miércoles, 21 de septiembre de 2011

NOCHE DE MEDALLAS

 
Estuvimos el pasado día 7 en el Teatro Romano de Mérida en el acto de entrega de las Medallas de Extremadura. Quise acompañar, siquiera telepáticamente, a mi amigo Manuel Pecellín, que la recibía con todo merecimiento para satisfacción de él y de nosotros, sus amigos, y sarpullido eritematoso de los habitantes de la zona oscura. Dado que para entrar había una cola considerable, a Ángel Sánchez Pascual y su santa, con quienes estuvimos, les entraron las prisas, de modo que a las ocho y cuarto estábamos ya encaramados en el palo del gallinero. A pesar de que el acto comenzaba a las nueve el tiempo de espera, al principio,  pasó entretenido. Me divertí viendo el desfile de señoras vestidas de madrinas de boda, subidas en zapatos de tacón de aguja de croché, tratando de salir ilesas de sus evoluciones por entre aquellas piedras; de señores engominados y algún señorito rizoso encantado de haberse conocido, alardeando de un aplomo y un “saber estar” impostados; de políticos añejos y bisoños, unos desplegados como pavos reales en celo, y otros con cara de haber merendado una infusión de vinagre. En fin, disfruté desde la distancia que me proporcionaban mi sitio y  mi posición viendo tanto oropel y tanta sonrisa artificial y artificiosa. Pero a medida que pasaban los minutos, la observación divertida de las relaciones entre sí y con el medio de fauna tan variopinta, fue mutando en hartazgo empachoso, de manera que cuando empezó el evento, yo ya tenía las tripas escupiendo chiribitas y además, como aderezo del suplicio, el trasero entumecido y descorazonado. Y es que el cojín astroso y con manchas de color indefinido y origen incierto que alguien puso allí, sin duda con la loable intención de amortiguar la dureza de las milenarias piedras contra nuestras nalgas, debía de haber sido adquirido en el saldo de un chino, de tan inútil y contraproducente que era. Tanto, que me hizo dudar de que no hiciera el efecto contrario al que tenía asignado.

Tras la presentación, desfilaron por el escenario impositores e impuestos, políticos,  autoridades y un señor que pasaba por allí. Sonaron los himnos (por cierto, aprovecho la ocasión para implorar, a quien corresponda, que se modifique de una puñetera vez la letra del de Extremadura y se enmiende el grave e infame error sintáctico que repite, cansinamente, su estribillo) e izaron las banderas. Dado el lamentable estado de inseguridad sicoemocional  en el que ya me encontraba por los ataques inmisericordes del mundo exterior, tuve, con el fragor de la fanfarria y el ondear de las enseñas, una especie de ausencia momentánea, un flash en el que me vi de nuevo vestido de caqui por los andurriales del campamento “Álvarez de Sotomayor”,  cargado de correajes, escopeta al hombro y camino de la temible “tercera imaginaria”. Cuando me recuperé, con algún ligero temblor, de esta fugaz pesadilla modorra, comenzaba a hablar el alcalde de Mérida. Mi resistencia estaba ya al límite y comencé a ser presa del pánico, así que me despedí balbuceante de los Sánchez Pascual, hice una seña a mi santa y salimos de allí pitando, no fuera a ser que la fragilidad de mi estado me llevara a un punto de no retorno en la insania. Antes de sumergirnos en la oscuridad del vomitorio en busca de la luz, lancé una última mirada al escenario para mandar a mi amigo Pecellín un fuerte abrazo virtual y disculpas por mi salida apresurada y, al hacerlo, comprobé, no sin cierto estupor,  que el señor que pasaba por allí y que ocupaba asiento en el escenario, junto al Director de la Universidad de Mayores, no era otro que el Rector Magnífico de la Universidad de Extremadura. Trompicando por las tinieblas trataba de entender qué hacían dos personas en lo alto si sólo había una medalla. ¿Sería una medalla bífida o bipolar o bicefálica? ¿Sería una “bimedalla”? Quizás, aventuraba para mí, algún emprendedor departamento universitario había descubierto la cuadratura del círculo, medalleramente hablando.

Absorto iba en estas cavilaciones cuando llegamos, por fin, a territorio libre. Nos sentamos en la terraza de un bar cercano al campo de batalla dejado atrás, con la suerte de que resultó ser una atalaya privilegiada desde la que veía nítidamente el enorme televisor del interior, sin que su sonido me llegara. Así pude seguir el desarrollo del acto a salvo de cualquier posible agresión. Mientras dábamos cuenta de unos generosos vasos de cerveza fría y unas croquetas caseras de ibérico que estaban de rechupete, pude comprobar que mis suposiciones anteriores eran del todo desacertadas: ni cuadratura del círculo, ni medalla bicefálica, ni Cristo que lo fundó. En el escenario se representaba un sainete universitario chusco en el que los papeles estaban invertidos, ya que el sargento ejercía de general y el general, en plan Don Tancredo, de asistente del sargento. Me sentí confundido. ¿Vanidad por protocolo, foto por dignidad? Cualquiera sabe. Como decía aquél, el asunto será sublime, pero no lo comprendo.

La noche transcurrió sin más sobresaltos y sólo abandoné mi trinchera para entrar en el bar a escuchar a Pecellín. Al fin y al cabo, para eso habíamos emprendido esta expedición a territorio hostil. En el momento en que anunciaron el discurso del Presidente del Gobierno extremeño, volví a cubierto. Terminamos de cenar. Cuando nos levantamos, Monago seguía allí.


1 comentario:

agustinromerobarroso@gmail.com dijo...

el final es espléndido..., a Pecellín le colgaría todas las medallas del mundo..., pero no creo en eso de las medallas, ni siquiera en este caso justísimo de tropelía..., pero me uno en tu afecto por el magister y amigo Pecellín, eso siempre