16 años ya sin Jesús. Sin Jesús Delgado Valhondo. En la madrugada del 24 de julio de 1993, insomne, desquiciado, escribí este poema, que se publicó en el Cuaderno Poético Kylix número 29.
JESÚS 23 DE JULIO Para Joaquina y Jesús y Felipe y Sofía.
Amanece. Aún parpadea la tarde.
Acabo de llegar de oír el silencio.
Es 24 ya, Santa Cristina, el santo de mi hermana. Están los grillos musicando la pena mientras la vida vive de su asombro y late el corazón sin saber dónde.
Amanece. Acabo de llegar de hace mil años. Aún persiste la tarde repetida y está el amor subiendo como un amargo mar hasta mis manos, dulce recuerdo en el que ya no caben más recuerdos: oigo tu voz, pero es todo silencio.
Ahora me esperas más allá de siempre. Se ha dormido el dolor. Respira fuerte. Hay una sensación de desamparo recorriendo la casa. Impertinente me pregunta la ausencia por tus manos. Duda el reloj, monótono, sus horas, que ya no son las nuestras: Yo no sé responderle.
Amanece. Me mira el sol los ojos. Se asoma por detrás de los olivos para darme calor. Y es este frío el que me tiene insomne, transparente, frágil como un carámbano, sombrío, viajero del recuerdo, apabullado por tanta rigidez, por tanta muerte.
Es hora de salir hacia la vida (hace rato que dieron ya las siete) pero no muevo un músculo: yo sólo tengo ganas de quererte.
Es hora de salir. Pasó la noche por detrás del dolor. La luz va vistiendo de sábado a la gente.
Un grillo canta triste junto a mi corazón y en tus manos, Jesús, porque amanece.
No es la infancia, es su ausencia quien viene y se pregunta por aquellos que fueron. Dulce puñal que atraviesa la tarde. Canas de una tristeza que ya es otra, temblorosa canción, constancia de unas manos que aún socorren en el momento absurdo en el que el sueño es sólo despertar.
A quién pido perdón por el niño que he sido y sigue estando cuando la tarde es sol de otras mañanas. A quién agradezco estar en nada que ya exista para volver mientras descorro, ilusionado, ese velo que despierta al silencio del silencio, trémula inundación de este vacío pletórico de ayer. Se difumina el tiempo. Se confunde. No sabe ya si ha sido o si será de nuevo.
Obstinada, la noche se anticipa y deja sin respiro a la luz que aún hubiera, oscuridad de intentos por mis ojos, luz sumisa que enjuga desconcertadas lágrimas, nostalgia.
Viene y va el aire de esta tarde. Como si su abanico siguiera enmascarando mis tristezas. Vengo a dudar. No sé la dirección de este camino. Abril es soledad, así la vida me enseñó a vivirlo. Pero es octubre. Qué hago yo aquí apenas consolado por su aroma, en agridulce estar, en ida y vuelta, sin saber si he de quedarme quieto como un muerto que espera su sonrisa o andar hacia el encuentro del absurdo. Quizás haya en la vida algún momento en que el andar se vuelva retroceso y me ha tocado a mí sentir ahora esta perplejidad del sol que anda en los ojos de un ayer de ahora mismo y tan lejano.
El olor de esta luz. Debe ser eso. Porque las luces tienen sus olores como la oscuridad tiene su tacto. Igual que la distancia tiene encuentros.
En esta tarde, círculo de sí misma, viene al aire y se va, tierno sorbo de luz que huele a vida de otras vidas y se atraganta en medio del recuerdo. Es culpa mía, lo sé, tanta angustia de ser, desasosiego de este andar siempre hurgando entre presencias que fueron otros sueños, otras tardes con este mismo olor que ahora yo siento.
(Ayer, en la Feria del Libro de Badajoz, presenté este libro de María Sanz. Esto fue lo que dije. Más o menos.)
En el prólogo a mi “Tarde de siempre”, decía nuestro Jesús Delgado Valhondo:
“No sé hasta qué punto puedo tener razón, esa razón absurda de poeta –perdón- cuando uno señala cosas y casos de otro escritor. Si es que abrimos nuevos senderos o lo que hacemos es enmarañarlos; si es que acumulamos vivencias o lo que estamos haciendo es enredar más aún esa madeja que ha de servir para ir hilando una obra de categoría. Salimos en busca del mundo del poeta y a lo peor entramos por la puerta falsa. Pero nuestra intención es, solamente, contar nuestra impresión y que el lector se olvide de nosotros y vaya él por su cuenta y riesgo buscando lo que no hemos sido capaces de hallar o lo que nuestra incapacidad crítica no ha sabido clarecer”.
