domingo, 24 de marzo de 2019

ZOZOBRAS PRIMAVERALES


Hace muchos, demasiados años, cuando vivíamos en la calle del Obispo, teníamos un vecino que sentía un terror irrefrenable a las tormentas. Quizá por ello había desarrollado un sexto sentido y lograba presentirlas hasta tres o cuatro horas antes de que se presentaran. Nunca fallaba. Lucía a media mañana un sol esplendoroso y él, sintiendo que se le erizaban los pelos de la nuca, angustiado y descompuesto, vaticinaba: «Me cago en mi suerte puñetera: hoy va a haber tormenta. ¡Y de las gordas!». Y, efectivamente, a más tardar en la siesta, se abrían lo cielos y el dios del Antiguo Testamento lanzaba toda su furia contra nosotros. Antes de que se declarara el cataclismo, y con la imperiosa necesidad de estar rodeado de gente que solapara su pavor, el zahorí de las borrascas ponía rumbo a la cafetería La Marina, y allí se apalancaba hasta que el Yahvé iracundo se adormecía, seguramente cansado de atormentarnos. Traigo esto a colación  porque algo parecido me pasa a mí con la primavera, estación a la que detesto sin paliativos. Parecería, a simple vista, que  lo tengo mucho más fácil que él porque el calendario es el calendario y se sabe cuando, astronómicamente, hará acto de presencia. Pero no es de equinoccios de lo que estoy hablando, ni de rigidez de fechas y horarios, sino de espíritu, de esencia melosa y presentida. Este año, según el Instituto Geográfico Nacional, la maldita ha hecho su entrada el miércoles 20 de los corrientes,  a las 22 horas, 58 minutos, hora oficial hispano-peninsular. Pero yo llevo barruntándola y sufriendo sus estragos desde el mes de febrero. Porque estoy convencido de que antes de su entrada triunfal y programada, manda por delante bocanadas de su naturaleza empachosa para que nos vayamos preparando, y debo de tener ese sexto sentido del que hablaba para detectarla e, incluso, para somatizarla.

La sintomatología de este caso de prognosis posesiva viene a ser la misma año tras año. Empieza con un ligero tembleteo de los párpados, a veces alternativo, a veces sincrónico, acompañado de un malestar indefinible y móvil, una angustia imprecisa que, con frecuencia y para agravar el cuadro, alimenta hipocondrías yacentes. Eso conlleva la activación de mi ciclotimia crónica que, entonces, alcanza una virulencia extrema tanto en el grado como en la velocidad de sus oscilaciones y me hace pasar, sin solución de continuidad,  de estados de un nerviosismo misantrópico casi histérico a otros de un abatimiento supino. Como es de suponer, ante semejante cúmulo de calamidades, mi humor sufre cambios bruscos e imprevisibles, siempre dentro de unos límites en los que no baja de los de un perro acorralado. Esta lamentable situación dura hasta que la susodicha eclosiona y se pavonea por calles y esquinas con todo su poderío edulcorante. Es, llegados a este punto, cuando estos males emocionales hacen crisis y mi mermada estabilidad psíquica va poco a poco normalizándose. Gracias a eso puedo dedicar todos mis esfuerzos a defenderme de los asaltos exteriores que se avecinan, segunda fase de esta operación de aniquilamiento que la naturaleza emprende contra mí cada año.


Las primeras avanzadillas de estos ataques son llevadas a cabo por el ejército de innumerables bichos asquerosos, voladores y reptantes, que aparecen con los primeros calores. Moscas, moscardones, avispas, abejas, abejorros, tábanos, mosquitos, avispones, chinches, hormigas, cucarachas, garrapatas, arañas, morgaños, chicharras, ‘langostos’, orugas y otros tantos más cuyos nombres ignoro, campan a sus anchas por tierra, mar y aire sin otro propósito que no sea mortificarme. A veces voy por las calles en un puro respingo intentando esquivar los embates de estas legiones de sabandijas. Respingos que, en ocasiones, acompaño con manoteos compulsivos alrededor de mi cara para espantar presencias urticantes reales o imaginadas. Después, o al tiempo, viene la agresión olfativa. ¿Hay un olor más repugnantemente empalagoso que el de las mimosas en flor? Pues sí, el de las mimosas unido al de las florecillas del cinamomo. Es una sobredosis almibarada que me lleva al borde del sopitipando. Peor que una sesión continua de Alejandro Sanz.  Si a ello añadimos que hay criaturas omisas en el aseo que ignoran que en esta época, con la excitación de testosteronas y progesteronas varias, además del sudor, se activa el rezume de otros fluidos corporales a los que hay que combatir con ración doble de agua jabonosa, y que esta dejadez de la higiene les hace exhalar un penetrante aroma acre, la mezcla odorífera y confluyente de lo melifluo y lo agrio puede llegar a ser insoportable hasta la basca o la narcosis. De modo que ahí me verán por la calles de Badajoz, entre quiebros compulsivos, manotazos histéricos y amagos de vómito, presa de vahídos espasmódicos.

