sábado, 12 de septiembre de 2015

BOCHORNO UNIVERSITARIO

Cada inicio de curso, en la Universidad de Extremadura, asisto a la misma idiotez, a la misma fantasmada atávica, a idéntica exhibición impúdica. Y cada inicio de curso, cuando acaba la función, albergo la esperanza de que sea la última vez que tenga que ser espectador forzoso de semejante esperpento, que un año sea tiempo suficiente para que los que tienen que reflexionar para no ser partícipes del desatino, y los que tienen que tomar medidas para evitarlo, lo hagan. Pero todo es inútil. Fiel a su cita, por estas fechas, se vuelve a izar el telón de un teatro en donde se representa una obra reaccionaria y cochambrosa que tiene como escenarios los distintos campus de la UEx. Y no, no me estoy refiriendo al solemne acto de apertura de curso, con su desfile multicolor de capisayos y bonetes macarrónicos, me refiero al despreciable espectáculo de las novatadas, esa multitudinaria ‘fiesta de integración’, como la definen los zopencos que la organizan y la llevan a cabo a costa de la dignidad de los alumnos recién llegados, incluso con la aquiescencia de buena parte de estos últimos. Para esta panda de homínidos modorros parece que integración es sinónimo de escarnio y de vandalismo.


La mecánica es la de siempre en este tipo de situaciones, con todos lo matices que se quieran poner. En el caso que nos ocupa, un grupo de gorilas, investido de una autoridad sólo justificada por su tosca escala de valores y su primitivismo burranco, haciendo alarde de  una ideología meridianamente fascistoide y convencidos de pertenecer a una élite, se sitúa por encima del bien y del mal y se arroga el derecho de vejar ‘al otro’ hasta la cosificación. El nombre y estatus de los grupos pueden cambiar, pero la filosofía que mueve sus actuaciones está bien clara a lo largo de los muchos ejemplos que la historia, incluida la más reciente, nos ha dado y nos ha hecho padecer. El desprecio a la dignidad de las personas, el avasallamiento de su libertad, la coacción y el forzamiento de su voluntad bajo amenazas más o menos sutiles (“el novato es novato, no chivato”, dicen), no pueden enmascararse como gracietas de muchachos sanotes que solo pretenden divertirse sin malicia. Si el hecho de que te metan un embudo en la boca y te hagan beber un litro de brebaje alcohólico; de que te obliguen a chupar un plátano untado de nata que asoma por la bragueta de un gaznápiro en calzoncillos; de que te embadurnen de la cabeza a los pies con una mezcla asquerosa y pestilente de huevos, mostaza, harina, ketchup, vinagre y a saber qué más potingues y de qué origen; de que te dibujen en la mejilla, como tuve ocasión de ver esta semana en el rostro de una alumna cariacontecida, unos -y perdón por la cursilada- órganos sexuales masculinos con el pene erecto o, en fin, de que durante unas horas seas tratado como un pelele a merced de los caprichos de una patulea de imbéciles borrachos, sea para algunos, ya sean víctimas o verdugos, una buena manera “de romper el hielo y hacer amigos”, viene a evidenciar unos problemas de educación, de cultura, de conciencia y de distorsión del concepto de empatía demasiado interiorizados como para que tengan una solución fácil y rápida.

Son palmarios los esfuerzos que se hacen desde el Vicerrectorado de Estudiantes para evitar estas prácticas, prohibidas dentro del recinto universitario que es el ámbito de su competencia. Pero habrá que convenir que están resultando baldíos. Para empezar porque, a pesar de tener una línea abierta para recibir las denuncias de quienes se hayan sentido violentados, ninguna se ha recibido. Podría actuar de oficio pero, ¿contra quién o quiénes? Y en el supuesto caso de que, por fin, se recibiera una denuncia en regla contra alguno de estos tipejos, habría que aplicarle el reglamento disciplinario vigente para el alumnado universitario que es, no se lo pierdan, del año 1954. De modo que, para castigar a los infractores, quizá habría que reabrir el campo de concentración de Castuera. A mayor abundamiento, cuando las hordas bárbaras salen de toriles e invaden las poblaciones que albergan centros universitarios, se encuentran, no sé si por desidia, por complejo o por un enfermizo y erróneo prurito democrático, con la actitud laxa y demasiado permisiva de las autoridades competentes, con lo que dejan a su paso un reguero de suciedad y vandalismo, (sólo hay que ver las fotos aparecidas en los medios digitales), del que salen mayoritariamente impunes. Por lo que mucho me temo, visto lo visto, que el año que viene, por estas fechas, estaremos hablando de lo mismo. Ojalá me equivoque.

1 comentario:

Francisco Sánchez Torres dijo...

Mi admiración una vez más, sr. Álvarez Buiza.