sábado, 7 de noviembre de 2015

EL EMBRUJO DE LOS FOCOS

No recuerdo en qué año, ni bajo qué lema o excusa, ni a santo de qué santo, Tomás Chiscano me invitó a Don Benito a un encuentro de poetas. Lo que sí recuerdo con total nitidez es verme encaramado al escenario del teatro dombenitense, en una tarde en que yo no estaba para mucha lírica porque atravesaba una “crisis creativa” que no acababa de romper y la poesía iba por derroteros muy ajenos a los que yo sentía. Muy poco convencido, había elegido cinco o seis poemas inéditos que, sin parecerme indignos, no me satisfacían de ninguna de las maneras. Mientras esperaba mi turno de intervención, inseguro e incómodo, releyendo unos folios que me quemaban en las manos, pasó por mi cabeza, con machacona insistencia, la idea de, llegado el momento, realizar confesión pública de mis dudas, pedir perdón por mis neuras y, acto seguido,  hacer mutis por el foro, coger el coche y salir pitando con mi santa camino de Badajoz en busca del refugio del hogar.

 El borde del escenario estaba poblado de una serie de focos de colores variados, incluso dispares, que nos enfocaban directamente. Y yo, imbuido como estaba por el desasosiego de una huida cada vez más decidida, al tiempo que acorralado por la zozobra de la defección y la angustia de defraudar a mi anfitrión, fui presa del embrujo turbador de esa luz cegadora que, sin duda, trastabilló mi mermado oremus. ¿Cómo no aprovechar esa claridad polícroma para explosionar y liberarme de tanta congoja?, pensé de forma menos repipi que como ahora la escribo. A mayor abundamiento, ¿qué otra ocasión iba a presentárseme en la vida para sacar de mi pecho una espina ya enquistada pero aún hiriente? Porque en lo alto de aquel escenario, ante un público receptivo y amable, vi que era una oportunidad que ni pintiparada para dar rienda suelta al sueño larvado de una quimera que, además, me serviría para salir del aprieto emocional en el que me encontraba. Y así fue que, llegado mi momento, me acerqué al micrófono y, después de mal leer un par de poemas que me escocían como una quemadura intravenosa, tras breve explicación de mis cuitas al respetable, tiré por la calle del medio y me arranqué cantando el “¡Ay pena, penita, pena!”. Y lo hice con todo el sentimiento que las circunstancias me imponían. Gesticulando, como tiene que ser. Mientras lo hacía, oí a mis espaldas la risotada desbordada y amplia de Santiago Castelo, y ahí supe que una huida que podría haber acabado de manera trágica se había transformado en camino de salvación. No diré que vítores, pero aplausos sí que hubo. Cuando, al bajar de la palestra, se me acercó un parroquiano y me dijo que cantaba mejor que recitaba, yo, a pesar de estar seguro de que había leído mis poemas sin interés y sin ninguna convicción, es decir, muy malamente, recibí esa obviedad con un agradecimiento y una satisfacción que aún me duran. En fin, una mala tarde la tiene cualquiera. Aunque, como en esta ocasión, acudieran en mi ayuda, para salvarla, la generosidad risueña de un amigo inolvidable y la paciencia de un público benévolo y misericordioso.


Y es que hay que ver el riesgo soterrado que pueden esconder unos inocentes focos. Si te dejas seducir por su erótica envolvente, tienes muchas posibilidades de  llegar a ser esclavo de una adicción más peligrosa que la provocada por la más peligrosa de las drogas. Y si los focos van acompañados de cámaras, micrófonos y toda la parafernalia mediática, para qué te cuento. Mismamente lo que le está pasando al líder de Podemos, enganchado al chute televisivo con un ansia enfermiza y patética que deja a la altura de unos pardillos a Franco y su No-Do. Y el caso es que, no hace mucho, le oí en televisión quejarse de la pérdida de su anonimato y de la incomodidad que eso le comportaba en su vida diaria, aunque asumía tan tremendo sacrificio con la dignidad de quien lo sufre con la vista puesta en la sublime misión de redimir al pueblo español de la tiranía de un capitalismo desalmado y perverso. Pura filfa, postureo de lo más cutre porque, a los pocos días de su queja hizo una gira por distintas cadenas soltando una nueva versión de su matraca, que dudo mucho de si será la última, dada la facilidad que tiene este correlindes de estudiado desaliño para cambiar sobre la marcha, con una falta de pudor y un descaro que asustan, un discurso cada vez más cursi, más endeble, más hueco y más impostado. Y sin posibilidad de echar mano de un “pena, penita, pena” que lo salve. Lo peor será que, llegado el 20D, quienes no la tengamos seamos nosotros.

5 comentarios:

Manuel López dijo...

Me sorprendes

Manuel López dijo...

Me sorprendes y me regocijo contigo

cele dijo...

Buenísimo. Y que le den a señor podemos q seguro q no aprovechaba ni con esos focos que le faltan.

imasdymasymas dijo...

Efectivamente, pena pepita pena lo que leo.

Jaime Álvarez Buiza dijo...

Hombre, Gregorio González Perlado, ¿ahora te escondes "más y más y más" para compartir tus penas?