Si todo lo anterior no fuera suficiente, aún me queda por aguantar la suprema cursilada de aquellos que se empeñan en mezclar, en un revoltijo tópico y absurdo,  primavera con poesía. No sé a quién pudo ocurrírsele semejante estupidez antiestética. Y antipoética. Al tal resabido lo condenaría yo a vivir en una constante efervescencia de verdor y olores nauseabundos, rodeado de bichos repugnantes, asediado por una bandada de pajarillos cagones y leyendo a Amado Nervo y a Rafael Pérez y Pérez por toda una eternidad. O incluso por dos eternidades, primo.

domingo, 17 de marzo de 2019

ANGLICISMOS PARÁSITOS


            Lo de la salida del Reino Unido de la Unión Europea me tiene hecho un lío. Me cuesta mucho aclararme y saber qué coño es lo que está pasando. Pero es que me temo que allí, en el núcleo de su origen, bajo la sombra altiva y ampulosa del Big Ben, tampoco se aclaran, y no saben cómo resolver el engorro sin dejar pelos en la gatera de Europa. A la hora de escribir estas líneas se acaba de votar en el Parlamento británico la propuesta de un nuevo referéndum, que ha sido rechazada.  En dos votaciones anteriores, días pasados, no se aprobó ni la opción de una salida sin acuerdo con la UE ni, por segunda vez, su contraria, la salida con el acuerdo firmado en su momento. O sea que, tras cuatro votaciones de los muy honorables parlamentarios, la situación está como quedó el pasado 25 de noviembre, cuando los 27 dieron el visto bueno a lo consensuado. Excepto que el tiempo corre y el día 29 de este mes de marzo, en principio, tendría que haber salida, con acuerdo o sin él. Si es sin él, se hará a las bravas, algo que a la Unión Europea le vendrá mal pero al Reino Unido mucho peor. Porque eso podría paralizar fronteras, vuelos, uso de los puertos, transporte por carretera, comercio... Un desastre mayúsculo. En cualquier caso, nada nuevo en la historia de las relaciones de Europa con Inglaterra, primero, y el Reino Unido, después.

El gran León Felipe la desenmascaró, en su poema La insignia, con estos versos magistrales: «Abajo quedas tú, Inglaterra, / vieja raposa avarienta, / que tienes parada la Historia de Occidente hace más de tres siglos / y encadenado a Don Quijote. / Cuando acabe tu vida / y vengas ante la Historia grande / donde te aguardo yo, / ¿qué vas a decir? / ¿Qué astucia nueva vas a inventar entonces para engañar a Dios?... /¡Vieja raposa avarienta: / has escondido, / soterrado en tu corral, / la llave milagrosa que abre la puerta diamantina de la Historia... / No sabes nada. /  No entiendes nada y te metes en todas las casas / a cerrar ventanas / y a cegar la luz de las estrellas!... / Vieja raposa avarienta, / eres un gran mercader. / Sabes llevar muy bien / las cuentas de la cocina». Y eso es, metáfora más, metáfora menos, lo que está ocurriendo ahora. Si al final los británicos, de tanto marear la perdiz la matan por agotamiento y se quedan en sus islas aislados por tierra, mar y aire, además de por la historia, pues ellos se lo habrán buscado, por mirarse su ombligo aristocrático y (siguiendo, esta vez en paráfrasis, con León Felipe), «haber amontonado su rapiña detrás de la puerta, y sus hijos, ahora, no pueden abrirla para que entren los primeros rayos de la aurora nueva del mundo». 

