En alguna ocasión, en estas mismas
páginas, ya dije que no me gustan determinados tópicos, ni determinados
apotegmas porque, normalmente, los considero un recurso de insensatos, o sea,
de personas «faltas de sensatez, tontas, fatuas,» según precisa el DRAE por el
que de momento sigo guiándome y al que continúo obedeciendo en casi todo para
escribir, hablar y tratar de comunicarme sin insensateces lingüísticas. (Mis
desvaríos son ya otra cuestión en la que los académicos nada tienen que decir.
Como que, por ejemplo, a partir de ahora tildaré
diacríticamente los pronombres demostrativos y el adverbio
sólo, digan lo que digan ellos.) Decía
que no me gustan porque esas coletillas («España es diferente, las mayúsculas
no se acentúan, España nos roba, el sexo débil, las rubias tontas, andaluz
perro y gandul,...») proliferan en los labios de cualquier indocumentado que,
tras oírlas o leerlas en alguno de los programas de televisión o de partidos
políticos que nos atiborran de eslóganes y de idioteces, sale de su casa con el
convencimiento de que la memez asimilada es un buen puntito y exhibirla es una
manera de que los demás sepan que uno está al tanto de lo que se cuece, por
mucho que en el puchero de su cacumen solo hierva café de recuelo.
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(Fuente: diariosur.es) |
Me ocurre igual con determinadas
palabras que de sobeteadas por políticos y gacetilleros adjuntos acaban por
perder todo su significado, si es que alguna vez lo tuvieron con suficiente
nitidez. Palabras como fascismo o fascista, ultra o extrema derecha o izquierda,
populismo, golpismo o golpista, unas ya bastante impregnadas de arestín por un
exceso de uso torticero o ignorante a lo largo de los años en esta España de
nuestra lágrimas y otras sometidas a un abuso exagerado en tiempo récord, a
consecuencia ora de la espiral disparatada de la República catalana, ora del
advenimiento de Vox al Parlamento andaluz. El magreo institucional y mediático las
ha sometido a tal ninguneo dialéctico, que han devenido tan vacías de contenido
como las molleras de los políticos y comunicadores que las utilizan sin medida
ni conocimiento. Un poner: ¿Son golpistas el cabeza buque catalán independentista y los suyos?
Pues no. Golpistas fueron
Franco y
los suyos. Y golpistas
Tejero y los
suyos, que (y mejor me callo mis barruntos) a saber quiénes fueron en realidad.
¿Son fascistas
Albert Rivera o
Pablo Casado por llamar golpistas a los
nacional-separatistas catalanes? Pues tampoco. Fascista fue
Mussolini y fascista fue
José Antonio Primo de Rivera. Lo demás,
perdón por la repipiez, pura agnotología. Cochambre intelectual y posverdad,
valga el pleonasmo. Y no echo mano aquí de los algoritmos, que me vendrían al
pelo que no tengo, porque no sé qué coño son y, además, me dan mucho miedo.
Aunque estoy seguro de que algo tienen que ver con tanta y tan generalizada inconsistencia
verbal.
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(Fuente: Diariamente Neuquén) |
El caso es que, como decía, la
presencia de Vox en el Parlamento andaluz ha exacerbado entre nuestros
políticos y sus voceros afines este afán de categorizar vacuidades retóricas en
lo que a izquierda y derecha se refiere, regodeándose en el error histórico de
dar categoría de absoluto a unos términos que no son sino relativos y sujetos a
la ubicación de jacobinos y girondinos en la Asamblea francesa de la época
revolucionaria. De modo que ellos siguen el camino sinsorgo reabierto por la
irascible y sinuosa ministra de Justicia que padecemos cuando parió la
coletilla jerárquica de «la derecha, la extrema derecha y la extrema extrema
derecha,» que sin duda pasará a los anales del parlamentarismo español como
muestra palmaria de paranoia compareciente. Y a ella se le ha unido en la senda
exagerada de la charlatanería gaznápira,
Pablo
Iglesias, que rabioso con el sarpullido electoral andaluz decretó, sin
inmutarse, con una falta de rigor intelectual impropia de un profesor
universitario de Ciencia Política, el estado de «alerta antifascista». Sus
seguidores, claro, salieron por las calles de Cádiz, Granada y otras ciudades
andaluzas a perseguir fantasmas
Camicie Nere que, astutos y taimados, se escondían en escaparates de tiendas,
contenedores o coches aparcados en sus calles. Coches, escaparates y
contenedores que fueron los que sufrieron la ira revolucionaria de estos
justicieros cazafantasmas.

En fin, mi primera intención al iniciar esta perorata escrita fue hablar
de Vox y de su programa electoral, esas «100 medidas para la España Viva» que
ya archivo en mi ordenador, y decir si en mi opinión es merecedor de la alarma
y el repudio que ha concitado en unos, y del aplauso y entusiasmo que lo ha
hecho en otros. Pero me he ido por las ramas y éstas, incontroladas como en Jumanji,
han invadido el espacio del artículo. En cualquier caso, leídas las 100 una
primera vez a vuela pluma antes de que se me fuera la olla, he sentido desfilar
por mi magín a Santiago Apóstol, Ricardo
Corazón de León, el Capitán Trueno, Donald Trump, Salvini,
Pedro Sánchez, Aznar, Fraga, la Formación del Espíritu Nacional de
mi infancia, Daoiz y Velarde, Viriato, el Cid Campeador y cierto tufo a la 'España Una, Grande y Libre' de la autarquía franquista. Lo cual,
que el panorama no es demasiado alentador. Pero tengo por delante una semana
para rumiar y sacar conclusiones más sólidas. Si no me canso antes, claro.
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