la presidía la foto de un cura de cara mofletuda que no sabía quién coño era pero me inquietaba lo que podría significar su presencia allí. Si mi hermana Pía cuando, a los pocos días de empezar en el colegio del Santo Ángel cuyo uniforme se remataba con un collarín de plástico duro, le preguntaron qué tal le iba en el colegio contestó irritada: «Estoy harta de jaculatorias y de cuello duro», es fácil imaginar cómo estaba yo, después de 6 años en los Maristas viendo la foto del entonces beato Marcelino Champagnat multiplicada en aulas, pasillos y escaleras, de ese tipo de iconografía melosa y cursi. Pues sí, hasta las mismas narices de la entrepierna, primo.

Y terminé de escamarme cuando, al finalizar esta primera sesión, fuimos informados de que, cada uno de los recién llegados tendría un compañero-guía, ya veterano, para ‘orientarnos en las dudas de cualquier tipo’ que nos pudieran surgir. Tampoco me cuadró. Porque si se trataba de cursos trimestrales que renovaban su alumnado en cada nueva convocatoria, ¿cómo podría haber ‘alumnos veteranos’? Y si acaso los asignados fueran zopencos que hubieran tenido que repetirlo por su incapacidad de aprovechamiento, ¿cómo podrían resolver nuestras dudas desde su constatada ignorancia? Sea como fuere, a mí me asignaron como lazarillo a un muchacho de 15 o 16 años, del que no recuerdo el nombre, simpático, voluntarioso y parlanchín. Llegó el primer viernes, nos hicieron la preceptiva prueba de control y mi cicerone se despidió con un ‘hasta mañana’ que yo creí puro formulismo. Al día siguiente comprobé lo equivocado que estaba.

Hacía ya un rato que me había plantado frente al televisor Zenith para ver un nuevo episodio de El virginiano (James Drury), una serie del Oeste que los sábados, a las 4 de la tarde, me hacía disfrutar con las aventuras de su protagonista, del que nunca supimos su nombre real y, entre otros, de Trampas (Doug McClure) y el juez Garth (Lee J. Cobb), todos del rancho Shiloh cerca del pueblo de Medicine Bow cuando, sin haber finalizado siquiera la presentación del capítulo del día, sonó el timbre de casa. Uno de mis hermanos, que había abierto, me trajo la fatal noticia: «Jaime, es un amigo tuyo». Salí al pasillo y sí, en él me esperaba el susodicho, sonriente y empeñado en hablar conmigo. Quise convencerle de que viéramos al ‘virgi’ antes y después hablábamos de lo que él quisiera. Fue imposible. De modo que me resigné y enfilamos el largo pasillo que nos llevaba hasta mi habitación. Y ahí, sin preámbulo anestésico alguno, me largó una perorata martirizante sobre la religión, Dios, el pecado, Cristo bendito... y el Opus Dei. Un coñazo bíblico que solo pausaba para asediarme a preguntas sobre mi vida, mis creencias y mis prácticas religiosas. Viendo que yo rehuía contestarlas, comenzó a formularlas de manera que sólo tuviera que hacerlo con monosílabos o evasivas como ‘no siempre’, ‘quizá’ o ‘no me acuerdo’. Y a medida que lo hacía, sentía que en mi interior las ideas agnósticas que apenas habían hecho aparición se asentaban cobrando carta de naturaleza.  

El individuo me duró un sábado más porque al tercero (todos consecutivos, claro) le azucé a una perra que teníamos, Koliesko, más escandalosa que fiera, y salió pitando escaleras abajo como alma que lleva el diablo. No volví a verlo ni a sufrirlo nunca jamás porque de rebote, y una vez expuesta mi angustiosa situación a la superioridad paternal, fui eximido de volver a aquel chalet maldito y a sus pejigueras. ¡El virginiano había vuelto a ganar!