sábado, 23 de julio de 2016

23 AÑOS SIN JESÚS DELGADO VALHONDO




QUINCE

Me pongo en el breviario
escrito y acostado.
Mi vida ocupa el sitio
de pájaro enjaulado.
El viento sueña lejos,
escucho lo olvidado
que no entiendo, es beso
que se quedó sin labios.
Un nadie siempre es alguien
oscuramente raro.
Sin darme cuenta huyo
de no sé qué, de algo.
Palabras del espejo
reflejaban fracaso
de vida y flor desnuda
de un tal Jesús Delgado.


                             (De su libro póstumo, Huir)

martes, 19 de julio de 2016

MIENTRAS ESPERABA

Donde quiera que vayas
iré detrás de ti.

Desde que te conozco
seguirte
                es lo que he sido.
No sé hacer otra cosa.

Incluso cuando tú
me imaginabas lejos,
perdido, indiferente,
besaba yo tus pasos
y olía los recovecos
de mi ausencia sin ti.

Qué hacer, amor,
entonces,
si de pronto te alejas
                                    irremisiblemente,
sino buscar sumiso
tus caricias
como si fuera un perro
enamorado.

Y si te encuentro plácida,
dormida como un pájaro
que sueña,
entregado a tu sueño                                      
me acostaré a tus pies.

Para esperar callado,
contigo,
a que despiertes.

sábado, 2 de julio de 2016

COLETAZOS ELECTORALES

El gallo de Morón. (Me recuerda a alguien...)
Austria acaba de invalidar el resultado de sus últimas elecciones presidenciales, que ganó el ecologista Van der Bellen por poco más de 36.000 votos al candidato del Partido de la Libertad de Austria, una formación ultranacionalista, antiinmigración, xenófoba y euroescéptica. El Tribunal Constitucional de aquel país aceptó el recurso presentado por el perdedor, en el que se esgrimían irregularidades en el recuento de votos, y le ha dado la razón. Con lo que el próximo otoño, habrán de repetirlas. Sin entrar en detalles, es evidente que es un claro ejemplo de cómo debe funcionar un Estado de Derecho digno de tal nombre. Denuncia del posible fraude ante los tribunales que correspondan , sentencia y ejecución de la misma.

Frente a eso, leo estos días en la prensa nacional el relato escrito por Christian Avilés, presidente de una mesa electoral en Barcelona el pasado 26 de junio, de su experiencia en el cargo. En su desahogo -“lo siento, es largo, pero si no lo digo reviento”-, publicado en las redes, denuncia algunas de las múltiples irregularidades -“a parte (sic) de varias que no detallaré para no alargarme”- de las que dice que fue testigo a la hora de recontar los votos emitidos en la mesa que él presidía. Y ahí habla de los votos por correo y su falta de custodia, del descuadre en el recuento y el cuadre a chaquetazos, de la facilidad del mangoneo en los pequeños pueblos de la España profunda, de la ignorancia supina   -“especialmente de la gente mayor”- del  voto al Senado, de la aberración que supone destruir los votos sin adjuntarlos a las correspondientes actas, de la facilidad para alterar los resultados… y de la intervención del apoderado del PP -“luego se ha unido a la fiesta el Apoderado (sic) del PP”- ante sus denuncias. Y termina su alegato, diciendo: “Vamos, que supongo que ahora entenderéis mejor porqué (sic) gana las elecciones un partido corrupto y porqué (sic) no quieren hacer que el voto sea electrónico”.

