sábado, 17 de febrero de 2018

UNA HISTORIA SENCILLA


Le gustaba fatigarse hasta el agotamiento. Le parecía que el cansancio físico ayudaba a disipar el hastío, la angustia de vivir. Así que desde hacía ya unos meses no utilizaba el ascensor y dos, tres, hasta cuatro o cinco veces diarias o quizás más, quién sabe, y a toda la velocidad que sus piernas podían aguantar, subía las escaleras hasta el piso, un sétimo, donde se dejaba vivir. Con eso evitaba, además, el tener que saludar a algún vecino en el ascensor, soportar su mirada compasiva, adivinar sus disimulos. Al cerrar jadeante la puerta tras de sí, se daba de bruces con el desolador panorama que ofrecía lo que, en otros tiempos, había sido su hogar y ahora no era sino una tortura para su cansado corazón.

(Fuente: Oficio de escribir)
En su delirio le parecía estar encarnando el papel protagonista de una tragedia irreal, viviendo por detrás de un espejo en un sueño horrible del que despertaría al dormirse. Tantas veces había visto en la televisión situaciones similares a la de su pesadilla que albergaba la esperanza de que todo fuera producto de la alucinación, y de que la modorra le libraría de la congoja y disiparía sus obsesiones. Y por eso su afán era llegar al borde de la resistencia física para dejarse caer en el colchón y dormir y soñar en busca de la realidad de antes. Pero se sabía derrotado de antemano, consciente de que la farsa era sueño y el drama, realidad. Y entonces insomne, desesperado, recordaba paso a paso todas y cada una de las fases de su desgracia: El declive lento pero continuo de la empresa en la que llevaba media vida dejándose la vida; los ERE sucesivos; los pinchazos de intranquilidad en la boca del estómago; los meses sin cobrar; las asambleas que eran más cortejo fúnebre que posibilidad de arreglo; ese ansia irracional de creerse las mentiras; el cordón umbilical a la esperanza roto ante el despido inevitable; la miseria de indemnización con la que hubo de conformarse; el paro; el subsidio posterior; la renta básica; el vacío;  los cientos de currículos presentados inútilmente; los quilómetros recorridos en busca de la nada de fábrica en fábrica, de empresa en empresa y, poco a poco y sin descanso, el deterioro de la esperanza, la pérdida de la ilusión. Y sobrevolando todo, más dolorosa que el desasosiego o el desconcierto,  por encima de la sensación terrible de impotencia y de inutilidad, más desesperante aún que la derrota, andaba volandera la tristeza como una inundación irreparable. Una tristeza espesa, lacerante, terca, pelmaza, que se metió en la casa y en los huesos y que de tan dolorosa que era, tan definitiva, le impedía el desahogo puntual del llanto. Así era de cruel. Así de despiadada.

(Fuente: Notife)
Supo que no tenía escapatoria (lirismo amigo de un final irremediable y compartido en sueños) el día en el que recibió la notificación blanquísima, impoluta, escrita con la misma frialdad distante, exacta, judicial y cínica con la que se firman las sentencias de muerte, que le obligó a empaquetar silencios y abrazos, luces de amaneceres, sombras de figuritas de siempre en el salón, lomos de libros vistos tantas veces, la voz a ti debida, fotos de boda y nietos, de amigos y momentos, la colección de búhos, el poso de los años compartidos, el rastro de los besos de los niños, las miradas calladas, el nombre de esos ojos que siempre le miraban con cariño. Y la rendición. Conoció la fecha en la que vendrían a despojarlo del aire que había sido su vida y su sustento. Y los esperó. Desde la ventana vio llegar la comitiva fúnebre del desalojo y, en ese momento, se abrió la luz que parecía no existir, la luz con la que recuperó la ironía y el sentido del humor que habían acompañado su vida. Se encaramó en el alféizar de la ventana para dominarlos con la perspectiva del vencedor y, canturreando largo y tendido, inició un vuelo torpe de alondra moribunda. Su cabeza tropezó contra la barandilla de un balcón de la segunda planta (fue lo último que vio) desparramando sesos en una lluvia grisácea de presagios y sangre inocente. Después su cuerpo hizo una pirueta extraña invirtiendo la inercia y fue a caer con estrépito sordo en medio de la calle. Golpe seco y rotundo con pesadez de culpa. Ya sólo un guiñapo distorsionado abrazando la nada, los ojos semiabiertos, la boca besando el asfalto y el silencio asumiendo silencio irremediable. Hacía calor esa mañana y el sol, impertinente, molestaba a la comitiva judicial que venía a ejecutar el desahucio. Un canario cantaba no sé dónde y en el bar de la esquina alguien pidió otra ronda de cervezas. La vida y la distancia es lo que tienen.

