viernes, 12 de junio de 2015

RECUERDOS LENITIVOS

Empujado por la muerte de Santiago Castelo, y mientras rumiaba penas y versos por su ausencia y por la cuota de soledad que deja en mi corazón, recordé anécdotas vividas junto a él y eso me hizo sonreír al tiempo que lloraba por su pérdida. En realidad, no hacía más que asumir esa dualidad contradictoria e inexorable que la vida lleva aparejada, risa y llanto, principio y fin, caras opuestas y complementarias de su propia esencia. Quizás para luchar contra la crueldad que esto supone la naturaleza nos dotó con la capacidad de recordar, de rememorar la vida que ya pasó y, sin conseguir el imposible de hacer que la vivamos de nuevo, al menos, al evocarla, dulcificamos nuestra impotencia ante su huida. Y así, de ensueño en ensueño, andamos en la quimera de rellenar vacíos con pompas de jabón que explotan al menor roce con la realidad. Pero, en fin esto es lo que hay y con ese peso hay que cargar.

No sé por qué, uno de los recuerdos que me asaltó en medio del quebranto fue el del Congreso de Escritores Extremeños que celebramos en Zafra, olvido en qué año pero, en cualquier caso, hace demasiados. Y la verdad es que, misterios del hipocampo y la sinapsis, no entiendo muy bien cómo puedo acordarme de él, no sólo por la secular flaqueza de mi memoria, sino porque, a mayor abundamiento, transité por sus sesiones en un estado casi continuado de entusiasmo etílico que, sin llegar al delirio, me proporcionaba la suficiente euforia como para que su recuerdo, al día de hoy, anduviera perdido entra las nieblas del olvido. La primera noche, en la cena, nos hicimos fuertes en una mesa una caterva de aúpa: Jesús Delgado Valhondo, Santiago Castelo, Juan José Poblador, Manuel Pecellín, Alejandro Pachón, Ángel Sánchez Pascual, Javier Leoni... Y adoptamos como canción de guerra bullanguera, Mi ovejita lucera, que cantábamos a voz en grito y cuando mejor nos parecía. Bastaba que uno diera la entradilla para que nos arrancáramos todos al desgañite atronando el comedor. Había que ver las miradas censorias que nos dirigían conspicuos escritores allí reunidos, deseosos de expulsarnos de aquel cotarro por gamberros, maleducados y escandalosos. Y claro, puestos al recochineo, mientras más miraban, más gorgoritos. Estuvimos amenizando comidas y cenas los días que duró el congreso, creo que tres. De modo que los muermos, sin querer oveja, a la postre se llevaron un rebaño. Después de la cena, pasábamos al ambigú. Y hasta que el cuerpo aguantara o, mejor, hasta que nos cerraban el chiringuito y cada mochuelo volaba a su nido.

La última noche el cuerpo nos pedía más, así que nos apoltronamos en unos butacones que había delante del pasillo que daba a las habitaciones, y recebamos la juerga desvalijando de manera inmisericorde los pequeños frigoríficos que había en las nuestras. La emprendimos con el repertorio de Quintero, León y Quiroga. Castelo recitaba el poema con maestría y sentimiento indemnes y, acto seguido, Leoni cantaba con su tremenda voz de barítono la copla correspondiente. Hubo algunos momentos mágicos y emocionantes en este improvisado recital que, a pesar de los años transcurridos y de la ingesta in situ, vuelvo a sentir ahora con asombrosa nitidez. A eso de las tres o las cuatro de la madrugada, en un pronto, echamos de menos a Ángel Sánchez Pascual que, más prudente, se había retirado a tiempo. Decidimos, sin dudarlo, que debía unirse al grupo. Me ofrecí voluntario para la incursión e, ipso facto, me levanté como impulsado por un resorte. Fui hasta su habitación y, aporreando la puerta con violencia, bramé: “¡Abra inmediatamente a la Guardia Civil!” Al tercer intento, ya oí ‘raspajeo’ al otro lado y la voz soñolienta de Ángel que decía: “¡Pero si es Jaime!”. Y, el pobre mío, abrió. Sin darle tiempo a reaccionar, lo cogí del brazo y lo arrastré hasta donde estábamos. Y allí se quedó, sonámbulo alucinado, descalzo, tambaleante, sumergido más en el sueño que en la vigilia, con su pijama de corte clásico a rayas y haciendo ímprobos esfuerzos por no perder el equilibrio. De vez en cuando, con un hilo de voz tristísima, preguntaba: “¿Puedo irme ya?” Cuando, pasada una copla y ya compasivos en nuestra cabronada, le dimos permiso para que se fuera, volvió por donde había venido dándose coscorrones contra las paredes del pasillo y farfullando sabe Dios qué. A la mañana siguiente, resacosos y satisfechos, nos despedimos hasta la próxima. He de decir en honor a la verdad que fue un congreso muy edificante y por demás instructivo.


Me ha gustado recordar esos días allí y aquellos tiempos en los que estábamos todos todavía. No sirve más que para vivir una ilusión baldía, porque, muy a mi pesar, la constancia de la muerte pesa más que la levedad del ensueño. Pero qué sería de nuestras vidas, de nuestros corazones, si perdiéramos esa capacidad milagrosa de hacer que nuestros muertos puedan dormir su silencio junto a nuestra nostalgia. Desvalidos y solos como están, no pueden defenderse de esta amarga ventaja que tenemos los vivos.

2 comentarios:

Carlos Rivero. dijo...

Entrañable y nostalgico...Menos mal que nos quedas como testigo narrador de las historias magicas....

Muli dijo...

Muy bonito el comentario.Recuerdos inolvidables para usted,Sr.Buiza
Un saludo.