Sin entrar en consideraciones sintácticas u ortográficas, que serían suficientes para obviar la perorata encendida  de este presidente eventual y aconsejarle que lea más, esta última frase es lo suficientemente expresiva, ideológica y políticamente hablando, como para no hacerle ni puñetero caso, porque no es que se le vea el plumero, es que lo enarbola con un descaro que llega a la arrogancia. A mayor abundamiento cuando sabemos, según propia confesión, que después de este cúmulo de irregularidades, trapicheos, bullas y protestas, el tipo cogió su moto y llevó al juzgado esas actas tramposas y espurias no para presentar una demanda por delito electoral contra quien o quienes correspondiera, sino para legitimarlas con su firma al pie, cometiendo así la cretinez de ser cómplice de aquello que denuncia. Y, por si eso fuera poco, dando fe pública de ello, porque resulta que su testimonio, (y me encabrona utilizar esta frase que odio especialmente), se ha hecho viral en las redes. Vamos, primo, que esto se lo cuentas a Abundio y se escacharra de la risa viendo como este portento se autoinculpa.

Al hilo de lo anterior, estas elecciones, además de descubrir a personajes de la lucidez de Christian, han permitido desenmascarar el verdadero talante de aquellos que pretendían asaltar el cielo y se  han tenido que conformar con dar un saltito al aire para quedarse donde estaban. Anda ahora el cariacontecido líder buscando las razones de su descalabro, y no acaba de aclararse. Ni sus monaguillos tampoco. De manera que han optado por preguntar a los suyos por qué ha pasado lo que ha pasado, por qué se han quedado como el gallo de Morón. Es una idea, cuando menos curiosa, preguntar a quienes te votaron el porqué no lo hicieron los que votaron a otros. Pero no debería andar con elucubraciones, que como siga así se le va a poner mustia la coleta. Y es que con lo listo que parecía, al final va a resultar ser un zopenco de tomo y lomo. Que no busque más porque él solito ha tenido la culpa. Él, su soberbia y su bisoñez política. Porque, vamos a ver: ¿Cómo se le ocurrió a esta alma de cántaro propagar a los cuatro vientos su adoración por Zapatero? ¿Cómo confesó
públicamente, sin el menor pudor, que mantenía fluida relación con semejante suricato? ¿Cómo, incluso, reconoció que sus consejos le eran de gran ayuda? Pues ahí tiene los resultados de tamaña insensatez y dolorosa constancia del poder destructor del jettatore leonés. Y ahora, este verano, a rumiar desconsuelos contando nubes con él, pardillo.


Y mientras él rumia, yo descanso. Porque mi maestro Tomás Martín Tamayo lo hace también. ¿Y qué pinta un alumno sin maestro, digo yo? Pues eso, hasta el 3 de setiembre. A ver si para entonces ya tenemos gobierno en firme al que poder criticar como se merezca, joé.

sábado, 25 de junio de 2016

REFLEXIÓN Y BOLLOS DE LECHE

Parece que hoy toca reflexionar. Da igual que llevemos 6 meses largos, interminables, insufribles, aguantando tabarras, quiebros, escándalos, mentiras, chorradas, chistes sin gracia y culebreos. Hoy debemos reflexionar para que, mañana domingo, participemos todos gozosos en la gran fiesta de la democracia, frase cursi e indigesta que me resulta tan odiosa y atragantante como aquella de la serpiente multicolor ciclista. Y digo yo, ¿cómo coño vamos a poder hacerlo si no nos han dejado hueco en la cabeza en el que quepa un ápice de discernimiento, si durante 6 largos meses vergonzosos, cansinos, agotadores, nos han dejado el cerebro hecho fosfatina a base de embaucos y ocurrencias? Habría que ver la manera de cambiar el nombre a este día, y llamarlo, qué sé yo, jornada de descanso, de relajo, de catarsis, de desintoxicación, de higiene cerebral, de “¡dejadme ya en paz, hombre, por lo que más queráis!”. A eso es a lo que deberíamos dedicarlo. Aunque lo veo difícil porque aquí se coge una rutina y, por absurda que sea, se mantiene por encima de la campana -¿o es campaña?- gorda. Estoy por creer que todo este entramado maquiavélico, (nunca mejor traído el personaje), está perfectamente estudiado y programado para alelarnos día tras día, como una gota malaya que minara nuestras entendederas de tal manera que cuando acudamos a las urnas, lo hagamos medio modorros, como borregos sonámbulos y con nuestra capacidad de raciocinio bajo mínimos. Eso podría explicar los resultados sorprendentes e incluso estrafalarios con los que a veces nos encontramos.