sábado, 10 de febrero de 2018

LO QUE SEA, SONARÁ

(Fuente: Jordi Rosals)

Dada mi inveterada tendencia al ensimismamiento y a la ausencia, he de confesar que nunca he sentido demasiado clara la línea que separa sueño y realidad. Quizá porque siempre he tenido una más que aceptable capacidad para aislarme del mundo exterior, quedarme en él sin estar y dejar que siguiera su camino mientras yo soñaba despierto o vivía dormido dentro de una realidad mucho más gratificante que la suya. Recuerdo unos primeros y vagos episodios de confusión de lindes que se remontan a mi infancia, y soy consciente de que a medida que he ido cumpliendo años, esa frontera interior que marca los límites entre ambos mundos se ha hecho, poco a poco, más sutil, menos nítida, como si la vida me fuera preparando a la sensación del tránsito, armando un escenario amable y conocido a lo que habrá de ser. O como si yo hubiera ido acomodando esa aduana virtual  a mi propia conveniencia o a mis propios avances. Sea por una razón u otra, (algo que francamente me importa un bledo), lo que sí es verdad es que, a pesar de que no sea este un acto que dependa de mi voluntad, cada vez pajareo mejor por esos cielos inciertos en los que realidad y quimera se confunden. Y aunque el asunto no deje de ser producto de un proceso de estricta sinapsis neuronal, pura química, eso no me impide albergar la esperanza de que también haya situaciones especiales en las que las neuronas se salten los cánones de lo políticamente correcto, y nos regalen momentos en los que la utopía y la magia campen a sus anchas por los entresijos de nuestro cacumen sin que tengamos que acordarnos de don Hipólito. Sobre todo ahora que he descubierto las bondades de la siesta del burro o del canónigo, esa que comienza alrededor del mediodía y que te prepara al cuerpo para la cerveza y el aperitivo. He adquirido tal virtuosismo en esos instantes de duermevela que ya incluso soy capaz de interactuar con el mundo real, entablando diálogos con la televisión o canturreando melodías de anuncios. A veces me doy perfecta cuenta de lo que sucede, y disfruto a base de bien sintiéndome estar y no al mismo tiempo. Otras no me entero de nada, pero mis cronistas me lo cuentan.

(Fuente: El Mundo)
Como no hay miel sin hiel ni rosa sin espinas, donde la puerca tuerce el rabo es en el momento en el que se agrega a este paisaje idílico, como me ocurrió a mí la semana pasada, un ejército salvaje de virus gripales de distintas cepas, que me inundaron el cuerpo de escalofríos y tiritonas, hicieron de mis huesos fosfatina, destartalaron mis neuronas y lograron que donde antes hubo diversión, ahora solo hallemos pesadilla y angustia, pasando de un duermevela amable a un delirio terrorífico que deja ‘El gabinete del doctor Caligari’ en juego de niños. Si a la maldad vírica se añaden las circunstancias medioambientales que nos rodean desde hace tanto tiempo ya, con el procés, los Carnavales, Puigdemont, Operación Triunfo, los Carnavales, Torrent, la madre Juana, Artadi, el padre Andrés, los Carnavales y Junqueras dando por saco de manera  inmisericorde y agravando el proceso patológico, no sé ni cómo sigo en pie y escribiendo ahora estas líneas. Porque en los 4 o 5 días en que la enfermedad ha alcanzado las cotas de ataque más preocupantes, he tenido varios episodios de modorra morbosa delirante que porque mis espaldas ya aguantan los embates sin que la hipocondría me anule, porque si no, digo, si me coge este arrebato alucinante con 20 años menos, caigo como un ciquitraque. Para que luego digan los curas que no hay que relativizar. Pues si no relativizo en estas, adiós muy buenas.

