jueves, 13 de mayo de 2010

DESESPERANTE ESPERA


Por desgracia, de tres años para acá mis relaciones como paciente con el SES, antes ocasionales, han tenido que intensificarse por mor de una serie de distintas cascarrias concatenadas que no viene al caso explicitar. He de decir, de antemano, que el trato que he recibido de los profesionales que me han atendido ha sido siempre excelente. Gracias a ellos mis piteras están controladas, salvo algún mínimo desajuste seguramente achacable a un, por mi parte, contumaz quebrantamiento de las normas. Cerveceramente hablando.

Debido a esta situación sanitaria que adolezco, he tenido que sufrir recientemente, y en el corto espacio de 48 horas, dos visitas regulares al médico. Ya dije en estas mismas páginas, y pido perdón por repetirme, el suplicio que me supone cumplir con estas obligaciones medicales. No por la visita en sí, sino por el protocolo ineludible que ésta lleva aparejado, léase, esperas por tiempo indeterminado soportando los alardes quejosos de una patulea de cofrades circunstanciales, que exhiben sus males como medallas de guerra, estableciendo entre ellos una competición sorda y, a veces, no tan sorda, y que consigue elevar mi natural misántropo a cotas de asesino en serie. Como decía en aquella ocasión, en esta espera desesperante no conozco a nadie, ni saludo a nadie, ni hablo con nadie. Ahora he subido un escalón en mi beligerancia: si me hablan o preguntan, no contesto. A lo más que llego es a emitir un gruñido ronco. Sin mirar. Sólo pretendo que, aquellos que interrumpan mi aislamiento empeñados en participar en ese ranking deleznable de miserias, me odien tanto como yo a ellos. Quizás como un intento inconsciente de reciprocidad que haga que me sienta menos culpable de mis rarezas y mis neuras. A mayor abundamiento, en esta ocasión solicité cita por Internet y, previsor, imprimí el comprobante de manera que, sentado en aquel pasillo-vagón y rodeado de enemigos, a cualquiera que se acercaba a mi refugio para preguntar la hora de mi cita, le gruñía y le enseñaba el papel como respuesta.

En esas estaba, leyendo El tiempo envejece deprisa, de Antonio Tabucchi, título muy adecuado a las circunstancias, cuando me golpean el hombro. Me vuelvo y me encuentro a una señora que me espeta las preguntas de rigor: “¿Por qué hora va? ¿A usted a qué hora le toca?” Y yo, en mi rol, le gruño al tiempo que le enseño el papelito de la cita. Sin apenas mirarla. La señora insiste en golpear mi hombro de nuevo y cuando iba a ser diana de mi exabrupto, me madruga y me dice: “Es que no sé leer”. Sufrí, entonces, un repentino ataque de piedad que mermó mis defensas. La miré. Vestía camisa y falda negra hasta los tobillos y, a la cabeza, pañuelo a juego. Debilitado como estaba, traicioné mis principios y le contesté: “Yo entro ahora, señora. Mi cita era a las diez menos cuarto”. Se sentó frente a mí, nuestras miradas se cruzaron y entonces me di cuenta de que estaba perdido, porque estas criaturas, avezadas en la monserga, tienen un sexto sentido para descubrir las grietas por las que colarse y plantarte la perorata de manera inmisericorde. Y así fue. Antes de que yo pudiera huir, empezó a farfullar la letanía quejumbrosa de sus males al tiempo que, sin solución de continuidad, se arremangaba los refajos hasta enseñar la pantorrilla, que lucía una especie de venda mugrosa. Y fue en el momento en que la comadre subía la pierna, cuando recibí una andanada de los efluvios que le salían de las bajeras tan contundente, que perdí la noción de la realidad y hasta de mi propia existencia. Afortunadamente, en este crítico momento se abrió la puerta de la consulta. Con los ojos en blanco y a punto del sopitipando, escapé hacia ella tambaleante. Eso evitó la catástrofe. La mi médica, Isabel, que ya me tiene calado, fue consciente de la zozobra que me invadía y no le dio importancia a mi tensión que, a consecuencia del fétido ataque, se había encaramado a 17/8. Cuando me iba, ya más entonadito, la individua seguía publicitando sus dengues. Y yo salí de allí con una sensación agridulce, pero contentísimo de ser paciente. Y no médico.



4 comentarios:

Carlos Rivero. dijo...

Me alegro que fuera sólo una visita médica de "reparaciones menores".
Pero una vez más, la descripción ácidosatíricofestiva de la situación, es digna sólo de Jaime Alvarez Buiza.
jajajajajj...
Un abrazo.

Muli dijo...

Je,je,je.¡Te pasa cada cosa!Yo creo que es mejor que no vayas a las revisiones,porque un día te va a dar un sopitipando en la sala de espera.
Besos,henmano

Primitivo Algaba dijo...

Hola Jaime, acabo de descubrir tu blog y no he tenido más remedió que entrar para saludarte y recordarte los años de instituto que pasamos juntos.
He leído tu aratículo y me ha gustado tu sentido del humor tan particular y lo bien escrito que está.
Espero y deseo que tus males sean cosa de nada. Te seguiré leyendo
Un abrazo
Primitivo

Manolo López dijo...

Yo entraba hoy a tu blog a comentarte algo sobre tu artículo de hoy, "la vida de los otros", pero veo que no lo has colgado aquí todavía. Volveré. Mientras, al hilo de tus cuitas sanitarias, te transmito algo que me dijo una vez un profesional de la sanidad: "Si quieres tener días felices, no te analices". Y no te extrañe que te escriba tan temprano, es que estoy esperando al cabrón del pintor que me advirtió que estaría en mi casa hoy a las 8.30 de la mañana y ya son las 9.48 y no llega y estoy matando el tiempo. ¿A ti no te ha pasado algo así nunca?. Un abrazo, Manolo López