sábado, 27 de junio de 2015

SE VA EL CAIMÁN

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En la película El padrecito, genial como muchas de las suyas, Cantinflas interpreta el papel del padre Sebastián, un curita joven que es destinado a un pequeño pueblo  mejicano para ayudar al párroco, el padre Damián, ya viejito, y familiarizarse con el funcionamiento de la parroquia y la idiosincrasia de los parroquianos y así, llegado el momento de  su jubilación, sustituirlo en sus funciones. Al final, lejos de ocupar el puesto del padre Danubio, -como él siempre lo llamaba-, es destinado a otro pueblo para ayudar a otro párroco en circunstancias similares. Montándose en el autobús que ha de llevarlo a su nuevo destino, el padre Sebas apostrofa: “Como dijo san Ingerencio, pos no me voy, más bien me llevan”. Pues eso.

Traigo de nuevo al retortero esta escena, que ya glosé en alguna que otra ocasión, a cuenta de los dimes y diretes habidos, tras la pérdida del PP del gobierno de Extremadura, con la permanencia o la salida del staff ‘monaguiano’ de quien ha sido, hasta el 24 de mayo, su consejero áulico, el tan traído y llevado Iván Redondo, quizás el personaje de la vida política extremeña que, en estos años, más nombres apelativos ha cosechado: octavo pasajero, consejero de Ocurrencias, cerebro en la sombra, Rasputín vasco, gurú de Monago, virrey extremeño… En fin, un sinfín de remoquetes que dan medida de su reputación, malgré lui, en el escenario del análisis político regional. Para fijar mis coordenadas respecto a este asunto y a este individuo, tan influyente y tan oscuro, diré que nunca me han gustado las personas que, en cualquier actividad de la vida, permanecen en una sombra que les sirve de parapeto, en un segundo plano oblicuo, manejando los hilos de manera taimada sin dar la cara. Y si esto lo ‘traspolamos’ a la vida política, ahí es donde la puerca tuerce definitivamente el rabo porque hace, por lo que a nuestra existencia y nuestra hacienda pueda afectarnos, que a la desafección se sume la desconfianza y el recelo. Cuando, a mayor abundamiento, esa permanencia entre bambalinas, ese huir del protagonismo para cedérselo a un patrón que al final es títere entregado, no es una cuestión de humildad, sino más bien de vanidad, normalmente más que superlativa, reprimida o disimulada a su conveniencia y que, antes o después, sale a relucir sin ningún tipo de recato, porque el vasallo solo lo es a los ojos de su señor y mientras a él le convenga. Así creo yo que ha ocurrido con este lumbrera escurridizo, siempre en la nebulosa de la rebotica, que ha ocultado a la opinión y a la vista el alcance de sus decisiones haciendo esfuerzos para pasar desapercibido, con la única meta de, llegado el momento del posible fracaso, poder salir airoso del envite llevándose intacto el mucho o poco prestigio del que disfrutara. Porque, ¿quién que no haya estado en el meollo del asunto, es capaz de decir cuál de las tantas idioteces que Monago ha protagonizado en los dos últimos años han sido auspiciadas por el susodicho?



No digo lo anterior a humo de pajas porque la lectura de su despedida, -Gracias Extremadura es su engañoso título-, publicada el pasado día 21 en la prensa cofrade y entregada de la que disfrutó, euros de por medio, durante su mandato en la niebla, no ha hecho sino reafirmarme en esa intuición que me asaltó cuando, a pesar de sus juegos de escondite, traté de seguirlo y de escarbar en la trama urdida. La he leído cuatro veces, a riesgo de la integridad de una parte de mí mismo que no acierto a localizar, tratando de anular cualquier atisbo de prejuicio que mi desconfianza hacia él pudiera deformar mi afán de objetividad. Y, tras de cada lectura, he salido más convencido de que mi  apriorístico análisis instintivo no iba mal encaminado, porque lo que acaba diciendo, después de muchas manipulaciones estadísticas y de un más que falso sentimentalismo agradecido, es que lo que en principio salió bien fue gracias a él y lo que a final ha salido mal ha sido por culpa de las circunstancias. Monago ganó las elecciones hace cuatro años, no porque el suricato tontaina dejara los campos socialistas como un erial, sino porque él supo dar la vuelta a la tendencia de voto en Extremadura. Y ahora Monago, torpe monigote encaramado en una realidad ilusoria y ficticia creada por este avispado a la medida de su egolatría, vuelve a la oposición no porque sus dos últimos años, bajo la batuta intangible de las ocurrencias de su privado, hayan sido un desastre de megalomanías retroalimentadas y de dislates continuados, sino porque, Redondo dixit,  todo fluye, todo cambia. A veces no deciden los votantes, sino la historia, como así ha sucedido. ¡Pues hala, toma castañas, niño, antes de que se agusanen! Y, si eso, que vengan Churchill, Robert Frost y los Simple Minds, con bengalitas, los brazos abiertos y los ojos cerrados, y lo vean. Y a mí que me registren, que me tengo que ir.
Gracias, Extremadura.
Se va el caimán


2 comentarios:

Manuel López dijo...

Eres de lo que no hay

Manuel López dijo...

Que te he dicho que eres de lo que no hay.me refiero a de BUENO