(Fuente: Tom+Lorenzo)
Imagínense: Las 11 y 05 de la noche. Yo en mi cama, febril, sudoroso, viéndome desde un plano cenital, jugando a ‘El palé’. Unos minutos de juego contra el ‘capturador de niños’ de Chitty Chitty Bang Bang que, en realidad, es Carles Puigdemont. Acabo de comprar la calle Alcalá y, al tiempo que estoy sentado a la mesa de juego, voy andando por ella, en el cartón, tratando de ubicar las casas y hoteles que correspondan. Me desoriento. No sé si seguir por la acera en la que estoy o pararme y llamar al sereno. De pronto veo un portal que se ilumina, me dirijo a él y compruebo que su número es el 2.311. Me oigo decir: “Joé, los números son iguales a los de mi despertador”. Y es entonces cuando me doy cuenta de que he estado todo el tiempo con los ojos abiertos creyendo que soñaba. O soñando. Desaparecen juego y jugadores y me quedo mirando la hora en mi mesilla: 23:12 ya. Me doy la vuelta y veo que mi santa duerme plácidamente. Suficiente para mí. Así que cierro los ojos y consigo dormirme mientras pienso: “Lo que sea, sonará”. Y aquí seguimos, primo.
(Fuente: Tesoros del Ayer)

sábado, 27 de enero de 2018

DE IMPROVISO, LA TARDE


La tarde, de improviso, aparece arrogante por detrás del revés de mi silencio. La siento junto a mí, posándose en mis hombros tras salvar el cristal de una ventana que, a mi espalda, es del todo impotente para frenar el pálpito ritual de su presencia. Porque la tarde es una forma de sentir la vida que traspasa cristales, muros, corazones, años, distancias, soledades. Una angustia incorpórea, descarada y feliz de hacerte ver que aún sigues vivo, que aún te encuentras con fuerzas para poder sufrirla. Y de gozarla con ese placer turbio y desquiciado de la melancolía. Y así, convencido de que es ella la que domina ese reino de sueños y de sombras que viene a ser la vida, así y por eso, nunca he sabido desentrañar la misteriosa sensación que me produce esa luz de sus horas, esa luz mortecina, esplendorosa, distinta, conocida, que me abarca y que  viene y se acicala para inundar los ojos de mi alma de ausencias y presencias, de olvidos y recuerdos, de vidas y de muertes que se pasean cogidas de la mano y acarician las mías para llevarme a un mundo que no existe. Ese mundo, el imposible y mío, habitado, quizá, por un sinfín de momentos perdidos en la bruma confusa de los tiempos o, acaso, el duende esquivo de un prodigio infantil que permanece quieto, agazapado, exhausto en el olvido. Un tierno disparate que ambiciona, feliz, volver a ser de nuevo en el límite abstruso que separa la realidad del sueño.

La tarde, de improviso, me acompaña en el recuerdo de mis amigos muertos, en la presencia de una infancia ida, en la voz de mis padres y el calor de sus manos, en el olor amable de aquel hogar de entonces, ahora, casi apenas, un sinsabor de escombros, una constancia eterna de  ruinas y distancia. Una bufanda dolorosa y tierna de lo que fue y no es, de lo que ya viví y quedó embelesado y expectante entre los pliegues que el tiempo fue hilvanando en la bastilla azul de la esperanza, entre los recovecos de un ayer que es ahora y, sin embargo, esclavo de un reloj inflexible que jamás se detiene, que se nutre, implacable, de la sangre de todo el que camina, de todo aquel que vive y sueña y canta y se ilusiona y ama.

