viernes, 3 de abril de 2015

ABRIL DE SIEMPRE

Hay años en los que Abril tempranea y no hace caso del calendario. Lo sé porque, desobediente y altivo,  se anticipa a su fecha  y, después, sigue estando. Perezoso, se apoltrona en mis sueños cuando aún los días  no le pertenecen y las noches son tan sólo oscuridad distinta.  Hay años, éste, cualquiera, todos, en los que  atosiga mi corazón e insiste en comenzar a herirme, incluso cuando nada es Abril, ni siquiera la luz, ni los silencios. Se refugia en mis manos  y yo,  conociendo este rito de  melancolía que me vence, que es más que yo, que sabe de la pérdida más que nadie, que me acobarda más que el sentimiento, soy incapaz de no oficiarlo. Me arrastra su ternura y  el dolor la alimenta y la hace fuerte. Y son sus días, entonces, mosaico en nebulosa de un ayer de ahora mismo, húmedo terciopelo azul, (azul como el sueño de la infancia), recuerdo de una voz temblada, temblorosa, dormida en una nana. Tintineo de colgantes con nombres y con fechas que acarician mi frente, dulce tañer de pequeñas campanas al ritmo de la luz de un sol de antes,  ausencias que son la ausencia, dolor que es el dolor de no saber si el tiempo es circular y viene a verte prendido de los pliegues de un pañuelito blanco musical y envolvente, de tres hojitas tiernas de un árbol siempre verde, de la música metálica que escapa de un llavero dorado y asombroso, talismán de una magia arcana y caprichosa que permanece viva.

‘No tengo escapatoria porque, en Abril, hay alguien que me espera’, (ya me avisó Valhondo cuando se despidió dieciséis veces), sin ajustarse a normas ni equinoccios, rompiendo calendarios, desafiando el paso de los años, presenciando un pasado eterno y por llegar. Y yo voy a su encuentro uncido a su llamada, acurrucado en el latido ausente de sus ecos, en el fulgor de unos ojos que se fueron a contemplar la nada de mis sueños, a iluminar remembranzas que duelen y me salvan de la vida, sintiendo la emoción de un niño que, excitado, saliera a descubrir un mundo nuevo dormido en su ilusión. Y ese camino largo, interminable, es apenas un suspiro que abarca los recuerdos de una vida, la levedad de un soplo de nostalgia, la sombra larga y tenue de una melancolía. Abril es el refugio de toda la tristeza que lleva enmascarada la alegría, un ‘alegro vivace’ trufado con las notas de un ‘adagio’, un sentimiento disparatado y frágil que me sorprende detrás de las esquinas de las horas, que se cuela por las rendijas del alma como una niebla espesa y cálida para embozar mi corazón y hacerme ayer. Es, casi sin que él sea consciente de lo que me hace sufrir, una manera de entender la vida y de vivir una muerte que son todas las muertes.

Abril es un suspiro largo, un estar continuado en la añoranza. Y el tiempo, siendo Abril, es una permanencia, retornar cada noche a la misma mañana de antes.  Porque los días se alargan, se enmascaran en una extraña rebeldía de luces,  se retuercen hasta empezar a ser los mismos que ya han sido, siendo otros. Y es un ir y volver continuo la vida, que se encuentra a sí misma en un recodo y no se reconoce si no es en ese atisbo de nostalgia que siempre tiene Abril en la mirada: Nostalgia de la casa que no está, del olor que se ha ido para no volver nunca, de las risas que fueron, del sol que atravesaba las rendijas de la siesta jugando con el polvo suspendido o de aquel pasillo largo con piano infinito. “Estos días azules, ese sol de la infancia”, escribía Antonio Machado, moribundo, en una libretilla que guardó en su gabán, improvisada mortaja al fin. Yo guardo ahora, junto a mi corazón, esos versos luminosos que vienen abrazados a un Abril eterno que pasa como un río por mis manos, y se lleva y me deja el ajustado hueco de la pérdida.

Andará mayo instalado en sus días y yo seguiré despertándome con Abril en los ojos. Y sé que será así hasta que un día, sin dar explicaciones, de la misma manera que  remolonea, se vaya. Quedándose para explicar la vida y el silencio. También sé que es inútil tratar de luchar contra sus caprichos. El está y no según quiere. Y yo, con protestas falsas, me recuesto en sus antojos. Quizás porque me acompaña. Quizás porque su desconsuelo tenga la punzante ternura de la vida. Quizás porque el otoño se equivoque y noviembre no sea más que un Abril tardío. Quizás porque sea un pálpito, una poesía callada, una bandada extraña de pájaros de sueño, una presencia ausente que mantiene sus manos en las mías, una sangre que corre paralela a mi pena, un estado de ánimo que embelesa, que oprime y que libera, contradictorio y firme, doloroso y amable. Quizás porque yo comenzara a morir la mañana terrible de un mes de Abril de siempre en el que el peso de los años se hizo brutal y lunes. Y arrastro, penitente a la fuerza, el cansancio agridulce de un dolor prolongado que abrilea y me sorprende cuando menos lo espero, cuando canto o respiro o me duermo o me canso, o, en días como hoy, tengo que despedirme de mi sangre.

3 comentarios:

Hera Gema dijo...

¡ Felicidades! me ha emocionado éste bello texto lleno de poesía, nostalgia y sentimientos. Un cordial saludo.

Muli dijo...

Conmovedor.No tengo palabras porque las lágrimas me ciegan los ojos.
Un saludo,Sr.Álvarez-Buiza

Carlos Rivero. dijo...

Le has hecho la más sublime, profunda ,completa y minuciosa disección de los entresijos y esencialidad de Abril que es posible. Definitivamente mereces ser único
dueño de Abril por ser el único que lo ha captado en su eterna totalidad. Gracias Jaime por este regalo .