Si esto llegara a suceder y dado que el Támesis pasa por Londres y no por Valladolid, se podía aprovechar esta coyuntura y, en vista de que lo inglés no pertenecería ya a la UE, hacer una limpia de nuestro idioma y sumergir en lo más profundo del canal de La Mancha todas las palabras parásitas en esa lengua que lo han invadido encaramadas a la grupa del papanatismo de unos, los complejos de inferioridad de otros y la petulancia paleta de los restantes. Desterrar sin contemplaciones todos estos barbarismos inútiles y chirriantes, eliminándolos para siempre de nuestro lenguaje tanto hablado como escrito. Dicho en román paladino, mandar a hacer releches a palabros como influencer, on line, like, followers, CEO, spoiler, prime time, reality, running, celebrity, crowdfunding, fashion, cool, feeling, single, marketing, trending topic... y tantos otros igual de asquerosos. No hay periódico que no deslice en sus titulares una o varias de estas palabrotas gorronas que infestan nuestro idioma y, para más inri, la mayoría de las veces, sin entrecomillar siquiera. Ni hay día que en radio o televisión no las escuchemos salidas de los labios de algún cateto idiota que se pavonea de estar a la última. Y mientras, quien esto suscribe, de berrenchín en berrenchín por culpa de tanto panoli. ¿Modernidad? Sí. Y un jamón con chorreras, también. Gilipollez supina y me quedo corto.

Debería estar prohibido por ley. Y habría que crear un cuerpo policial especializado que persiguiera estos asaltos al idioma. Una especie de UCO lingüística que llevara ante los tribunales a quienes en medios de comunicación, escritos o audiovisuales, utilicen anglicismos no tolerados por la RAE. Y a los culpables, sancionarles con la multa correspondiente y, en caso de reincidencia, con la inhabilitación por el tiempo que la ley dictase. Una especie de carnet por puntos. ¿Te quedas sin ellos por escribir o decir influencer siete veces en un artículo, además de CEO, trending topic y followers? Pues, hala, inhabilitado seis meses. Con la obligación de realizar, con aprovechamiento, un curso de lengua española bajo los auspicios de la RAE. Y seguro que, así, a más de uno se le quitaban las tonterías políglotas de la cabeza. Pero en un verbo, primo.