La tarde, de improviso, es mi tarde de siempre. Tarde de tantas tardes de otros días ya pasados que esperan mi regreso, que aguardan a que llegue, como ahora,  para resucitarlos y hacer que vuelen libres, ayunos de ataduras, por el cielo entreabierto a la quimera de ser porque se ha sido. Retrospección del tiempo, sangre de la nostalgia transformada en un acto de amor, de acercamiento, trampantojo cruel y compasivo, intangible y patente que vive en la entropía de un corazón ausente que, absorto y trastornado, otoña en los resquicios de la eterna memoria. Súbitamente entonces, el silencio que impera ojos adentro se torna un guirigay de voces que preguntan, de sueños que demandan su porqué, de tristezas que ignoran dónde y cuando nacieron, de risas que no saben a quiénes pertenecen. Y el corazón latiendo destartaladamente, exánime e inútil,  no puede apaciguar la incertidumbre de tanta algarabía desconsolada, el absurdo de tanto interrogante atribulado.

De improviso, la tarde, liviana como el aire de un suspiro, desciende desde el cielo de entonces y viene a acurrucarse entre mis manos. La siento tan liviana, tan expugnable y sola, tan perpleja y perdida, que trato de acunarla al compás de esa nana que parpadea en los ojos de cuando yo era niño. Y las voces se callan. Y las preguntas mueren. Y las risas descansan. Y los sueños vuelven a dormirse. En el aire de afuera, la noche va cayendo sobre las ramas tristes de la morera póstuma y tiñe de entreluces la flor en los almendros. Los perros se amodorran hechos roscos de pelo que respiran. La vida se detiene suspendida en el aire que vive de mis pérdidas. Mientras, la tarde tibia, ovillada, desnuda, desaparece oculta tras la piel de mis manos. Dentro de mí me espera para nacer de nuevo otra tarde cualquiera. Y siempre será ella.  

sábado, 20 de enero de 2018

CAMINO DE DAMASCO

El día 25 de enero, la Iglesia Católica conmemora la conversión de San Pablo. Según cuentan los Hechos de los Apóstoles, cuando este iba camino de Damasco con el mandato de las autoridades judías de perseguir a los cristianos, un resplandor surgido del cielo lo derribó del caballo dejándolo ciego, al tiempo que una voz incorpórea, utilizando su nombre hebreo, le preguntaba, no sin cierta dosis de retórica sobrenatural: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Trasladado a Damasco desconcertado y ciego, tras la imposición de manos realizada por Ananías cumpliendo órdenes recibidas de Jesús, recuperó vista y presencia de ánimo, siendo bautizado de inmediato para convertirse en firme defensor de aquellos a los que, hasta entonces, perseguía sañudamente. A partir de ahí adoptó su nombre romano, Pablo, (pequeño o poco), en lugar del judío Saulo, (‘invocado, llamado’), y acabó sus días en Roma, martirizado bajo el mandato de Nerón, entre los años 58 a 67 de la Era Cristiana. En fin, a pesar de toda la carga alegórica inherente a tantos hechos bíblicos, (resplandor, caída, ceguera, cambio de nombres...),  la expresión “camino de Damasco”, ha quedado como paradigma de “conversión” en lo que esta tiene de abjuración de ideas o creencias.