Me refugio, pues, en esta sabia filosofía de poeta sabio para haceros llegar las impresiones y las emociones que este libro que nos concita hoy aquí, Hypnos en la ventana, ganador del XXVII Premio de Poesía Ciudad de Badajoz, me ha producido. De su autora, María Sanz, sevillana desde 1956 y con 30 libros de poesía publicados, ya tuve noticias en el año mil novecientos ochenta y no sé cuántos (¡pobre memoria mía!),que en ese año inconcreto ganó, con Jardines de Murillo, el Premio Cáceres de Poesía, de cuyo jurado formé parte también. Carambolas de la vida.
Hypnos, personificación del sueño, hijo de la noche, hermano de la muerte, vecino del río del olvido, se asoma a esta ventana creativa, la abre hacia el corazón del recuerdo, de la vida que pasó y fue, de los momentos que se murieron sin ser, transparencias de arena en las que el sueño, ¿la muerte?, impide la existencia real. “Dormir, morir, tal vez soñar…”¿En qué momento surge la chispa del misterio? ¿A dónde va el amor que sepierde en los recodos de la vida? ¿Quién recoge los besos que nunca se dieron, las palabras que nunca fueron dichas? ¿Sueñan las lágrimas con transformarse en nube? ¿Cómo diferenciar, desde la nostalgia, la realidad del deseo?
En treinta y un poemas, ¿un mes de poesía?, María Sanz nos ofrece un recorrido por el desamor y los intentos, desde que Hypnos “ha abierto la ventana del tiempo que precede / a la errática luz de la naturaleza”, hasta que, en el sueño final, “Hypnos está cerrando las ventanas del tiempo”. En medio, un paseo onírico en el que quizás sólo sea verdad lo que pudo ser y, lo que fue, es tan sólo el reverso de los anhelos. Cuando ya el tiempo es ayer, cuando la vida es más pasado que futuro, la realidad del presente se tiñe de ensoñación para recapitular fracasos y posibilidades; para descubrir en los anaqueles de nuestro almario la constancia de nuestras carencias, lo efímero de la felicidad; para ritualizar una celebración quebrada de la alegría, respirando la falsedad de un cielo azul que es tan sólo espejismo.
Sueño y vigilia se funden, pues, en el camino de la pérdida (dónde estará tu olvido) para dejarnos, debajo de los párpados, unos granos de arena desquiciada (Qué difícil / habitar el amor y darse cuenta / de que todo es producto del vacío).
Es en este camino de recuentos donde la poeta va desgranando, en medio del sopor de los recuerdos, unos poemas dulces en su aspereza, cuajados de melancolía, de esa melancolía que invade el inventario de momentos perdidos, que por no ser nos duelen,porque las alegrías se gozan en la flor del momento, las tristezas alumbran las versos del poema. El libro se cierra sobre sí mismo, en un círculo mágico de vigilias soñadas, denso en su pulcritud, distinto y uno en cuanto a forma y fondo del poema. El vacío, la soledad, el amor, la muerte, el desamor, la noche, el otoño, el fracaso, la desilusión, el desengaño… todo este racimo de sentimientos planea sobre el poemario con una contundente levedad de sangre.
Cuando leáis este libro, dejad que la luz lo atraviese y,cumpliendo la principal razón de su existencia, así, sugiera en vuestras manos sombras huérfanas, alondras taciturnas, oropéndolas tristes. Qué mejor compañía para deambular por esta madrugada sonámbula del sueño.
A esta edad que sufro, he aprendido a leer la vida en sus dos direcciones, como un palíndromo. Al fin, somos lo que hemos sido y seremos lo que somos. Imposible leer lo que aún no se ha escrito y, lo que es peor, quién sabe si se escribirá. Esa es la idea general que inspira este libro, "Palindromos". Éste es el primero.
He publicado los siguientes libros: "Desde un amor en lucha", "Tarde de siempre", "Huida de las horas", "Insistente reencuentro", "Personario", "Espera inacabada", "Desconsolada espera" y "Presagio del silencio". Todos de poesía.