
Deambulaba por las calles del
centro de su ciudad sin rumbo fijo. Hacía casi una vida que no iba por aquel
barrio que durante unos pocos primeros años fue el suyo y esa tarde, en la que
después de unos días fríos y grises el sol había salido, sintió la necesidad de
recorrer de nuevo sus calles y visitar así recuerdos y vivencias al amparo de
la tibieza de aquella luz de invierno. El paso del tiempo no había conseguido
borrar el color de la plaza, que seguía siendo el mismo que él guardaba en su
interior, el de la ternura de una infancia feliz y despreocupada, el color
mágico de un mundo alegre donde la fantasía era ley y que los héroes de mil
aventuras, siempre las mismas, siempre diferentes, reflejaban en sus brillantes
espadas templadas en las fraguas de ciudades innombrables. Se detuvo en medio
de aquel útero acogedor y eterno, ensimismado en el revivir de las batallas
que, casi una vida atrás, había librado entre sus soportales contra los oscuros
guerreros de la reina triste, el yelmo plateado con penacho rojo sobre su
cabeza y su espada de doble filo, “Vencedora”, manejada con destreza. Y en la
ilusión recobrada de entonces creyó reconocer el eco que los cascos de
caballos, bufando excitados y guarnecidos para la ocasión, producían al golpear
con violencia el

suelo empedrado. Su cabeza era tal torbellino de emociones
que, presa de un vahído nostálgico, a punto estuvo de perder el equilibrio, que
sólo pudo recuperar apoyándose con fuerza en su hermoso bastón de madera de
palisandro con empuñadura de plata, regalo de la empresa por su jubilación.
Lucía una plaquita, de plata también, en la que se había hecho grabar la frase,
“¡Voto a bríos!”, que era santo y seña de sus peripecias infantiles. Así, la
espada imaginaria que ayer defendía su niñez, se había transformado hoy en
bastón en el que apoyar el peso de su pérdida.
Repuesto del leve desvanecimiento,
enfiló relajado una de las doce calles que confluían en su plaza. Estaba, como
media ciudad, adornada con luces y guirnaldas que anunciaban el carnaval que comenzaría
el viernes de esa semana. Distraído y ausente, sumido en sus ausencias, se
encontró de pronto, como aquél que despierta sobresaltado de un sueño profundo,
leyendo el rótulo multicolor de una tienda que rezaba en grandes e historiadas
letras góticas: “SUEÑOS DE CARNAVAL”. Debajo, un lema aseguraba: “Tenemos lo
que su fantasía necesita”. El escaparate era un mundo heterogéneo y caótico de
disfraces, caretas, maquillajes, pelucas y accesorios “para todos los gustos,
para todas las épocas, para todas las fantasías”. Impelido por un impulso
irrazonable y, pensó, impropio de su edad, franqueó la puerta. Se sorprendió al
ver

que la tienda era bastante más grande de lo que parecía vista desde el
exterior, y de que todo lo que en el escaparate parecía batiburrillo y mezcla,
era allí equilibrio y sistema. A lo largo de las paredes se alineaban
ordenadamente, por épocas, por sueños, por quimeras, disfraces completos y
maravillosos que correspondían a personajes reales o ficticios. Héroes de
leyenda, asesinos famosos, grandes inventores o detectives de novela convivían
en el aire de aquella extraña tienda. Absorto y confuso, respondiendo a la
invitación de la joven que atendía el negocio y que había estado pendiente de
su recorrido, franqueó una puerta con una chapa claveteada en la que podía
leerse: “Tu aventura”. Y al fondo de una pequeña habitación, iluminado por una
luz cenital que parecía surgir de la nada, se reencontró con el sueño de su
infancia: Allí el yelmo plateado y brillante con su penacho rojo, la loriga, la
sobrevesta también roja con el escudo del reino bordado en oro, los
guardabrazos, guanteletes, quijotes, grebas... y la espada de doble filo,
“Vencedora”. ¿Qué estaba ocurriendo, Dios mío, qué es lo que le estaba pasando?
La voz de la joven, situada a su
espalda, le hizo salir del estado de estupefacción y desconcierto en que se
encontraba: “Creo que está hecho a su medida, don Manuel”. Balbuceó un ‘sí’
tímido, repetido en trémolo, y más turbado, aún si cabe, al ver que lo llamaba
por su nombre. Antes de que se diera cuenta, el disfraz estaba empaquetado
primorosamente y metido en un bolsa que al pronto le pareció pequeña para
albergarlo y que creyó no iba a poder cargar. Sin embargo, al cogerla, la
sintió liviana, apenas el susurro de una sombra, el peso de un suspiro.
Mientras se alejaba camino de su casa, la bolsa en una mano, el bastón en la
otra, desde la acera la chica, como intuyendo sus cuitas, le gritó: “Nuestros
sueños no son un lastre, don Manuel, ¡voto a bríos!, son nuestra fuerza”.

El viernes, a la hora del pregón
carnavalero, llegó a la plaza enfundado en su disfraz, temeroso, inseguro, con
el corazón latiendo por una excitación de ayer, de ahora, de siempre. El gentío
la llenaba. Y él oyó a sus espaldas los tambores de su ejército que avanzaba a
su paso, el bufar de los caballos nerviosos, el golpeteo de sus cascos sobre el
empedrado. Y vio el ondear de estandartes, las lanzas dispuestas, las espadas
prestas. Y, enfrente, las armaduras oscuras de los guerreros de la reina
triste, sus penachos oscuros, sus corazas de azabache apagado. Y oyó sus
desgarradores gritos que parecían provenir del mismo infierno queriendo
emponzoñar la luz de sus recuerdos. Entonces supo cuál era su misión:
Desenvainó la espada, abatió la celada, espoleó a su caballo de capa roja y al
grito de “¡voto a bríos!” se lanzó de lleno a la vorágine de la batalla
dispuesto a defender, incluso con su vida, la ilusión de los días, el reino de
su niñez dichosa y despreocupada, el color de su plaza, el tiempo recuperado de
su alegría por vivir.
1 comentario:
¡Qué bonito!
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