La palabra «nefelibata» procede de los vocablos
griegos «nephélē» (nube) y, enlazado con él, «bátēs»
(que anda). De modo que de la unión de ambos deducimos que un nefelibata es, «sensu stricto»
etimológico, «el que anda en/por las nubes». Según el DRAE, es un adjetivo,
usado también como sustantivo, que designa a una «persona soñadora, que no se apercibe de la realidad». Y digo yo de paso, y con eso arrimo el ascua a mi
sardina, no necesariamente el soñador a que se refiere tal definición haya de
serlo en el
sentido más benévolo del término, que podríamos parangonar con quijote, iluso,
idealista o, incluso, ingenuo. Porque el nefelibata al que me refiero en el título
de este artículo es el que el DRAE define en la segunda acepción de «soñador» como
aquel menda «que cuenta patrañas y ensueños o les da crédito fácilmente».

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Quién me iba a decir a mí, ni a
nadie, que esta palabra iba a adquirir rotundo protagonismo en estos días
amargos que vivimos. Porque mientras los ciudadanos que no están confinados,
digo, personal sanitario, farmacéuticos, miembros de las FFAA y FFCCSS,
bomberos, camioneros, basureros, barrenderos, empleados de supermercado, conductores
de autobús y de ambulancias, y otros ‘muchos bastantes’ (Arturito dixit) que sin duda
olvido, están dejándose la piel y la vida por nosotros, Pedro Sánchez, el presidente entronizado del Gobierno de España, está
cada día más cerca de convertirse en el paradigma del nefelibata por
antonomasia, autosugestionado con haber sido seleccionado por el pueblo para
alcanzar las nubes más altas, más distantes, más etéreas, más esponjosas. Y en
estos días de encierro, atiborrado de periódicos en línea y de programas
televisivos en la cocina, me he asombrado siguiendo en unos y otros el ascenso
alienado del susodicho hacia la verborrea más vacua y la mentira más descarada.
Y he comprobado, en sus gestos despreciativos de malevo y en sus palabras
cargadas de suficiencia, el desprecio a los que, vivos o muertos, incomodan su
ascenso hacia la cúspide de un Olimpo soñado a la medida de su desparpajo ególatra. La frase
puesta en boca del ministro del Interior, con semblante cada día más zombi y
más entelerido, resume perfectamente el pensamiento de nuestro nefelibata
embelesado: «Este Gobierno no tiene ningún motivo para arrepentirse de nada», dijo
el tal, calculo que por boca de ganso. Sin duda un insulto arrogante y zafio a
los miles de muertos y a sus allegados (en el caso de los ancianos, una
auténtica masacre), a los miles de enfermos y a los millones de confinados. Y
un escarnio gratuito a sus sufrimientos.
En fin, la escalada hacia el
egocentrismo más irredento de este Churchill
de guardarropía creo que tiene mucho (todo) que ver con la labor del camarlengo
‘monclovita’, un personaje oscuro donde los haya, mercenario apátrida y calvo
arrepentido desideologizado aunque, por otra parte, sí, especialista sólido en
encumbrar a políticos por muy mediocres y faltos de cacumen que éstos sean. (O,
a lo peor, la solidez de su trabajo se deba precisamente a eso, a la medianía
de sus pupilos a los que puede manejar como a muñecos del pimpampum). Si al buen
hacer de este engendro añadimos la vaselina que, con sus encuestas bufas, le
proporciona el sacristán chabacano del CIS, por el momento no atisbo
escapatoria.
«¿Y mi nieta, eh...? ¿Y mi
nieta creciendo a lo lejos... ?». Pues eso, que nos queda más mili que a
Cascorro. Y yo con estos pelos, primo.
1 comentario:
Jajajá
Este doctor nefelibata anda siempre con sus ocurrencias. Su antecesor confesaba que pasaba el tiempo "contando las nubes", ¡toma nísperos!
En fin, menos mal que los nietos son una bendición
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