sábado, 11 de junio de 2016

HUIR DE LA SENTENCIA

Cuando el caminar, la vida, viene a veces como viene, con ese despotismo doloroso que nos maneja, nos zarandea y nos hace peleles de sus caprichos, la única solución inteligente para que no pueda acabar con tus defensas hasta inutilizarte, es dejarte llevar. Aprovechar su corriente melancólica y ser capaz de sobrevivir sacando partido de su crueldad. Cuando la angustia viene a enturbiar, de forma inesperada, injusta, el paraíso engañoso de la vida diaria; cuando el paso imperceptible y malgastado de los momentos que nos hacen ser y a los que hacemos siendo se distorsiona y, de repente, tropiezas y, trastabillando en la penumbra, te desequilibras y caes en el desánimo, debes, aun con el corazón desgarrado, buscar refugio para evitar su triunfo. Porque el náufrago que trata de vencer las olas, imposible alegoría forzada de la vida,  la muerte y el silencio, siempre sucumbe a ellas. Harto de bracear, exhausto entre la espuma de sus embates, acaba por ahogarse. Y, así, sigue viviendo sin apenas saberlo, porque vivir se vuelve una palabra que no define nada que no sea un mecanismo rutinario. Tan solo un proseguir con las costumbres, los horarios, las luces y las sombras de los días que siempre son y siempre están ahí, independientemente de sus ojos.

En una hermosísima milonga, El aromo, Atahualpa Yupanqui nos habla del sufrimiento de la Acacia caven, conocida en Hispanoamérica como aromo criollo o espinillo negro. En su canción, el árbol, nacido en la grieta de una piedra a la que parece que rompió para nacer de sus adentros, situado en un alto inhóspito, es envidiado por enredaderas y otros árboles celosos de que él, solo y florido,  tenga tanta tierra a su disposición. Pero Yupanqui, con la sencillez contundente de quien sabe mirar más allá de lo evidente, nos desvela la verdad de su existencia. Y canta:

 Como no tiene reparo
 todos los vientos le pegan,
 las heladas lo castigan,
 l’agua pasa y no se queda.
Ansina vive el aromo
sin que ninguno lo sepa,
con su poquito de orgullo
porque es justo que lo tenga.
Pero con l’alma tan linda
que no le brota una queja,
que no teniendo alegrías
se hace flores de sus penas.

Eso habrían de envidiarle
los otros, si lo supieran.  

He titulado este artículo “Huir de la sentencia”, alusión, acaso fácil, a los dos libros de despedida que nos dejaron, como última muestra de generosidad y de valentía, de entrega y de honestidad, Jesús Delgado Valhondo y José Miguel Santiago Castelo. Ellos lograron, como ese aromo humilde y desprendido, hacer flores de su dolor, vencer al silencio, iluminar el páramo al que se sabían irremediablemente condenados. Y regalarnos la soledad del tiempo de uno solo y de la pérdida como un brote de  luz emocionada. Hay en sus páginas poemas tan contundentes, tan definitivos, que resulta difícil leerlos sin sentir la grandeza de quienes supieron seguir siendo ellos en la antesala de un adiós irremediable y sentenciado, de una huida inminente. Los leo… y los escucho, porque sus voces resuenan en mi corazón como un eco cercano, como un abrazo amigo que recoge mis lágrimas. Ya sé que no volveré a verlos y, sin embargo, renacen en mis sueños, los siento como sientes una brisa en la nuca, inesperada, una presencia absurda, una risa callada, sonora, compañera. Porque eso es la poesía, “el milagro de huir donde volvía”.


Intentaba decir al principio de estas líneas, que han tomado un camino sonámbulo y algo destartalado, que la vida a veces desencaja los goznes de los días, desajusta bisagras, altera, desconcierta, te reta a que te enfrentes a ella en un duelo trucado en el que siempre llevas las de perder aunque, engañosa, ella te haga sentir que le has ganado. Se entretiene con la ventaja de tu incertidumbre. Hay que seguir viviendo así sin más remedio, en su juego tramposo, ignorando el mañana de mañana. Yo aún tengo la poesía como escudo. Y eso la desconcierta. Ya veremos…

3 comentarios:

fernando dijo...

¡No puedo leer algo tan bien escrito sin sentir remordimientos de ser una hierba inútil como la que describe y poetiza Atahualpa Yupanqui. Jaime, ¡qué bien escribes y cómo lo transmites! Espero soportar las lluvias escondido en la grieta de mi alma y soñando con las verdes praderas del Señor.

Teresa dijo...

Precioso, Jaime. Besos para ti y para Trini.

Jose Antonio Maestre dijo...

Precioso artículo.tito Jaime.Sublime y entrañable.