sábado, 25 de octubre de 2014

EL GRAN NICOLASITO

Tuve como profesora de Historia, en aquellos gozosos años en que cursé el bachillerato en el Instituto Zurbarán, a doña María Bourrellier. Recuerdo sus lecciones magistrales en las que, con una infinita paciencia y un lenguaje exquisito, trataba no sólo de que conociéramos la Historia de España, sino también de espolear nuestra curiosidad por los temas que a ella le apasionaban y así se abriera en nosotros el deseo de saber más. No le debía resultar fácil a una educada mujer como ella, de lenguaje correctísimo y poseedora de una elegancia antigua y atemporal, lidiar con una pandilla de mozancones como nosotros. Pero creo que el amor a su vocación la hacía inasequible al desaliento. Tengo frescas en mi memoria su imagen en el estrado, muchas de sus enseñanzas y algunas anécdotas de las que fue involuntaria protagonista. Y, especialmente estos días, ha destacado por entre el batiburrillo de mi magín la disertación que nos dio sobre “Las meninas”, de Velázquez, lienzo del que nos ofreció una radiografía precisa y detallada, al tiempo que nos empapaba de sus conocimientos sobre los Austria y, en este caso, sobre el reinado de Felipe IV. En aquella época sin ordenadores ni pizarras electrónicas, para que pudiéramos seguir mejor sus explicaciones nos entregó, a cada uno, una reproducción de la obra que, como es natural, debíamos devolver al finalizar la clase. Así aprendimos cómo se llamaban los personajes que en ella aparecen, su función en la Corte y su ubicación en el cuadro. De todos los nombres el que más hilaridad nos producía, por su sonoridad trompetera, era el de Nicolasito Pertusato, que es el enano que aparece a la derecha, junto a Mari Bárbola y el mastín.

Evidentemente, como el avispado lector ya habrá deducido, me ha aflorado este recuerdo de juventud gracias al personaje de moda en la actualidad española, tocayo del enano velazqueño, Francisco Nicolás Gómez Iglesias, bautizado en los medios como “El pequeño Nicolás” y rebautizado en mi cacumen, quizás por un ataque de añoranza de aquellos tiempos mágicos, como “El gran Nicolasito”, detenido el pasado día 14 por la policía acusado de estafa, falsedad y usurpación de funciones públicas. A partir de ahí y en apenas diez días, hemos ido sabiendo de las andanzas y engañifas del personaje. Ahora tiene veinte años pero, como poco, lleva actuando desde hace por lo menos tres. Una carrera corta pero intensa porque en ese tiempo se ha codeado y ha vendido la pluma verde a políticos, empresarios, sindicalistas, policías e, incluso, a la Casa Real, que lo invitó a la coronación de Felipe VI. El tipo es un portento, sin duda, que ha conseguido, entre otras cosas, la cuadratura del círculo, como es la de engañar a políticos y gerifaltes significados que han sido, y siguen siendo, expertos en el tema del engaño. Se ha fotografiado con ellos, que ahora aparecen a nuestros ojos con caras de tonto, emulando a los retratos sicológicos de Alberto Schommer, y haciéndoles probar de su propia medicina. Si este asunto, al que muchos medios han dado un toque de frivolidad picaresca que raya en lo anecdótico, es tan sencillo y lineal, sólo me queda quitarme el sombrero ante el desparpajo de un tipo que, lampiño y a partir de los diecisiete años, ha sido capaz de engatusar a nuestra élite política, económica y social, y hacernos ver que este país es, cuanto menos, un país escaso y corto por demás. Porque, según la versión oficial,  Nicolasito empezó su carrera diciendo que era de las juventudes del PP, consiguió las primeras fotos con unos incautos y otros papanatas y, a partir de ahí,  subió como un suflé. Digo que si esto es así de simple y visto lo visto, cuando el Estado Islámico quiera invadir Al-Andalus, sus integrantes tan solo deberán afeitarse las barbas, quitarse el turbante y la mugre, enseñar unas cuantas fotografías y decir que son de las juventudes del PP. Cuando nos demos cuenta están en los Pirineos y nos tienen rodeados y, los que queden, todos zumbando a la llamada del muecín.

