sábado, 1 de marzo de 2014

LA VIRGEN CONDECORADA


Esta semana, dos informes previos del Poder Judicial han desmantelado sendos anteproyectos de Ley, estrellas refulgentes de esta segunda mitad de legislatura marianista: el de la Ley para la Protección de la Seguridad Ciudadana del ministro Fernández, y el de la Ley del Aborto del ministro Gallardón. Con respecto al primero, se pone de manifiesto la inconstitucionalidad de muchos de sus artículos más contestados y peliagudos, mientras que para el segundo se pide directamente su retirada. Dado que, una vez que se eleven a definitivos, estos informes no tienen carácter vinculante y, conociendo el talante intransigente de los dos perlas a quienes se enmienda la plana, me temo que tan expertas opiniones quedarán en agua de borrajas. O, más propiamente,  en agua bendita de borrajas. Ya he dicho en alguna ocasión que esta pareja de chupacirios, uno ególatra furibundo, el otro converso cuarentón, forman un bloque dogmático con unos tics autoritarios tan asumidos, tan somatizados que, de no ponerles freno, nos acabarán retrotrayendo a los confines de la edad oscura, si no a zambullirnos de lleno en ella. La verdad es que ninguno de los dos desentonaría en un gobierno presidido por Carlos Arias.

Jorge Fernández comenzó su carrera política en el año 1978, cuando contaba 28 años. Y desde entonces, este inspector de Trabajo no ha parado: Delegado de Trabajo en Barcelona, gobernador civil de Asturias y de Barcelona, concejal en el Ayuntamiento de esta última, diputado del Parlamento catalán y del Congreso, senador, secretario de Estado para las Administraciones Públicas, de Educación y de Relaciones con las Cortes, vicepresidente tercero del Congreso y, por fin, Ministro del Interior desde diciembre de 2011. 36 años, pues, chupando rueda. En 1979 ya se le vieron maneras cuando, en su etapa de delegado de Trabajo en Barcelona y con la excusa de que no se habían convocado oposiciones y nada se lo impedía, colocó bajo su égida a dos hermanas, un hermano, tres cuñadas, su propia esposa y una prima de ésta. Se decía por entonces que él y sus parientes llenaban una planta entera del edificio que ocupaba la citada delegación en Vía Layetana. Y no es para menos.

Pero esto fue antes de su conversión, que se inició el año 1991, estando de viaje oficial en Estados Unidos invitado por el Departamento de Estado. Ocurrió un fin de semana que los llevaron a Las Vegas de turistas: “Allí, por medio de un gran amigo que sin duda fue un instrumento de la providencia de Dios, Él salió manifiestamente a mi encuentro”, nos dice el propio converso en una entrevista. No nos aclara si la manifestación de este encuentro se materializó en forma corpórea o fue sólo un soplo espiritual, lo que sí sabemos es que el proceso culminó seis años después en que, según nos cuenta, el Señor le dijo, dando testimonio, ya ven, de a qué alturas llega la inmersión lingüística: “Hasta aquí hemos llegado. O caixa o faixa”. Y ese ultimátum divino fue lo que le hizo cruzar definitivamente la línea que lo separaba del redil. A partir de ahí, presa del frenesí del converso, su biografía catecúmena adquiere proporciones siderales: supernumerario del Opus, miembro de la Orden Constatiniana de San Jorge, rosario, misa, comunión, lectura espiritual y oración diarias... Y un autor de referencia, Vittorio Messori, converso como él, “con quien me unen tantas cosas. El providencialismo, por ejemplo. Messori analiza los acontecimientos teniendo en cuenta que Dios es el Señor de la Historia, del Tiempo, de la Cronología”, nos confiesa. Pues me parece muy bien. Quiero decir que a mí me da igual que cada cual crea en lo que quiera creer, mucho más en temas tan particulares, tan íntimos, como son las creencias religiosas. Pero, siendo ministro del Interior, subordinar la actividad política a esas creencias no sólo me parece ilógico, sino altamente peligroso. Y él así lo hace cuando comparte su íntima convicción de que “Dios está muy presente en el Congreso. Las Cortes son el órgano legislativo del estado, y Dios, el gran legislador del universo... Vivo la política como un magnífico campo para el apostolado y la santificación, como el lugar donde Dios quiere que esté”. Y termina desbocado del todo afirmando que “en la vida las cosas no suceden porque sí, o gracias a los amigos, o por lo listo que uno sea. Todo esto son causas segundas, mediaciones humanas que responden a los designios de Dios”. Pues eso, ya sabemos por qué se ahogaron los inmigrantes en la playa del Tarajal.


Aplicar estos postulados de providencialismo iluminista a la política de Orden Público puede dar lugar a situaciones chocantes. Me imagino a la policía antidisturbios dotada, como complemento de sus medios disuasorios, de un hisopo lleno de agua bendita por si un acaso los alborotadores estuvieran posesos y así compaginar exorcismo y vergajazos. O, aún mejor, llenar el tanque de la manguera con ella y repartirla a granel. O introducir en la nueva ley sanciones administrativas para agnósticos y ateos. O dictar orden de detención contra el mismísimo Belcebú. No es demasiado descabellado lo que fabulo porque El Pato, como denominaban al ministro sus adversarios políticos, ha concedido esta misma semana la medalla de oro al mérito policial a Nuestra Señora María Santísima del Amor. Parece que esta figura mariana cumple los artículos 4 y 5 de la ley franquista que rige su concesión. Como coja carrerilla capaz es de nombrar comisario perpetuo al apóstol Santiago e, invocación mediante, mandarlo a lomos de su corcel blanco a arreglar los problemas migratorios de Ceuta y Melilla. ¡Estaría de Dios!

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