(Fuente: El País)
Pues un fenómeno similar pero enmarcado en un escenario más terrenal, incluso más pedestre, han creído o querido ver algunos en el discurso de investidura del nuevo presidente del Parlamento catalán, Roger Torrent Ramió. Tras el disparate de la soflama mitinera y energúmena evacuada por el presidente de la mesa de edad, Ernest Maragall,  individuo que formaría una yunta de basiliscos insuperable con la señora Nuria de Gispert, subió a la palestra el sustituto de ‘Cara de Palo’ Forcadell. Encorbatado y gestualmente comedido, enjaretó un discurso templado, equidistante, sin altibajos en el tono, aparentemente educado, en el que no traspasó los límites constitucionales ni nombró a la República. Y ahí se agarran almas cándidas como Iceta, por ejemplo, para decir que “Roger Torrent apunta maneras”. Pues él verá lo que quiera o desee pero yo, lejos del aquel bosque petrificado, conociendo la biografía política del elegido y con la evidencia aún caliente de lo vivido hasta ahora en el transcurso del ‘procés’, solo he visto en esta aparente vuelta a la sensatez democrática un trampantojo de tahúr, una ‘traspolación’ de su cambio de aspecto físico a la esfera de la política, un sí pero no ideológico plagado de guiños contradictorios y milimétricamente medidos, sin duda enfocados a que Míster Hyde se presentara en sociedad como un honorable y benéfico Doctor Jekyll. Ni Lon Chaney o Spencer Tracy lo hubieran hecho mejor.

No hay que olvidar que el interfecto es afiliado a ERC desde 1998. Desde 1999, concejal en al Ayuntamiento de Sarriá de Ter hasta 2007, en que pasó a ser alcalde y, a partir de 2012, también diputado en el Parlamento de Cataluña. Un hombre de partido que, la semana pasada, manifestaba que esta legislatura “será una legislatura con un objetivo político muy claro: desarrollar la república... lo haremos con voluntad de diálogo y, a la vez, no pediremos permiso para conseguirlo”; que, hasta este nombramiento, en su cuenta de Twiter se definía “diputado del Parlament de la república catalana”; que estuvo presente en el asedio a la Consejería de Economía del pasado setiembre en el que se destrozaron tres coches de la Guardia Civil; que tiene el beneplácito y la bendición apostólica del santurrón fariseo de Estremera y que sigue considerando al Calimero pirado presidente legítimo. Tan es así que, siguiendo el protocolo, tiene previsto visitarlo en breve para evacuar consultas, lo que puede aumentar, por aquello del ejercicio de una acción político-institucional fuera de los límites territoriales legítimos, la tensión diplomática entre España y Bélgica. Para rematar mis temores,  en la última entrevista concedida a La Vanguardia, ya investido, el andoba hace un alarde de culebreo político, de escapismo ideológico y de palabrerío inconsistente que corrige y aumenta la vacuidad de su discurso institucional. De modo que, acompañado de toda mi suspicacia, me resultó mucho más instructivo y clarificante escuchar lo que no dice, saltarme la literalidad de lo inocuo, leer entre y por detrás de las líneas para intuir que lo que se nos avecina, probablemente y por desgracia, no va a ser más que una nueva versión de lo mismo, la reedición de otro culebrón tragicómico, prescindible y petardo, que no sé si tendremos fuerzas para soportar sin que nos provoque un ataque de apoplejía colectiva, una pandemia de destartale neuronal imparable. Porque otra cosa no serán los integrantes de esta caterva distópica, pero ‘téntigos’, cataplasmas, pelmazos y cursis lo son como para aburrir a Serafín Latón. ¿Un nuevo camino de Damasco a la catalana? Sí, Iceta. Y, de paso, un jamón con chorreras también, primo.

