domingo, 21 de abril de 2013

TAMARA PRESIDENTA

La Comisión de Economía del Congreso ha aprobado esta semana el proyecto de ley Antidesahucios con los votos a favor del PP y en contra los de toda la oposición. O sea, mayoría política contra mayoría social. Y la verdad es que su trámite ha sido un ejemplo de cicatería y empecinamiento del gobierno que, excepto una enmienda de UPN sobre el fondo social para alquiler, no ha admitido ninguna otra de los demás grupos, aunque algunas de ellas eran perfectamente aceptables con un mínimo de flexibilidad y cintura políticas. Los tres pilares de la Iniciativa Legislativa Popular, a saber, dación en pago retroactiva, paralización de los desahucios y alquiler social, presentada por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca con casi 1.500.000 firmas de aval y que, dígase lo que se diga, ha contribuido de manera muy importante a que esta tramitación espabile, han sido laminados por el Grupo Popular que, falseándola al tiempo que se aprovechaba de ella, ha intentado darnos gato por liebre mientras despreciaba sin miramientos los anhelos de una mayoría social al degradar un debate, que no fue tal, de pleno a comisión. Y así lo que de entrada era una ILP, por arte de birlibirloque de experto trilero pasó a ser, de salida, una ILPP, que mejora lo que había según unos pero no lo suficiente según todos los demás. He recordado, al hilo de este toma y daca parlamentario tan poco edificante -nunca mejor dicho-, la explicación del juego de las siete y media de don Mendo a Magdalena, que Muñoz Seca remata magistralmente: “Y el no llegar da dolor / pues indica que mal tasas / y eres del otro deudor. / Mas, ¡ay de ti si te pasas! / ¡Si te pasas es peor!”. Y, en este caso,  lo peor de todo para todos es que jamás nadie alcanzará las siete y media ya que, me temo, la escena esperpéntica de todos contra uno y uno contra todos a la que hemos asistido esta semana, no ha sido sino  el anticipo de lo que nos queda por ver en esta legislatura: una oposición acomplejada por la algarabía callejera y el miedo atávico a posibles estigmas, que votará en contra de iniciativas gubernamentales por el simple hecho de serlo y no por el grado de acuerdo que puedan concitar; y un gobierno al que la mayoría absoluta de la que disfruta le ciega y le impide ver más allá de sus narices, que son tan chatas como inflexible es su despotismo democrático. Lo cual, que en sus pecados nosotros llevaremos la penitencia.

Parece que la razón fundamental que ha dado el gobierno para no incluir en la futura ley hipotecaria la dación para el pago de la deuda es el peligro que supone no sólo para el equilibrio sino, incluso, para la viabilidad del sistema financiero. Tanto que, incorporarla, podría significar su quiebra. Yo no soy economista y, por tanto, ignoro hasta dónde puede llegar el riesgo de esta, parece, generosa herejía. Lo que si sé es que hace bien poco, sin dación en pago de por medio, se ha producido un rescate de la banca española que nos ha costado 40.000.000.000 de euros  y que ya estamos pagando, entre otros, usted y yo.  Si eso no es un sistema quebrado, que venga Guindos y lo vea con la pierna escayolada. Imposible que entre las causas del descalabro bancario estuviera la bicha hipotecaria inexistente. Lo que estamos pagando, entre otros usted y yo repito, es el absoluto descontrol del Banco de España, esto es, del gobierno de España, sobre la disparatada gestión de directivos bancarios inútiles o torpes o  mamones o sinvergüenzas o mangantes o todo a la vez, que quebraron sus bancos o sus cajas de ahorro, estafaron y arruinaron a sus clientes, se llevaron crudo los dineros que no había si no era para ellos y que, hasta la fecha, andan chuleando sus desmanes sin que nadie les desahucie de sus casillas. El estado, maldita sea,  priorizó salvar a los verdugos en lugar de rescatar a las víctimas. Y parece que sigue empeñado en seguir haciéndolo aunque sea a costa de cambiar con urgencia la legislación para que un banquero, librado de la cárcel por indulto del gobierno anterior, pueda seguir ejerciendo como tal.  Vomitivo, o sea.

Leyendo la prensa esta mañana he encontrado una entrevista deliciosa con Tamara Falcó, ya saben, la hija de la Preysler, en la que confiesa compungida: “No creí que había (sic) tanta hambre. Pensé que la crisis sólo era en África, pero ahora me doy cuenta de que en España también”. Sospeché que esta criatura escasa que parece anda ahora en fase mística, impresionada por los desahucios, los suicidios anejos, la estafa consentida de las preferentes, los millones de parados, la escasez presupuestaria de la renta básica, las colas en los comedores sociales, la quiebra de empresas, los ERE diarios, los recortes en sanidad y educación y en sueldos y en pagas extras y en pensiones y, en fin, el panorama angustioso que nos rodea, había adquirido cierta sensibilidad social. Pero no, quita, quita. Lo que le hizo caer del caballo y ver la luz de la dura realidad fue que, al preguntarle al fotógrafo que la inmortalizaba en domingo: “¿No descansas?”, éste le contestó: “Tengo que comer”. Quizás cuando el don tancredo discreto y emboscado que nos gobierna salga de la madriguera de plasma en la que se esconde, y tenga el valor de enfrentarse a las preguntas de una realidad a la que parece que es tan ajeno como la susodicha, se descuelgue respondiendo la misma y soberana tontería: “No creí que había tanta hambre”. Entonces, por supuesto y llegado el caso, yo votaré a Tamara para presidenta. Porque, al menos, ella es la original.



