sábado, 15 de septiembre de 2018

LA SOLEDAD BUSCADA


Il dolce far niente prolongado del que disfruto desde mi jubilación me ha hecho un experto en soledades. Y un sibarita en remolonear madrugadas. Poco a poco, un día tras otro, ensimismadamente, me he ido instalando en la creencia de que el tiempo es un esclavo triste, de que su paso es un triunfo de los míos con cada advenimiento de la luz, con cada entrega al sueño. De este modo, relativizando la crueldad de su intransigencia, siento que consigo ganarle la partida. Sé que él seguirá siendo, que al final, cuando yo ya no esté, ni tú, ni nadie, él continuará atado a su servidumbre, a su obligado transcurrir monótono, aburrido. Pero me iré con la certeza de una victoria que no es tan solo mía, la comparto con vivos y con muertos porque  hasta que eso llegue, habré disfrutado de caminar al compás de su ritmo, regodeándome en su pesar, en su impotencia, mientras lo desprecio y me ensaño en su fracaso con cada amanecer, con cada latido de mi corazón, emoción tras emoción, muerto tras muerto. Y lo humillo al refugiarme en el fulgor de la luz de unos ojos que me dan la razón de vivir. Venzo su exactitud en cada silencio, en cada mirada furtiva, disimulada, absorta, que recuesto en aquellos a quienes quiero y que él, mientras yo amanezca, no podrá impedirme. Juego con la ventaja de que se sabe esclavo de sí mismo.

Mi melliza y yo.
Busco la soledad como un respiro. Y me aíslo en la ausencia de aquellos que me llaman, en silencio,  tratando inútilmente de evitar su distancia. Rendido, cubierto de imposibles, rodeado de caminos que nunca podré andar hacia el encuentro, me dejo engatusar por la cadencia diferente e igual, callada y triste, del murmullo interior .Y sueño que renazco en otra vida libre, limpia, próxima, que anida en los recuerdos, mientras converso a ratos, en silencio, con los amigos muertos para echarlos de menos y sufrir, tratando de que entiendan, en su ausencia obligada, que sigo en una espera imposible y callada en busca de sus sueños. Y es el momento absurdo de abrazar  a mis padres y a mi hermana melliza atravesando olores de otro entonces por pasillos de luz y resplandores.

Busco la soledad como una huida. Y mientras disecciono la tarde cual un forense experto y descubro el misterio de la melancolía, suena el tiempo en mis manos. Hay arrullo de intentos detrás de las palabras que laten en mi pecho. Vivo los días, los años, el instante infinito de un trayecto al vacío, sabiendo que el avance es retroceso en el tiempo que vive o duerme uncido a lo inflexible de su marcha. La vida es tan cobarde que al compás de la artrosis va cavando trincheras, va separando sueños, invita a la distancia, predispone al olvido. Recupero la duda y asumo la ignorancia para matar su inercia. Porque asumiendo lo que ignoro, esa mujer bifronte que intenta camelarme dejándose querer, nunca podrá ganar. Y doy a la añoranza atisbos de futuro. Desconcierto de caminante quieto. Trucos de ilusionista en esta feria impuesta.

Mi perro, Chaqui.
Busco la soledad como un retorno. La luz que se atardece, pardeando, derrama suavemente su tristeza sobre las ramas de la morera amiga, tótem leñoso y quieto de mi anhelo. El campo huele ausente, tiene un algo de insomne desquiciado. Dentro de mis oídos, en el revés del alma, oigo ladrar a Chaqui, guardián de mi memoria, con un quejido ausente, estupefacto. Y yo vengo a escribir estos quebrantos como un asombro que la vida orilla. Me arrebata, de pronto, la nostalgia. Florecen los recuerdos como lágrimas. Me siento un junco herido de futuro en medio de esta tarde de setiembre que se ignora a sí misma. Presa del desaliento, en mi desasosiego, hago inventario. Compruebo, satisfecho, que nada está perdido y que aún conservo todo: ilusiones, ternura, sentido del humor, la dicha de una duda permanente, mi libertad, el amor, la ciclotimia, las dosis oportunas de iconoclasia crítica, un cierto escepticismo que invita a la ironía, mi carácter gruñón, mis zapatillas... Recupero mi pulso poco a poco, despacio, abrazado a unos ojos que acarician mis labios en silencio, hablando con mis hijos y aprendiendo sus sueños. La vida es un milagro. Soy ‘el amo del tiempo’.

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