Reflexionar, según el DRAE, es “pensar atenta y detenidamente sobre algo”. Pero  retorciendo su construcción, aun a riesgo de ser excomulgado por la comunidad de sabios lingüistas, podría ser considerada como palabra derivada, formada por el prefijo ‘re-‘, que indica ‘repetición’, y el verbo ‘flexionar’, que significa ‘hacer flexiones’. Y me temo que, en sus delirios obsesivos por llevarnos cada cual a su huerto agostado, estos payos se han apuntado a esta acepción espuria de la palabra, transformando por arte de birlibirloque la ‘reflexión’ en ‘re-flexión’ hasta lograr que este sábado, que debería de ser un día de asepsia en el que poder expurgar nuestros cuerpos de tanta miasma alienadora, agachemos aún más la cerviz y, doblegados hasta el embotamiento, mañana vayamos sumisos, destartalados y calamocheando, camino de las urnas. En fin, es solo una teoría, acaso disparatada, posiblemente producto de mi agotamiento intelectual o, quizá, de mi propia idiosincrasia, que diría el otro.

Lo que sí tengo claro, y esa es buena, es que todavía no sé qué voy a hacer mañana. Porque unas veces pienso que votar sería transformarme en cómplice activo de todos los manejos e imposturas que los candidatos exhiben día sí, día también; y otras, que no hacerlo sería reconocerme derrotado por su estrategia y presa de un desencanto al que tampoco estoy dispuesto que me lleven. En cualquier caso creo que no tengo escapatoria y que me arrepentiré de haber tomado una decisión u otra, sea saliendo por la puerta del colegio electoral, sea a las 20 horas y un minuto de mañana por no haber ido. Y esto lo digo con conocimiento de causa porque en estos días, cuando ya me había decidido por una de las dos, me bastaba ver el careto y escuchar  la salmodia de cualquiera de los protagonistas o secundarios de esta gran farsa para que, ipso facto, optara por la contraria. Así que ya me dirán si tengo o no razón. Lo que sí tengo claro es a quienes no voy a votar. A unos porque los conozco y sé de lo que son capaces; y a otros por todo lo contrario. O a la viceversa, no sé si me explico. ¿Voto en blanco? En principio podría ser un lenitivo para mis indecisiones... pero tampoco. Porque según politólogos y sociólogos perjudica a los partidos minoritarios. ¿Voto nulo o gamberro? Pues quizás. Porque de entrada no perjudica ni beneficia a nadie ni a ninguno y da fe de que he salido victorioso del envite y del embate sin desencantos ni gaitas. Y, de salida, porque les digo a los interfectos que con su pan se lo coman y así se les atragante. Con el añadido de que reafirma mi escepticismo y de que, a mi edad, hacer una gamberrada siempre resulta terapéutico.


Lo que es impepinable, si al final voy, es que de regreso entraré en La Cubana, compraré media docena de bollos de leche, y en casa, relajado como burro sin albardas, me los zamparé uno tras otro, así se me atore el garguero y me quede sin resuello. Quién dijo miedo... Esto último -lo acabo de decidir- lo haré de todas formas. Porque ahí, sí que sí,  se aliviarán todas mis cuitas. Y ya de paso, como estoy por la zona, a lo mejor incluso voto. O no.

sábado, 18 de junio de 2016

¡LA TABARRA QUE NOS ESTÁN DANDO, VIRGEN SANTÍSIMA!