sábado, 9 de marzo de 2019

DUDA Y DEMOCRACIA


«La duda es uno de los nombres de la inteligencia», dijo Jorge Luis Borges. Pues, a pesar de que lo dudo mucho, yo debo de ser inteligentísimo. Digo por el caso de la candidata a la alcaldía de Ávila por Podemos, María del Pilar Baeza Maeso, que me tiene inmerso en un tenguerengue ético de aquí te espero. Porque mientras más lo pienso, más dudo. Y, sin solución de continuidad, a medida que más dudo, más vueltas le doy.
Para quienes no estén al tanto del asunto, esquemáticamente lo explico: En el año 1985, María del Pilar era novia de Manuel García Gutiérrez “Lolo” y exnovia de Manuel López. Un día ella reveló a Lolo que su ex la había violado a punta de pistola y que se encontraba embarazada de dos meses. Tras abortar en Portugal, para lavar la ofensa su novio y ella urdieron un plan con el que, dicen, pretendían dar un escarmiento, un susto al presunto violador. Para llevarlo a cabo, ella le facilitó una escopeta de cartuchos que cogió de la armería de sus padres y que éste escondió en su coche. Después de una noche de copas, volviendo a casa, ambos, novio y ex, discutieron. Lolo sacó la escopeta, y disparó contra Manuel dos cartuchazos. Tras eso, recargó el arma y volvió a dispararle otros dos. El último, para rematarle, en la cabeza. Con la ayuda de un amigo que los acompañaba, arrojaron el cadáver a un pozo y lo cubrieron con escombros y tablas. Así lo contaron ellos en la revista Interviú, un par de días antes de entregarse. Y, sin embargo, no hay constancia alguna (ni siquiera denuncia) de que hubiera existido tal violación. Antes al contrario, la sentencia definitiva y las pesquisas policiales redundan en la teoría de que el asunto no fue sino una infidelidad consentida de María del Pilar con su ex, y un ataque furioso de celos del novio engañado que acabó con el asesinato premeditado de aquél a instancias de ella. Y la violación -¿y el embarazo y el aborto?- sólo una historia inventada para tratar de justificar lo injustificable.  Ella, como cómplice de dicho asesinato, fue así condenada a 30 años de reclusión que comenzó a cumplir en la cárcel de Brieva, en Ávila, y de la que, ignoro el porqué, salió en libertad apenas 7 años después, estableciéndose en Ávila, ciudad en la que se gana la vida dirigiendo un gimnasio de su propiedad.  
(Interviú)
Ahora, al haber sido elegida en primarias como cabeza de lista de la candidatura que Podemos presenta al Ayuntamiento de Ávila, y ante la posibilidad, no sé si remota, de que, tras las elecciones de mayo, pueda llegar a ser alcaldesa de dicha ciudad, esta macabra historia de hace más de 30 años vuelve a estar de actualidad, jaleada por políticos interesados y medios de comunicación especialistas en el regodeo morboso o ideológicamente contrarios a Podemos. Y lo que se pone en cuestión no es que esta señora pueda o no presentarse a las elecciones, porque puede hacerlo con toda legitimidad al haber pagado ya (y permítaseme el tópico) la ‘deuda contraída con la sociedad’, sino si ‘debe’ presentarse; si es conveniente que lo haga; si procede que una persona condenada en su día por asesinato, a pesar de estar ya plenamente reinsertada y rehabilitada, ocupe un cargo público. Y ojalá que el asunto fuera de la simpleza con la que lo ha definido su protagonista, achacando el acoso que está sufriendo a su condición de mujer, coletilla ésta majadera y torpe que hemos visto utilizar ya demasiadas veces cuando de escurrir el bulto se trataba, sea por la cochambre de un máster o la ordinariez homófoba de un exabrupto. Porque yo creo que lo que se está poniendo en juego con esta polémica es la calidad y la fortaleza de nuestra democracia. Nada más y nada menos. Que al dudar de que así sea y de que pueda ser así, digo, la limpieza democrática y ética de su derecho a intentar ser alcaldesa, estamos poniendo por encima de las leyes que rigen nuestro Estado de Derecho las normas etéreas de un supuesto código colectivo que, posiblemente, no haya surgido más que de nuestros prejuicios. Y andemos confundiendo moralina con moral y condenando de por vida a la convicta a las tinieblas exteriores.
En cualquier caso, si yo viviera en Ávila y me encontrara en esta tesitura, jamás la votaría. No por ser ella la mujer que es, sino porque jamás votaré a Podemos. Por la misma razón que jamás votaré a Vox. Porque en ambos casos creo que sería colaborar en el destartalamiento del edificio democrático que, con todas las goteras que queramos, hemos ido construyendo durante los últimos 40 años. De la misma manera que deseo que María del Pilar no se rinda y acabe presentándose a las elecciones, porque eso,  dicho sea más por disciplina teórica que por otra cosa, fortalecería nuestro imaginario democrático. O al menos el mío, primo. Quizá.

sábado, 2 de marzo de 2019

LA TABARRA POLÍTICA


Cuando empiezan a barruntarse las campañas electorales y, pasados los días, el barrunto se transforma ya en una realidad constatable, siquiera sea de manera oficiosa, esta España nuestra o, al menos mía, de nuestras o, al menos, de mis lágrimas, se me desmorona sobre los hombros. Y me hunde en una desazón depresiva de la que tardo en recuperarme.  Porque es entonces cuando toda la capacidad de histrionismo impostado, de labia endeble, de paridas mayestáticas de los políticos que andan enfrascados en la contienda, se dispara hasta límites difícilmente digeribles. Al menos para mi estómago de ciudadano y de votante, de jubilado achacoso pero con un mínimo de sentido crítico de lo que me rodea y de quienes me rodean. Y lo peor es que de esta angustia no me libra el resultado de las urnas. Ni siquiera en el hipotético caso de que este pudiera ser favorable a mi hipotético voto, si se me permite la redundancia hipotética. No tengo escapatoria. Porque si a esta mi disposición genética a la melancolía y al derrotismo añadimos el terco, irreprimible aumento de un escepticismo (Mr. Excepticus, ¿te acuerdas, Alejandro?) que al compás de los años y los sueños que pasan va dejando en mis manos un poso ineluctable de ausencias y esperanzas marchitas; por si el curso del tiempo que a todos nos iguala no fuera suficiente para sentirme inútilmente pesimista ante lo inexorable del silencio, escribo estas líneas temblorosas mientras escucho a Bach. Y el regodeo en la música me sume en un oasis que es solo un espejismo en el desierto, un sueño momentáneo, una ilusión con la que intento traicionarme a pesar de que sé que es apenas quimera del ensueño, acaso una muralla protectora que me impide morir. La realidad de cada despertar es a veces tan chata puertas afuera, tan pedestre, tan vulgar, que acorrala y constriñe el paso del absurdo que me asalta cuando quiero ser niño de nuevo, como si fuera entonces y el silencio no hubiera transcurrido. Y, sin embargo, aprovecho que la vida es poliédrica para refugiarme en ángulos cercanos y así esquivar sus propias dentelladas.

