sábado, 3 de junio de 2017

LA CASA DE MIS PADRES


Yo no puedo volver a la casa de mis padres, aquella en la que crecí y empecé a ser. Se lo decía días atrás a mi amigo Manuel, en su bar, recostado en ese rincón sabatino que me abraza como un viejo amigo mientras él me contaba, de nuevo, su visita a la casa en que nació. Entretanto describía, ilusionado, vehemente y apacible, un recorrido por el túnel del tiempo de paredes, ventanas, cocina, pasillos de su infancia, con sus ojos repletos de una ilusión antigua y conocida, yo solo veía escombros de lo que fue la mía. Me costaba escuchar la ilusión de sus manos dibujando recuerdos porque yo estaba en otros que eran tan solo ruinas, muros desnudos, solos, por donde nuestros ecos, como salamanquesas, subían y bajaban sin encontrar consuelo. Metáfora obligada que la vida te ofrece destartaladamente, casi sin saber cómo, tan solo por el hecho de estar mientras seamos.

Cuando se quedó sola, esperando el derribo que inexorablemente acabaría con ella, más de una tarde fui a recorrer ausencias por sus habitaciones, a cosechar olores cada vez más callados, a revivir latidos. Como un fantasma triste, ensimismado, por detrás de su luz y su silencio huérfano, me parecía escuchar las voces de otras veces, la música de entonces, el ruido de carreras infantiles avasallando el aire, las notas de un piano, el trinar de un canario, el ritmo cadencioso de un proyector de cine desparramando magia, el tintineo inseguro de un antiguo xilófono, el dulce retumbar de panderetas, el rodar inocente de canicas melladas, las risas de una dicha que seguía siendo nuestra y que nada ni nadie podría jamás quitarnos… Dejé de ir a su encuentro después de que una tarde, al traspasar la puerta, no pude escuchar nada. Tan solo oía mis pasos y el latir apagado de mi pecho. Comprendí en ese instante que mi casa había muerto. De soledad, quizá. Tal vez del vértigo de sentirse inservible, abandonada. Acaso por hartarse de silencio. Y mientras deambulaba comprobando los baldosines sueltos de mi vida de entonces, tuve la sensación de estar andando por entre las entrañas de un cadáver. A pesar de la tristeza que sentí, me alegré de que la muerte le hubiera evitado el sufrimiento lento de tener que escuchar el ruido endemoniado de las máquinas, de sentir el dolor de la piqueta traspasando su cuerpo, de vivir la vergüenza de quedar descuartizada en mitad de la calle. Tras cerrar la puerta tras de mí, bajé la escaleras con la parsimonia de aquel que sabe que nunca volverá. Para qué andar con prisas si casi estaba huyendo de mí mismo.


Al cabo de unos días, llegaron ellos. Y todo lo que mi casa se evitó de ruidos, de destrozos, de escombros, de paredes desnudas doliendo en la impotencia, de voces apagadas, lo sufrí yo al tiempo que veía cómo el cobijo de mi infancia feliz, despreocupada, caía a borbotones como una vida rota. Sobre el sudario frío que envolvió su cadáver se erigió un edificio moderno, confortable, equipado, perfecto. Un hacedor de olvidos torpe, necio. Porque yo cuando sueño sea dormido o despierto con esos años dulces, mi casa vuelve a ser y a estar conmigo. Incluso cuando paso por la calle en donde el impostor se alza orgulloso, no suelo distinguirlo, no lo veo. Sigo viendo los cierres, los balcones corridos, la Artesanía Española, las dos placas doradas adornando la entrada, los mástiles inútiles, y el portero en la puerta con su gorra de plato y su uniforme gris que a veces me saluda y otras veces me mira casi sin conocerme. Los años no perdonan, a pesar de que él se conserva estupendo.

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