Y es que en este asunto hay cosas que no cuadran, que chirrían a poco que se escarbe en lo meramente folclórico: ¿Por qué fue detenido por la Unidad de ‘Asuntos Internos’ de la Policía, que es la policía de los policías? ¿Por qué, tras un interrogatorio de siete horas y por los detalles que les dio sobre el CNI, éstos llamaron allí para preguntar si el elemento era uno de los suyos? ¿Cómo pudo colarse en la coronación de Felipe VI? ¿Quién lo avaló, quién lo acreditó? Cuando se entrevistó con el dirigente del sindicato Manos Limpias para interceder por la infanta, ¿cómo pudo mostrarle unas grabaciones de sus conversaciones telefónicas? ¿Por qué la empresa que lo hacía le pagaba un chalet de lujo en Madrid de a 5.000 euros mensuales? ¿De dónde sacaba el dinero para el alquiler de los coches de lujo que usaba? ¿Cómo pudo utilizar un coche policial para su viaje a Ribadeo con la falacia de que iba a comer con el rey? Si el delito por el que ahora la justicia le procesa ha quedado reducido a una simple estafa, ¿dónde fueron la falsedad y la usurpación de funciones que también motivaron su detención?  ¿Por qué el juez de instrucción que ha asumido el procedimiento ha decretado el secreto de sumario? ¿Qué ‘información delicada’ hay en la declaración de Nicolasito que no debe conocerse? En fin, demasiadas preguntas sin respuesta.


La primera jueza que se hizo cargo del caso dice en su auto: Vaya por delante que esta instructora no acierta a comprender cómo un joven de 20 años, con su mera palabrería, aparentemente con su propia identidad, puede acceder a conferencias, lugares y actos a los que accedió sin alertar desde el inicio de su conducta a nadie, por muy de las Juventudes del PP que manifieste haber sido. Pues eso mismito digo yo. 

viernes, 17 de octubre de 2014

DEL DESENCANTO POLÍTICO

Ahora viene, de nuevo, el desencanto. Las aguas turbias traen de vuelta desde el pasado una sensación que parecía superada después de años viviendo en la ilusión recobrada, porque en determinadas situaciones el optimismo solo sirve, al cabo, para abrir la puerta por la que se cuela la desesperanza como un viento helado y recurrente, y así el hormigueo del desánimo recupere carta de naturaleza. De un tiempo a esta parte vuelvo a sentir en el estómago ese nudo asfixiante de la decepción, esa angustia de constatar que España es una patria condenada a devorarse a sí misma, un país en el que la clase política, ciega y obcecada, anda en un permanente ensayo de canibalismo, siempre empezando a ser para no acabar siendo nunca mientras, torpe y ensimismada, vuelve a caer en los mismos errores, en el mismo egoísmo ausente de siempre, en el mismo extrañamiento de la sociedad a la que dice entregarse. Estoy hastiado de esta pléyade mediocre de sacamuelas, de su pose hipócrita de sacrificados servidores del bien común, y de las peroratas rancias que nos arrean desde el púlpito de un supuesto liderazgo moral tan artificioso y falso como lo es su empatía con el pálpito que late en las calles, ajenos como están a todo lo que no sea su propio ombligo y el mantenimiento de su estatus... En fin, perdón por esta jeremiada introductoria, por este desahogo terapéutico, pero en mi descargo he de decir que ayer viernes cumplí 62 castañas y quizás el paso de los años, que estrecha el tiempo y magnifica los recuerdos, me haya cogido esta vez más flojo, algo más cansado o, simplemente, más hasta los mismísimos albarillos de toda esta patulea de continuos principiantes, que andan trastabillando y dando palos de ciego a costa de nuestras vidas y nuestras haciendas.