En alguna ocasión he traído aquí a colación una de las muchas escenas desternillantes de esa película, ya mítica, de José Luis Cuerda, titulada Amanece que no es poco: En la barra del mesón del pueblo, el mesonero, Tirso, le está soltando a don Alonso, el médico, una monserga de aúpa sobre el amor y sobre la necesidad de “sobreponerse a ciertos disturbios dialécticos en el fluir de la convivencia con la persona amada”. La víctima de tal matraca, que había ido allí buscando ahogar en vino el espanto de saber que su mujer, ya talludita, acaso por el hecho de sentir satisfacción en el fornicio por primera vez en su vida, había parido mellizos a los diez minutos de yacer con el intelectual del pueblo, no puede soportar el rollo que el otro le está endilgando y le corta el sermón con un exabrupto irreprochable: “Me cago en todos tus muertos, Tirso. Me cago en todos tus muertos uno a uno. ¡La tabarra que me estás dando, Virgen Santísima! Pero, ¿yo qué te he hecho a ti, vamos a ver…?”

Durante los últimos meses, concretamente desde el 4 de diciembre del año pasado, esta escena ha venido a mi cabeza de manera recurrente. Al principio de forma esporádica. Pero a partir del 21 de ese mismo mes, con lastimosa insistencia. Y no es para menos. Porque la que nos están dando desde esa fecha  los cuatro líderes políticos y sus adláteres, monaguillos y sacristanes, está siendo de órdago a la grande. Lees periódicos, escuchas la radio, ves telediarios, y dada la monotonía de sus oratorias, lo reiterativo de sus discursos, el empecinamiento en propagar sus carencias, te sientes inmerso en un bucle temporal mareante sin saber en el día en el que vives, si es ayer, la semana pasada, el mes anterior o, rizando el rizo de la pesadilla, el día de mañana. En algún momento de esta angustiosa y prolongada alucinación, por mor de mis ramalazos hipocondríacos, llegué a pensar que, a pesar del estricto cumplimiento de la posología prescrita, mis problemas de riego sanguíneo se habían agravado y habían reverdecido las microisquemias en mi putamen, por aquello de los colapsos de flujo. Pues la sensación de estar viviendo lo ya vivido era palmaria. Porque estoy convencido de que a alguien que no esté metido en el meollo de esta vorágine propagandística, siempre impostada y con frecuencia panfletera y demagógica, de la campaña electoral, le colocas el video de una arenga de esta o la anterior campaña o poscampaña, y no sabe decirte si es de ayer mismo o de hace siete meses. Y a la viceversa.


Bien es verdad que quizás el único de los cuatro que, a veces, ha conseguido situarme en fecha, ha sido Pablo Iglesias. Dada la capacidad camaleónica que tiene para variar de opinión y argumentario de un día a otro, dependiendo de hacia dónde sople el viento de las circunstancias, de hacerlo con el descaro propio del que anda buscando encaramarse y pisar moqueta a toda costa, y con la falta de criterio que caracteriza a aquel que no le importan los medios para conseguir el fin que se ha propuesto, debo decir que él ha sido el  único que ha evitado que la precariedad de mis goznes y de mis defensas ante este asalto inmisericorde de tópicos, eslóganes y frases huecas acabara por derrotarme. Incluso cuando, cansado de escuchar misereres silenciaba el televisor, el detalle de esa corbata de quita y pon también ha aportado un referente que me centraba en el calendario. Hay que reconocerle una capacidad de adaptación a las fluctuaciones  del hábitat y una variedad de registros ideológicos extraordinarias. No puedo hacer otra cosa que agradecérselo. Y lo confieso con la misma sinceridad que él ha demostrado día a día, qué digo, año tras año, desde aquellos tiempos en los que oficiaba de tertuliano díscolo en Intereconomía. Lo gordo es que el panorama que se presenta no augura nada diferente. Las encuestas son con frecuencia engañosas, sobre todo porque, igual que la cocina de los encuestadores,  las respuestas de los encuestados casi siempre así lo son, pero si tuviéramos que elaborar un resultado tipo con los datos que todas nos aportan parece que la situación que nos espera es muy parecida a la que resultó tras las elecciones del 20 de diciembre. Y otra vez, no. Más coñazo, no. Más tabarra, no. Si estos desafortunados augurios  se cumplen, no habrá más remedio que echar mano de la justa insolencia que don Alonso le espetó a Tirso. Porque, Virgen Santísima,  ¿nosotros qué les hemos hecho a ellos, vamos a ver…?