Adoro este país llamado España.
Casi con la misma fuerza que, a veces, lo detesto. Es como una novia díscola
que te la juega y te tiene enfurruñado durante una temporada y, de buenas a
primeras, te sorprende con un abrazo inesperado, o una nueva declaración de
amor que te derrite. Aunque, claro, la España de cada cual tiene tantas facetas
distintas y contrarias, y puede ser mirada desde tantos puntos de vista
diferentes, que resulta dificilísimo, imposible, categorizar sobre ella. Todo
se reduce a una reflexión personal, peculiar y posiblemente discordante con
otras muchas de otros muchos. Porque pienso, a veces, que los países no son más
que un ente de razón justificado por un territorio y una historia común interpretable
siempre e interpretada, a veces, de muy mala manera. Habrá que echar mano, para
explicar estos estados de ánimo no solo distintos, sino contrarios, a la famosa
cuarteta-pastiche de Campoamor: En este mundo traidor / nada es verdad o es
mentira, / todo es según el color / del cristal con que se mira. Y el cristal
a través del cual miro yo la realidad de cada día me ha llevado esta semana del
desaliento a la esperanza casi sin solución de continuidad, en una suerte de
ciclotimia añadida y exógena.
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| (Fuente: elconfidencial.com) |
Me sostiene medianamente entero una
noticia esperanzadora que esta misma semana leí entre otras muchas desasosegantes o inútiles,
y que me devolvió la fe en la magia que la vida, cuando menos te lo esperas, te
regala para deslumbrarte y hacer que tu corazón recupere un latido ilusionado y
sereno. La historia, por sencilla, es aún más emocionante: Las 22,15 del día 27
de febrero en la A4, dirección Madrid. Un motorista, pincha. Estando en el
arcén, una furgoneta para y su ocupante se ofrece a llevarlo a la ciudad. Cargan
la moto en el vehículo y, al reiniciar la marcha, el conductor, presa de un
infarto, empieza a convulsionar y entra en parada cardiorrespiratoria. El
motorista, tras practicarle las maniobras de reanimación, lo mantiene con vida
hasta que los efectivos del Samur, avisados por él, lo estabilizan y consiguen
salvarle. Funcionó lo que los integrantes de emergencias llaman “cadena de la
vida”. Incluso conmigo, ya ven, tan lejos, tan sin saber. Para que luego digan
que los milagros son sólo cosa de los dioses.