Y es que llevamos una temporadita (crisis del ébola, sainete catalán, tarjetas negras...) en la que leer periódicos, escuchar noticias o ver telediarios me ha supuesto vivir en un estado de constante sobresalto, yendo de la indignación al pasmo y del abatimiento a la ira como un muñeco del pimpampum. La ralea de personajes estomagantes y despreciables que han desfilado por páginas y pantallas ha sido la repanocha. El elenco es para arrasar en los premios Golden Raspberry sin despeinarse: un consejero de Sanidad zampabollos y bocazas; una ministra del ramo inútil y a punto de arrojar la literalidad de su apellido sobre ciudadanos inocentes; políticos de ideología y partidos dispares, sindicalistas de diverso pelaje y empresarios de alta y baja estofa, insaciables, capitaneados por un ex ministro taimado y un viejo-verde lechuguino y prepotente, enfrascados al alimón en el trinque tarjetero con un desparpajo y una desfachatez que ni el Dioni; un presidente de la Generalitat pelele y alucinado, jugando a ser el miramamolín de un país forjado a imagen y semejanza de sus delirios de grandeza y caudillaje; un expresidente de lo mismo, trincón y embustero, con una ristra de hijos que dejan a los Dalton en pañales y, envolviéndolo todo como una costra pegajosa y cutre, un rezume permanente de incapacidad y de pringue que te deja en la boca el sabor acre de lo irremediable, la sensación de que nuestra suerte está echada porque lo nuevo viene cargado de lo que ya pasó y (ahí es donde la puerca tuerce el rabo) ansioso por repetirlo. Maquillado y a la moda, pero cateto y antiguo. Se repiten esquemas, soluciones, actitudes, de tal manera que escarbas un poco en la superficie de tanta parafernalia novedosa y sólo hallas más de lo mismo. Un rodeo florido y engañoso para volver al punto de partida en el que te encuentras con las telarañas y el moho de siempre.



Aprovechando el ruido de campanas y para acabar de completar el cuadro patético de esta realidad encorsetada y fatal, sólo faltaba la aparición de un grupo, de un partido que lo es sin serlo, de unos círculos que, comandados por los nuevos profetas de la esperanza y la felicidad, prometen arreglar este cotarro haciendo tabla rasa. Tienen la fórmula mágica para acabar con todos los problemas que afligen al país gracias a un cóctel ideológico, de lo más novedoso sin duda, mezcla de estalinismo-leninismo-trostkismo, democracia bolivariana, libertad castrista, participación ciudadana y unas gotas de angostura, perdón, unas gotas de acracia sui géneris, que acabará con el paro, la desigualdad social, la deuda estatal, la corrupción y la casta, todo del tirón. Jauja, vamos. Y aunque ellos, por motivos obvios de conservación y supervivencia, no hablan de caspa, me recuerda este embaucamiento de charlatanes a la película Por mis pistolas, de Cantinflas. En ella interpreta a un boticario de un pueblo mejicano, Fidencio Barrenillo, que le da a beber a un parroquiano una pócima que no la supera ni el bálsamo de Fierabrás. El potingue, según el talentoso boticario, es válido para curar “la agrura, los vómitos, el mal de espanto, el mal de ojo, la bilis, los riñones, el recargo intestinal, las anginas de pecho y erupciones, los tabardillos, la ‘garraspera’, el dolor de cabeza, el dolor de muelas y el dolor de estómago. Y para el mal de San Vito, la pulmonía, los soponcios, el chorrillo, granos, torzones y hasta para la caspa, que se cae con todo y pelo”. Su nombre científico es nada menos que el de “Agua Límpida Milagrosa”. Pero lo que en realidad le estaba dando al incauto era tan sólo bacanora. O sea que si ganan estos magos del cuento, nos veremos en su paraíso todos calvos y borrachos. Dada mi alopecia, la mitad del camino yo ya lo tengo hecho. Pues el que venga detrás que arree.
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viernes, 10 de octubre de 2014