Cuando pienso que quedan por delante dos meses de tabarra, me dan las siete cosas. Sobre todo tras asistir a la última sesión parlamentaria que supuso el cierre  de esta legislatura y que fue una primera píldora que presagia el  atracón que nos espera. En ella, abrupta y desaseada, volvió a quedar patente, por enésima vez, la penuria dialéctica de nuestros próceres, a los que se les ve el pelo de la dehesa incluso cuando no están. Replican sin haber escuchado como niños que largaran una lección aprendida de memoria en casa o recitaran la tabla del siete al compás de la chasca del maestro. Se ríen sin venir a cuento alardeando de una agudeza de la que carecen y, con frecuencia, tras expeler una memez de cuarto y mitad de cuarto, se les ve tan orondos en sus escaños como si hubieran logrado la cuadratura del círculo o descubierto el sexo de los ángeles. Excepto honrosas y muy escasas excepciones, en fin, exhiben una imagen de mediocridad que resulta dolorosamente patética. Es el riesgo que corren los voceadores de mercadillo que mientras pregonan: “¡Vamos, señora, que me las quitan de las manos: Tres bragas por un euro, oiga!”, se sienten como un alumno aventajado de Demóstenes. Pues en esas estamos.

Y por si lo que ya tenemos no fuera suficiente, hay un partido político, por el momento extraparlamentario a nivel nacional (aunque mucho me temo que por poco tiempo), Vox, que, por los antecedentes exhibidos, puede depararnos muchos momentos de gloria parlamentaria. Si su líder, Santiago Abascal, se nos presentó en sociedad a lomos de un brioso corcel anunciando la Reconquista de España cual si fuera el trasunto reencarnado de don Pelayo, ahora ha dado un paso más en su éxtasis mesiánico presentándonos Los Diez Mandamientos de la Ley de Vox, de obligado cumplimiento para todos los cargos del partido. No he podido dejar de imaginarme la escena en technicolor estilo MGM: En lo alto de los cerros de Úbeda, el autoproclamado líder del pueblo elegido hincado de rodillas ante un yugo y unas flechas que arden sin consumirse, mientras la voz atiplada y de dicción confusa de Franco le dicta (que es lo suyo) los fundamentos del dogma ‘voxiano’. Y con el Espíritu Santo en forma de águila imperial sobrevolando la escena, claro. Protagonizada por Santiago Abascal, como Moisés; Smith ‘boinaverde’, como Josué;  Pedro Sánchez, como Ramsés II; y Franco, como él mismo por la gracia y el lerele de dios. En fin, delirios de unos y otros aparte, los mandamientos no tienen desperdicio. Son todo un ejercicio empachoso y pelmazo de un amor a España y a los españoles, de exigencias de honradez y sacrificio que suena a cartón piedra, a muletilla de ‘bien queda’, a piropos de ligón de discoteca que lo que busca es refregar la cebolleta. Y si cuela, cuela, primo.

domingo, 24 de febrero de 2019

PEDRO, ESE HOMBRE


En el año 1964, enmarcado en la campaña urdida por Manuel Fraga Iribarne, a la sazón ministro de Información y Turismo, para celebrar los “XXV años de paz” dizque habidos tras finalizar la guerra civil, se estrenó en los cines de España el documental Franco, ese hombre. Dirigido por José Luis Sáenz de Heredia, con guión firmado por él mismo y por José María Sánchez Silva y en el que, acompañadas por la música de Antón García Abril y el Himno Nacional, las voces en off de Ángel Picazo, Francisco Valladares y otros, nos iban narrando las escenas de este (en palabras de Méndez Leite) «apasionado documental revelador de muchas cosas desconocidas para las jóvenes generaciones y muy emotivo para los que vivieron los acontecimientos evocados en la pantalla con singular maestría». En él, se describe al dictador como «un hombre entero, de vida rectilínea, soldada a una razón de ser que siempre acaba teniendo la razón. Un hombre sinceramente humano que nunca ha jugado a ser un semi dios (sic) que no conoce la palabra cansancio y que es inasequible al desaliento. Un hombre anclado en su firmeza de servicio, que recibe las mejores compensaciones de su trabajo en los minutos que le exprime a su tiempo para dedicarlos a los suyos y a sus aficiones más entrañables».

