sábado, 14 de marzo de 2015

LA VIDA EN UN INSTANTE

En el año 2003, Alejandro González Iñárritu, dirigió una película inquietante, “21 gramos”, cuyo título hace referencia a un ensayo que, a principios del siglo pasado, llevó a cabo el físico norteamericano, Duncan MacDougall, con el que intentaba demostrar que el alma humana era una sustancia con masa y, por tanto, medible. Para probar su teoría, mezcla ciertamente incongruente de religión y ciencia, experimentó en una residencia de ancianos con seis moribundos. Los pesó, mientras agonizaban, en una cama que era, en realidad, el disfraz de una balanza industrial. Así pudo comprobar que, en el momento de la muerte, los desdichados sufrían una pérdida de peso de 21,26 gramos. Seis años después publicó su conclusiones en la revista “American Medicine” y en el “New York Times”, bajo el título: “El alma: hipótesis relativa a la sustancia del alma junto a una evidencia experimental de la existencia de dicha sustancia”. La comunidad científica, mayoritariamente, rechazó el supuesto hallazgo por inconsistente y falto de rigor, porque de forma lineal y acientífica deducía que la pérdida de peso del finado era debida a la migración de su sustancia espiritual. Incluso los más recalcitrantes lo despacharon de entrada porque, si científicamente no pudo demostrar la existencia del alma, a qué andar tratando de averiguar su peso. A pesar de todo, el mito de los 21 gramos de marras ahí sigue. Dando que hablar e inspirando películas.

En relación con lo anterior, y según cuentan quienes han estado al borde de la muerte, hay un momento antes de irte para siempre en el que tu vida se presenta ante ti en un recuerdo instantáneo y vertiginoso y, sin embargo, capaz de incluir una serie de detalles que, quizás para compensar el abismo de la nada, se despiertan en tu cerebro, como un descubrimiento estéril, en ese lance crucial. A increíble velocidad y, al tiempo, de manera nítida, parece ser que rememoras todo lo que fuiste de angustias y de dichas, de esperanzas y de fracasos, de luz y de oscuridad. Una especie de Juicio Final sin dios y sin más veredicto que el que tú mismo, -juez, jurado, fiscal, defensor, testigo y reo-, estás obligado a dictar. Una terrible y cruel pirueta postrera que te obliga a encararte con la vida justo cuando estás a punto de perderla. Aquí no hay experimento, sino tan sólo, y tanto, la experiencia de los que pasaron por el trance, esquivaron la huida (Valhondo dixit) y, de regreso, lo contaron. Y eso fue lo que le pasó a él de forma inesperada y osmótica.

Sintió el estruendo a su espalda, un latigazo seco y opaco que, pasados los días, aún continuaba resonando en su cabeza y le asaltaba y se repetía inopinadamente, produciéndole un escalofrío imposible de dominar. Al darse la vuelta, confuso y sin saber bien qué había pasado, la vio: inerte, tendida boca arriba, con los ojos cerrados y un gran charco de sangre bajo su cabeza. Había caído hacia atrás y a plomo mientras subía la escalera. La creyó muerta y, siendo ella su vida, él también se sintió morir. Fue en ese momento, mientras angustiado hacía infructuosos intentos por reanimarla, cuando los años a su lado, tantos ya, tan queridos, pasaron ante sus ojos como una exhalación vívida, casi tangible. Confirmó cuánto la quería y cuántas veces la había hecho sufrir con su carácter y su genio, insoportable en tantas ocasiones. La soledad  inundó su corazón como un aliento gélido, como un presagio funesto. Los recuerdos desfilaban inclementes ante él dando forma a un balance que arrojaba una deuda impagable. Sintió una infinita tristeza por el sufrimiento que le había causado en tantas tardes de soledad y de abandono, por su generosidad, por su paciencia, por los años perdidos sin compartir la niñez de unos hijos a los que, ahora, trataba de hacer regresar a una edad irrecuperable para empezar de nuevo lo imposible, por el dolor postrero de su padre. Sufría, viéndose, por no haber sabido demostrarles su amor, su cercanía. Todo estaba ahí sin estar más que en la sinrazón de su quimera, de ese ensueño sonámbulo. Y parecía que la luz de la tarde hubiera ido a esconderse tras los párpados de su mujer, en su quietud serena e inquietante, mientras la llamaba sin obtener respuesta. ¡Qué terrible el silencio de su cuerpo inmóvil! Por fin, al cabo de unos minutos interminablemente inciertos, ella abrió los ojos y su mirada perdida recorrió la habitación sin ver. Balbuceaba de forma ininteligible y se quejaba. Acarició sus mejillas tibias mientras decía su nombre y buscaba en sus ojos el brillo cotidiano. Sus lamentos, triste señal de vida, aliviaron el inmenso dolor que le oprimía. Y la soledad.

Los días, corriendo hacia adelante como es su obligación, suturaron heridas, limpiaron hematomas y aplacaron dolores. La sangre regresó adonde debía y la mirada retornó a sus ojos. La vida es lo que tiene, que a veces te supera atropelladamente para seguir viviendo. Pero él sigue escuchando ese sonido ronco del espanto de pronto, del silencio callado, del dolor infinito de sentirse, sin ella, indefenso y perdido ante la nada.

1 comentario:

Muli dijo...

Me quito el sombrero ante "La vida en un instante",Sr.Buiza.
Maravilloso comentario,sentimiento puro y pura prosa poética.
Mientras lo leía y releía,la congoja me "agarró"el alma,que no sé si pesa 21 gramos.Sentí que la mía,en esos momentos de la lectura,pesaba mucho más.
Un saludo.