CHAPUZAS CRIMINALES

“No hay mal que por bien no venga”, dicen que dijo Franco, dando muestra fehaciente de una altura moral aún menor que la física, cuando se enteró de que su amigo Carrero Blanco había volado por los aires a manos de ETA. Salvando todas las distancias, infinitas entre una situación y otra, y dado que es frase hecha y sobada que lo mismo vale para un roto que para un descosido, eso mismo podríamos decir, si lo analizamos con mediana sensatez, del embrollo con todos sus pormenores que se nos ha venido encima a partir del contagio por virus de Ébola de la auxiliar de enfermería Teresa Romero. En unos pocos días ha habido tal acumulación de noticias, sucesos, declaraciones, dictámenes, medidas, actuaciones y medias verdades que no encontraba manera de aclararme ni de saber, con un poco de calma desinteresada, si tenían razón los unos, los otros o ninguno de ellos. De modo que para poder adquirir razón (si es que esto es posible en este caso) he tenido que bucear en el maremágnum de una información apabullante -y tantas veces sesgada por la ideología o el pesebrismo- intentando separar el trigo de la paja. Y ni aún así creo haber salido airoso del trance. Pero, bueno, si de este asunto, manipulado por aquí y por allá, han opinado (y ahí va mi primera valoración) un consejero de Sanidad ceporro y disparatado, y una ministra del mismo ramo insípida y berzas, por qué no voy a poder hacerlo yo.

Desde mi punto de vista y (recalco para los cerriles) a partir del contagio de la auxiliar de enfermería Teresa Romero, la primera víctima irreversible del desconocimiento o del cinismo de las autoridades encargadas de gestionar la crisis ha sido el perro de la enferma, Excalibur, al que han matado por si las moscas. Una vez que se supo que la decisión estaba tomada, las movilizaciones que se organizaron para impedir una muerte a todas luces precipitada les vinieron a los mandamases como anillo al dedo, así desviaban el foco de atención desde su inoperancia hasta la algarada callejera de unos desaprensivos que, etiquetados así por corifeos de uno y otro pelaje, ‘valoran más la vida de un perro que la de una persona’, siendo esto último absolutamente demagógico y falso, pues los manifestantes sólo trataban de impedir una muerte en principio innecesaria. (Si se me permite la digresión, puestos a elegir y dependiendo de qué persona estemos hablando, en más de un caso yo me quedaría con el perro sin el menor atisbo de duda). Una de las razones que se esgrimieron para la felonía fue que la Comunidad de Madrid no dispone de instalaciones adecuadas para poner al animal en cuarentena. Leo en “La Razón”, (y cito al medio sólo para evitar suspicacias paranoicas), que en esa Comunidad, en Valdeolmos,  existe un animalario nivel 4, que depende del INIA-Ministerio de Economía y Competitividad-Gobierno de España, capacitado para acoger a Excalibur. Se negaron a hacerlo puesto que ya estaba dada la orden para su sacrificio. Pues eso, ¡fuera bicho!, aunque muerto el perro no se acabó el ébola, valga la salida facilona.