Al poco de empezar a leer el pestiño editado de Pedro Sánchez, me vino a la memoria este otro pestiño cinematográfico. Y conforme avanzaba en su lectura, más y más me iba convenciendo de las similitudes entre ambos: La misma manipulación de los hechos y de la historia, el mismo lenguaje relamido y prosopopéyico, el mismo énfasis hagiográfico, la misma desfachatez, la misma exaltación personal... ¡55 años después! Hay diferencias, por supuesto, porque si en el documental, Franco era, aparentemente, mero receptor pasivo de las loas, en el libro Sánchez es, palmariamente, emisor y receptor de las suyas; si (por hacer un guiño al programa televisivo Sálvame que él tan efusivamente encomia en su libro) Franco era como Naranjito con uniforme de Capitán General, él es un buen mozo elegante y atractivo estilo Roberto Alcázar; si allá se dice que Franco nunca jugó a ser un semidios, acá Sánchez tampoco juega a eso porque se nos presenta como un mismísimo dios o, siendo benévolo, como su reencarnación mortal o, aplicando aún más benevolencia, como un enviado omnisciente de él.

En cualquier caso, si todo lo dicho en el anterior párrafo es opinable, (que para eso escribo artículos de opinión, digo) como opinable es lo que afirma en su libro Méndez Leite sobre la singular maestría del documental de marras, lo que es incuestionable es que, entre otras cagadas, el puñetero libro confunde a Fray Luis de León con San Juan de la Cruz y a Hemingway con Einstein; adolece de una redacción chata, empalagosa y manifiestamente mejorable; en el primer capítulo ya nos avienta el primer embuste de muchos a costa del colchón ‘monclovita’ y (lo que es peor de todo en una obra escrita) es un compendio insufrible y variopinto de aberraciones sintácticas y ortográficas (concordancias, puntuación, espacios, tiempos verbales...), algunas de ellas garrafales y dolorosísimas. Soy incapaz de comprender cómo la escribiente turiferaria, Irene Lozano, licenciada en Lingüística por la UCM y diplomada en Filosofía por la Universidad de Londres, ha podido revolcarse en este lodazal de errores a la hora de enjaretar literariamente las grabaciones de sus encuentros. A no ser que quedara obnubilada por la personalidad arrolladora del susodicho, que todo puede ser. Aunque de una persona que declara sin ruborizarse, «Yo hice el libro, pero el autor es el presidente», se puede esperar cualquier cosa. O tiene un grave problema de comprensión del idioma español o, quizá, quiera escurrir el bulto al emboscar el verbo escribir tras el verbo hacer para librarse del posible marrón que pudiera caerle encima. Y del que, a pesar de la boutade, no se ha librado.

A medida que lo leía, he ido siendo presa de una desazón y una congoja cada vez más acres, porque la soberbia, el endiosamiento y la infalibilidad de la que hace alarde el personaje me ha traído a la memoria el perfil de otros que, con esas mismas particularidades caracterológicas, han dejado en la historia una huella infausta y aborrecible. Hay en el libro un frenesí delirante de megalomanía y narcisismo, que lo invade de principio a fin, en el que se expone todo un inventario de ofensas y desprecios que no hacen sino destilar un rencor viscoso y un mórbido afán de desquite entre sus líneas. Más que un manual de resiliencia épica impulsada por el altruismo, he visto un ansia de revancha camuflado tras una bonhomía tan falsa como pomposa. Por no hablar de las guindas de pedantería paleta que salpican sus páginas, como cuando el susodicho asegura seguir las cadenas de televisión BBC y CNN. Una chulería políglota que cuadra mal con el error que cometió en su tesis doctoral cum laude, al traducir el billions inglés (mil millones) como billón. Un disparate que destartaló el cuadro económico que lo contenía y que no comete un alumno medianamente aplicado de 1º de Primaria. Ahora, eso sí, los beneficios del libro los donará a los sin techo, sin duda una indeseada lacra heredada de Rajoy y una buena excusa para el trompeteo demagógico. En fin, visto el pelaje del individuo, si el 28 de abril le salen bien las cosas, vae victis!, primo.