sábado, 13 de enero de 2018

UNA Y NO MÁS

(Fuente: Diario HOY)
Por razones que no vienen al caso, este lunes pasado tuvimos que ir mi santa y yo a Madrid. Tal y como pintaba el panorama meteorológico con nieve a espuertas, ventiscas persistentes, alertas de todos los colores y quilométricos atascos, no tenía yo muchos ánimos para coger el coche y salir a esas carreteras diabólicas para enfrentarme a tanto rigor climático. Con el añadido de que estaba convencido de que en Madrid  me perdería de entrada y de salida, lo que me valdría circular errante, confundido y a saber durante cuánto tiempo por un laberinto de calles desconocidas y procelosas. De modo que sopesé las distintas posibilidades que se me abrían para evitar el tener que conducir en condiciones tan adversas. La opción del autobús venía a ser más de lo mismo, pero corregido y aumentado en proporción directa con el mayor  volumen del vehículo. El avión lo tengo terminantemente prohibido por prescripción facultativa del doctor Salvador “Chava” Medina, (médico rural de medicina general, cirujano y partero, al que consulté en su lejano pueblito mejicano), cuando me diagnosticó que el espanto histérico que me produce volar podría provocarme un patatús multiorgánico, con el riesgo probable de confinarme a una existencia vegetativo-vesánica irreversible, acompañada de “agruras, vómitos, recargo intestinal, chorrillo y granos”. De forma que la única puerta que se me abría era la del tren. Consulté en Internet, vi que con la Tarjeta Dorada el importe de los billetes de ida y vuelta no eran caros y, como a la fuerza ahorcan, opté por esta opción. A ella me agarré, en parte espoleado por el embeleso que me producen las estaciones, a pesar de las casi 6 horas por trayecto que suponía, de los precedentes agoreros profusamente difundidos sobre su incomodidad que conocía y, (consciente de la casuística habida en los últimos meses), de la angustia que me creaba la posibilidad de que nos quedáramos parados en mitad del campo porque el cachivache chiflador sufriera una avería espasmódica. ¡Mil veces maldita sea mi estampa y la hora en que se me ocurrió semejante barbaridad!

(Fuente: Diario HOY)
Llegamos a la estación y el tren ya estaba allí, esperándonos con aspecto inofensivo. Y, de entrada, su ronroneo embaucador me sedujo como canto de sirenas haciendo que recordara, vívidamente, antiguos viajes ilusionados y benéficos. Si llego a saber la que me esperaba, a buenas horas me monto yo en semejante engendro. Entramos al coche que nos correspondía y, después de salvar tres escalones diseñados para fracturar escafoides, llegamos a nuestros asientos. Cuando vi el altillo al que tenía que encaramar la maleta y a pesar de que desde nuestros asientos no era visible, opté por depositarla en una estantería situada frente a la puerta de entrada del vagón, donde permaneció todo el viaje al albur de que algún espabilado la trincara y nos hiciera la pascua. Pero, aun a costa de vigilar a todo aquel que se bajaba, preferí esa inquieta custodia a una posible fractura vertebral en la operación de ‘encarame’. Además, los asientos, duros como el pedernal, de juntos que están apenas dejan espacio para estirar algo las piernas y si abates la balda de plástico que tienes delante, quedas encajonado como cochino camino del matadero. Una pantalla prehistórica colgada del techo te va informando de las distintas estaciones a las que llegas, al tiempo que una voz, femenina e impersonal, te lo dice en español y en inglés. Muy propio, sí. Pero no sabes a la velocidad a la que vas, a no ser que esta sea superior a los 120 quilómetros a la hora. De manera que el velocímetro apenas aparece en ella a lo largo de las 6 horas en las que estás allí recluido. Hay ratos, muchos y muy largos, en los que el cacharro se encabrita y empieza a traquetear y a dar bandazos como una carreta mormona camino de Oregón, produciéndote  la sensación de estar sentado en la silla de Felipe II dentro de una enorme coctelera. Entonces el peligro de latigazo cervical no es baladí. Y los varones que  tengan la mala suerte de no compaginar las ganas de orinar con estos arranques de violencia desbocada, deben tener por seguro que no acertarán con el chorro en la diana inodora ni de coña. Lo último en confort el puñetero tren, sin duda.

(Fuente: Diario HOY)
En fin, lo peor es que el suplicio no acabó para mí al llegar a Madrid porque, nada más bajarme en Chamartín, ya empezó a atormentarme el hecho de saber que tenía que volver y repetir la catastrófica experiencia ferroviaria. Ante semejante perspectiva los días que he pasado allí los he vivido, ensimismado y sin presencia de ánimo, en un continuo llanto interior y con unos ataques de pánico extenuantes. Y acordándome de todos y cada uno de los políticos parlanchines, embusteros y desvergonzados, de aquí y de allí, responsables de este escarnio sangrante. ¡Menuda caterva infame, primo!