Siendo lo anterior grave, la cadena de chapuzas, improvisaciones y despropósitos que ha llevado a que Teresa se contagie y haya podido contagiar a otros, entra de lleno en el terreno de lo criminal. Empezó mal, con el ingreso de los dos misioneros en el Carlos III a cargo de un equipo médico que denuncia la falta de formación recibida y la insuficiencia de las medidas de seguridad: Equipados con trajes de protección nivel 2, cuando los indicados para estos casos son de nivel 4, obligados a quitárselos en un cuchitril de 1x1,20 metros y, en el día en que presuntamente la enferma se contagió, sin otra persona que la vigilara ni cámara grabando como es obligatorio. Y siguió peor, con la surrealista situación de ‘vigilancia pasiva’ a la que pasó después de la muerte de ambos misioneros, en la que se le permite hacer vida normal, sólo obligada a tomarse la temperatura dos veces al día y, si tuviera fiebre, a llamar al Servicio de Prevención de Riesgos Laborales de La Paz. Así lo hace el día 29 de setiembre, pero como la temperatura no alcanza los 38,6º que indica el protocolo sui generis de Sanidad, y a pesar de que dicho Servicio tenía constancia de sus antecedentes de exposición al virus, se le indica que vaya a su médico de familia, cosa que ella hace al día siguiente sin contarle su situación al no pensar, quizás por la pasividad del mencionado Servicio, que pudiera estar infectada. Le diagnostican gripe y le recetan antipiréticos y analgésicos. En la madrugada del 6 de octubre se encuentra peor y llama a Emergencias. Un epidemiólogo de Salud Pública le hace telefónicamente la encuesta protocolaria y descarta el riesgo de ébola. No obstante un médico de Emergencias la visita y, viendo su estado, ordena su traslado en ambulancia al hospital Fundación Alcorcón. La ambulancia es la habitual y los profesionales que realizan el traslado no adoptan ninguna medida precautoria, dado que la alerta por ébola no está activada. Es en el hospital de Alcorcón donde, tras conocer sus antecedentes, la aíslan y, tras dos análisis, confirman el contagio por virus de Ébola. A todo esto la ambulancia sigue realizando traslados, hasta siete, antes de ser desinfectada. A partir de ahí, el vía crucis para Teresa, que lucha por salvar su vida, y la inquietud para trece personas ingresadas en observación. Y la riada de declaraciones mostrencas o silencios ominosos de los impresentables políticos de turno, mamarrachos que con su inoperancia han puesto en jaque la salud y la vida de un puñado de ciudadanos y para los que la destitución sería apenas un regalo navideño.


Ojalá que Teresa consiga salir airosa de esta lucha con la muerte y los demás ingresados salgan indemnes del riesgo corrido, a pesar de que parece que nuestras incompetentes autoridades sanitarias han actuado en contra de tan buenos deseos. Mientras tanto Rajoy, el jefe de la tribu, levitando en su mundo virtual, nos comunica orondo que sus colegas europeos le han felicitado por lo bien que España está gestionando esta crisis esperpéntica. Seré generoso y pensaré que semejante idiotez es consecuencia de su desconocimiento idiomático. Igual le han dicho inútil y pringue zorra y él, impertérrito en su ignorancia, les ha contestado con un “zanquiu” mayestático. Ya te digo.

sábado, 4 de octubre de 2014

ELECCIONES EN LA UNIVERSIDAD DE EXTREMADURA


Para que el ambiente se adecúe al color sepia retroactivo, el siguiente párrafo deberán ustedes leerlo, escuchando la sintonía de cabecera del No-Do, con solemnidad impostada tipo David Cubedo:

 “El próximo día 29 del presente mes de octubre, la Universidad de Extremadura va a vivir la fiesta de la democracia. Al cabo de casi cuatro años de las últimas elecciones, la comunidad universitaria volverá a tener la oportunidad de votar a la persona, y con ella  al equipo, que regirá sus destinos durante otros cuatro años más. Hasta entonces, los dos catedráticos que han formalizado sus candidaturas para ocupar el puesto de Rector (que, como cualquier atento lector de estas líneas seguro que ya habrá descubierto, es la recompensa que se dilucida en este incruento combate), estarán inmersos en la vorágine de una campaña electoral intensa, en la que tendrán la oportunidad de exponer a los electores su programa de gobierno y sus palpitantes propuestas, innovadoras o renovadas, para que la docta institución siga caminando, al tiempo que se engrandece, por la senda de la sabiduría, el conocimiento compartido y la formación de esta nuestra briosa juventud que es la esperanza del futuro regional e, incluso, patrio. Ambos candidatos saben que la Extremadura y la España del mañana están en sus manos y, con vocación y desprendimientos dignos del mayor encomio, se aprestan a la apasionante tarea de convencer a un electorado ilusionado y riguroso para que la balanza se incline a favor del latido de uno de los dos generosos corazones que, si bien ahora y por mor de la pugna electoral se sienten circunstancialmente rivales, son, sin embargo, confluyentes en el sacrificio altruista de la búsqueda del progreso común y el desarrollo de nuestra querida y entrañable Universidad”.