domingo, 7 de abril de 2013

EL AIRE ES DE TODOS

Ostento el contradictorio honor, compartido ex aequo con mi melliza, de ser el menor de diez hermanos. A los dos nos llegaban, por vía jerárquica, mimos y martirios, no siempre equitativamente repartidos, de ocho especímenes consanguíneos precedentes que, entre las peculiaridades de su anillo genético que era el nuestro, tenía marcado de forma indeleble el cromosoma CH de chinche, transmitido por vía paterna. Quiere decirse que nosotros dos, integrantes de la base de la pirámide ecológica, éramos el banco de pruebas de las maquinaciones irritantes de todos los demás, en ocasiones sin solución de continuidad. A un servidor, de rebote, le tocaba también sufrir las diabluras mortificantes de la melliza, una manejanta de tomo y lomo que me tenía cogido el pan debajo del sobaco y que chinchaba de manera inmisericorde  incluso mientras dormía. En fin, así íbamos curtiéndonos para enfrentarnos al espacio exterior. Una de las torturas que nos infligíamos en aquellos benditos años, con la que parece que nos adelantamos a los tiempos revueltos que corren, era la que dimos en llamar El aire es de todos. Amparados en esta máxima inapelable, el invento consistía en colocar el dedo índice a escasos milímetros del ojo de nuestra víctima al tiempo que repetíamos machaconamente el lema del suplicio junto a su oreja. Las sesiones duraban lo poco que la paciencia del sujeto pasivo y acababan normalmente a mamporros, porque ya me dirán quién aguanta mucho con el dedo de un chinche recalcitrante rozando tus pestañas mientras te moja los tímpanos con el sonsonete.

Digo que parece que nos adelantamos a los tiempos porque la situación me recuerda mucho a esta moda recientemente importada del “escrache”, no sólo por la similitud de su puesta en escena atosigante, sino también porque, igual que nuestro chinche infantil, tiene un planteamiento teórico irreprochable pero una resolución práctica con difícil equilibrio. El diccionario de la RAE define escrachar, en segunda acepción, como “fotografiar a una persona”. Quizás por ahí esté el sentido de las acciones que están llevando a cabo los miembros de la PAH con la señora Colau a la cabeza, en el hecho de  retratar a aquellos políticos supuestamente culpables de la tragedia social que suponen los desahucios y exponerlos ante la opinión pública en una especie de picota virtual. Creo que eso entra limpiamente dentro del llamado juego democrático y hay mil maneras de conseguirlo en esta sociedad cada vez más interrelacionada a través, entre otros mecanismos, de redes sociales y medios de comunicación. Hacerlo de la forma energúmena que han elegido, agobiando y persiguiendo a los estigmatizados hasta las puertas de sus casas con insultos y gritos, sin respetar familia ni vidas privadas no se ajusta, en mi opinión, a unas mínimas exigencias democráticas, al tiempo que trae consigo el efecto perverso de poner en contra de esta organización, que creo absolutamente necesaria y con unos fines que muchos compartimos, a una parte nada desdeñable de la opinión pública. He seguido a la señora Colau en su periplo por el circuito habitual de púlpitos televisivos y en todos ha dicho, haciendo gala de una verborrea de telepredicadora ciertamente abrumadora, que los métodos de la PAH no son violentos. No sé si lo que quiere decir es que el tropel no llevaba la soga en busca de una farola o es que nos toma por tontos, porque las escenas que yo he visto en televisión me dicen todo lo contrario.

Por otra parte, si alguien autoinvestido con hábito de superioridad moral y haciendo las funciones de un nuevo y justiciero ángel exterminador, anda por estos mundos de políticos desalmados sermoneando las bondades del “escrache” mientras señala culpables, para que podamos creer en la limpieza de sus intenciones habrá que exigirle que tenga la honestidad de apuntar a todos. Y de la regulación injusta y lacerante de los desahucios y de su ejecución no sólo tiene la culpa el PP, con él hay muchos más en nómina. Sin ánimo de ser exhaustivo, y si de atosigar se trata, ¿por qué no también a Chacón por su ley de desahucio exprés;  a Zapatero y todos sus ministros, incluido Rubalcaba que la apoyaron; al PSOE que gobernaba; a los banqueros, mangantes o no, que arrebatan las casas, los dineros y, en ocasiones como cooperadores necesarios, la vida de los desahuciados; a los jueces que dictan los autos y a los abogados de los bancos que los promueven? En este sentido, el sectarismo estricto y unidireccional en contra del PP que rige las acciones de la señora Colau es incompatible con las lecciones de ética que pretende darnos desde su trono falsamente impoluto. Y esta manera de escorarse mientras niega la evidencia no hace sino incrementar la desconfianza no sólo hacia ella, que sería lo de menos, sino hacia la organización que representa, a la que ensucia y desprestigia con cada nueva perorata.

Aplaudí su intervención en el Congreso de los Diputados. Fue un discurso el que dio contundente, sin fisuras, directo y ajeno a veleidades que nos distrajeran del mensaje, que no era otro que el de poner en evidencia lo monstruoso e injusto de la actual regulación del desahucio. O en aquella ocasión nos engañó o la notoriedad mediática ha dado alas a su personalismo ególatra. Ahora, tras cada nuevo sermón, la veo más imbuida de mística izquierdista, cada vez más impregnada de ese redentorismo revolucionario de papel cuché tan entrañable como impostado, tan marca España. Y, de rebote, tan dañino para los intereses de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Y esto sí que es una verdadera lástima.