viernes, 4 de diciembre de 2015

EL PACIFISTA PANOLI

Días atrás he recordado una anécdota de mi pubertad, de cuando aún hacíamos, entre pandillas rivales, guerrillas a peñascazos detrás de La Estellesa. Ninguna se saldaba con más tragedia que alguna pitera pero todas, sin excepción, con la huida vergonzante del bando perdedor y el cachondeo fanfarrón y prepotente del ganador, que duraba hasta el siguiente enfrentamiento. En una de esas quedadas descalabrantes en la que,  tras una derrota más que bochornosa, mis colegas y yo andábamos con ansias de revancha, uno de los nuestros, quizás harto de escaramuzas, o tal vez impulsado por un sincero deseo de confraternización y de paz, o acaso temeroso de volver a sufrir un vapuleo tan catastrófico como el que allí nos concitaba, decidió acercarse a las líneas enemigas para tratar de convencerles de la inutilidad de aquellos enfrentamientos. Por más que quisimos disuadirlo y hacerle comprender lo equivocado de su actitud, él se empeñó en seguir adelante con tan descabellada empresa, tan convencido como estaba de llevar a cabo una misión redentora que acabaría para siempre con tanta violencia inútil. Y así fue que mientras con ademanes histriónicos se despojaba de su carga de piedras al tiempo que gritaba “¡parlamento, parlamento!”, (ya que el muchacho era así, más bien repipi y sabihondillo), el inconsciente adalid de la paz se dirigió con paso decidido, no diré que demasiado marcial, hacia las posiciones rivales. Nosotros, intuyendo la calamidad que se avecinaba, nos preparamos para un contraataque que estaba más que cantado. Cantado era poco, porque no bien el incauto pacifista se hubo acercado lo suficientemente a ellas, y tras la orden tajante de su jefe, el enemigo inició un ataque furibundo contra él con intensidad tan enconada, que en un santiamén recibió una andanada de piedras como jamás habíamos visto en anteriores enfrentamientos. El imprudente salió indemne de forma milagrosa. No sólo por la supuesta intervención de San Tarsicio, que en aquella época creyente alguien invocó, sino porque, alerta como estábamos y prestos al combate, arremetimos contra los bárbaros con tal furia desbocada y salvaje que los puso pies en polvorosa antes de que nos diéramos cuenta. Una vez celebrada la victoria, tras el recuento de heridos y lesionados, el tontopollas tuvo que salir de najas porque algunos de nosotros nos dirigimos a él con la intención de darle más de una colleja o incluso, como demandaban los más coléricos, de escupírsela sin más preámbulos. La verdad es que se lo tenía merecido, porque fue avisado de la idiotez que quería cometer y su empecinamiento en la floritura y en el buenismo ñoño nos pudo haber costado un buen disgusto. En esas situaciones, no querer aceptar la ralea del que tienes enfrente y empecinarte en la quimera de pensar que las palabras pueden servir de escudo contra las piedras, solo conduce al descalabro seguro.

Me he acordado de esta anécdota porque la actitud de este panoli viene que ni pintiparada para hacer un paragón con la que mantienen, en lo que al terrorismo yihadista se refiere, Pablo Iglesias y sus variopintos adláteres. Tras el terrible atentado de París y el anuncio de una respuesta militar contundente por parte de Hollande, ver las cotas de ridiculez, si no de estulticia, que han alcanzado las declaraciones y conductas de esta troupe de políticos, advenedizos, espontáneos, exjueces, exmilitares y “gente de la cultura”, parece que enfrascados en una absurda competición para ver quién dice la parida o la cursilería más estrambótica, me tiene todavía pasmado. El paradigma que resumiría toda esta parafernalia sentimentalista y relamida podría ser el manifiesto “No en nuestro nombre”, rubricado por los y las “abajofirmantes” de carrera, con algunos y algunas interinos e interinas recién llegados y llegadas, una acumulación empachosa y aturrullada de estereotipos, eslóganes y frases hechas que, sibilinamente, introduce en el mismo saco a víctimas y terroristas en un alarde de equidistancia que asombra e incluso, como en mi caso, repugna. Con la demagogia grandilocuente a que nos tiene acostumbrados la peña y el dogmatismo que rezuman encaramados en la atalaya de una superioridad moral tan falsa como su discurso, el panfleto no viene a ser sino una muestra más del vacío de unas propuestas, carentes de toda ilación lógica, que deambulan en una nebulosa voluntarista y embustera en la que se confunden realidad y deseo. Tan obsesos andan en el paripé, que incluso nos dicen que “la democracia, los Derechos Humanos y la aspiración a una paz con justicia no son un camino… sino que constituyen en sí mismos un camino…”. ¿En qué quedamos, Demóstenes? En fin, cada vez me convencen menos, si es que eso puede ser posible. De lo que sí estoy convencido es de que si alguno de estos cuentistas hubiera caído en aquella pandilla nuestra de entonces, de seguro que habríamos acabado escupiéndosela. ¡Vaya que sí!


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