sábado, 3 de diciembre de 2016

CIRUGÍA ABIERTA EN LA CMA (II)

... Digo yo que será porque, al sentir que no tenía escapatoria, acepté la situación mansamente y eso me llevó a aquel relajo dulce, a una modorra suave y agradable de la que me sacó una mujer que en principio también presumí enfermera. Mientras me espabilaba, ella había corrido las cortinillas que rodeaban mi lecho, una especie de mosquitera opaca que nos libraba de miradas indiscretas. Como me habían dicho que lo que iban a hacer era cogerme una vía venosa, me extrañaba que se utilizara tamaña parafernalia para preservar mi intimidad. Al fin y al cabo de lo que se trataba era de pincharme en un brazo... A no ser, ¡ay, madre mía!, que la vía debiera cogerse en alguna vena adyacente a la delicada ubicación de mi hernia. Y al instante me imaginé, en un escalofrío, la parte más sensible de mi anatomía transformada en un sofisticado y lacerante acerico con cánulas y llaves de paso de colorines.

En esas dolorosas elucubraciones andaba metido, a punto de perder mi presencia de ánimo, cuando la buena mujer me sacó de mis dudas y de mi pánico: “Yo soy la peluquera, ¿sabes, hijo mío? Vengo a rasurarte”. Le indiqué, aliviado, que la víspera, cuando llamaron para confirmarme la cita, me dijeron que debía ir con la zona rasurada. Y así lo había hecho yo. O al menos lo había intentado, dada mi inexperiencia en tales menesteres. Ella, dicharachera, con una campechanía que te obligaba a despejar cualquier atisbo de vergüenza o pudor que pudieras sentir, tras bajarme los calzones e indicarme que me pusiera con las piernas dobladas y abiertas, (“como si fueras una mujer dando a luz”), colocó un empapador bajo mis posaderas, echó una ojeada profesional a mi pubis pelón, (“lo has hecho muy bien, hijo mío, pero quedan algunos detalles”), y mientras me hablaba de su madre, del número de pastillas que tomaba diariamente, me preguntaba por mi historial, y por patatín y por patatán, me dio un repaso con la maquinilla de afeitar por delante, por detrás, por arriba y por abajo, con la misma naturalidad que si estuviéramos charlando en la barra del Deportivo con una cervecita por delante. Acto seguido, otra enfermera me cogió en el brazo, con delicadeza y sin dolor, la vía venosa de marras. Y dejaron entrar a mi santa. Entre su presencia, lenitiva y tierna, y los 3 goteros que me endilgaron, esta vez no me quedé traspuesto, me quedé frito como un leño.

Me despertó la voz tronante de un celador preguntando: “¿Quién es Jaime?”. Estuve a punto de responderle: “Eso quisiera saber yo”, que era lo que el cuerpo me pedía. Pero fui disciplinado y me limité a levantar la mano. Mientras cogía mi cama para el traslado, me despedí de mi santa parafraseando la súplica pronunciada, hace demasiados años, por mi amigo Alejandro Pachón en similares circunstancias, y que sigue viva en nuestro acervo común: “Cuida de nuestros hijos, Nini”, le dije con un hilo de voz. Y sin solución de continuidad, el celador cogió ímpetu y nos llevó a mi cama y a mí por aquellos pasillos con una pericia y una velocidad que ni Fangio en su apogeo. Viendo pasar luces por encima de mí, me pareció estar montado en algún cacharrito de las ferias de mi niñez. Tan es así, que, presa de mi ensueño, a punto estuve de pedirle que me diera otra vueltita. Y al fin entré en quirófano, imbuido aún de efectos vertiginosos. Quienes allí estaban (cirujano, anestesista, ayudantes...) me saludaron, me preguntaron, me distrajeron mientras, tras ponerme en posición de Cristo crucificado, colocaban en mi nariz las olivas del oxígeno y me chutaban la sedación. Algún pinchazo de la anestesia local noté pero, a partir de un cierto momento, apenas nada. Les oía hablar, sabía que me estaban enredando por ahí abajo, notaba movimientos de tripas, algún dolor momentáneo, pero ninguna sensación de angustia, ningún tipo de aprensión. Sentía que mi cuerpo no era mío. Un soy sin ser apacible, casi gozoso. En esa ausencia de mí, me preguntaban y yo quizá respondí, o acaso lo hizo un Jaime extrañado del que revoloteaba aturdido entre los focos del techo, como luciérnaga incierta. Al cabo de ¿45 minutos?, de vuelta a boxes. Con Fangio y con el colocón. Recuperación del chute, paseos vacilantes, meada, instrucciones a seguir y a las cinco y media de la tarde, en casa otra vez. Vaya... como experiencia medianamente astral, me sobra y me basta. No necesito más, porque, como dice el proverbio, “hasta con requesones puede ahogarse a un convidado”.

El lunes pasado me quitaron los puntos. Y ahí sí que vi la mayoría de las estrellas de la Vía Láctea con lluvia de Perseidas incluida. A pesar de mi ignorancia en estas cuestiones, me lo maliciaba apreciando a diario en el espejo la evolución de la sajadura. Me temo que quienquiera que suturara la mayor parte de la misma, sin duda más por inexperiencia que por espíritu creativo, en vez de un cosido lo que hizo fue una labor de primoroso bordado de bigudí en cadeneta y dobladillo de realce, con hilo tan fino y tan apretado que al tiempo que la herida iba cicatrizando, enterraba los puntos bajo la carne. De modo que, para quitarlos, fue necesario tirar de los minúsculos trozos de hebra (‘gañotes’) que asomaban, para que aflorara el nudo y poder cortar.  La enfermera de mi Centro de Salud, el del Centro, sufría a mi compás, desesperada e impotente. Bueno está, ya pasó. Y no me importa haber sido conejillo de indias de un costurero en prácticas. Lo que espero es que, en lo sucesivo, el sastre, al menos le indique al novicio cómo deben hacerse los zurcidos. Y lo vigile mientras zurce. Mayormente, para evitar que su víctima tenga que acordarse de sus muelas una por una y punto a punto. Como yo hice aquella mañana. 


Como digo, espero que una y no más. Pero si la vida me obliga a tener que pasar por otra, ojalá que sea allí, en la CMA. No solo porque significará que el problema necesita una cirugía menos peliaguda, sino porque sabré que, exceptuando al zurcidor que suturó mi herida, estoy en manos de unos buenos profesionales, y, por encima de todo, de un personal de enfermería, (y de peluquería, claro), con una capacidad empática más que suficiente para hacer que el mal trago no sea tan desamparado. Y eso no tiene precio.

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