Aunque les haya podido parecer excesivamente caricaturesca la puesta en escena, la democracia universitaria, en cuanto a la elección de Rector se refiere, resulta aún más cochambrosa que la relamida perorata anterior. Y la calidad de la misma anda pareja con la orgánica de Franco, aquella de Familia, Municipio y Sindicato. En el caso que nos ocupa, para disimular la aberración, se ha sustituido el mecanismo franquista por otro aparentemente más aséptico pero igual de engañoso y discriminatorio. Estoy aludiendo al llamado “voto ponderado”, eufemismo maquiavélico por el cual, a pesar de que el Rector sea elegido por sufragio universal y directo, algunos votos son más universales que otros. Transcribo el artículo 92.2 de los estatutos de la Uex, para que comprueben la magnitud de la boñiga: “El voto para la elección del Rector se ponderará, por sectores de la comunidad universitaria, en la siguiente forma: 51 por ciento para los profesores doctores pertenecientes a los cuerpos docentes universitarios, 16 por ciento para otro personal docente e investigador, 23 por ciento para los estudiantes, y 10 por ciento para el personal de administración y servicios”. Según esto, el día 29 se podría dar el caso, muy improbable pero no imposible, de que votara un sólo PDI doctor y lo hiciera al postulante A, mientras que los más de 21.000 electores restantes lo hicieran al postulante B. Aplicando el birlibirloque trilero saldría elegido el primero al obtener el 51% de los votos, o dicho en su jerga, “el apoyo proporcional de más de la mitad de los votos a candidaturas válidamente emitidos, una vez hechas y aplicadas las ponderaciones contempladas”. La ponderación y la Ley Orgánica de Universidades es lo que tienen, y vienen a poner las cosas en su sitio con total justicia y equidad porque de todos es sabido que el voto de un doctor, cum laude por supuesto, es infinitamente más valioso, dónde va a parar, que el de un administrativo o un conserje, posiblemente sin capacidad de discernimiento y que bastante tienen con poder votar sin que les escupan. Y, ahora que pienso, anda el redentor coletudo atizando a la casta de su imaginario populista, cuando resulta que tendría que haber comenzado por lo que le rodea en su lugar de trabajo como docente, empezando por él mismo. Pero el tipo, ya se sabe, ve casta en cabeza ajena y no ve caspa en la suya.

En fin, hace cuatro años, con motivo de las anteriores elecciones, ya escribí un artículo en la misma línea que éste que no pensaba escribir para no repetirme. Pero en habiendo empezado la gestación de este paripé democrático, comenzaron las tripas a hacerme chiribitas y he sido incapaz de contenerme. Y es que me resulta incomprensible hasta la náusea que a las alturas en las que estamos de siglo y de civilización, pueda seguir perviviendo este sistema clasista y repugnante en los cimientos de una institución que debería ser ejemplo de todo lo contrario. Y que a los rectores no sólo no se les caiga la cara de vergüenza por el método discriminatorio, injusto y denigrante por el que son elegidos, sino que no hagan nada, en esas sonadas reuniones de la CRUE en donde demandan subsidios, para erradicarlo promoviendo los cambios legislativos que sean precisos. Quizás es que, así, sólo tengan que centrar sus esfuerzos de campaña en satisfacer las aspiraciones, generalmente cuantificables, de sus compañeros de departamento o de centro, doctores como ellos y con un voto per cápita que es oro líquido, y en donde la endogamia y el amiguismo resulta práctica común. Posiblemente los demás votantes tan solo sean vistos por estos señoritos engreídos como figurantes necesarios, pero prescindibles, de esta  mascarada insultante. Pues eso, que conmigo no cuenten. Que los voten sus iguales parnasianos o, en su defecto, su tía la del pueblo.